Una flor ante el alud


Foto: Claudia Almeda

Gracias a Claudia por la foto y la inspiración.

Se miró al espejo intentando entender lo que estaba pasando. Nunca había estado en una circunstancia así. O al menos no lo recordaba. ¿Y ahora?, se preguntaba. La situación se había puesto tensa y sentía una terrible angustia que recorría su cuerpo. Respiraba agitada, sus manos temblaban y tenía ganas de llorar. Podía hacerlo, claro, nadie la estaba observando. Pero no quería desmoronarse en ese momento tan crítico.

Hacía tiempo que venía intentando manejar esta situación, pero todo se había complicado. Primero pensó en lo que acababa de ocurrir; cada palabra retumbaba en su cabeza, cada gesto, cada sensación. Y volvió a sentir esa desazón, ese desasosiego. Sabía que los errores se habían desencadenado uno tras otro, casi como una bola de nieve. Pero ella nunca había escuchado el pequeño temblor que había generado el desprendimiento inicial. Y ahora no tenía vuelta atrás. ¿Cómo podría estar ocurriendo esto?

No tenía mucho tiempo, pero algo tenía que hacer. Analizó las posibles soluciones. Salir corriendo era una opción. Miró a su alrededor buscando una ventana salvadora, pero ésta tenía rejas por el exterior y sería imposible escapar por ahí. Quizás podría hacerse la desmayada pero, ¿cuánto duraría la actuación? Al fin y al cabo, iba a tener que enfrentar el tema; hoy, mañana, pasado. No, tenía que buscar una opción que fuese realista.

¿Aceptar? ¿Era una opción aceptar el problema? ¿Hacerse cargo valía la pena? Lo pensó. No tenía mucho tiempo, pero analizó si salir y decir que ella se había equivocado era suficiente para sacarse semejante carga de los hombros. Imaginaba que sí. Pero… un momento. Ella no tenía la culpa de lo que estaba pasando. No era ella. No, no. No tenía por qué ser quien asumiera dicha responsabilidad. Ella no tenía nada que ver. Todos pueden equivocarse, todos pueden tomar el camino equivocado. A veces a conciencia, a veces no. Pero ella no era la culpable de este complejo entramado de problemas que derivó en esta extraña situación que estaba viviendo.

¿Entonces? No, tenía que buscar otra opción. Estaba muy nerviosa. Sintió sus manos húmedas y notó que la transpiración comenzaba a recorrerle el cuerpo. No encontraba una solución. De pie, apoyó todo su cuerpo sobre sus dos brazos estirados y bajó la cabeza. Casi con resignación. Cerró los ojos. Intentaba pensar.

Tocaron a su puerta. Levantó la cabeza y se volvió a mirar al espejo con la respiración entrecortada. ¿Y ahora?

 


 


Crónica de un viaje a Israel


Hace un año tuve la posibilidad de viajar a Israel por trabajo. Durante mi vida no he tenido muchas oportunidades de estar en otros países y este viaje, de apenas una semana, me permitió tener al menos un pequeño reflejo de una cultura llena de diferencias y coincidencias con la cultura que me rodea. 

Durante la semana que estuve viajando escribí, sin querer, una especie de crónica en Facebook que relata, más o menos, lo que me iba ocurriendo en aquellas lejanas tierras del Medio Oriente. 

Hace unos días decidí unificar todos los posteos en un único relato. Releyéndolo recuerdo cada momento, cada charla, cada lugar… y cada desayuno con atún. 

Intenté no modificar los textos originales. Solamente agregué algunas de las fotos y videos que tomé para darle un poco más de contexto al relato.

Gracias a Carlos, mi amigo colombiano, con quien estuvimos disfrutando este gran momento en medio de lo desconocido.

Volvamos a viajar en el tiempo…

 

12/02/2016

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¿Sabían que tengo una máquina del tiempo? En un rato voy a viajar cinco horas al futuro. Luego les cuanto cómo se ve todo desde allá.

 

13/02/2016

Viajando al futuro.

 

13/02/2016

Hola, seres del pasado. Les habla Martín, cinco horas en el futuro. Les comento que todo bien. Hay sol y parece que el mundo aún gira.

Se hizo largo el viaje en el tiempo. Esta máquina tiene el problema que debe moverse para que funcione. Así que crucé el Río de la Plata, Uruguay, Brasil, el Atlántico, Senegal, Mauritania, Argelia y el Mediterráneo para llegar a Roma y hacer pis…

Luego fue un ratito más de Mediterráneo hasta llegar acá.

Los saludo, habitantes del pasado!

Shalom!

 

13/02/2016

En el aeropuerto hay una máquina expendedora de… Ramos de flores!!!

Claro! Para recibir al pariente que no ves hace 20 años.

El futuro llegó hace rato.

 

13/02/2016

Este futuro es raro. Mi compañía de celular me quiere cobrar 10 dólares por cada megabyte consumido.

Por el momento, fono apagado. Manden paloma mensajera.

 

13/02/2016

Estoy esperando a un compañero de laburo que viene de Colombia. Hace una hora que espero y me siento como Tom Hanks en La terminal.

“Medicine is for goat”.

 

13/02/2016

La de migraciones de acá daba miedo.

– Where you came from?
– Buenos Aires.
– WHY? (si, con tono feo)
– eh, eh, eh…

Ya me veía deportado.

 

13/02/2016

La gente llega y se abrazan con quienes vinieron a buscarlos.

Y le dan las flores de la máquina.

Y todos lloran.

 

13/02/2016

“Les recordamos que no está permitido viajar con armas.”

La voz del aeropuerto.

 

13/02/2016

Shalom.

Todá.

Y se acabó mi hebreo.

 

13/02/2016

El 90% de las mujeres que llegaron en el avión de Estambul tienen pegada en la frente una gotita brillante a modo de tercer ojo.

Muy bonito.

 

13/02/2016

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Bueno, terminó el primer día (que duró casi 48 horas).

Valija, cortes de luz, remisero copado, check-in, viaje con comida en horas extrafalarias (desayuno a las 2 AM de Argentina), frases en italiano a lo loco (succo di pesca, per favore; grazie; arrivederci y otros sacados del arcón “esto lo escuché alguna vez”), asiento terriblemente incómodo, conexión interminable, desayuno extraño, segundo vuelo mucho más cómodo con mucha gente hablando raro, migraciones durísimas, compañero de laburo que casi no lo dejan entrar, incertidumbre, seguridad del aeropuerto que me miraban raro porque hacía horas que estaba ahí y no me iba, 5 horas hasta que salí del aeropuerto, manejar 50 kms por autopistas de una ciudad que no conocés, manejando un auto que no conocés y que encima es automático (y mi pie izquierdo se aburre y a veces aprieta el freno cuando no tiene que hacer nada), y cagarnos de frío y buscar donde comer y buscar adaptadores para los cables, y…, y…, y…

Y falta un día menos.

Ahora se viene lo difícil.

Hasta mañana.

 

14/02/2016

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Shalom!

Iba a escribir: “Arranca el día 2”, pero tomando en cuenta que salí el viernes a la mañana de casa y ahora es domingo a la mañana, debería decir “Arranca el día 3”.

Arranca el día 3 y hoy se labura. Porque acá la semana arranca el domingo. Así que acá estoy. No quiero me odien, pero desde la ventana del hotel veo el Mar Mediterráneo (estoy a una cuadra).

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Veremos cómo sale el desayuno y cómo es el tráfico desde Netanya hasta Ra’anana (que serían unos 20 kms. por autopistas, pero que Google Maps me dice que son entre 20 minutos y una hora de viaje (!!!) ).

 

14/02/2016

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Destruido. Así estoy. Un día agotador, pero creo que lo pude vencer. Mucho trabajo, pero al parecer zafamos.

La comida es MUY abundante y MUY picante. Y los precios… algo salados. Dos personas comiendo en un restaurante común, sin postre ni vino, unos 35 dólares por cabeza.

McDonald’s, 12 dólares por cabeza (pero el sanguche es ASÍ DE GIGANTE!!!! Buenísimo!!!!!!!)

¿Cómiste en McDonald’s?, preguntarán. Fue al mediodía algo rápido ya que no había otra cosa cerca. Pero era Kosher. Como el del Abasto.

Pudimos recorrer un poco y, al contrario de lo que se piensa, las calles NO están llenas de religión… o al menos no que se note a simple vista (como el típico ortodoxo que lleva su barba larga y su traje negro). Sin dudas una mala concepción que tenemos desde occidente.

La otra mala concepción es que uno piensa que todo esto es desierto… y no, tampoco. Mucho verde, mucho árbol, mucha planta… Seguramente más en lo profundo del continente el clima se vuelva más árido, pero acá, se ve más verde desde el cielo que en Buenos Aires.

Y estoy sorprendido por la cantidad de personas que han emigrado de las ex repúblicas soviéticas. De hecho, vimos varios carteles escritos en ruso. Plagado de rusos, ucranianos, bielorrusos y vaya uno a saber qué más.

Pero lo importante fue preguntar donde estaba el baño y encontrarlo. Win!

A dormir que mañana es complicado.

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UPDATE: me olvidaba del desayuno… Comen atún, pepinos, tomates, unas salsa con ajíes… Café con leche, no te mueras nunca!!!

14/02/2016

Me acabo de dar cuenta que mi viaje en el tiempo fue un poco más allá de lo esperado. Para los que viven en Argentina ahora es domingo casi a las 7 de la tarde… pero para mi es como si fuera el final del lunes ya que hoy trabajé… Es decir que ahí es domingo y acá es casi martes…

Y ustedes pensaban que mi máquina del tiempo no funcionaba.

 

15/02/2016

Shalom.

Arrancamos el día 4. Sigue soleado con temperatura muy cómoda (no pasa de los 20 grados aunque de noche refresca bastante).

El hotel es un tres estrellas sin grandes lujos. La cama es cómoda y el agua sale caliente como uno espera. Ver televisión es casi imposible: a los 15 minutos te duele la cabeza. No se entiende ni una sola palabra. Nada. Es preferible recostarse a leer. Terminé de leer “Voces de Chernobil” y ya arranqué con “La historia de Genji”.

Así que un argentino se toma un avión italiano y, junto con un colombiano visitan Israel, plagado de soviéticos y griegos, mientras escucha música yanki y británica, termina de leer un libro sobre una ciudad ucraniana escrito por una bielorrusa para luego empezar a leer un libro japonés del siglo XI. Ah… y el cliente final del proyecto es canadiense…

Je.

Me voy a mantener firme desayunando café con leche. Eso si… hay un pan que es muy, muy rico. Ya lo probé en un restaurant y acá en el hotel. Luego le saco una foto.

Hoy seguiremos con trabajo (como todos los días). Mi estadía es corta y estimo que mi único día con tiempo para visitar algún lugar histórico sea el viernes. Cruzo los dedos para que se pueda dar ese paseo.

