Globos negros


Texto originalmente escrito el 3 de abril de 2017.

¿Metallica en el Lollapalooza?, me pregunté cuando me enteré. ‘ta madre, ¿en serio voy a tener que ir a un festival donde toquen veinte bandas? Qué garrón. Y bueno, es Metallica. El resto, plástico de colores.

Compré la entrada apenas se confirmó que venían (el 28 de septiembre del año pasado). Fueron seis meses de espera. Lo últimos días me puse algo pesado. Creo que todo mi entorno soportó que me pusiera medio monotemático (perdón, pero soy muy débil en esto, al menos no es política).

El día del show lo arranqué muy temprano laburando desde casa. Estuve hasta el mediodía y ahí comencé el operativo para ir desde Belgrano hasta San Isidro. Cargué nafta y me fui para allá intentando llegar temprano para encontrar un lugar para estacionar en los alrededores del Hipódromo. El tránsito estaba complicado, pero el Waze me hizo dar muchas vueltas para evitar todo el quilombo y dejarme en el Hipódromo en 25 minutos. Una belleza. Eran casi las dos de la tarde.

Dejé el auto a cuatro cuadras de una de las entradas y me fui a almorzar. La idea era llenarme lo más posible para evitar tener hambre; no tenía muchas ganas de que me estafaran dentro del recital. Al menos, no mucho. Me encontré con Mumi, charlamos un rato y luego hice la cola para poder entrar. Y acá fue dónde encontré el primer contraste extraño: el público.

Claro, no estamos hablando de un recital de Metallica. Estamos hablando del Lollapalooza, otrora un show alternativo a la oferta musical de las grandes discográficas, hoy transformado en un show popular lleno de plástico y colores brillantes. Mientras esperaba para entrar se veían viejos roqueros, de estricto negro, con sus remeras de Metallica, Megadeth, Maiden, junto a adolescentes con sus remeras, pantalones y almas coloridas. El contraste me hizo acordar a la vez que fui a ver a Slipknot y en frente tocaba Lali Espósito: de un lado de la calle metaleros de negro y del otro lado nenas vestidas con polleras de colores.

Era raro. Nenas de no más de 15 o 16 años con brillitos en la cara y anteojos extravagantes se sacaban selfie tras selfie poniendo boca de pato… Algo surreal.

Entré al predio y de golpe noté que la experiencia me iba a exceder. Eran las cuatro de la tarde y, pese a que aún había mucho lugar, el volumen de gente ya era importante.

Primero, lo importante: pis. Me estaba haciendo pis. Fui a los baños pensando en que iba a esperar mucho, pero zafé: no había nadie. Ahora si, más relajado, comencé a recorrer el lugar. Demasiadas cosas, sin dudas. Comidas, remeras, patio cervecero sin cerveza (eh?), “actividades-re-copadas”, un sector para chicos, área de descanso (?) y los escenarios, claro.

Demasiado.

Suena a viejo si digo que estoy acostumbrado a llegar a un estadio, sentarme en el piso y esperar cinco horas hasta que toque la banda. Esto era algo nuevo para mi, pero bueno… Era raro pero decidí recorrer un poco más y buscar el escenario principal (vine a ver a Metallica, ¿recuerdan?). Algo que me preocupó era que desde un escenario se podía escuchar parte de lo que pasaba en otro.

Me acerqué al escenario principal cuando ya había terminado León Gieco. No había nadie, así que me fui bien adelante a sentarme en el pasto y a esperar. Mientras tanto, sobre el escenario, los plomos de Cage The Elephant comenzaron a preparar todo. Fue una hora de espera hasta que la banda yanki salió al ruedo, momento en el cual el sector se llenó de adolescentes coloridos. El show comenzó y de golpe me vi metido en medio de los saltos que realmente no me interesaban experimentar. Hay que saber cuáles batallas pelear, me dije (vengo usando mucho esa frase), así que empecé a retroceder y dejar que los chicos se divirtieran. Cage The Elephant estuvo bien. Sonaron decentes, pero no hay mucho que pueda decir. Su cantante, Matt Shultz, tiene mucho de Mick Jagger, y se nota en cada paso que da.

Cuando terminaron, el campo frente al escenario principal quedó casi vacío. Tenía dos opciones: irme para adelante de todo o irme a comprar algo para tomar y evitar el dolor de la sed. Todavía faltaba una banda antes de Metallica (unas tres horas y pico), así que decidí ir a comprarme algo… Dios santo, qué quilombo.

En este festival en lugar de entradas te dan una pulserita con un chip al cual le podés cargar plata para comprar dentro del predio “sin hacer colas”. Claramente esto es 100% chamuyo. Primero hice una cola para cargar la pulsera (lo pude haber hecho desde casa, pero bueno… no iba a meter plata que no sabía si iba a gastar) y luego tuve que hacer cola para comprarme algo para tomar, y luego una tercera cola para que me dieran lo que compré. De una cola en los shows tradicionales a tres colas en el Lollapalooza. Unos genios. En el patio cervecero (del cual dije que no vendían cerveza), había una cola enorme en donde decía “Recarga de pulseras”. Pésima idea, señor Lollapalooza.

Bien, para resumir: salir del escenario, recorrer medio predio, cargar la pulsera, hacer el pedido, que me lo dieran y volver al escenario me llevó 45 minutos. Me hice vivorita entre la gente y me acomodé bien adelante entre el público. Me fui tomando una de las botellas y me guardé la otra en el bolsillo para más adelante. Si, la bermuda que llevé tiene bolsillos grandes.

Bien, llegó la hora de Rancid. Durante varias semanas todo el mundo habló de lo descolgado que iba a estar Metallica en un festival como Lollapalooza, pero la verdad es que la banda más colgada era Rancid. Su música punk/hardcore era lo menos parecido al espíritu del festival. En cuanto salieron me pregunté: ¿quién es el indigente que canta? 😀 Tim Armstrong está MUY diferente a lo que recordaba. La vida le pasó por encima, parece.

Rancid (ya escribí varias veces Racing en lugar de Rancid… bueno, otra vez…) sonó muy bien. Mucho mejor que Cage The Elephant. Su show fue muy contundente. Punk al palo: temas de dos minutos, tres notas y listo. Palo y a la bolsa, como tiene que ser. Abajo fue una fiesta, pero se notaba que muchos de los que estábamos queríamos reservar energías.

Ahora si, la última espera: una hora y cuarto hasta que saliera Metallica. Estaba bien parado (a unos 5 metros de la valla delantera y a “un brazo” de la valla central), así que no pensaba moverme de ahí… pese al calor humano.

Ver a los plomos de Metallica laburar es apasionante. No porque sea Metallica, sino por el alto nivel profesional de los tipos. El plomo del batero probando cada tom, cada bombo, cada plato… hasta que vio que el redoblante tenía algún problema, así que se lo llevó para traerlo nuevamente diez minutos después para terminar de probar todo. Como sonaba, madre santa. Temblaba todo. El plomo de Robert se puso a probar el bajo… y sentía que se me derretían los oídos de lo grave que sonaba. El plomo de James sacó su guitarra e hizo una prueba bastante rápida (anotación: quiero que mi guitarra suene así: cruda, grave y muy clara). También probó una guitarra acústica que sonaba brillante y clara. También el plomo de Kirk salió e hizo una prueba muy veloz. La prueba de luces era interesante: se veía cómo las probaban en conjunto y luego una por una. Las movían, las cambiaban de color. Pero había una que no andaba. Llegó un plomo, arregló algo y al ratito estaba andando de nuevo. No sé. Cosas que vi mil veces, pero me siguen sorprendiendo. En especial con ese nivel de profesionalismo.

Finalmente llegó la calma antes de la tormenta. Los famosos “five minutes” que le anuncia a la banda que está todo listo y que solo faltan ellos. Miramos la hora: ya era. Y supimos que empezaba cuando empezó a sonar en los parlantes It’s A Long Way To The Top (If You Wanna Rock n’ Roll) de AC/DC. Cantábamos felices porque se venía la tormenta. Inmediatamente se apagaron las luces y, nuevamente, comenzó a sobar The Ecstasy Of Gold de la película The Good, The Bad And The Ugly. Como siempre. Como tiene que ser.

Y no, no fue una tormenta.

Fue el fin del mundo.

Hardwire, de su último disco, sirvió como tema de arranque… para volarte la peluca. Muy violento, gente, muy violento. Sonaban TERRIBLEMENTE fuerte (como la última vez), TERRIBLEMENTE claros y TERRIBLEMENTE ajustados. Yo estaba muy adelante, soportando una presión inmensa (luego me enteré del volumen de gente que había detrás mío). Creo que bajé la panza con solamente la presión. 😀

Engancharon con Atlas, Rise! y sentí que empezaba a quedarme afónico. Lo bueno de estar TAN apretado que podés ponerte en puntitas de pie, sacarle una cabeza a los que estaban delante y levantar los dos brazos. Mientras tanto, la botellita que tenía en el bolsillo sufría, pero bueno… Acá es donde me di cuenta que había tomado una sabia decisión: NO llevar el celular. Llevé solo el DNI, las llaves del auto, unos pesos y la SUBE (¿para qué la SUBE, Martín, si fuiste en auto? Y si pierdo la llave, ¿cómo vuelvo a casa a buscar la copia?). Eso me hizo estar 100% relajado sin preocuparme por nada. Creo que nunca estuve tan tranquilo en un show. Lo que tenía era casi imposible perderlo y nadie iba a poder chorearme el celu ni que se me caiga.