 

15/02/2016

Acá es donde recuerdo lo importante de esas clases de inglés donde uno tenía que conversar sobre temas banales para practicar el idioma…

Intentar explicar en inglés la realidad socio-política de Argentina, sus tradiciones, sus comidas, sus costumbres, sus paisajes, su gente… Uf…

Motherfuckers!

 

15/02/2016

¿Vieron cuando uno se encuentra con turistas que hablan entre si con un idioma raro y uno se pregunta qué estarán diciendo?

Bueno… acá siento que nos miran así cuando hablamos en castellano.

– ¿Qué dirán estos sudacas?

 

15/02/2016

Pareciera que acá los prétzels son tan comunes como las Criollitas. Me parece que me voy a llevar dos toneladas para Argentina para evitar pagar 60 pesos por un paquetito.

 

15/02/2016

La tierra acá es muy roja. Es raro. No tan roja como en Misiones, pero mucho más que en Buenos Aires.

 

15/02/2016

¡Odienme!

Estoy comiendo Toblerone.

 

15/02/2016

Hablando de catolicismo y judaísmo en pleno Israel.

O “cómo-encontrar-las-palabras-correctas-para-evitar-malos-entendidos”.

Y encima en inglés.

 

15/02/2016

A las 17:55 ya es noche cerrada.

 

15/02/2016

Uno de los compañeros acá en el cliente tiene en la cintura… una pistola!!

Como si nada, eh!

Rocanrol, motherfuckers!!!!

 

15/02/2016

Fin de día 4, esta vez en Tel Aviv. Muy bueno. Pero no doy más. Mañana sigo.

 

16/02/2016

Día 5 ya en la oficina.

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Ayer estuvimos un poco en Tel Aviv para cenar. Vimos poco pero estuvimos en algunos lugares bonitos (y no tanto). Los aplausos se los llevó Norman Bar. Un barcito chiquito en una zona no tan céntrica. Cuando llegamos estaban recitando poesía (en hebreo, claro; y no entendí una mierda, claro). Pero muy bueno. Y el barman, un loco llamado Tzion que laburaba full y se mereció la propina.

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Algunas cosas para comentarles de acá: en Tel Aviv existen grandes edificios de oficina como en toda gran ciudad, pero los edificios “comunes” (tanto ahí como en otras ciudades) parecen como pequeños monoblocks casi todos del mismo color. No llegan a ser pintorescos. De hecho, son bastante feos. Casi sin balcones y bastante deteriorados.

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Estacionar es un GRAN problema. Está prohibido hacerlo en los lugares donde el cordón de la vereda está pintado de blanco y rojo… Y eso es en TODOS lados. Y los lugares permitidos (cordones azules y blancos) están SIEMPRE ocupados con autos. Todas las tardes tardamos unos 10 minutos en encontrar lugar para estacionar cerca del hotel. Pero anoche, en Tel Aviv, estuvimos cuarenta y cinco minutos. Terrible. Los autos uno detrás del otro. No cabía un alma. Y estacionamientos pagos son MUY raros de encontrar (y estaban llenos). Muy difícil.

Y los conductores están siempre MUY apurados. Se pone el semáforo en verde y el de atrás espera que ya estés andando a 3000 km/h. ¡Pará, enfermo, metete la bocina en el totó!

En los viajes en auto nos cruzamos con varias cárceles y hoy, que el GPS nos envió por un camino alternativo porque había habido un accidente, bordeamos un paredón ENORME lleno de alambres de púa que el mapa identifica como “1949 Armistice Agreement Line” (Línea de acuerdo de amnistía de 1949). Acá Wikipedia ayuda y leo que es un acuerdo territorial entre Israel, Egipto, Jordania, Líbano y Siria que puso fin a la guerra árabe-israelí de 1948. O al menos eso dice acá. Más allá de esa pared, Palestina y lejos, pero MUY lejos, Jordania.

Todo el mundo me dice: tenés que ver esto, tenés que ver lo otro. Imposible con tan poco tiempo. Pero ya estoy pensando que este tipo de viajes hay que intentar hacerlo en modo turista (con dinero en el bolsillo, claro). El viaje más barato en avión para llegar a Europa y de ahí, empezar a moverse. (Dicho sea de paso: 1 litro de nafta común, 6 shekels, es decir un dólar y medio, 22 pesos… y eso que los pozos petroleros deben estar cerca, ¿no?)

Lo más pintoresco: hoy vimos en un campo un MONTÓN de dromedarios. Pastaban como lo hacen los caballos o las vacas.

 

16/02/2016

– Where are you from?
– Argentina
– Wow. That’s very far from here.

Repetido una y otra vez.

 

16/02/2016

Y la tarjeta de crédito dejó de funcionar. Creo que me vuelvo haciendo dedo.

 

16/02/2016

– Tell us about Kirchnerismo and the new Macri’s goverment.

Nooooo, por favor no!!! ¿Acá también? ¡Mátenme!

 

16/02/2016

Un flaco de acá tiene una tía que le pintó un cuadro al Papa Francisco y se lo pudo dar en mano. Me mostró fotos del momento.

Interesante.

 

16/02/2016

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A cada persona que le decimos que tenemos el hotel en Netanya (a 20 kilómetros de las oficinas) se nos cagan de risa en la cara. Es una ciudad de abuelitos y aburrida, nos dicen.

No me imagino en Buenos Aires diciendo: ¿vivís en Berazategui? ¡Que mierda, che!

 

16/02/2016

– ¿Conocés Argentina?, le pregunto.
– Si, claro. Estuve ahí una vez. En Buenos Aires.
– ¿Te gustó?
– Mmmm… No. Llegué y me robaron de manera violenta.

Irremontable.

¡La argentinidad al palo!

 

16/02/2016

– ¿Conocés algo de Argentina?
– Ehhh… Si, creo que si. ¿Santiago, Montevideo, Rio?
– Dale, seguí tirando que algún día la vas a embocar.

 

16/02/2016

El nivel de inglés acá está muy segmentado. En las empresas, todos hablan inglés y muy bien. En los negocios, depende el tipo de negocio. Los tecnológicos, todos hablan ingles. En otro tipo de negocio, se nota que saben menos.

En los bares, los mozos apenas hablan lo mínimo. En McDonalds, los empleados no hablan nada, pero el jefe si.

La gente en la calle, depende mucho de su clase social.

Claramente el inglés es algo que está íntimamente relacionado con los estudios y el nivel económico.

Lo necesitan constantemente ya que sino la barrera idiomática con los turistas es terrible.

No se entiende nada, de nada, eh! Nada. Ni una palabra. Creo que el alemán se entiende más (y no se NADA de alemán).

 

16/02/2016

Che, las peras tienen un gusto distinto. No son feas, para nada. Pero tienen otro gusto.

 

16/02/2016

Son las 10 de la noche y recién entro al hotel luego de la oficina. No doy más. Comimos un sanguche en el viaje, así que en un ratito me duermo.

 

16/02/2016

Algunas anotaciones más:

Hay muchas empresas tecnológicas acá. Y todas están en edificios enormes con su logo bien alto.

Muchas de esas empresas les dan autos a sus empleados. Y cada auto tiene un sticker que dice el nombre de la compañía. Yendo a trabajar nos cruzamos, cada día, con no menos de 50 o 60 de nuestro cliente. De hecho, en la zona principal donde nuestro cliente tiene las oficinas, son 3 edificios los que ocupa. La playa de estacionamiento para invitados es un sector enorme que ocupa 4 subsuelos completos.

Hay MUCHA construcción de edificios. Torres enoooooormes que tienen una particularidad: las grúas que tienen en la punta están iluminadas con luces led de color. De noche se ve desde lejos la gran cantidad de construcciones.

 

17/02/2016

Hoy tengo los párpados caídos… (Tenés sueño, flaco). Si, ponele que si. Me pesan los párpados.

Anoche llegué de la oficina al hotel a las 10 de la noche. “Que bueno que viajás allá”. Pero es por trabajo. “Si, pero es buenísimo que tengas esa posibilidad para conocer un lugar nuevo”. Pero es por trabajo.

A veces no se entiende la diferencia entre turismo y trabajo. Venir por trabajo es agotador. Y te quita las ganas de recorrer. Les pongo un ejemplo: tengo la playa a una cuadra y solamente estuve ahí una vez a la noche. No pude pisarla de día. No hay manera. Debe ser mejor si uno estuviera varias semanas y tuviera libre los fines de semana para recorrer, pero no es mi caso. Claro que algo recorro, pero mucho menos de lo que ustedes piensan.

Mi día es: me despierto, me baño, desayuno en el hotel, me subo al auto, recorro 20 kilómetros hasta la oficina (que está en una “ciudad-pueblo-región-algo-asi” llamada Kefar Sava), trabajo de 9 a 13, salimos al centro comercial que está acá al lado para comer algo, a las 14 vuelvo y sigo trabajando hasta las 21 o 22, para luego volver en auto 20 kilómetros al hotel.

Ahora díganme “y dale, ahí podés salir…”.

Hoy nos agarró el tráfico (perdón, hoy formamos parte del tráfico). Nos costó mucho llegar. El GPS nos llevó por otro camino (ya hicimos tres o cuatro caminos distintos) y nos perdimos dos veces. (La vocecita diciendo “Keep straight” o “Turn right” ya me tiene un poco cansado). Estar detenido en plena ruta y que el GPS nos diga “This is the fastest route to your destination” es bastante deprimente.

Saqué un par de fotos (para quienes se desesperan por ellas… Cof, cof… Natalia, cof, cof, Adri… cof, cof…) las cuales ya subiré (en cuanto tenga ganas de enchufar la cámara a la notebook)  Es muy probable que mientras espere el avión tendré tiempo de subirlas todas (entre 3 y 7, seguramente ). Dicho sea de paso, le acabo de sacar una foto a un pizarrón en la oficina con una dirección de mail para no olvidarla. ¿Vale como recuerdo fotográfico del viaje?

Este idioma (o este pueblo) tiene algo extraño: mientras conversan hay momentos donde pareciera que estuvieran enojados. Y cuando miramos atentamente “la pelea” ambos empiezan a reír. ¿Será por la entonación del hebreo?

Hoy hablé con un flaco de acá que visitó Argentina durante 8 meses como turista. Recorrió en ese tiempo más ciudades argentinas de las que yo recorrí en toda mi vida. Vio todo. Desde Salta y Jujuy, pasando por Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Mendoza, San Juan, San Luis, Buenos Aires, Córdoba, Península Valdez, San Martín de los Andes, Bariloche, Villa La Angostura, El Calafate y Ushuaia… Impresionante. Y le encantó. De hecho, ama Argentina. ¡Grosso!

Hoy seguramente carguemos nafta. Veremos si en la estación de servicio nos entienden.

Anoche aprendí dos palabras nuevas. Y ya me las olvidé. Tengo que anotarlas…

Hace mucho que no canto. Hagámoslo con algo apropiado para la ocasión.

♩♬ So far from my homeland. I’m lost in time. My soul’s still searchin’. For that peace of mind. Those sacred landscapes. Come miles around. And my heart’s still beatin’. For those country grounds. ♩♬

 

17/02/2016

Acá en Israel existe un sistema de riego constante incluso para las plantas y árboles que hay en las veredas.

Cada árbol tiene a sus pies una manguera (pareciera de metal o algo así) rodeándolo la cual se prende y riega. Está en todos lados.

Y claro, un clima muy seco con riego generado por la mano humana. Creo que lo leí en algún libro de la secundaria.

 

17/02/2016

Hoy almorzamos en un típico restaurante de barrio (¡sacamos fotos!). Igualito que los de acá: mozos que te tiran la comida arriba de la mesa con cero tacto, como tiene que ser, claro.

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Claro que no tienen menú en inglés y tampoco lo hablan (solo el “jefe de mozos” y hasta ahí nomás). La comida llegó en 3 minutos (controlado, eh!). ¡Toneladas de comida! Y todo picante. Pero muy rico.

Hay un pan que hacen acá, redondo, terriblemente caliente que todo el mundo come. Muy liviano. Desaparece muy rápido y te lo traen como si te trajeran agua de la canilla.

Terminamos con un café muy fuerte que tenía un gusto raro… como a planta. Y venía acompañado por un roll que tenía pinta de “churro con verduras dentro” pero que era todo dulce.

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Eso si. La gente acá deja MUCHA comida en el plato. Lo notamos en el desayuno del hotel y en los restoranes. Se sirven de más, luego comen una parte, y dejan todo el resto que va a la basura. Parece que nunca sufrieron hambre. Y las mesas quedan sucias como si hubiera habido una guerra mientras comen. Muy raro.

 

17/02/2016

Cambian los países, cambian los pueblos, pero los baños son iguales en todos lados.

Con las mismas miserias.

 

17/02/2016

En todos lados hay tres tipos de azúcar: blanca, rubia y negra.

Tienen el mismo gusto, claro.

 

17/02/2016

Pensar en español y escuchar hebreo mientras escribo en inglés es una batalla interesante.

 

17/02/2016

17:30, noche cerrada.

 

17/02/2016

Acá hay un pibe que vino de la India. Habla igual que Apu.

“Graciass, vuelva prontoss”

 

18/02/2016

Boker Tov.

Nos acercamos al final. Y pese a que aún no pude visitar casi nada de Israel, anoche (luego de salir de la oficina cerca de las 8 de la noche) tuve lo que creo que es la mejor forma de conocer un país. No, no es yendo a lugares “importantes” como turista. Sino estando con gente del lugar.

Mi compañero colombiano tiene un amigo acá, colombiano también, que vive con su novia (colombiana criada en Israel). Viven en Bat-Yam, cerca de Tel Aviv. Así que anoche nos fuimos para su casa para pasar una de las noches más interesantes que he tenido desde que llegué acá.

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Primero es imposible no nombrar la amabilidad que tuvieron en recibirnos en su casa. Subir a un edificio de cuatro pisos por escalera puede parecer simplemente agotador, pero es mucho más extraño por la configuración misma del edificio (la escalera sube por el medio del edificio pero al aire libre, o casi) y mucho más fuerte por las pequeñas grandes diferencias que uno ve cuando la compara con la casa propia.

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Luego de estar un rato ahí y tomar un jugo de mandarina, nos fuimos a caminar hacia la playa de Bat-Yam. Habremos caminado, no sé, quince o veinte minutos en donde pude apreciar miles de imágenes nuevas para mi: edificios, sinagogas, plazas, negocios, carteles y hasta conectores para la manguera de los bomberos.

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Hasta vimos como se cagan en las prohibiciones de estacionar (pero se recontra cagan, eh!)

Durante toda la noche, nos contaron cosas sobre su vida, sobre cómo fue que llegaron de Colombia a Israel, de sus luchas, de sus sueños… Y un montón de datos sobre lo que es la vida en esa zona. Las comidas, las bebidas, las costumbres, la idiosincrasia, el clima, las amistades, la familia, las mascotas, los transportes, los alquileres, los precios, la influencia de Estados Unidos, de cómo está desapareciendo poco a poco la ortodoxia y de cómo cada vez hay más y más israelíes que se han vuelto más occidentales. Y muchas cosas más. Es casi imposible recordar todo.

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Nos hablaron de la guerra, de los aviones, de las bombas y del sistema de seguridad que tienen en donde cualquier misil puede ser interceptado antes de que llegue a la ciudad. Y de sus miedos cuando escuchaban por primera vez las alarmas ante alguna amenaza. Y de la vez que estuvieron bajo las esquirlas de un misil que fue destruido por ese sistema.

Y de los miedos de sus familias ante la mudanza a una zona que occidente ve como peligrosa.

Llegamos a la playa bordeada por una avenida (Derech Ben Gurion) y se abrió ante nosotros una monumental zona comercial llena de bares y restaurantes. Ahí nos metimos en גורילה בר קפה – Gorilla Bar Café, un muy bonito restaurante donde comí… no sé qué con no sé cual…  Por suerte ella hablaba muy bien hebrero y nos ayudó a pedir algo rico.

¿Qué se puede agregar a algo así? Horas de charlas y anécdotas, de actitudes y formas, de vidas, de sueños, de lágrimas, de la vida.

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Luego de comer bajamos a la playa y vimos unas de las imágenes más bonitas de las que he tenido la posibilidad de ver: en medio de la noche el reflejo de la luna sobre el Mar Mediterráneo generaba una luminosidad que permitía distinguir a lo lejos la diferencia entre la negrura del cielo y la negrura del mar. Una belleza. Seguramente ustedes me pedirán foto. Si, saqué fotos. Pero olvídense de que se vea lo que vi. Van a ver un cuadrado negro, nada más. Acá es donde queda demostrado la inutilidad de las fotos. Nada va a poder retratar la imagen que tengo en mi mente.

Y la luna, enorme, me mostró que es al revés que acá: cuando tiene forma de C está en cuarto decreciente. Una particularidad que ocurre porque estoy del otro lado del Ecuador.

La arena, blanca y muy fina. Y durante la caminata bajo un clima templado, nos cruzamos con una típica fiesta judía que estaba ocurriendo al lado de la playa. Y bailaba y reían y eran felices.

Y nosotros caminábamos bajo la luz de la luna y el ruido del mar.

Volví al hotel maravillado de tantas anécdotas, de tanta información, de tanta realidad.

Realidad que no te muestra ningún tour, ningún guía, ni puede retratar ninguna cámara de fotos.

 

18/02/2016

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Pedimos te helado y nos trajeron un tecito caliente. Mierda que hablamos mal, dijimos.

Se habían equivocado.

 

18/02/2016

Hoy me pedí un plato raro, con nombre raro. Era una milanesa de pollo con puré.

 

18/02/2016

¿Querían fotos? Explíquenme qué hace esta campanita en una juguetería de Kfer Saba.

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18/02/2016

A mis amigos que diseñan y/o desarrollan sitios web: acá hay que pensar los diseños dos veces porque cuando se pasan a hebreo cambia todo de posición, o casi porque hay cosas que se mantienen. Es como una versión reflejo, pero no tanto.

Un lío.

 

18/02/2016

Empezó a sonar una alarma en el edificio… ¿Salimos corriendo? ¿Nos escondemos debajo de la mesa? ¿Nos ponemos a rezar?

No, no… Solamente un “error”.

Pero avisen, che! ‘ta madre!!!

 

18/02/2016

Fuimos a almorzar. Pedimos el menú en inglés. Nos dieron el menú… que era una tablet. Hicieron tap en el botoncito “English” y ahí lo teníamos: 100% en inglés. Navegabas por la app eligiendo lo que querías.

El futuro llegó hace rato.

 

19/02/2016

Señoras, señores, hoy si. En un rato me voy para Jerusalem a ver ese pedazo de historia. Vamos por nuestra cuenta como turistas profesionales. Je…

Nos dijeron que es una zona peligrosa, pero intuyo que esta gente nunca se tomó el Roca.

 

19/02/2016

Misión cumplida. Llegué al Muro de los Lamentos y a la Iglesia del Santo Sepulcro. Un momento muy fuerte, sean cual sean tus creencias. 150 kilómetros recorridos en un día. ¡No saben cómo voy a dormir en el viaje!

Ya estoy en el aeropuerto. Tuve que pasar 4 controles. Durísimos. Me tocó la línea de los “mmmmm-sospechoso”. Me controlaron CABLE por CABLE. Me hicieron sacar todo. Faltó el análisis de sangre y orina. Y un montón de preguntas.

“Existe la posibilidad de que alguien haya puesto explosivos en su equipaje”, me dijeron. Me tuve que ir a cambiar los calzones luego de eso.

Y en mi misma fila los árabes, los africanos y los latinos. Los blanquitos pasaban todos, en limusina y con champagne.

Bueno, ya pasó. En una hora me subo a la máquina del tiempo para volver al pasado. Debería estar llegando primero a Roma y luego a Buenos Aires a la mañana del sábado.

Nos vemos allá.

 

19/02/2016

Esperando para abordar en Roma.

Claro, estoy vestido para el clima de Buenos Aires. Pero estoy en Roma… y tuve que tomarme DOS bondis dentro del aeropuerto para llegar a la puerta de embarque. Es decir, salir al aire libre. En Roma. En Invierno.

En resumen, cagado de frío. Pero todo bien. Ya subo.

En estos momento se acaban de parar todos para empezar a hacer una cola ENORME para subir al avión. Como si fuesen a obtener un mejor lugar, je…

Acá espero.

 

19/02/2016

Mientras espero, escucho música.

Y silbo.

Y me miran.

Tengo hambre. Los que definen los menúes en los aviones merecerían vivir a “comida de avión”.

Que bueno que no soy estrella de rock. Esto de ir en ciudad en ciudad, de aeropuerto en aeropuerto no da. (??)

 

19/02/2016

¡Noooo! La familia chilena compuesta por 12 (!) personas que rompieron las bolas en el primer viaje se toman este a Buenos Aires.

¡Noooo!

Creo que me vuelvo a dedo…

 

20/02/2016

Bueno, señoras y señores, ya estoy en casa.

Un jornada agotadora que arrancó el viernes a las 2 de la mañana de Argentina (7 de Israel) cuando me levanté. El avión salía a las 5 de la tarde, es decir que tenía 10 horas para levantarme, bañarme, desayunar, hacer el check-out, conducir 100 kms desde Netanya hasta Jerusalem, intentar ver algo de todo lo que hay ahí y manejar otros 50 kms al aeropuerto.

Parece un montón de tiempo.

No lo es.

Partimos raudamente del hotel hacia Jerusalem. Varias personas de ahí nos había dicho que podía ser un lugar peligroso. Pero nada, que no le prestemos mucha atención a lo que dicen.

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La transformación del paisaje plano a las colinas que predominan en Jerusalem es MUY notorio. De hecho, el auto automático empezó a pedir la hora (si, sé que si se lo pasa a manual… pero apenas podía manejar de esa manera y no iba a aprender otra forma ahora). La ruta da vueltas y vueltas y vueltas y vueltas… No íbamos con guía sino por lo que había leído en Internet.