Lo temas empezaron a flotar uno tras otro: For Whom The Bell Tolls, The Memory Remains, One, para luego darle paso a algunos temas nuevos: Now That We’re Dead y Moth Into Flame (que manera de gritar este tema, no podía parar… me dolía la garganta). Siguieron con Harvester Of Sorrow (Mamá!, lo oscuro que sonó este tema!) y luego otro tema nuevo: Halo On Fire.

Y llegó una sopresa de puta madre: primero Trujillo nos clavó un (Anesthesia) Pulling Teeth y luego tocaron… Hit The Lights!!!

La concha de la lora, tocaron Hit The Light, la puta madre!!! Hit The Lights!!! Mierda, que manera de gritar y saltar y cagarnos a patadas… una belleza. Hit The Lights! Quedé destruido… y faltaba medio show aún.

Cada tanto teníamos que ayudar a sacar a alguien que no daba más o bancar el caos cuando tiraban una púa ya que nos volvíamos pirañas buscando carne fresca.

Nuevamente Sad But True sonó TERRRRRRIBLEMENTE grave, denso, oscuro, gordo… Violas en re sonando tan crudas… Que lo parió.

En todo esto un flaco que estaba agarrado a la valla se quejaba de que lo estaban apretando… Je, je… Sin palabras…

Siguieron con Wherever I May Roam, Master Of Puppets, Fade To Black y Seek & Destroy para despedirse antes de los bises (muy bueno el detalle de mostrar en las pantallas una entrada del 8 de marzo de 1993 en Vélez. Se me piantó un lagrimón).

Se fueron y ahí hacíamos cálculos, quedaban dos temas: Nothing Else Matters y Enter Sandman. Pero antes de eso nos sorprendieron con un Fight Fire With Fire muy rápida y muy ajustada; mi cuerpo pedía descanso.

Llegaron, ahora si, Nothing Else Matters y Enter Sandman para que todos saltemos, con lo que nos quedaba de energía, para despedirlos. Sentía que el show había durando muy poco (aunque fueron unas dos horas y veinte), lo cual me hizo dar cuenta lo bien que la había pasado.

¿Qué más decir? Hace algunos años que Metallica sumó a sus shows imágenes en las pantallas para contextualizar los temas (antes eran solo ellos cuatro y punto), lo cual estuvo muy bien.

Robert cumplió su tarea de manera sólida y se lo notaba muy contento (su alegría viendo a la gente saltar en For Whom The Bell Tolls lo decía todo).

Kirk fue el más parco. En esta gira se lo nota raro. Igual, eso no impidió que en su solo se pasara la guitarra por el culo como lo hacía en la gira del disco negro, allá por 1991-1993.

Lars, cada vez más ajustado. Luego del bajón técnico que tuvo durante 1996-2006, desde hace 10 años se los nota mucho mejor. Claro, nunca más va a volver a ser el batero que fue, pero estuvo muy bien.

Y James… Bueno, nada, ¿qué decir de James? Él es Metallica. Un front-man de puta madre que sabe cómo llevarnos para adelante. Por suerte hace muchos años volvió a ser el guitarrista preciso que era en los comienzos de su carrera. Hace tres años dije que lo invitaría a tomar unos mates. Ahora que sé que los toma, mucho más.

Bueno, no hay mucho más para contar. Se prendieron las luces y, cuando tuve nuevamente control de mi cuerpo, me vi totalmente empapado (las bermudas goteaban…) y sentía que las piernas no me respondían. Saqué del bolsillo la botellita de agua, que estaba a la mitad y muy caliente, y me la vacié en la cabeza.

La caminata hasta el auto fue lenta y dolorosa. Recordé que ahí tenía una botella entera de limonada, así que intenté apurar el paso. La vuelta fue increíble. Mientras el Waze me mostraba que las calles de la zona estaban en color bordó por el tránsito, su camino lleno de vueltas raras, me llevó a casa en 25 minutos. ¡Muy groso!

Me fui a dormir feliz, destruido, pero feliz. Era la séptima vez que los veía, y cruzo los dedos para que no sea la última.

*Do you want heavy? ‘tallica gives you heavy!*

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Certificado de defunción


Texto originalmente escrito el 31 de marzo de 2014.

Llegamos al estadio temprano, con el suficiente tiempo para evitar cualquier posible quilombo que se pudiera dar al tener que recorrer 60 kilómetros en auto. Eran las cinco y media y aún faltaban 4 horas para que comenzara el show. Pero entramos y, luego de saludar al groso de Henry, nos fuimos para adelante, del lado izquierdo para comenzar la interminable espera de pie. De fondo, los parlantes pasaban algo de música pero poco variada (¿cuántos temas sonaron de Slipknot? ¿Quince?). Mientras tanto en las pantallas se anunciaba que podíamos, a través de mensajes de texto, votar por la canción número 18 del setlist para completar los 16 temas votados por el público a través de Internet y un tema nuevo, elección de la banda. Las opciones de esa canción 18 eran Ride The Lightning, Wherever I May Roam y Blackened. Me saqué el gusto de votar una vez a Ride… y suerte que no gasté más plata en ésto.

La espera se hizo laaaaarga. Rodrigo, Mariano, Emiliano y yo (con mi campera de jean recitalera que estaba cumpliendo 20 años de quilombos) estábamos de pie, a escasos 10 metros de las vallas mirando cada tanto el cielo y rezando para que no llueva (o si llovía, que durara todo el show para patear el tablero y que sea épico). Cada minuto que pasaba, dábamos un pasito más para adelante. Casi sin quererlo.

Cada tanto, las pantallas pasaban publicidad de la película Through The Never y el sonido que salía de ahí era increíble. Si suena la mitad de bien, pensaba, estaba hecho. Me iba a quedar corto.

A las 19 horas salió al escenario Cirse. No voy a hablar mucho de ellos. Realmente es una banda que no tiene nada que ver con Metallica y que estaban ahí solamente porque una productora puso guita. Hay miles de bandas metaleras que merecían estar ahí. Cirse (un rock con edulcorante símil Paramore) se subió al escenario e hizo lo que pudo. Media hora y chau.

En la espera me crucé con Carlos que estaba ahí, firme como nosotros, esperando la hecatombe.

A las 20 salió a tocar una grata sorpresa: la Orquesta de Reciclados de Cateura. Un grupo de chicos paraguayos de unos veinte años que tocan con instrumentos reciclados hechos de basura. Si, como lo leen: con basura. Sonaban desafinados (claro, si cuesta templar un violín, imaginate uno hecho con latas). Pero le pusieron todas las ganas. Tocaron a Beethoven, Apocalyptica y hasta un tema de Metallica. El aplauso fue arrasador.

Una vez que éstos bajaron faltaba aún una hora más de espera. Interminable. ¿Vamos a los bifes?

A las 21:30, puntual, comenzó a sonar por los parlantes It’s a Long Way to the Top (If You Wanna Rock ‘n’ Roll) de AC/DC, anuncio de que se venía el huracán. Al finalizar, las luces se apagaron y ante el grito ensordecedor las pantallas mostraron una pequeña peli en donde los mismos Metallica nos explicaban que este show había sido armado por nosotros, por nuestros votos, con nuestras canciones. Luego de varios chistes muy punzantes hacia si mismos (“toquen todo Lulu”) comenzó la intro Ecstasy Of Gold, de la película The Good, The Bad And The Ugly. Esa misma intro que utilizan desde mediados del 84 y vengo escuchando una y otra vez desde hace décadas. ¿Sonarían como esperaba?

Y me pregunto: ¿cómo se les va a ocurrir arrancar un show con Master Of Puppets? La puta que los parió!!!! Fue IMPRESIONANNNNNNNNNNNNNNNNTE!!!! Parecía que no iba a haber mañana. CAOS TOTAL Y ABSOLUTO. CAOS. Pensé que me moría. Los empujones, las avalanchas, los pisotones, los codazos, los saltos, el intento de ir para adelante y al medio y, entre todo eso, escuchar y cantar. Je… no era tarea fácil. El sonido era INCREÍBLEMENTE fuerte. No, miento. El sonido era ENFERMAMENTE alto. No recuerdo haber escuchado algo así de fuerte. Los bombos de Lars, cada vez que golpeaban, te retumbaban en el pecho; el bajo era una masa grave que te perforaba los tímpanos y te derretía el cerebro. En un momento de lucidez me pregunté: ¿esto será dañino a la salud? Pero antes de responder engancharon con Fuel y el caos no paró. Todos saltábamos al unísono intentando hundir el estadio. No había mañana; era hoy. Lo bueno del sonido era que, desde adelante, no era una bola de ruido. Al contrario. En medio de la batería y el bajo taladrando, las guitarras sonaban crudas y claras y la voz, increíblemente, era nítida y brillante. El conjunto de sonidos era muy claro pero… TERRIBLEMENTE fuerte. Una belleza.

No voy a ir tema por tema, pero voy a puntualizar algunas cosas interesantes: Sad But True, increíblemente leeeeenta y grave. No se puede hacer más lento, decía René Lavand. Y agrego: no se puede hacer más grave, denso y gordo.

Mi climax sonoro fue, sin duda, que hayan tocado … And Justice For All y Orion. Dos temas épicos que jamás tocaron acá y que me hicieron piantar una lágrima de emoción. (Nicolas, tocaron Justice y Orion, ¿entendés? Justice y Orion!).

Y James… James es un groso. Un frontman de la puta madre. Él es Metallica, disculpen el atrevimiento. Lo invitaría a tomar unos mates, sin dudas.

¿Qué más puedo decir? Es imposible explicarles en palabras lo que fueron estas casi dos horas y media de show. En donde me crucé, por adelante, todo el estadio. Si miran la foto atentamente, estoy ahí. Sip. Busquen.

Cuando las luces se prendieron me di cuenta que mi campera de jean recitalera, empapada, estaba totalmente desgarrada de un hombro al otro. Rota. Destruida. Ahí mismo firmé el certificado de defunción de la misma, la cual murió de la mejor manera: en un show de Metallica. Como tenía que ser.

La vuelta fue dura. Manejar de vuelta a Buenos Aires por la autopista en ese estado debería considerarse un atentado a la salud pública. Pero despacito, volvimos.

No vi a Metallica en un recital. Ellos pasaron por encima mío. Y ahí quedé: pisoteado, empapado, golpeado, lastimado, afónico y agotado, pero feliz.

PD: ¿cómo van a arrancar con Master Of Puppets? ¡Hijos de puta, fue criminal! 😀


Ladrillos



Roger Waters – The Wall

Texto originalmente escrito el 8 de marzo de 2012.

Anoche me fui a dormir con muchas imágenes en la cabeza: explosiones, aviones, madres, mares naranjas, helicópteros, maestros, bombas, tetas, televisores destrozados, súplicas desgarradoras, drogas, despedidas, aislamiento, preguntas, teléfonos sonando, habitaciones, cerdos, guerras, gusanos, fachos, hambre, lágrimas, juicios y castigos; todos separados por una incólume pared.

Me ha tocado, finalmente, la posibilidad de adentrarme en lo que para mí es la música llevada a su máxima expresión, en donde un débil artista ha expuesto sus miserias ante sus pares para redimirse, para liberarse, para que el mundo vea y sienta esa pared desmoronarse.

He visto cada ladrillo formar ese muro, blanco por fuera, pero cargado de cada una de esas espinas que nos tocan el corazón y nos separan de la realidad. Todos vivimos construyendo esa pared con nuestros ladrillos, nuestras espinas, nuestros problemas que nos hacen sentir deseos de aislarnos, de obnubilarnos, de gritar para que nos dejen en paz. Algunos, los más afortunados, vivirán toda su vida con la pared a medio construir, algunos se encerrarán sólo temporalmente hasta que encuentren la manera de derribarla y otros quedarán detrás de ella de por vida clamando por una salida; dependerá de la fuerza de cada uno.

Anoche vi el muro construirse, lo vi formarse ante cada suplicio, cada grito. Anoche vi el muro pintarse de frases, de ruegos, de odios, de penas. Anoche vi el muro elevarse, más alto de lo que uno se imaginaba, lo suficiente para que no puedas atravesarlo, separandonos. Anoche vi el muro mirarme, implacable diciéndome aquí estoy, soy quien te protege, te educa, te ama, te rige y te aisla. Anoche vi el muro en su frialdad, vomitando odios mientras disfruta su poder. Anoche vi el muro y su salida, un estigma para cargar tras de sí de por vida. Anoche vi el muro caer.

Una noche que sigue aún en mi memoria, intentando recordar cada detalle, cada sonido, cada imagen. Comparando cada ladrillo de esa pared con cada ladrillo de mi pared.

Yo tengo mis ladrillos, ¿y vos?

 



El juego del Si/No


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Foto: missidog

Este texto fue publicado originalmente en el número de agosto de 2017 de Percha Mag, la cual pueden leer de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Instalando…

¿Tinder, Happn, OkCupid, Badoo? ¿Cuántas más? Tal vez decenas, cientos o miles. Ni idea. Nos encanta participar de un juego con tintes perversos en el cual solo parte de los participantes están realmente jugando. ¿Qué nos hizo entrar en ese mundo? ¿Ustedes no entraron? Ah, cierto: es feo, denigrante, casi el fracaso de las relaciones personales. Siempre habrá alguno con la moralina alta que lo verá como un “nunca me verán ahí”. Les puedo asegurar que cuanto más alta la moralina, más fuerte el golpe cuando caen.

¿Es este un juego ficticio y distinto al juego real de buscar una pareja? Creo que no. Como toda herramienta informática, ésta potencia su objetivo. En la época analógica la única manera de conocer a alguien era por un grupo de amigos, conocidos, lugar de estudio, trabajo, bares o boliches (¿se le sigue diciendo boliches, o ya pasé la línea?). En todos los casos la oferta y demanda era limitada. Quizás tenías la suerte de encontrar alguien que te interesara en esos grupos. Luego debías ver si tenían intereses en común. A veces ni siquiera. Pero bueno, eso fue hasta hace algunos años.

Y como todo se potenció, ahora parecemos productos en una góndola de supermercado a la espera que alguien nos elija. O algo así, ya que la elección tiene que ser doble. Es como que elijo la mermelada y la mermelada me elije a mí. ¿Y está mal? (Acá los que rebalsan moralina: claro que está mal. ¿Y el amor? No soy una cosa para que me seleccionen así). No, no está mal para nada. Entre tus amigos, conocidos del barrio, lugar de estudio, trabajo, bares o boliches no buscabas desde el día cero con quien casarte. Nunca. Jamás. Solamente alguien te atraía. Y si esa atracción superaba las miles de barreras previas, quizás podrías tener una vida feliz junto a esa persona. ¿Y ahora? Ahora es lo mismo, aunque muchos quienes están dentro del juego, y lo que están fuera, no lo entiendan así.

El primero filtro de la imagen, tan vituperada por muchos, es lo mismo que ocurre cuando ves a alguien por primera vez y te ponés nervioso. Es un segundo. El mismo segundo que tardás en pasar una foto para un costado u otro. Claro, en primera persona disponés de otros estímulos: movimientos, expresiones, la voz, la sonrisa, la mirada, hasta el olor. Hoy el primer filtro es simplemente una imagen. ¿Vale? Claro que vale. Por eso no entiendo a quienes ponen como primera imagen algo etéreo, o un paisaje, un perro o una frase. Quieren darle “profundidad” a la “superficialidad” de la primera impresión. Señoras, señores: la primera impresión siempre es superficial. El primer contacto entre dos personas siempre ha sido visual en toda la historia de la humanidad. A menos que seas ciego, claro… Bueno, no quiero ponerme muy complicado. Sería bueno saber qué “tan bien” les va a los “profundos” en estas aplicaciones.

Después podemos irnos al otro lado, hacia la superficialidad extrema donde los muchachos se muestran musculosos, deportivos, en autos o motos mostrando su “masculinidad”. Y las chicas intentando que se note que tienen tetas o culo… y con boca de pato. Generando vergüenza ajena. Y todo parece centrarse en eso. Ya no hablamos de personas que son un paisaje o una frase de Cortázar que éste nunca dijo. Ahora hablamos de personas que son un cuerpo. ¿Importa? Bueno, acá dependerá de lo que busque cada uno. Si querés coger, seguramente la idea de elegir un cuerpo que te mueva (“…coger…”, “… que te mueva…”, je… perdón) va a ser tu opción. Quienes buscan algo más que solo sexo, quizás no les interese. Nuevamente, cuestión de gustos. Lo que sí, no todas las personas nacieron para verse sexis en fotos. Si a Pampita la pose le queda genial o a Brad Pitt esa mirada hace derretir cuerpos, eso no significa que vos quedes bien. A veces da algo de gracia. O pena, no sé. En el punto intermedio están quienes meten fotos de todos sus viajes y se los ve ahí perdidos en medio de la imagen. Todos conocemos, al menos por fotos, la Torre Eiffel, las Pirámides de Egipto, el Perito Moreno, New York o la Torre de Pisa. Si, a casi todos nos gusta viajar, ya lo sabemos. Estás acá para buscar una pareja, no para enseñar geografía.

El otro gran universo son las descripciones. Un embole leerlas, sin dudas. Como antes: “me encanta viajar”. Y sí. Son pocos los que prefieren quedarse encerrados en el quinto subsuelo, aunque siempre hay alguien, claro. A veces las exigencias en las descripciones son innecesarias. “K abstenerse” (o “Anti-K abstenerse”), solo hinchas de River o no fumadores, muestra que la superficialidad les pega fuerte. El amor todo lo vence. Si una idea política, un equipo de fútbol o el tabaco es un impedimento queda claro que luego no pueden quejarse si del otro lado son superficiales. (Pero es que no me gusta que fumen…). Si te gusta la persona, no te va a importar, ¿te queda alguna duda?