Finalmente el GPS, luego de marearnos en pleno Jerusalem (una ciudad hermosa, sin dudas), nos dejó en una estación de tren que estaba cerca de la Ciudad Antigua de Jerusalem (a donde queríamos ir, claro).

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La caminata desde al auto hasta las puertas de la ciudad fue increíble. Pasamos por unas casas de piedras que estaban en desnivel (por las colinas), así que uno iba bajando escaleras sin tiempo de ver y sacar fotos a la vez (si… saqué fotos… como están, eh!). Estas casas era como un mini barrio entre el parque Blumfield y el parque Mitchell (lo veo en el Google Maps, sino ni idea, eh!).

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Finalmente llegamos a las puertas de la vieja ciudad. Porque claro, en esa época las ciudades estaban cercados por muros gigantes para protegerse de los invasores. O eso creo.  (El flaco tira data sin saber…  )

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Y cuando ingresamos a la ciudad…

Wow…

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La máquina del tiempo actuó nuevamente y nos llevó al pasado (o casi). Ante nosotros un INMENSO mercado como esos que vemos en las películas. Estrechas callecitas de piedras, con techos de concreto, y a los costados un puesto al lado del otro.

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Joyería, recuerdos, telas, ropas, souvenirs, comidas, postres, cambio… y celulares, y chips y DVDs… Porque un mercado es eso.

Mientras caminábamos los que atendían los locales nos invitaban a pasar: “com tu mai estor. fifti percent dicont. com. com. ai giv iu gif.”. Era un caos para los sentidos. La gente era una mezcla de turistas con habitantes locales y militares con armas largas. Muchas mujeres tapadas de pies a cabeza y mucha ortodoxia.

No sabíamos para donde mirar. Para adelante, para atrás, para los costados, para el piso, para el techo… Todo tan extraño a lo que acostumbramos, todo tan igual.

Cada tanto un cartelito decía “Western Wall” (el Muro de los Lamentos, nuestro objetivo principal). Así que para ahí íbamos. Vueltas, vueltas, vueltas… Los pasillos se hacían más angostos, más oscuros… Hay que recordar que era viernes casi al mediodía. En cuanto saliera la primera estrella comenzaba el Shabbat con lo cual la gran mayoría de los negocios empezaban a cerrar.

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Luego de dar vueltas y de sentir que el muro no iba a aparecer jamás llegamos a un camino con un cartel de advertencia avisando que el lugar era sagrado y que no se podía comer, ni vestirse de manera indecorosa y algunas cosas más. Dimos la vuelta y…

… (suspiro)…

El muro en todo su esplendor.

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Quedé impactado.

Para ingresar tuvimos que pasar por un control (como si fuera un aeropuerto) y luego si, bajar unas escaleras para estar en una plaza que está frente a él y avanzar. El muro está dividido en dos: una parte para los hombres y otra para las mujeres. Para estar junto a él es indispensable taparse la cabeza, ya sea con un sombrero, gorra o kippah. Nosotros no teníamos nada de eso, pero por suerte ahí te dan kippahs de onda para que uses de manera temporal. Así que me puse uno y avancé (si, tengo foto con el kippah… morbosos! ).

Delante de él, muchos judíos ortodoxos realizan sus plegarias de pie o sentados, muchos en voz alta. Cantando. Alabando. Pidiendo. Agradeciendo. Tal vez todo a la vez. Tal vez nada que ver. La imagen es poderosa.

Finalmente, luego de tanto viaje, de tanto trabajo y de tantas vueltas, toqué el muro, que representa para miles de millones de personas a lo largo de la historia mucho más de lo que podemos imaginar. Que fue construido en el siglo X antes de Cristo. Hace unos tres mil años, ponele.

Tres mil años.

Un símbolo para miles de millones de personas.

Y yo ahí, con una mano sobre él, con mil cosas en mi cabeza.

Y fue un momento especial que me guardo para mi y para mi alma.

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Dejé los correspondientes papelitos (hay millones, es impresionante), dejamos el kippah e intentamos ver si podíamos hacer la caminaba debajo del muro, pero ya estaba cerrado (recuerden que se venía el Shabbat).

Así que salimos y nos fuimos a buscar la Iglesia del Santo Sepulcro.

Otra vez recorrimos las calles y pasamos entre medio de los mercaderes (si, si… otra vez los mercaderes como en las películas). Por alto parlantes comenzó a sonar la voz de una persona que cantaba, no sé, unas alabanzas o algo así. Muy surrealista.

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En poco minutos habíamos dado con la Iglesia. Lo extraño es que no hay ningún control para acceder a ella (a diferencia de lo que fue llegar al muro).

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La Iglesia es grande, oscura y antigua. Apenas uno accede se encuentra La Piedra del Ungimiento donde se cree que se ungió a Jesús luego de muerto y antes de ser enterrado. La gente se arrodillaba sobre ella, la besaba, rezaban y lloraban.

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Poco metros a la izquierda nos encontramos con algo realmente sobrecogedor: el Edículo: el lugar que contiene el Santo Sepulcro. El lugar donde se cree que Jesús fue enterrado. Una pequeña estructura de piedra con una pequeña puerta delante y donde solo se podía pasar de a pocas personas a la vez.

La cola era larga, pero decidimos hacerla pese al poco tiempo. Ya estábamos ahí, ¿no?

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Cuando entramos accedimos a una pequeña antesala para luego pasar a la muy-pequeña sala mortuoria a través de una puerta tan baja que tenés que agacharte para acceder.

Y ahí estaba. En quizás uno de los lugares más santos para los Cristianos: el lugar donde se cree que fue enterrado Jesús. El peso histórico y religioso de la imagen que tenía delante de mi era muy fuerte. Dos mil años de historia. Quizás tenga más peso que todo el Vaticano junto.

“Nou fotos”, nos dijeron. Así que accedí y mientras estaba arrodillado (cabíamos solo tres ahí dentro) hice lo posible para filmar (dijo “Nou fotos”, no “Nou film” ). Todavía no pude ver si salió bien ya que la cámara murió minutos después (la estoy cargando ahora).

Nuevamente el momento fue muy fuerte y nuevamente guardaré para mi lo que conversé con mi alma en esos momentos.

Luego de estar ahí dos o tres minutos, salimos. El tiempo apremiaba y me quedé con ganas de acceder al lugar donde Jesús había sido crucificado… Ay, Martín, estabas ahí. Si, ya sé. No había tiempo. Tenía que ir al aeropuerto.

Apuramos el paso entre los mercaderes que habían empezado a vender comida: carne, pollo, pescado (sin hielo!!), frutas, verduras… Todos a los gritos, como en el Mercado Central, pero en hebreo. Todo muy “época antigua”, pero con celulares y WhatsApp.

Llegamos al auto luego de una larga caminata y volamos al aeropuerto. (je… volamos… aeropuerto… ).

Ingresar al aeropuerto empezó difícil: nos detuvieron con el auto en la entrada y nos preguntaron de dónde éramos, a dónde íbamos, nos pidieron el pasaporte y luego nos hicieron bajar del auto y abrir el baúl. Igual, no entiendo qué buscaban. En un minuto, ¿qué hubiesen podido encontrar?

Cuando dejé el auto en manos de mi compañero y fui a la puerta de ingreso del aeropuerto, me detuvo un flaco de seguridad: buenas tarde, me dijo, pasaporte por favor. ¿De dónde es? ¿A dónde va? ¿En qué llegó? ¿Qué vuelo tiene? ¿A qué hora sale su vuelo? ¿Lleva armas de fuego encima? (!!!!).

Me hizo dejar todo a un costado y pasar por un detector de metales. Por suerte, limpio.

Hice el check-in rápido, pero el flaco de Alitalia me dijo: ¿hiciste el control del equipaje? No, le dije. Ok, andá allá, hacé el control y luego despachás la valija.

Así que otro flaco de seguridad me hizo el TERCER control. Sus preguntas: duras y directas (con cara de mala onda).

¿De dónde es? ¿A dónde viaja? ¿Hora del vuelo? ¿Qué lleva en las valijas? ¿Cómo llegó acá? ¿Para qué vino? ¿Qué clase de negocios vino a hacer? ¿En qué empresa trabajó? ¿Dónde se alojó? ¿Por qué el hotel está tan lejos de las oficinas? ¿Lleva armas encima? ¿Estuvo usted todo el tiempo con su valija encima? Le pregunto esto porque puede existir la posibilidad de que a su valija le hayan puesto explosivos para detonar en el avión.

Me hice pis, caca, y otras cosas que no sabía que tenía.

Cuando pasé ese tortuoso control hice el check-in y me acerque al mayor control que me han hecho en mi vida: el control de las cosas de mano (mi mochila, bah…).

¿Vieron la cola para pasar por rayos-x? Bueno, esa. Primero me sacaron de la cola (mientras los rubios de ojos verdes pasan caminando como si nada). Me llevaron a otro lugar muy atentamente pero bien controlado por DOS personas. Me pusieron en la cola de los “pelotudos-que-parecen-terroristas-solamente-porque-nacimos-en-latinoamérica-áfrica-asia-o-todo-lugar-que-nos-parezca-sospechoso”.

El control fue muy duro. Paso a detallar:

Primero, todas las preguntas que me hicieron antes.

Luego me hicieron sacar todo de la mochila. Todo. Tenían una bolsita negra de Coto con todos los cables. Al flaco casi le agarra un ataque. Para que entiendan yo llevaba: notebook, kindle, celular, iPod, cámara de fotos, cargador de la notebook, cable para el kindle, cargador para el celular, cargador de la cámara de fotos, cables para la cámara de fotos, cable para el iPod, cargador para el iPod, mis auriculares, los auriculares del laburo… Y también sacar los regalos, los caramelos, la billetera, las monedas, el pendrive, los papeles, el anotador, el desodorante a bolilla, la birome.

Todo por rayos-x.

Me hizo a un lado (se sorprendió que yo hablara inglés) y me hizo parar en una plataforma y con un “cosito que era un palito negro con un circulo blanco en la punta” lo pasó por mis zapatillas, pantalones y remera. Metió el cosito blanco en una máquina que lo analizó y dio por pantalla un resultado verde (si llegaba a dar de otro color, me moría ahí).

Hizo lo mismo con uno y cada uno de los artículos que les detallé. Uno a uno. Cable a cable. Y los pasaba por la máquina. Y daba siempre verde. Me dijeron que ahí detectan drogas o explosivos.

Finalmente, ya medio podrido de todo ésto, llegué a migraciones… y empezaron nuevamente las preguntas. ¡Dios santo! La próxima vez me las llevo en fotocopias y las reparto.

Luego de tanto vuelta pude subir a esa extraña máquina del tiempo para volver al hoy.

La vuelta agotadora (no dormí) pero muy amena. Conversando todo el viaje con gente de Israel y de Austria. Muy copados. Todos yendo de vacaciones a Argentina (Buenos Aires, Calafate, Bariloche, Puerto Madryn, allá van!).