Luego están las descripciones totalmente literales o no tanto: “Putito copado”, “Casada de trampa”, “Buscando al príncipe azul que me quite de esta aplicación”, “Esperando enamorarme” o la terrible “El amor cuesta plata”. O los más realistas que describen sus gustos para saber si hay algo en común además de una atracción visual. Leer bajo un árbol, escuchar música… cosas así me generaban buenas impresiones de la otra parte. Al menos a mí. O lo que me contaron…

Al fin y al cabo, el filtro de la primera imagen o el filtro de los comentarios no impiden que el tercer filtro, el chat, actúe. Cuando no hay piel, se nota en la primera charla. Ya sea por los temas que conversás o el tipo de respuesta o, por qué no, la ortografía. Dicho sea de paso, en alguna descripción ponen condiciones a la manera de presentarse: “si vas a decir ‘hola como estas’ ni te gastes”. ¿Qué tan original querés que sea en la primera frase? ¡Pará!

La cuarta etapa del juego es finalmente el encuentro. Acá es importante que sea relativamente rápido desde la primera frase para evitar la idealización. Cuando chateas con alguien que no conocés pero te cae bien empezás a pensar que es todo lo que no es. Verse. Rápido. Para confirmar o descartar. Y el encuentro es duro, aunque nuevamente depende de las expectativas. Probablemente haya cosas que no te cierren de esa persona. Un gesto, una manera de hablar, una manera de expresarse… Si, también puede ser lo físico y mil razones más. Pero el primer encuentro define miles de cosas. Y cuando te das cuenta que no es al ratito, es una patada en las bolas.

Quizás se pregunten si pasé por todo esto que cuento. Podría decirles que me lo contó el amigo de un amigo de un amigo. Y claro que fue así. Puedo inventar historias o contar realidades al detalle. Quizás todo junto.

Fotos ridículas, descripciones más ridículas aún, conexiones equivocadas, conexiones copadas que te eliminan antes de hablarte, saludos al vacío, silencios, respuestas estériles, el caos de las múltiples charlas en paralelo, repetir dos veces lo mismo en el mismo chat por error, confundir datos entre chats, olvidar temas o datos ya charlados, conversaciones interesantes, que te pidan el WhatsApp antes de pedirlo uno, encuentros fallidos, encuentros desastrosos, encuentros, buenos encuentros, sexo luego de dos horas de conocerte con alguien y no mucho más, lindos encuentros, encuentros duraderos. Quizás mezclo recuerdos entre todo esto.

Un juego en donde me crucé con algunas cosas raras, tal vez no tan raras como a otros le pudo haber pasado. La chica que me dijo, literalmente: “No me interesa nada de vos. Soy casada, tengo tres hijos, mi vida es una mierda. Solo quiero coger y olvidarme de todo”. La otra que me preguntó, luego del primer hola: “Si estamos acá es porque te gustaron mis fotos. ¿En serio te parezco linda?”. Otra: “Venite a casa a almorzar que me vieja hace unos ñoquis de aquellos”. La travesti honesta que me dijo: “Mirá que soy travesti, ¿te va?”. La que me dijo: “¿Te va un trío?”. Pero dale, Martín, contá qué pasó, danos detalles… No recuerdo nada, claro.

El juego de encontrar a alguien para tu vida, ya sea por un rato, para siempre o para lo que dé.

Quienes hemos jugado, jugamos o jugaremos este juego, sabemos que las razones son distintas dependiendo de la persona. Y estas diferencias pueden ser abismales: desde coger un rato, cagar a tu pareja, hacer tríos, hasta encontrar la persona ideal para tu vida, formar una familia con hijos y todas las de la ley. Algunos entran para ofrecer sus servicios. Otros simplemente por morbo.

Como dije al principio, sólo algunos están jugando. Y jugando con algo muy delicado: los sentimientos de extraños. Extraños quienes están jugando por distintas razones, con distintos objetivos. Muchos están aburridos. Algunos son tímidos. Algunos no tienen otra opción para conocer a alguien. Algunos están muy solos. Algunos están muy tristes. Y algunos… Algunos nunca reciben la conexión de nadie y lloran frente a la pantalla, rogando por un milagro que los haga sentirse deseados por alguien.

Desinstalando…

 


 


Una flor ante el alud


Foto: Claudia Almeda

Gracias a Claudia por la foto y la inspiración.

Se miró al espejo intentando entender lo que estaba pasando. Nunca había estado en una circunstancia así. O al menos no lo recordaba. ¿Y ahora?, se preguntaba. La situación se había puesto tensa y sentía una terrible angustia que recorría su cuerpo. Respiraba agitada, sus manos temblaban y tenía ganas de llorar. Podía hacerlo, claro, nadie la estaba observando. Pero no quería desmoronarse en ese momento tan crítico.

Hacía tiempo que venía intentando manejar esta situación, pero todo se había complicado. Primero pensó en lo que acababa de ocurrir; cada palabra retumbaba en su cabeza, cada gesto, cada sensación. Y volvió a sentir esa desazón, ese desasosiego. Sabía que los errores se habían desencadenado uno tras otro, casi como una bola de nieve. Pero ella nunca había escuchado el pequeño temblor que había generado el desprendimiento inicial. Y ahora no tenía vuelta atrás. ¿Cómo podría estar ocurriendo esto?

No tenía mucho tiempo, pero algo tenía que hacer. Analizó las posibles soluciones. Salir corriendo era una opción. Miró a su alrededor buscando una ventana salvadora, pero ésta tenía rejas por el exterior y sería imposible escapar por ahí. Quizás podría hacerse la desmayada pero, ¿cuánto duraría la actuación? Al fin y al cabo, iba a tener que enfrentar el tema; hoy, mañana, pasado. No, tenía que buscar una opción que fuese realista.

¿Aceptar? ¿Era una opción aceptar el problema? ¿Hacerse cargo valía la pena? Lo pensó. No tenía mucho tiempo, pero analizó si salir y decir que ella se había equivocado era suficiente para sacarse semejante carga de los hombros. Imaginaba que sí. Pero… un momento. Ella no tenía la culpa de lo que estaba pasando. No era ella. No, no. No tenía por qué ser quien asumiera dicha responsabilidad. Ella no tenía nada que ver. Todos pueden equivocarse, todos pueden tomar el camino equivocado. A veces a conciencia, a veces no. Pero ella no era la culpable de este complejo entramado de problemas que derivó en esta extraña situación que estaba viviendo.

¿Entonces? No, tenía que buscar otra opción. Estaba muy nerviosa. Sintió sus manos húmedas y notó que la transpiración comenzaba a recorrerle el cuerpo. No encontraba una solución. De pie, apoyó todo su cuerpo sobre sus dos brazos estirados y bajó la cabeza. Casi con resignación. Cerró los ojos. Intentaba pensar.

Tocaron a su puerta. Levantó la cabeza y se volvió a mirar al espejo con la respiración entrecortada. ¿Y ahora?

 


 


Crónica de un viaje a Israel


Hace un año tuve la posibilidad de viajar a Israel por trabajo. Durante mi vida no he tenido muchas oportunidades de estar en otros países y este viaje, de apenas una semana, me permitió tener al menos un pequeño reflejo de una cultura llena de diferencias y coincidencias con la cultura que me rodea. 

Durante la semana que estuve viajando escribí, sin querer, una especie de crónica en Facebook que relata, más o menos, lo que me iba ocurriendo en aquellas lejanas tierras del Medio Oriente. 

Hace unos días decidí unificar todos los posteos en un único relato. Releyéndolo recuerdo cada momento, cada charla, cada lugar… y cada desayuno con atún. 

Intenté no modificar los textos originales. Solamente agregué algunas de las fotos y videos que tomé para darle un poco más de contexto al relato.

Gracias a Carlos, mi amigo colombiano, con quien estuvimos disfrutando este gran momento en medio de lo desconocido.

Volvamos a viajar en el tiempo…

 

12/02/2016

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¿Sabían que tengo una máquina del tiempo? En un rato voy a viajar cinco horas al futuro. Luego les cuanto cómo se ve todo desde allá.

 

13/02/2016

Viajando al futuro.

 

13/02/2016

Hola, seres del pasado. Les habla Martín, cinco horas en el futuro. Les comento que todo bien. Hay sol y parece que el mundo aún gira.

Se hizo largo el viaje en el tiempo. Esta máquina tiene el problema que debe moverse para que funcione. Así que crucé el Río de la Plata, Uruguay, Brasil, el Atlántico, Senegal, Mauritania, Argelia y el Mediterráneo para llegar a Roma y hacer pis…

Luego fue un ratito más de Mediterráneo hasta llegar acá.

Los saludo, habitantes del pasado!

Shalom!

 

13/02/2016

En el aeropuerto hay una máquina expendedora de… Ramos de flores!!!

Claro! Para recibir al pariente que no ves hace 20 años.

El futuro llegó hace rato.

 

13/02/2016

Este futuro es raro. Mi compañía de celular me quiere cobrar 10 dólares por cada megabyte consumido.

Por el momento, fono apagado. Manden paloma mensajera.

 

13/02/2016

Estoy esperando a un compañero de laburo que viene de Colombia. Hace una hora que espero y me siento como Tom Hanks en La terminal.

“Medicine is for goat”.

 

13/02/2016

La de migraciones de acá daba miedo.

– Where you came from?
– Buenos Aires.
– WHY? (si, con tono feo)
– eh, eh, eh…

Ya me veía deportado.

 

13/02/2016

La gente llega y se abrazan con quienes vinieron a buscarlos.

Y le dan las flores de la máquina.

Y todos lloran.

 

13/02/2016

“Les recordamos que no está permitido viajar con armas.”

La voz del aeropuerto.

 

13/02/2016

Shalom.

Todá.

Y se acabó mi hebreo.

 

13/02/2016

El 90% de las mujeres que llegaron en el avión de Estambul tienen pegada en la frente una gotita brillante a modo de tercer ojo.

Muy bonito.

 

13/02/2016

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Bueno, terminó el primer día (que duró casi 48 horas).

Valija, cortes de luz, remisero copado, check-in, viaje con comida en horas extrafalarias (desayuno a las 2 AM de Argentina), frases en italiano a lo loco (succo di pesca, per favore; grazie; arrivederci y otros sacados del arcón “esto lo escuché alguna vez”), asiento terriblemente incómodo, conexión interminable, desayuno extraño, segundo vuelo mucho más cómodo con mucha gente hablando raro, migraciones durísimas, compañero de laburo que casi no lo dejan entrar, incertidumbre, seguridad del aeropuerto que me miraban raro porque hacía horas que estaba ahí y no me iba, 5 horas hasta que salí del aeropuerto, manejar 50 kms por autopistas de una ciudad que no conocés, manejando un auto que no conocés y que encima es automático (y mi pie izquierdo se aburre y a veces aprieta el freno cuando no tiene que hacer nada), y cagarnos de frío y buscar donde comer y buscar adaptadores para los cables, y…, y…, y…

Y falta un día menos.

Ahora se viene lo difícil.

Hasta mañana.

 

14/02/2016

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Shalom!

Iba a escribir: “Arranca el día 2”, pero tomando en cuenta que salí el viernes a la mañana de casa y ahora es domingo a la mañana, debería decir “Arranca el día 3”.

Arranca el día 3 y hoy se labura. Porque acá la semana arranca el domingo. Así que acá estoy. No quiero me odien, pero desde la ventana del hotel veo el Mar Mediterráneo (estoy a una cuadra).

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Veremos cómo sale el desayuno y cómo es el tráfico desde Netanya hasta Ra’anana (que serían unos 20 kms. por autopistas, pero que Google Maps me dice que son entre 20 minutos y una hora de viaje (!!!) ).

 

14/02/2016

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Destruido. Así estoy. Un día agotador, pero creo que lo pude vencer. Mucho trabajo, pero al parecer zafamos.

La comida es MUY abundante y MUY picante. Y los precios… algo salados. Dos personas comiendo en un restaurante común, sin postre ni vino, unos 35 dólares por cabeza.

McDonald’s, 12 dólares por cabeza (pero el sanguche es ASÍ DE GIGANTE!!!! Buenísimo!!!!!!!)

¿Cómiste en McDonald’s?, preguntarán. Fue al mediodía algo rápido ya que no había otra cosa cerca. Pero era Kosher. Como el del Abasto.

Pudimos recorrer un poco y, al contrario de lo que se piensa, las calles NO están llenas de religión… o al menos no que se note a simple vista (como el típico ortodoxo que lleva su barba larga y su traje negro). Sin dudas una mala concepción que tenemos desde occidente.

La otra mala concepción es que uno piensa que todo esto es desierto… y no, tampoco. Mucho verde, mucho árbol, mucha planta… Seguramente más en lo profundo del continente el clima se vuelva más árido, pero acá, se ve más verde desde el cielo que en Buenos Aires.

Y estoy sorprendido por la cantidad de personas que han emigrado de las ex repúblicas soviéticas. De hecho, vimos varios carteles escritos en ruso. Plagado de rusos, ucranianos, bielorrusos y vaya uno a saber qué más.

Pero lo importante fue preguntar donde estaba el baño y encontrarlo. Win!

A dormir que mañana es complicado.

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UPDATE: me olvidaba del desayuno… Comen atún, pepinos, tomates, unas salsa con ajíes… Café con leche, no te mueras nunca!!!

14/02/2016

Me acabo de dar cuenta que mi viaje en el tiempo fue un poco más allá de lo esperado. Para los que viven en Argentina ahora es domingo casi a las 7 de la tarde… pero para mi es como si fuera el final del lunes ya que hoy trabajé… Es decir que ahí es domingo y acá es casi martes…

Y ustedes pensaban que mi máquina del tiempo no funcionaba.

 

15/02/2016

Shalom.

Arrancamos el día 4. Sigue soleado con temperatura muy cómoda (no pasa de los 20 grados aunque de noche refresca bastante).

El hotel es un tres estrellas sin grandes lujos. La cama es cómoda y el agua sale caliente como uno espera. Ver televisión es casi imposible: a los 15 minutos te duele la cabeza. No se entiende ni una sola palabra. Nada. Es preferible recostarse a leer. Terminé de leer “Voces de Chernobil” y ya arranqué con “La historia de Genji”.

Así que un argentino se toma un avión italiano y, junto con un colombiano visitan Israel, plagado de soviéticos y griegos, mientras escucha música yanki y británica, termina de leer un libro sobre una ciudad ucraniana escrito por una bielorrusa para luego empezar a leer un libro japonés del siglo XI. Ah… y el cliente final del proyecto es canadiense…

Je.

Me voy a mantener firme desayunando café con leche. Eso si… hay un pan que es muy, muy rico. Ya lo probé en un restaurant y acá en el hotel. Luego le saco una foto.

Hoy seguiremos con trabajo (como todos los días). Mi estadía es corta y estimo que mi único día con tiempo para visitar algún lugar histórico sea el viernes. Cruzo los dedos para que se pueda dar ese paseo.

 

15/02/2016

Acá es donde recuerdo lo importante de esas clases de inglés donde uno tenía que conversar sobre temas banales para practicar el idioma…

Intentar explicar en inglés la realidad socio-política de Argentina, sus tradiciones, sus comidas, sus costumbres, sus paisajes, su gente… Uf…

Motherfuckers!

 

15/02/2016

¿Vieron cuando uno se encuentra con turistas que hablan entre si con un idioma raro y uno se pregunta qué estarán diciendo?

Bueno… acá siento que nos miran así cuando hablamos en castellano.

– ¿Qué dirán estos sudacas?

 

15/02/2016

Pareciera que acá los prétzels son tan comunes como las Criollitas. Me parece que me voy a llevar dos toneladas para Argentina para evitar pagar 60 pesos por un paquetito.

 

15/02/2016

La tierra acá es muy roja. Es raro. No tan roja como en Misiones, pero mucho más que en Buenos Aires.

 

15/02/2016

¡Odienme!

Estoy comiendo Toblerone.

 

15/02/2016

Hablando de catolicismo y judaísmo en pleno Israel.

O “cómo-encontrar-las-palabras-correctas-para-evitar-malos-entendidos”.

Y encima en inglés.

 

15/02/2016

A las 17:55 ya es noche cerrada.

 

15/02/2016

Uno de los compañeros acá en el cliente tiene en la cintura… una pistola!!

Como si nada, eh!

Rocanrol, motherfuckers!!!!

 

15/02/2016

Fin de día 4, esta vez en Tel Aviv. Muy bueno. Pero no doy más. Mañana sigo.

 

16/02/2016

Día 5 ya en la oficina.

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Ayer estuvimos un poco en Tel Aviv para cenar. Vimos poco pero estuvimos en algunos lugares bonitos (y no tanto). Los aplausos se los llevó Norman Bar. Un barcito chiquito en una zona no tan céntrica. Cuando llegamos estaban recitando poesía (en hebreo, claro; y no entendí una mierda, claro). Pero muy bueno. Y el barman, un loco llamado Tzion que laburaba full y se mereció la propina.

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Algunas cosas para comentarles de acá: en Tel Aviv existen grandes edificios de oficina como en toda gran ciudad, pero los edificios “comunes” (tanto ahí como en otras ciudades) parecen como pequeños monoblocks casi todos del mismo color. No llegan a ser pintorescos. De hecho, son bastante feos. Casi sin balcones y bastante deteriorados.

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Estacionar es un GRAN problema. Está prohibido hacerlo en los lugares donde el cordón de la vereda está pintado de blanco y rojo… Y eso es en TODOS lados. Y los lugares permitidos (cordones azules y blancos) están SIEMPRE ocupados con autos. Todas las tardes tardamos unos 10 minutos en encontrar lugar para estacionar cerca del hotel. Pero anoche, en Tel Aviv, estuvimos cuarenta y cinco minutos. Terrible. Los autos uno detrás del otro. No cabía un alma. Y estacionamientos pagos son MUY raros de encontrar (y estaban llenos). Muy difícil.

Y los conductores están siempre MUY apurados. Se pone el semáforo en verde y el de atrás espera que ya estés andando a 3000 km/h. ¡Pará, enfermo, metete la bocina en el totó!

En los viajes en auto nos cruzamos con varias cárceles y hoy, que el GPS nos envió por un camino alternativo porque había habido un accidente, bordeamos un paredón ENORME lleno de alambres de púa que el mapa identifica como “1949 Armistice Agreement Line” (Línea de acuerdo de amnistía de 1949). Acá Wikipedia ayuda y leo que es un acuerdo territorial entre Israel, Egipto, Jordania, Líbano y Siria que puso fin a la guerra árabe-israelí de 1948. O al menos eso dice acá. Más allá de esa pared, Palestina y lejos, pero MUY lejos, Jordania.