Finalmente llegué a Buenos Aires. Y acá estoy. En casa. Parte de lo que leyeron lo fui escribiendo durante el viaje. Llevo más de 36 horas despierto. El jetlag ahora si me va a afectar. Pero bueno. Fue una hermosa experiencia. Conocí gente muy copada (Tzion, I hope to see you in Buenos Aires someday, man!). Dura en lo que respecta al laburo, pero enriquecedora desde otros puntos de vista. Me quedé con ganas de ver más, pero no se pudo. Les juro que hice lo que pude.

En serio.

Bueno, acá termina mi diario de viaje. Gracias a los que estuvieron ahí dando Me Gusta y comentando. Me sentía muy bien cuando desde allá veía que estaban ahí.

En los próximos días voy a subir las fotos, a modo de apéndice.

Gracias.

Fin de la trasmisión.

Dije fin de la transmisión. No hay nada más (bueno, si, hay mucho) pero acá se acabó. Basta.

Listo, dije. Apaguen.

¿Pueden apagar de una buena v…?


Día uno


The corridor of the sky
Foto: julajp (A while busy)

Ella llevaba una vida como cualquier otra. Su vida profesional y su vida amorosa flotaban en un mar no del todo calmo. Había cambiado de trabajo dos veces en los últimos tres años y ya sentía, a sus 35, que su tren había pasado y lo único que podía esperar era mantenerse con el sueldo que le pagaban. Atrás habían quedado esos sueños de “ser exitosa” o convertirse en “algo”. De hecho, se preguntaba en líneas generales qué es lo que realmente uno esperaba al comenzar su vida laboral. Intentaba recordar para qué había estudiado, con qué objeto. No lo tenía muy claro. Ahí estaba, con un título, pero peleándola para llegar a fin de mes. Hacía números y veía que el aguinaldo era lo único que le permitía mantenerse a flote. El resto de los meses le costaba mucho gastar menos de lo que cobraba. Y no porque fuese una derrochadora compulsiva, sino porque tener que pagar las cuentas, los servicios, los impuestos, el crédito al banco y la tarjeta de crédito la dejaba casi sin aire para llegar a fin de mes y siempre terminaba usando algo de lo ahorrado. Cada tanto se daba el gusto de viajar, su único gusto real, la única realidad por la cual vivía la vida que eligió… o por lo menos que creía que había elegido. Estaba en la época en donde veía todo muy gris.

Además, tenía a su novio a quien había conocido hacía 15 años ya. Con él estaba todo bien. O, mejor dicho, estaba todo normal. Si, sonaba raro. Normal. Es decir, acostumbrada. Las hormigas en el estómago ya habían muerto hacían mucho tiempo, y estar junto a él era más una rutina que otra cosa. Lo veía viernes, sábados y domingos, porque no vivían juntos. Bah… Habían vivido juntos hacía algunos años, pero no había funcionado. Luego de separarse, se volvieron a encontrar seis meses después y ahora se estaban dando una segunda oportunidad… desde hacía dos años. Pero no vivían juntos. Ella quería independencia, pero al mismo tiempo necesitaba la seguridad de tener a alguien a su lado. O al menos eso le dijo la psicóloga. Así que se mantenía de esa manera: tranquila, segura, cómoda. En la cama él estaba bien. A veces le gustaría que él le genere algo más que un orgasmo, pero bueno. Últimamente tenía que agradecer que llegaba al orgasmo, ya que más de una vez lo fingía para que él no se sintiera mal. A veces los hombres son tan sensibles sobre si la mujer acaba o no… Imbéciles.

Hacía tiempo había trabajado junto a un flaco que le pareció muy interesante, pero al cual vio solamente durante tres o cuatro meses. Estaban dentro de la misma área y, pese a que tenían tareas distintas, habían conversado y cruzado temas laborales en un par de oportunidades. Lo tuvo enfrente durante todo ese tiempo y cuando él no la veía ella lo miraba. Observaba sus ojos, su nariz algo prominente, sus orejas, la incipiente barba y el arito que llevaba en la oreja derecha. Era como una cruz, un poco femenino pensaba ella, pero que no le quedaba mal.

Una mañana se descubrió con ganas de llegar a la oficina para verlo. Eso la asustó y le hizo re pensar la relación que tenía con su novio. Era toda una vida, no podía tirar todo por la borda por una calentura. Sin embargo, días después se enteró que el pibe no trabajaba más con ellos. Ella se sintió triste y ahí notó que algo había calado profundo. Aunque no entendía bien qué.

Él, por otro lado, era un flaco algo tosco, con modales que querían ser correctos, pero que no siempre eran así. Su vida profesional era inexistente. Iba saltando de un trabajo a otro con pocas esperanzas de tener un futuro mejor. Estaba acostumbrado a esto. Para él el trabajo era simplemente un trámite diario que debía cumplir si quería comer. Alquilaba un pequeño monoambiente con un amigo con el cual había podido encontrar la manera de tener una convivencia tranquila. Ninguno de los dos tenía dónde caerse muerto, así que si no hacían las cosas bien no tenía posibilidades de alquilar algo. Y como ninguno tenía familia, las opciones se reducían a esto o pagar una habitación en un hotel de mala muerte por más plata.

Su vida amorosa era inexistente. Un perdedor nato. Cada tanto picoteaba algo por acá o por allá, pero nada formal. Simplemente sentía que aún no había llegado esa persona especial. Mientras tanto, que sea lo que sea. No había apuro.

Entre tantos trabajos aterrizó en uno dónde conoció a una chica que le pareció muy bonita. Se sentaba frente de él. A veces notaba que ella lo miraba, pero él no se atrevía a levantar la mirada para cruzarse con ella. Le daba vergüenza. Se sentía muy cómodo cuando ella le hablaba, pero tenía pánico. Ella era linda, muy dulce al hablar y sentía que cuando hablaban tenían algunos puntos en común. Pero para él era un sueño imposible. Ella tenía novio desde hacía muchos años. No sabía si estaba casada, si vivía con él o no. Pero sabía que una chica como ella jamás le prestaría atención a un flaco como él. ¿Qué le podría interesar de mí? Un día vio una foto de ella con su novio y se sintió menos que una pulga. El flaco era re fachero, grandote, un ganador total. Él simplemente era él. En algún momento pensó tantear el terreno a ver si ella le prestaba algo de atención. Quizás ver si podían ir a tomar algo juntos. Pero nunca lo hizo. Tenía miedo al rechazo.

Un día lo llamó el gerente de Recursos Humanos y le dijo que no tenían lugar para él en la empresa. No le sorprendió, pero cuando juntaba sus cosas para irse no había nadie en la oficina de quién despedirse y eso le dio un poco de tristeza, en especial por no poder despedirse de ella.

El tiempo pasó. Los recuerdos comenzaron a borronearse.

Una noche ella llegó a su casa cansada del día laboral. Su novio la había invitado a salir, pero ella no tenía ganas. Y se lo dijo. Y él se enojó, como se enojaba siempre: un poco de berrinche, pero nada más. Ella estaba agotada, no sólo por su trabajo, sino también de él. Sentía que ya todo había terminado. Sentía que su duelo ya estaba cumplido. Ahora tenía que hablar y decirle lo que sentía, aunque el futuro fuese una incógnita. Así que decidió aceptar la salida. Y ahí mismo se lo dijo. Y él no le creyó. Ya se te va a pasar, le dijo. Ella se levantó y se fue. Nunca más habló con él. Y se sintió feliz. Y el tiempo pasó. Y las heridas sanaron.

Del otro lado de la ciudad, él seguía pasando de un trabajo a otro, pero en este último se sentía más estable. Habían pasado casi ocho meses y aún estaba ahí. Estaba contento por ese pequeño logro. Pero cada tanto volvía el recuerdo de ella. ¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Me recordará?

Una noche de martes él se fue a dormir, como todas las noches. Y soñó. Y soñó con ella. Casi la había olvidado. Ahí estaba ella, tan cerca y tan lejos. Lo miraba y él sentía una fuerte atracción. Se despertó pensándola.

Esa misma noche, ella se fue a dormir, también como todas las noches. Y soñó. Y soñó con él. Casi lo había olvidado. Pero ahí estaba él, tan cerca y tan lejos. Lo miraba y ella sentía una fuerte atracción. Se despertó pensándolo.

El la buscó por las Redes Sociales, y la encontró. Ella lo buscó por las Redes Sociales, y lo encontró. Él le mandó una invitación. Ella no se atrevió a hacerlo, pero para su asombro, vio como una solicitud de él aparecía frente a sus ojos. Su corazón empezó a latir fuerte. ¿Cómo puede ser que la casualidad sea tan grande? Anoche soñé con él y ahora aparece esto.

Aceptó.

Hola, dijo él. Hola, dijo ella.


Paz


#blur #reflection
Foto: tai-nui

Mi conciencia se había perdido. No recordaba dónde estaba. El silencio lo colmaba todo, pero no era un silencio sepulcral y rígido. Era más bien el silencio de la calma, de la tranquilidad. Los colores pasteles dominaban la escena difuminando las líneas que separaban los objetos, en una comunión casual. Tenía conciencia de mi ser, pero mi cuerpo no tenía peso. Me entendía sentado, cruzado de piernas. A mi lado estabas vos, en la misma posición, rozando nuestros brazos. Sonreíamos.

Y me dabas paz. Así de simple, así de profundo. Esa paz que no esperaba tener, pero que tenía.

Paz.

 


 


La esquina


Shadows and silhouettes
Foto: M.G.N. – Marcel

Este texto fue publicado originalmente en Bardo Magazine.

Bajó del subte como todos los días, acalorado por el incómodo viaje. Sus pensamientos volaban saltando de una idea a otra; de un recuerdo a otro. Se sentía muy nostálgico. Tenía ganas de llegar a su casa y descansar. Sabía que aún tenía que poner ropa a lavar, cocinar e intentar hacer todo eso antes que empiece el partido.

Puso sus pies en la escalera mecánica que iba del andén al lobby de la estación y cuando miró hacia abajo cruzó los ojos de una chica de no más de treinta años. Sintió que su mirada era distinta y eso le generó un pequeño sobresalto que le gustó. Que lindos ojos tenía. Profundos, brillantes. Siempre es bueno sentir que alguien te mira, más si se encuentra dentro del universo de personas que uno buscaría para entablar una relación. Era bonita.

Siguió subiendo y notó que la chica que estaba a su lado lo miraba de reojo. Ella era un poco más joven que la anterior, pero de todas maneras le prestó atención y volvió a sentir un pequeño cosquilleo. Él le sonrió, pero no consiguió respuesta visible. Y bueno, pensó, esto es así. Al menos sentir que dos chicas lo miraban alimentaba su maltratado ego.

Cuando llegó al lobby y apuró el paso para pasar por los molinetes se cruzó con una señora de unos sesenta años. Ella lo observó de manera pesada y algo seria. No le gustó mucho esa mirada, pero empezó a preguntarse si lo miraban por algo en particular. ¿Tendré algo en la cara?, dudó. Se pasó la mano por la nariz para confirmar que estuviera limpia y quiso mirarse en algún reflejo para ver si no tenía algo más dándole vueltas por la cara.

La escalera que salía a la superficie también servía para que los nuevos pasajeros entraran. Comenzó a subir y levantó la vista. Una señora de unos cuarenta años que bajaba lo miraba fijamente y eso lo intranquilizó, pero no pudo ni darse cuenta del por qué ya que el señor detrás de ella, de unos cincuenta, también lo miraba. Algo debía estar mal. Detrás de él tres adolescentes de unos quince años, quienes bajan gritando y riendo, detuvieron su jolgorio apenas lo vieron y lo observaron con una mirada extraña y seria. Él sintió que el corazón le daba un salto.

Salió a la superficie y comenzó a caminar las cinco cuadras que lo separaban de su casa. Necesitaba confirmar que todo estaba bien. Pero la actitud de las personas que lo cruzaban no cambiaba.

Primero fue un pibe de no más de doce o trece años que lo miró fijamente, casi al mismo tiempo la mamá de éste posó su mirada en sus ojos. Metros más adelante el florista no apartó su vista de él y el canillita lo vio y silbó en tono preocupante. Algo debía estar realmente mal.

Cuando llegó a la esquina se miró en el reflejo de un vidrio, pero no notó nada raro. Cuando cambió el foco advirtió que desde adentro lo estaban observando fijamente. Y esto lo asustó. Comenzó a acelerar el paso. Quería llegar a su casa de una buena vez. Intentaba no mirar a nadie, pero cada vez que levantaba la vista todos lo estaban observando. Uno tras otro. Hombres, mujeres, chicos, chicas, ancianos. Rubios, morochos, con pelo largo, corto, enrulado, teñido, pelados. Ricos, pobres. Incluso los que iban en autos, motos, camiones, colectivos. También el verdulero, el carnicero, la vendedora, la farmacéutica, el mozo. Todos.

Su corazón dio un salto cuando cruzó la mirada con un bebé y éste se puso a llorar. Tenía miedo. Quería ver qué pasaba, quería solucionarlo.

Repentinamente se dio vuelta para ver que ocurría detrás suyo y se sobresaltó con las miradas de todos que habían parado para verlo. Su angustia aumentó. Tenía ganas de llorar. ¿Qué mierda pasaba? ¿Qué tengo? Ya quedaban pocas cuadras.

Llegó a la última esquina y antes de cruzar la avenida sintió un calosfrío. Levantó la mirada y frente suyo estaba el hombre de negro, el cual, sin rostro, lo miró fijamente. Él se detuvo en seco y sintió el frío que lo rodeaba.

Vamos, le dijo. Y cruzó la calle junto al hombre oscuro.

Y caminaron.

Fue un desastre, dijo un señor que caminaba por ahí. No sé qué le pasó. El periodista intentaba calmarlo. Yo lo vi pasar, pero no sé, estaba caminando mirando para el piso, como distraído. Y el semáforo estaba en verde. Y el colectivo venía muy rápido y no pudo hacer nada para parar. Escuché el ruido del golpe y luego se sintió el ruido de la cabeza que golpeaba contra el piso. Pobre pibe, estaba destruido. Cuando llegaron los médicos ya era tarde. Una pena, che.

La gente se arremolinó al lado del cuerpo sin vida del chico. Se escuchaban gritos y llantos. Los médicos no intentaron hacer nada porque nada había para hacer. El chofer del colectivo estaba en medio de una crisis de nervios. El tránsito estaba detenido, los autos tocaban bocina, los gritos se sucedían, la tristeza inundaba la esquina.

Pero más allá, a lo lejos, en la oscuridad reinante, él seguía caminando siguiendo al hombre de negro, por toda la eternidad.

 


 

Desconexión: Les Claypool And The Holy Mackerel – Running The Gauntlet (Les Claypool And The Holy Mackerel – 1996)


La doncella del navegante


Florencia

Foto: Florencia Pagano

Quiero agradecer a Florencia Pagano quien me prestó la hermosa foto que inspiró este cuento. No será la última que te pida prestada.

Ya había pasado la medianoche. El frío calaba los huesos, pero él había decidido caminar por las pequeñas calles adoquinadas del antiguo barrio. La cena había sido muy placentera y le había dado las fuerzas para recorrer la zona e intentar conocer un poco más el lugar. Era hoy o nunca ya que no sabía cuándo podría llegar a tener la oportunidad de volver. El pueblo le había parecido hermoso y fantaseaba con poder mudarse y empezar una nueva vida ahí. Pero era tan difícil. Nada lo encadenaba a su ciudad natal. Solamente sus propias ataduras, invisibles éstas. Si tan solo tuviera una excusa que le permitiera arriesgarse.

Las calles por donde caminaba estaban desiertas. Los edificios, bajos y antiguos, de colores opacos y uniformes, construidos con sólidas piedras siglos atrás, le daban al paseo cierto misticismo. Los pocos negocios de la zona estaban cerrados. Quería mirar todo al mismo tiempo: callejuelas, veredas, paredes, ventanas, luces… Pensaba en las historias que tendrían esas calles, esos pasajes, esas puertas. La brisa invernal golpeaba su rosto. Su imaginación flotaba en un océano profundo y él se dejaba llevar por la corriente.

La caminata sin rumbo lo llevó a una zona de pequeños pasajes solitarios y antiguos donde ya no había negocios sino simplemente viviendas, ninguna de más de tres pisos. Levantó la mirada y observó cuerdas que cruzaban la calle de lado a lado con ropa colgada, secándose. Como antaño, como hoy, como siempre. Volvió a mirar hacia adelante y observó una luz distinta al final de la calle. Era cálida.

Muy cálida.

Intentó adivinar de dónde provenía. Se acercó a ella lentamente. El color amarillo preponderaba por sobre las luces del pequeño pasaje. Llegó hasta el final del mismo y se encontró con una extraña tienda. Su vidriera estaba repleta de antigüedades, regalos y otras chucherías. No parecían los típicos recuerdos de un centro turístico. Todo parecía antiguo, pero no viejo. No era la típica vidriera cubierta de polvo que apilaba objetos olvidados. Al contrario, todo relucía. Miró a su alrededor y notó cómo las luces cálidas todo lo cubrían. Se sintió en otro lugar. Buscó los reflectores, pero no los encontró. La luz salía del interior.

Observó atentamente los objetos amontonados y distinguió entre ellos un pequeño camafeo. Sus bordes trabajados eran de un bronce oscuro, gastado por los años. La piedra central, de vetas grises y coloradas, tenía tallada la figura de una mujer que sonreía con la mirada al piso. Su rostro expresaba una mezcla de felicidad y vergüenza. Justo en ese punto donde se cruzan la alegría y la timidez. La imagen le produjo una sensación placentera.

Acercó su cara al vidrio para mirar dentro y notó que no había nadie. Caminó a la puerta y leyó un pequeño cartelito en ésta que indicaba que el local estaba abierto. Miró la hora: dos y media de la mañana. Puso su mano en el picaporte, éste cedió y la puerta se abrió.

Una campanita adosada a la puerta sonó anunciando su llegada. El perfume de sahumerios cautivó sus sentidos. Cerró la puerta y comenzó a observar los objetos a su alrededor. Sentía que había viajado en el tiempo. Las antigüedades se amontonaban de manera ordenada y armónica. Muebles de madera, arañas de bronce, copas de cristal de múltiples colores, antiguos cuadros, vajillas trabajadas, cubiertos brillantes, pequeños alhajeros, cajitas musicales… el lugar era un canto a la historia. Objetos que habían sobrevivido a las personas y al paso del tiempo. Esquivaron golpes, caídas y roturas. Habían cumplido su objetivo, y ahí estaban: años, décadas, siglos después quizás, esperando a que un nuevo dueño pueda seguir disfrutando de ellos.

Estaba maravillado.

Escuchó un ruido y vio a la vendedora salir de una puerta que estaba detrás del mostrador. Era una joven con el pelo oscuro, lacio, con reflejos violetas y mirada cautivante. Su oreja izquierda estaba llena de aros brillantes.

—Bienvenido —le dijo con una voz suave. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes y él tuvo que mirar para otro lado intentando contener los repentinos nervios.
—Ho-hola —tartamudeó—. Que-quería ver ese camafeo que tenés ahí en la vidriera.
—La doncella del navegante, imagino.
—¿Cómo?
—Digo que imagino que el camafeo que querés ver es La doncella del navegante —se acercó hasta la vidriera mientras él la observaba caminar—. Aquí está.

Colocó la pequeña pieza en las manos de él. Sus dedos apenas se rozaron. Un pequeño golpe eléctrico lo recorrió de pies a cabeza.

—¿Cómo sabías que era este el camafeo que quería?
—Puedo saber qué es lo que mis clientes quieren cuando los miro a los ojos… —Un silencio cruzó el ambiente—. No, mentira —sonrió—. Es el único camafeo que tengo en la vidriera.

Él admiró su sonrisa y también sonrió.

—No me sale hacer ese chiste. Siempre que lo intento me río antes. No soy buena para eso —. Su sonrisa era fresca y encantadora.
—Por un instante te empecé a creer.
—¿Y por qué lo harías?
—No sé. Es muy rara esta tienda. Es muy bonita, está alejada de la zona comercial… y está abierta a las dos de la mañana. No es algo común. Me pregunto si esto no es un sueño o alguna de esos cuentos malos en donde el comprador termina llevándose un objeto mágico, o algo así.

Ella emitió una risita contenida.

—Y yo debería ser algún viejo sabio con anteojos que fuma pipa y advierte al comprador que el objeto tiene una maldición y todo eso, ¿no?
—Imagino que sí.
—¿Me parezco a él?
—No —dudó—, pareciera que no.

Ambos sonrieron de buena gana. Él volvió a mirar el camafeo. El borde de bronce era muy bonito, pero la imagen, en sobre relieve, le parecía increíblemente cautivadora. Pasó el pulgar por sobre ésta para sentir sus formas. Era suave.

—La piedra es un ágata y es muy bonita —dijo ella—. Es del siglo XVI.
—¿En serio?
—Si.
—Ahora es cuando me hablás de la maldición y todo eso, ¿no? —preguntó buscando complicidad por parte de ella.
—No, no. No tiene ninguna maldición. Perteneció a un marinero británico de esa época que luchó en la guerra anglo-española. Comenzó a finales del siglo XVI. Su mujer le regaló este camafeo cuando él salió de su hogar para servir a su país. Estuvo luchando veinte años. Cuenta la leyenda que cada vez que él tenía que participar de una de estas batallas, tomaba el camafeo entre sus manos y recordaba a su esposa para darse fuerzas en la lucha y sobrevivir un día más. Y sobrevivió. Y volvió a su casa con su esposa para morir de viejo, junto a ella, muchos años después. Al momento de exhalar su último suspiro tenía este camafeo en el pecho, entre sus manos. A partir de ese momento el camafeo fue considerado un objeto que le da a su dueño la fuerza y la valentía de conseguir lo que quiera.
—Es una historia muy linda. ¿Es cierta?
—Depende de vos que la creas o no. Yo solo te la cuento para que la conozcas —dio media vuelta y caminó de nuevo al mostrador mientras continuaba—. Mi abuelo lo tuvo consigo durante muchos años y hace poco decidí ponerlo a la venta.
—¿Y por qué lo vendés? Si es algo tan valioso y con tanto poder, sería bueno que lo conserves.
—Quizás solamente quiero que alguien sea feliz —sonrió—, o tal vez mis palabras sean solo mentiras para que algún comprador incauto caiga en la trampa.