Todo el mundo me dice: tenés que ver esto, tenés que ver lo otro. Imposible con tan poco tiempo. Pero ya estoy pensando que este tipo de viajes hay que intentar hacerlo en modo turista (con dinero en el bolsillo, claro). El viaje más barato en avión para llegar a Europa y de ahí, empezar a moverse. (Dicho sea de paso: 1 litro de nafta común, 6 shekels, es decir un dólar y medio, 22 pesos… y eso que los pozos petroleros deben estar cerca, ¿no?)

Lo más pintoresco: hoy vimos en un campo un MONTÓN de dromedarios. Pastaban como lo hacen los caballos o las vacas.

 

16/02/2016

– Where are you from?
– Argentina
– Wow. That’s very far from here.

Repetido una y otra vez.

 

16/02/2016

Y la tarjeta de crédito dejó de funcionar. Creo que me vuelvo haciendo dedo.

 

16/02/2016

– Tell us about Kirchnerismo and the new Macri’s goverment.

Nooooo, por favor no!!! ¿Acá también? ¡Mátenme!

 

16/02/2016

Un flaco de acá tiene una tía que le pintó un cuadro al Papa Francisco y se lo pudo dar en mano. Me mostró fotos del momento.

Interesante.

 

16/02/2016

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A cada persona que le decimos que tenemos el hotel en Netanya (a 20 kilómetros de las oficinas) se nos cagan de risa en la cara. Es una ciudad de abuelitos y aburrida, nos dicen.

No me imagino en Buenos Aires diciendo: ¿vivís en Berazategui? ¡Que mierda, che!

 

16/02/2016

– ¿Conocés Argentina?, le pregunto.
– Si, claro. Estuve ahí una vez. En Buenos Aires.
– ¿Te gustó?
– Mmmm… No. Llegué y me robaron de manera violenta.

Irremontable.

¡La argentinidad al palo!

 

16/02/2016

– ¿Conocés algo de Argentina?
– Ehhh… Si, creo que si. ¿Santiago, Montevideo, Rio?
– Dale, seguí tirando que algún día la vas a embocar.

 

16/02/2016

El nivel de inglés acá está muy segmentado. En las empresas, todos hablan inglés y muy bien. En los negocios, depende el tipo de negocio. Los tecnológicos, todos hablan ingles. En otro tipo de negocio, se nota que saben menos.

En los bares, los mozos apenas hablan lo mínimo. En McDonalds, los empleados no hablan nada, pero el jefe si.

La gente en la calle, depende mucho de su clase social.

Claramente el inglés es algo que está íntimamente relacionado con los estudios y el nivel económico.

Lo necesitan constantemente ya que sino la barrera idiomática con los turistas es terrible.

No se entiende nada, de nada, eh! Nada. Ni una palabra. Creo que el alemán se entiende más (y no se NADA de alemán).

 

16/02/2016

Che, las peras tienen un gusto distinto. No son feas, para nada. Pero tienen otro gusto.

 

16/02/2016

Son las 10 de la noche y recién entro al hotel luego de la oficina. No doy más. Comimos un sanguche en el viaje, así que en un ratito me duermo.

 

16/02/2016

Algunas anotaciones más:

Hay muchas empresas tecnológicas acá. Y todas están en edificios enormes con su logo bien alto.

Muchas de esas empresas les dan autos a sus empleados. Y cada auto tiene un sticker que dice el nombre de la compañía. Yendo a trabajar nos cruzamos, cada día, con no menos de 50 o 60 de nuestro cliente. De hecho, en la zona principal donde nuestro cliente tiene las oficinas, son 3 edificios los que ocupa. La playa de estacionamiento para invitados es un sector enorme que ocupa 4 subsuelos completos.

Hay MUCHA construcción de edificios. Torres enoooooormes que tienen una particularidad: las grúas que tienen en la punta están iluminadas con luces led de color. De noche se ve desde lejos la gran cantidad de construcciones.

 

17/02/2016

Hoy tengo los párpados caídos… (Tenés sueño, flaco). Si, ponele que si. Me pesan los párpados.

Anoche llegué de la oficina al hotel a las 10 de la noche. “Que bueno que viajás allá”. Pero es por trabajo. “Si, pero es buenísimo que tengas esa posibilidad para conocer un lugar nuevo”. Pero es por trabajo.

A veces no se entiende la diferencia entre turismo y trabajo. Venir por trabajo es agotador. Y te quita las ganas de recorrer. Les pongo un ejemplo: tengo la playa a una cuadra y solamente estuve ahí una vez a la noche. No pude pisarla de día. No hay manera. Debe ser mejor si uno estuviera varias semanas y tuviera libre los fines de semana para recorrer, pero no es mi caso. Claro que algo recorro, pero mucho menos de lo que ustedes piensan.

Mi día es: me despierto, me baño, desayuno en el hotel, me subo al auto, recorro 20 kilómetros hasta la oficina (que está en una “ciudad-pueblo-región-algo-asi” llamada Kefar Sava), trabajo de 9 a 13, salimos al centro comercial que está acá al lado para comer algo, a las 14 vuelvo y sigo trabajando hasta las 21 o 22, para luego volver en auto 20 kilómetros al hotel.

Ahora díganme “y dale, ahí podés salir…”.

Hoy nos agarró el tráfico (perdón, hoy formamos parte del tráfico). Nos costó mucho llegar. El GPS nos llevó por otro camino (ya hicimos tres o cuatro caminos distintos) y nos perdimos dos veces. (La vocecita diciendo “Keep straight” o “Turn right” ya me tiene un poco cansado). Estar detenido en plena ruta y que el GPS nos diga “This is the fastest route to your destination” es bastante deprimente.

Saqué un par de fotos (para quienes se desesperan por ellas… Cof, cof… Natalia, cof, cof, Adri… cof, cof…) las cuales ya subiré (en cuanto tenga ganas de enchufar la cámara a la notebook)  Es muy probable que mientras espere el avión tendré tiempo de subirlas todas (entre 3 y 7, seguramente ). Dicho sea de paso, le acabo de sacar una foto a un pizarrón en la oficina con una dirección de mail para no olvidarla. ¿Vale como recuerdo fotográfico del viaje?

Este idioma (o este pueblo) tiene algo extraño: mientras conversan hay momentos donde pareciera que estuvieran enojados. Y cuando miramos atentamente “la pelea” ambos empiezan a reír. ¿Será por la entonación del hebreo?

Hoy hablé con un flaco de acá que visitó Argentina durante 8 meses como turista. Recorrió en ese tiempo más ciudades argentinas de las que yo recorrí en toda mi vida. Vio todo. Desde Salta y Jujuy, pasando por Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Mendoza, San Juan, San Luis, Buenos Aires, Córdoba, Península Valdez, San Martín de los Andes, Bariloche, Villa La Angostura, El Calafate y Ushuaia… Impresionante. Y le encantó. De hecho, ama Argentina. ¡Grosso!

Hoy seguramente carguemos nafta. Veremos si en la estación de servicio nos entienden.

Anoche aprendí dos palabras nuevas. Y ya me las olvidé. Tengo que anotarlas…

Hace mucho que no canto. Hagámoslo con algo apropiado para la ocasión.

♩♬ So far from my homeland. I’m lost in time. My soul’s still searchin’. For that peace of mind. Those sacred landscapes. Come miles around. And my heart’s still beatin’. For those country grounds. ♩♬

 

17/02/2016

Acá en Israel existe un sistema de riego constante incluso para las plantas y árboles que hay en las veredas.

Cada árbol tiene a sus pies una manguera (pareciera de metal o algo así) rodeándolo la cual se prende y riega. Está en todos lados.

Y claro, un clima muy seco con riego generado por la mano humana. Creo que lo leí en algún libro de la secundaria.

 

17/02/2016

Hoy almorzamos en un típico restaurante de barrio (¡sacamos fotos!). Igualito que los de acá: mozos que te tiran la comida arriba de la mesa con cero tacto, como tiene que ser, claro.

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Claro que no tienen menú en inglés y tampoco lo hablan (solo el “jefe de mozos” y hasta ahí nomás). La comida llegó en 3 minutos (controlado, eh!). ¡Toneladas de comida! Y todo picante. Pero muy rico.

Hay un pan que hacen acá, redondo, terriblemente caliente que todo el mundo come. Muy liviano. Desaparece muy rápido y te lo traen como si te trajeran agua de la canilla.

Terminamos con un café muy fuerte que tenía un gusto raro… como a planta. Y venía acompañado por un roll que tenía pinta de “churro con verduras dentro” pero que era todo dulce.

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Eso si. La gente acá deja MUCHA comida en el plato. Lo notamos en el desayuno del hotel y en los restoranes. Se sirven de más, luego comen una parte, y dejan todo el resto que va a la basura. Parece que nunca sufrieron hambre. Y las mesas quedan sucias como si hubiera habido una guerra mientras comen. Muy raro.

 

17/02/2016

Cambian los países, cambian los pueblos, pero los baños son iguales en todos lados.

Con las mismas miserias.

 

17/02/2016

En todos lados hay tres tipos de azúcar: blanca, rubia y negra.

Tienen el mismo gusto, claro.

 

17/02/2016

Pensar en español y escuchar hebreo mientras escribo en inglés es una batalla interesante.

 

17/02/2016

17:30, noche cerrada.

 

17/02/2016

Acá hay un pibe que vino de la India. Habla igual que Apu.

“Graciass, vuelva prontoss”

 

18/02/2016

Boker Tov.

Nos acercamos al final. Y pese a que aún no pude visitar casi nada de Israel, anoche (luego de salir de la oficina cerca de las 8 de la noche) tuve lo que creo que es la mejor forma de conocer un país. No, no es yendo a lugares “importantes” como turista. Sino estando con gente del lugar.

Mi compañero colombiano tiene un amigo acá, colombiano también, que vive con su novia (colombiana criada en Israel). Viven en Bat-Yam, cerca de Tel Aviv. Así que anoche nos fuimos para su casa para pasar una de las noches más interesantes que he tenido desde que llegué acá.

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Primero es imposible no nombrar la amabilidad que tuvieron en recibirnos en su casa. Subir a un edificio de cuatro pisos por escalera puede parecer simplemente agotador, pero es mucho más extraño por la configuración misma del edificio (la escalera sube por el medio del edificio pero al aire libre, o casi) y mucho más fuerte por las pequeñas grandes diferencias que uno ve cuando la compara con la casa propia.

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Luego de estar un rato ahí y tomar un jugo de mandarina, nos fuimos a caminar hacia la playa de Bat-Yam. Habremos caminado, no sé, quince o veinte minutos en donde pude apreciar miles de imágenes nuevas para mi: edificios, sinagogas, plazas, negocios, carteles y hasta conectores para la manguera de los bomberos.

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Hasta vimos como se cagan en las prohibiciones de estacionar (pero se recontra cagan, eh!)

Durante toda la noche, nos contaron cosas sobre su vida, sobre cómo fue que llegaron de Colombia a Israel, de sus luchas, de sus sueños… Y un montón de datos sobre lo que es la vida en esa zona. Las comidas, las bebidas, las costumbres, la idiosincrasia, el clima, las amistades, la familia, las mascotas, los transportes, los alquileres, los precios, la influencia de Estados Unidos, de cómo está desapareciendo poco a poco la ortodoxia y de cómo cada vez hay más y más israelíes que se han vuelto más occidentales. Y muchas cosas más. Es casi imposible recordar todo.

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Nos hablaron de la guerra, de los aviones, de las bombas y del sistema de seguridad que tienen en donde cualquier misil puede ser interceptado antes de que llegue a la ciudad. Y de sus miedos cuando escuchaban por primera vez las alarmas ante alguna amenaza. Y de la vez que estuvieron bajo las esquirlas de un misil que fue destruido por ese sistema.

Y de los miedos de sus familias ante la mudanza a una zona que occidente ve como peligrosa.

Llegamos a la playa bordeada por una avenida (Derech Ben Gurion) y se abrió ante nosotros una monumental zona comercial llena de bares y restaurantes. Ahí nos metimos en גורילה בר קפה – Gorilla Bar Café, un muy bonito restaurante donde comí… no sé qué con no sé cual…  Por suerte ella hablaba muy bien hebrero y nos ayudó a pedir algo rico.

¿Qué se puede agregar a algo así? Horas de charlas y anécdotas, de actitudes y formas, de vidas, de sueños, de lágrimas, de la vida.

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Luego de comer bajamos a la playa y vimos unas de las imágenes más bonitas de las que he tenido la posibilidad de ver: en medio de la noche el reflejo de la luna sobre el Mar Mediterráneo generaba una luminosidad que permitía distinguir a lo lejos la diferencia entre la negrura del cielo y la negrura del mar. Una belleza. Seguramente ustedes me pedirán foto. Si, saqué fotos. Pero olvídense de que se vea lo que vi. Van a ver un cuadrado negro, nada más. Acá es donde queda demostrado la inutilidad de las fotos. Nada va a poder retratar la imagen que tengo en mi mente.

Y la luna, enorme, me mostró que es al revés que acá: cuando tiene forma de C está en cuarto decreciente. Una particularidad que ocurre porque estoy del otro lado del Ecuador.

La arena, blanca y muy fina. Y durante la caminata bajo un clima templado, nos cruzamos con una típica fiesta judía que estaba ocurriendo al lado de la playa. Y bailaba y reían y eran felices.

Y nosotros caminábamos bajo la luz de la luna y el ruido del mar.

Volví al hotel maravillado de tantas anécdotas, de tanta información, de tanta realidad.

Realidad que no te muestra ningún tour, ningún guía, ni puede retratar ninguna cámara de fotos.

 

18/02/2016

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Pedimos te helado y nos trajeron un tecito caliente. Mierda que hablamos mal, dijimos.

Se habían equivocado.

 

18/02/2016

Hoy me pedí un plato raro, con nombre raro. Era una milanesa de pollo con puré.

 

18/02/2016

¿Querían fotos? Explíquenme qué hace esta campanita en una juguetería de Kfer Saba.

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18/02/2016

A mis amigos que diseñan y/o desarrollan sitios web: acá hay que pensar los diseños dos veces porque cuando se pasan a hebreo cambia todo de posición, o casi porque hay cosas que se mantienen. Es como una versión reflejo, pero no tanto.

Un lío.

 

18/02/2016

Empezó a sonar una alarma en el edificio… ¿Salimos corriendo? ¿Nos escondemos debajo de la mesa? ¿Nos ponemos a rezar?

No, no… Solamente un “error”.

Pero avisen, che! ‘ta madre!!!

 

18/02/2016

Fuimos a almorzar. Pedimos el menú en inglés. Nos dieron el menú… que era una tablet. Hicieron tap en el botoncito “English” y ahí lo teníamos: 100% en inglés. Navegabas por la app eligiendo lo que querías.

El futuro llegó hace rato.

 

19/02/2016

Señoras, señores, hoy si. En un rato me voy para Jerusalem a ver ese pedazo de historia. Vamos por nuestra cuenta como turistas profesionales. Je…

Nos dijeron que es una zona peligrosa, pero intuyo que esta gente nunca se tomó el Roca.

 

19/02/2016

Misión cumplida. Llegué al Muro de los Lamentos y a la Iglesia del Santo Sepulcro. Un momento muy fuerte, sean cual sean tus creencias. 150 kilómetros recorridos en un día. ¡No saben cómo voy a dormir en el viaje!

Ya estoy en el aeropuerto. Tuve que pasar 4 controles. Durísimos. Me tocó la línea de los “mmmmm-sospechoso”. Me controlaron CABLE por CABLE. Me hicieron sacar todo. Faltó el análisis de sangre y orina. Y un montón de preguntas.

“Existe la posibilidad de que alguien haya puesto explosivos en su equipaje”, me dijeron. Me tuve que ir a cambiar los calzones luego de eso.

Y en mi misma fila los árabes, los africanos y los latinos. Los blanquitos pasaban todos, en limusina y con champagne.

Bueno, ya pasó. En una hora me subo a la máquina del tiempo para volver al pasado. Debería estar llegando primero a Roma y luego a Buenos Aires a la mañana del sábado.

Nos vemos allá.

 

19/02/2016

Esperando para abordar en Roma.

Claro, estoy vestido para el clima de Buenos Aires. Pero estoy en Roma… y tuve que tomarme DOS bondis dentro del aeropuerto para llegar a la puerta de embarque. Es decir, salir al aire libre. En Roma. En Invierno.

En resumen, cagado de frío. Pero todo bien. Ya subo.

En estos momento se acaban de parar todos para empezar a hacer una cola ENORME para subir al avión. Como si fuesen a obtener un mejor lugar, je…

Acá espero.

 

19/02/2016

Mientras espero, escucho música.

Y silbo.

Y me miran.

Tengo hambre. Los que definen los menúes en los aviones merecerían vivir a “comida de avión”.

Que bueno que no soy estrella de rock. Esto de ir en ciudad en ciudad, de aeropuerto en aeropuerto no da. (??)

 

19/02/2016

¡Noooo! La familia chilena compuesta por 12 (!) personas que rompieron las bolas en el primer viaje se toman este a Buenos Aires.

¡Noooo!

Creo que me vuelvo a dedo…

 

20/02/2016

Bueno, señoras y señores, ya estoy en casa.

Un jornada agotadora que arrancó el viernes a las 2 de la mañana de Argentina (7 de Israel) cuando me levanté. El avión salía a las 5 de la tarde, es decir que tenía 10 horas para levantarme, bañarme, desayunar, hacer el check-out, conducir 100 kms desde Netanya hasta Jerusalem, intentar ver algo de todo lo que hay ahí y manejar otros 50 kms al aeropuerto.

Parece un montón de tiempo.

No lo es.

Partimos raudamente del hotel hacia Jerusalem. Varias personas de ahí nos había dicho que podía ser un lugar peligroso. Pero nada, que no le prestemos mucha atención a lo que dicen.

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La transformación del paisaje plano a las colinas que predominan en Jerusalem es MUY notorio. De hecho, el auto automático empezó a pedir la hora (si, sé que si se lo pasa a manual… pero apenas podía manejar de esa manera y no iba a aprender otra forma ahora). La ruta da vueltas y vueltas y vueltas y vueltas… No íbamos con guía sino por lo que había leído en Internet.

Finalmente el GPS, luego de marearnos en pleno Jerusalem (una ciudad hermosa, sin dudas), nos dejó en una estación de tren que estaba cerca de la Ciudad Antigua de Jerusalem (a donde queríamos ir, claro).