Él volvió a mirarla a los ojos y luego miró el camafeo atentamente. Estaba en muy buen estado para tener tantos años. Dudó.

—¿Qué precio tiene?
—¿Cuánto serías capaz de pagar por un objeto así? —preguntó con voz profunda, algo exagerada.
—No tendrá una maldición, pero te ponés misteriosa.
—Te gusta que sea así, ¿no? Te da curiosidad el camafeo y tenés ganas de comprarlo —. Se paró y fue hasta la vidriera para tomar el cartelito que indicaba el precio. Se lo dio en la mano y volvió detrás del mostrador.

El sacó su billetera, tomó su tarjeta de crédito y pagó sin decir una palabra. Ella colocó el camafeo en una pequeña cajita azul y ésta en una bolsita de cartón. Con una sonrisa extendió su mano para entregarle el regalo.

—Suyo. Que lo disfrute.

Se despidió y salió del negocio. La calle seguía exactamente igual a como estaba antes de entrar. Caminó recordando la charla y la leyenda que recién había escuchado. Llegó a la esquina y se detuvo pensativo. Miraba a su alrededor sin prestar atención. Analizaba la situación, las palabras, los gestos… Sacó la cajita de la bolsa y la abrió. Ahí estaba el camafeo. Hermoso, brillante. Cerró su mano sobre él, abstraído. Respiró profundo.

Dio media vuelta y regresó a la tienda. Se acercó a paso firme con el camafeo en su mano. Respiraba entrecortado. Estaba nervioso. Llegó a la puerta y la abrió. Volvió a sonar la campanita, pero con más vehemencia que la primera vez. Ella estaba aún en el mostrador haciendo unas anotaciones en un pequeño cuaderno con un lápiz negro. Se sobresaltó con el ruido y levantó la mirada. Lo vio a los ojos mientas él se acercaba. Estaba agitado, temblaba. Se paró frente a ella e intentó calmarse. Sus labios comenzaron a moverse.

—¿Puedo invitarte a tomar algo? —, dijo entre asustado y ansioso.

Ella bajó la mirada y sonrió.


 

Desconexión: Les Claypool – Riddles Are Abound Tonight (5 Gallons Of Diesel – 2005)


El trencito blanco


Niños de Tilcara saliendo del coleFoto: (M)

Este texto fue publicado originalmente en el número de febrero de 2016 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Roberto era un buen pibe. Nació en 1950 en una casita humilde de Aldo Bonzi y siempre vivió ahí con la vieja y sus cuatro hermanos más chicos. Junto a ellos tuvo la suerte de ir al colegio, suerte que no habían tenido la mayoría de sus amigos en el barrio. Algunos lo recordaban caminando por las calles con sus zapatitos gastados, sus medias blancas enrolladas en los tobillos, el delantal blanco que la mamá remendaba una y otra vez y su valijita negra donde guardaba sus más preciados tesoros: sus anotaciones.

Cuando caminaba al cole lo hacía dándoles la mano a sus hermanos. Iban en fila, uno tras otro, como mamá pato y sus patitos. Eran un espectáculo para los vecinos. Los veían pasar y sonreían. Que bueno que es Robertito, decían. Mirá como lleva a sus hermanos, comentaban.

Una mañana de invierno Roberto y sus hermanos pasaron frente a la casa de Doña Selva. Se la veía preocupada. ¡Hola, Doña!, la saludó Roberto. ¿Cómo anda? Esperando al plomero, m’hijo. No puedo llevar a Luisito al colegio, avisale a la señorita. ¿Quiere que lo llevemos? Hay lugar en el trencito, dijo con una sonrisa. Doña Selva lo miró, pensó un momento y le dijo: esperá que ahora te lo traigo. Luisito se sumó al tren de Roberto el cual ya tenía cinco vagones y la locomotora que era el mismo Roberto, todos de blanco, uno tras otro.

Se corrió la voz entre los vecinos quienes comenzaron a confiar en Roberto para que llevara a sus hijos a la escuela. El trencito comenzó a crecer hasta llegar, antes de fin de año, a los veinte vagones. Eran muchos, así que Roberto empezó a pedirle ayuda a Luisito para que vaya al final de tren y no se perdiera ningún vagón. Algunos iban sólo en el viaje de ida. Otros sólo en el de vuelta. Pero la mayoría iban y venían en este entretenido viaje diario. El caos se armaba cuando Roberto estaba enfermo y no había tren. Ese día los papás tenían que re organizarse porque el trencito no salía de la terminal.

Los años pasaron y el trencito se volvió una institución en el barrio. Los vagones iban creciendo y llegaron a ser cerca de cincuenta. Toda una procesión.

Cuando Roberto llegó a quinto año los papás empezaron a hablar entre ellos sobre la preocupación de que se termine el trencito al colegio. Estaban muy agradecidos con él por todo lo que había ayudado a los vecinos llevando a los chicos al colegio durante tantos años. Roberto se recibió y todo el barrio lo aplaudió. Y para su sorpresa, el colegio le dio una plaqueta en homenaje a la ayuda que le había dado al barrio desde hacía tantos años. El trencito blanco, lo llamaron. Roberto lloró de alegría.

Al año siguiente, el primer día de clase, los papás empezaron a preparar a sus hijos para llevarlos al colegio pensando en todo lo que iban a extrañar al trencito. Sin embargo los timbres de las casas volvieron a sonar como todos los días. Ahí estaba Roberto llevando todos sus vagones, como siempre, ya sin la obligación de ir al colegio pero con las ganas enormes de ayudar. Y los papás lloraban al ver a Roberto, ya con 18 años, llevando a los chicos como lo venía haciendo desde hacía casi una década.

Una tarde de abril, luego de dejar a cada vagoncito en su casa, Roberto pasó por la salita de primeros auxilios del barrio que también funcionaba como comedero. Lo recibieron con sorpresa, en especial cuando preguntó: ¿en qué puedo ayudar? Y comenzó a dar una mano en donde podía: barriendo, lavando los platos, yendo a hacer los mandados, haciendo las camas e incluso dando una mano cuando pudieron pintar la salita.

A las pocas semanas empezó a cocinar y unos meses después pudo dar una mano a la doctora del barrio. No sabía nada de medicina, pero quería aprender. ¿Y por qué no estudiás medicina?, le preguntó Norma. Y a él le interesó. Le parecía que era una buena opción. Pero no quería ir hasta la ciudad a estudiar porque no iba a poder ocuparse del trencito ni de la salita. Así que lo dejó ahí, pendiente para más adelante. Prefiero dar una mano aquí y ahora, decía, antes que estudiar. Pero vas a ayudar a muchos cuando estés recibido, le retrucaban. ¿Y los que necesitan ayuda ahora? Y nadie le respondía.

Nadie se atrevía.

Los años pasaron y Roberto creció, se transformó en un hombre pero nunca formó una familia. Trabajó palmo a palmo con la escuela, con la salita y con el comedero (que ahora tenía su propio techo porque cada día había más familias que venían a comer). La escuela le pagaba un sueldo por su “Servicio de Transporte y Acompañamiento” lo que le permitía vivir con lo justo. En la salita y el comedero no tenía descanso. No quería tomarse vacaciones (¿cómo voy a descansar cuando hay chicos que no tienen que comer?) y siempre era el primero en llegar y el último en irse.

El barrio se volvió peligroso y el seguía firme ayudando a quienes más lo necesitaban. Incluso le daba una mano al padre José quien desde la capilla del barrio intentaba sacar a los chicos de la calle y las drogas.

Una tarde de 1977, Roberto se despertó como todos los días para comenzar el trayecto del trencito cuando escuchó ruidos en la puerta de su casa. Alguien había entrado. Cuando fue corriendo a ver qué había pasado sintió un golpe en su cabeza que lo desmayó.

Nunca nadie supo más sobre Roberto.

El barrio entero lo lloró. Intentaron averiguar algo de él, pero siempre se encontraron con las puertas cerradas. Para recordarlo decidieron ponerle “El trencito” a la salita y “Robertito” al comedero.

Pasaron muchos años ya. La escuela cambió de directivos varias veces pero la salita y el comedero siguen ahí. Cada tanto, en algún grado, en la salita o en el comedero, unas señoras del barrio vienen a contar cuentos. Entre éstos desfilaban dragones, magos, elfos, princesas, príncipes y hadas como nos han hecho disfrutar en nuestra niñez.

Y cada tanto ellas cuentan la historia de Roberto. La leyenda de un chico que siempre vivió para ayudar a los demás y del cual ya casi nadie recuerda su apellido, pero de quien se decía que tenía poderes mágicos para poder llevar los chicos al colegio, curarlos y darles de comer casi sin dormir, casi sin vivir su vida.

Y cuando los chicos de la escuela hacen sus dibujos, casi siempre aparece garabateado la leyenda de Robertito y su tren mágico.


 


Campos


field
Foto: gato-gato-gato

Una pequeña silla. Una pequeña silla de madera.

Blanca.

Me encuentro sentado en una pequeña silla de madera blanca rodeado por un inmenso campo. La suave brisa apenas agita el verde pasto que se extiende hasta el horizonte, creando caprichosas formas únicas, efímeras e irrepetibles. El cielo, azul profundo, se aclara a lo lejos para confundirse con la tierra bajo mis pies. El aire primaveral tiene una dulzura única que inunda mis pulmones y me hacen renacer. Mis pies desnudos se asientan firmes en la alfombra natural del campo. Mis manos reposan plácidas sobre mis piernas. Mi espalda recta descansa en el respaldo de la silla. Nadie a mi alrededor por kilómetros. Silencio de palabras. Silencio. Mis ojos vacíos miran el horizonte.

Vacíos.

No hay mucho más para decir. No hay mucho más para hacer. Solo quedarme aquí y esperar. Disfrutando el momento. Penándolo.

 


 


Bienvenido a casa


Rain & Bridge
Foto: Jonathan Kos-Read

Existe un olor… No, un olor no. Un perfume. Existe un perfume que cada vez que lo siento me lleva atrás en el tiempo. Es muy particular, al menos para mí, y es casi imposible de describirlo. Es el mismo perfume que sentí en la oficina el primer día de trabajo de mi vida. Y ese olor, ese perfume, tiene un sabor agridulce en mi memoria, en la cual se cruzan tantos recuerdos bellos y tristes en paralelo.

Es raro. A medida que pasan los años uno empieza a sentir que los recuerdos, en especial los felices, tienen una cuota de tristeza por el tiempo pasado y por los que no están. En mi caso debería agregar un sentimiento más el cual vuelve a mi cada cierta cantidad de tiempo.

Todo comenzó hace varios años, en 1981 precisamente. Tenía 6 años y comenzaba el colegio primario en una nueva escuela. Eso significaba nuevo edificio, nuevos compañeros, nuevas maestras y una sensación que me persigue hasta el día de hoy. Pasar del jardín de infantes a la primaria fue algo muy extraño (bah, seguramente lo haya sido para todos, no sé).

Luego de los trámites iniciales, en donde me enteré con terror que la jornada era de doble escolaridad y que me iba a quedar a almorzar ahí, comencé a deambular por el inmenso patio del colegio. El mismo era un antiguo edificio que se venía abajo y del cual nos mudarían meses después. Pero en ese momento, en esa inmensidad de patio, rodeado de un montón de chicos desconocidos en donde la mayoría eran más grandes, estaba solo con mi delantal blanco, mi valija de cuero y tela escocesa y con una angustia enorme. Sentía que una mano apretaba mi corazón y me llenaba los ojos de lágrimas. Hoy en día, sentado frente a la computadora mientras escribo esto, treinta y cinco años después, recuerdo exactamente la misma sensación y se me humedecen los ojos. Era una mezcla de miedo, pena, tristeza, abandono, soledad y unas ganas tremendas de que pase el día lo más rápido posible para volver a casa, bajo el ala de mamá para que me cuide y nunca más me deje solo. Tengo fotos de ese día, al menos al momento de salir de casa y algunas más en el aula.

Los días pasaron y esa sensación fue esfumándose lentamente, como consume a la vela una pequeña llama.

Y la olvidé.

Hasta dos años después cuando volví a cambiar de colegio. Comenzaba tercer grado y tuve la misma sensación de pena, de tristeza, de soledad, de miedo. Y recordé esa primera huella que se había marcado en mi un par de años atrás.

Y el tiempo pasó, y la llama volvió a consumir lentamente la vela hasta hacerme olvidar.

Cuando comencé quinto grado volví a cambiar de escuela. Y la angustia volvió junto a esas ganas terribles de llorar. Por suerte no volví a cambiar de colegio hasta que terminé la secundaria.

Llegamos a mediados de 1993. Ya habiendo terminado la secundaria y empezado la facultad, decidí intentar encontrar mi primer trabajo. Mi papá me había dicho que si quería solamente estudiar, él me bancaba. Pero yo quería trabajar, quería tener mi dinero y disponer de él. En esa época mi tío me daba $10 por semana. Y ese era mi único ingreso fijo. Tener un sueldo iba a ser un cambio importante.

Buscar trabajo en 1993 no era tarea sencilla. Hoy en día tampoco, claro. Pero en esos años no había Internet, uno no cargaba su currículum en una página web, uno no enviaba mails adjuntando el mismo, uno no se postulaba haciendo clic en un botón. En esa época uno abría el diario todos los días y comenzaba a buscar los avisos publicados haciéndole círculos a los más interesantes. Y yo buscaba algo como cadete ya que mi flaco currículum apenas decía que era un incipiente estudiante de Sistemas que había terminado la secundaria el año anterior y del cual había recibido un paupérrimo título de Perito Mercantil. Nada. Una página de nada. ¿Experiencia? Nada.

La mayoría de los avisos eran para presentarse ese mismo día. Y uno tenía que elegir de manera muy precisa a cuál ir, porque las colas, de cien o doscientas personas te podían hacer perder toda la mañana (y los avisos normalmente especificaban que había que presentarse de 9 a 12 y se acabó).

Las filas eran interminables y la desilusión siempre era la misma. Esperabas tres o cuatro horas para que te digan: te llamamos. Lo más frustrante era cuando recorrían la larga fila y empezaban a descartar gente porque tenían tatuajes, o barba, o pelo largo (en este momento era cuando me descartaban a mi), o simplemente porque no les gustaba tu cara. Frustrante.

Una mañana de agosto, mientras todavía estaba leyendo los avisos en el día, mi papá encontró uno que consideró una oportunidad. Andá a ese lugar, me dijo. No, papá. Ya marqué otros. No seas tonto y andá ahí. Haceme caso.

Los padres siempre saben. Saben mucho. Vivieron mucho más que uno y saben. Así que fui. Era el 30 de agosto de 1993, yo tenía 19 años recién cumplidos y llovía de manera torrencial. Santa Rosa, sin dudas. Llegué, me entrevistó la jefa de Personal (Rosita le decían) y ahí nomás empecé a trabajar. Sin formalismos, sin pruebas, sin nada. ¿Podés empezar ahora?, me preguntó Rosita con sus pelos rubios alborotados y su voz aguda. ¿Qué habrá sido de ella?, me pregunto. La última vez que la vi la había echado por haberse quedado con algún vuelto… O eso decían. Pobre Rosita. A mí me ayudó mucho. En lo que eran tareas administrativas yo era el que no sabía ni siquiera hervir agua. Pero Rosita me ayudó.

Mi primera tarea fue armar unos sobres con no-sé-qué-papel adentro. Media hora después llegó el gran desafío. Martín, me dijo Rosita, tenés que llevar esta carta a San José 140. ¿Sabés dónde queda? Si, claro, mentí. Salí bajó la lluvia y, no me pregunten cómo, llegué a destino.

Al mediodía, ya de vuelta, me senté a almorzar: un paquete de Cerealitas y una lata de Coca-Cola. Gasté $2. En la soledad de esa hora me sentí nuevamente como me había sentido a los 6 años, y a los 8, y a los 10. Estaba ahí, sentado, en un ambiente adulto, sin saber qué hacer, cómo actuar, con miedo, angustiado, abandonado. Como me he sentido cada una de las veces anteriores.

Y se sumó el perfume del ambiente. Era el olor de la oficina. O el perfume de alguien dentro de la oficina. No sé. Pero se mezcló con mi tristeza. Y ahí quedó, en mi recuerdo.

Y los años pasan. Y cada vez que camino por algún lugar y siento ese perfume, los recuerdos afloran nuevamente, al igual que esos sentimientos dominados por una extraña angustia. El colegio, una oficina, mi viejo…

Y cada vez que ocurre duele más.

 


 


Día cero


Return to innocence
Foto: Fernando Rodríguez

El viento soplaba en la noche invernal. Ninguno de los dos colectivos que me podía tomar se dignaba a venir y el frío comenzaba a generarme pequeños espasmos. Unos cincuenta metros separaban las paradas de ambas líneas pero yo había jugado mi suerte a solo una de ellas ya que era imposible estar en las dos a la vez.

Detrás de mí estaba ella: zapatillas deportivas rosas, calzas azules y una campera no muy gruesa. El pelo recogido dejaba a la vista un pequeño aro en la nariz y un tatuaje en el cuello. Tal vez un símbolo indio, o algo así. La miré un rato y me pregunté si no tendría frío.

El colectivo de la otra parada llegó y ella corrió levantando la mano para intentar tomarlo, pero no tuvo éxito. Volvió lentamente con cara de frustración y la incertidumbre de cuándo llegará el próximo. Cruzamos miradas y nos sonreímos. Se acercó a mí para volver a su lugar en la fila. Dudé un instante pero finalmente abrí mi boca para intentar comenzar una conversación:

—Imposible alcanzarlo —dije tímidamente.
—Está muy lejos la otra parada —respondió—. Siempre me pasa lo mismo —agregó para mi sorpresa mientras mantenía su mirada en mis ojos. Su voz era suave y sus labios me atraían.
—Yo directamente me la juego por una de las dos. A veces pierdo, como ahora, y a veces gano.
—Tenía ganas de subirme. Hace frío y vengo de tomarme otro colectivo. Ya es hora de llegar, ¿no?

Intenté descifrar qué quería decir con sus palabras. Su sonrisa era bonita y me pregunté qué debía hacer. Mis conocimientos sobre cómo empezar o mantener una conversación con una desconocida eran prácticamente nulas. Pero no me amilané.

—En un ratito viene el otro —arriesgué—. Vas a ver.

Para mi sorpresa el colectivo que esperábamos apareció casi al instante en todo su esplendor. Ahí viene, le señalé con mi cabeza en tono tranquilizador. Éramos los únicos en la parada y ambos levantamos la mano. La mole de acero se acercó hacia nosotros escupiendo el aire de los frenos como un dragón que resopla fuego.

La invité a subir y ella agradeció el gesto. ¿Qué hacer?, me pregunté. ¿Sigo la conversación? ¿Dejo todo acá? El colectivo estaba casi vacío. Un señor de mediana edad, sentado en uno de los primeros asientos, cabeceaba intentando no dejarse vencer por el sueño. Ella sacó su pasaje y su ubicó en un asiento doble, casi en el fondo. Saqué el mío y dudé. ¿Me siento con ella? ¿Me siento solo? ¿Qué tengo para perder? ¿Qué es lo peor que me podrá decir? ¿Que no? Conversar un rato e intentar conseguir su teléfono con la esperanza de ir a tomar algo en algún momento. Sí, no tenía nada para perder. Su mirada y su sonrisa en la parada me habían envalentonado para dar ese paso.

Me acerqué hacia donde estaba y le pregunté:

—¿Te molesta si me siento con vos?
—Disculpame —me respondió con una sonrisa— pero creo que sos un poco mayor para mí.

Un frío mortal recorrió mi espina dorsal de punta a punta. Solo atiné a hacer una mueca intentando imitar una sonrisa mientras balbuceaba una disculpa. Retrocedí y me senté en un asiento individual para mirar por la ventana en silencio durante el resto del viaje.

No tengo mucho para contar sobré qué pasó por mi cabeza durante los siguientes cuarenta y cinco minutos. No lo recuerdo. Mi mente estaba en blanco. Solo recuerdo contener las lágrimas. No puedo ser “mayor” para ella. No seré un adolescente, pero… ¿Qué edad tendría? Algunos años menos que yo, nada más. ¿Cómo puedo parecerle que estoy “mayor”?

Cuando me levanté para bajar, el colectivo estaba atestado de gente. Llegué a la puerta con esfuerzo y miré hacia el lugar donde ella se había sentado al subir. Un muchacho alto, barbudo y de tez morena escuchaba música en su lugar. Toqué timbre y bajé.

Mientras caminaba intentaba mirarme en algún reflejo para verme tal cual soy. Mis ojos veían a un adulto que comienza a peinar algunas canas y a entrar en ese tobogán llamado decadencia, que tiene un único desenlace cuando nuestros pies tocan la arena al final del viaje.

Recorrí las últimas cuadras envuelto en lágrimas. Solamente quería llegar a casa, meterme en la cama y taparme para llorar en silencio el comienzo de esta nueva etapa en mi vida.

 


 


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