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La caminata desde al auto hasta las puertas de la ciudad fue increíble. Pasamos por unas casas de piedras que estaban en desnivel (por las colinas), así que uno iba bajando escaleras sin tiempo de ver y sacar fotos a la vez (si… saqué fotos… como están, eh!). Estas casas era como un mini barrio entre el parque Blumfield y el parque Mitchell (lo veo en el Google Maps, sino ni idea, eh!).

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Finalmente llegamos a las puertas de la vieja ciudad. Porque claro, en esa época las ciudades estaban cercados por muros gigantes para protegerse de los invasores. O eso creo.  (El flaco tira data sin saber…  )

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Y cuando ingresamos a la ciudad…

Wow…

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La máquina del tiempo actuó nuevamente y nos llevó al pasado (o casi). Ante nosotros un INMENSO mercado como esos que vemos en las películas. Estrechas callecitas de piedras, con techos de concreto, y a los costados un puesto al lado del otro.

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Joyería, recuerdos, telas, ropas, souvenirs, comidas, postres, cambio… y celulares, y chips y DVDs… Porque un mercado es eso.

Mientras caminábamos los que atendían los locales nos invitaban a pasar: “com tu mai estor. fifti percent dicont. com. com. ai giv iu gif.”. Era un caos para los sentidos. La gente era una mezcla de turistas con habitantes locales y militares con armas largas. Muchas mujeres tapadas de pies a cabeza y mucha ortodoxia.

No sabíamos para donde mirar. Para adelante, para atrás, para los costados, para el piso, para el techo… Todo tan extraño a lo que acostumbramos, todo tan igual.

Cada tanto un cartelito decía “Western Wall” (el Muro de los Lamentos, nuestro objetivo principal). Así que para ahí íbamos. Vueltas, vueltas, vueltas… Los pasillos se hacían más angostos, más oscuros… Hay que recordar que era viernes casi al mediodía. En cuanto saliera la primera estrella comenzaba el Shabbat con lo cual la gran mayoría de los negocios empezaban a cerrar.

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Luego de dar vueltas y de sentir que el muro no iba a aparecer jamás llegamos a un camino con un cartel de advertencia avisando que el lugar era sagrado y que no se podía comer, ni vestirse de manera indecorosa y algunas cosas más. Dimos la vuelta y…

… (suspiro)…

El muro en todo su esplendor.

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Quedé impactado.

Para ingresar tuvimos que pasar por un control (como si fuera un aeropuerto) y luego si, bajar unas escaleras para estar en una plaza que está frente a él y avanzar. El muro está dividido en dos: una parte para los hombres y otra para las mujeres. Para estar junto a él es indispensable taparse la cabeza, ya sea con un sombrero, gorra o kippah. Nosotros no teníamos nada de eso, pero por suerte ahí te dan kippahs de onda para que uses de manera temporal. Así que me puse uno y avancé (si, tengo foto con el kippah… morbosos! ).

Delante de él, muchos judíos ortodoxos realizan sus plegarias de pie o sentados, muchos en voz alta. Cantando. Alabando. Pidiendo. Agradeciendo. Tal vez todo a la vez. Tal vez nada que ver. La imagen es poderosa.

Finalmente, luego de tanto viaje, de tanto trabajo y de tantas vueltas, toqué el muro, que representa para miles de millones de personas a lo largo de la historia mucho más de lo que podemos imaginar. Que fue construido en el siglo X antes de Cristo. Hace unos tres mil años, ponele.

Tres mil años.

Un símbolo para miles de millones de personas.

Y yo ahí, con una mano sobre él, con mil cosas en mi cabeza.

Y fue un momento especial que me guardo para mi y para mi alma.

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Dejé los correspondientes papelitos (hay millones, es impresionante), dejamos el kippah e intentamos ver si podíamos hacer la caminaba debajo del muro, pero ya estaba cerrado (recuerden que se venía el Shabbat).

Así que salimos y nos fuimos a buscar la Iglesia del Santo Sepulcro.

Otra vez recorrimos las calles y pasamos entre medio de los mercaderes (si, si… otra vez los mercaderes como en las películas). Por alto parlantes comenzó a sonar la voz de una persona que cantaba, no sé, unas alabanzas o algo así. Muy surrealista.

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En poco minutos habíamos dado con la Iglesia. Lo extraño es que no hay ningún control para acceder a ella (a diferencia de lo que fue llegar al muro).

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La Iglesia es grande, oscura y antigua. Apenas uno accede se encuentra La Piedra del Ungimiento donde se cree que se ungió a Jesús luego de muerto y antes de ser enterrado. La gente se arrodillaba sobre ella, la besaba, rezaban y lloraban.

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Poco metros a la izquierda nos encontramos con algo realmente sobrecogedor: el Edículo: el lugar que contiene el Santo Sepulcro. El lugar donde se cree que Jesús fue enterrado. Una pequeña estructura de piedra con una pequeña puerta delante y donde solo se podía pasar de a pocas personas a la vez.

La cola era larga, pero decidimos hacerla pese al poco tiempo. Ya estábamos ahí, ¿no?

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Cuando entramos accedimos a una pequeña antesala para luego pasar a la muy-pequeña sala mortuoria a través de una puerta tan baja que tenés que agacharte para acceder.

Y ahí estaba. En quizás uno de los lugares más santos para los Cristianos: el lugar donde se cree que fue enterrado Jesús. El peso histórico y religioso de la imagen que tenía delante de mi era muy fuerte. Dos mil años de historia. Quizás tenga más peso que todo el Vaticano junto.

“Nou fotos”, nos dijeron. Así que accedí y mientras estaba arrodillado (cabíamos solo tres ahí dentro) hice lo posible para filmar (dijo “Nou fotos”, no “Nou film” ). Todavía no pude ver si salió bien ya que la cámara murió minutos después (la estoy cargando ahora).

Nuevamente el momento fue muy fuerte y nuevamente guardaré para mi lo que conversé con mi alma en esos momentos.

Luego de estar ahí dos o tres minutos, salimos. El tiempo apremiaba y me quedé con ganas de acceder al lugar donde Jesús había sido crucificado… Ay, Martín, estabas ahí. Si, ya sé. No había tiempo. Tenía que ir al aeropuerto.

Apuramos el paso entre los mercaderes que habían empezado a vender comida: carne, pollo, pescado (sin hielo!!), frutas, verduras… Todos a los gritos, como en el Mercado Central, pero en hebreo. Todo muy “época antigua”, pero con celulares y WhatsApp.

Llegamos al auto luego de una larga caminata y volamos al aeropuerto. (je… volamos… aeropuerto… ).

Ingresar al aeropuerto empezó difícil: nos detuvieron con el auto en la entrada y nos preguntaron de dónde éramos, a dónde íbamos, nos pidieron el pasaporte y luego nos hicieron bajar del auto y abrir el baúl. Igual, no entiendo qué buscaban. En un minuto, ¿qué hubiesen podido encontrar?

Cuando dejé el auto en manos de mi compañero y fui a la puerta de ingreso del aeropuerto, me detuvo un flaco de seguridad: buenas tarde, me dijo, pasaporte por favor. ¿De dónde es? ¿A dónde va? ¿En qué llegó? ¿Qué vuelo tiene? ¿A qué hora sale su vuelo? ¿Lleva armas de fuego encima? (!!!!).

Me hizo dejar todo a un costado y pasar por un detector de metales. Por suerte, limpio.

Hice el check-in rápido, pero el flaco de Alitalia me dijo: ¿hiciste el control del equipaje? No, le dije. Ok, andá allá, hacé el control y luego despachás la valija.

Así que otro flaco de seguridad me hizo el TERCER control. Sus preguntas: duras y directas (con cara de mala onda).

¿De dónde es? ¿A dónde viaja? ¿Hora del vuelo? ¿Qué lleva en las valijas? ¿Cómo llegó acá? ¿Para qué vino? ¿Qué clase de negocios vino a hacer? ¿En qué empresa trabajó? ¿Dónde se alojó? ¿Por qué el hotel está tan lejos de las oficinas? ¿Lleva armas encima? ¿Estuvo usted todo el tiempo con su valija encima? Le pregunto esto porque puede existir la posibilidad de que a su valija le hayan puesto explosivos para detonar en el avión.

Me hice pis, caca, y otras cosas que no sabía que tenía.

Cuando pasé ese tortuoso control hice el check-in y me acerque al mayor control que me han hecho en mi vida: el control de las cosas de mano (mi mochila, bah…).

¿Vieron la cola para pasar por rayos-x? Bueno, esa. Primero me sacaron de la cola (mientras los rubios de ojos verdes pasan caminando como si nada). Me llevaron a otro lugar muy atentamente pero bien controlado por DOS personas. Me pusieron en la cola de los “pelotudos-que-parecen-terroristas-solamente-porque-nacimos-en-latinoamérica-áfrica-asia-o-todo-lugar-que-nos-parezca-sospechoso”.

El control fue muy duro. Paso a detallar:

Primero, todas las preguntas que me hicieron antes.

Luego me hicieron sacar todo de la mochila. Todo. Tenían una bolsita negra de Coto con todos los cables. Al flaco casi le agarra un ataque. Para que entiendan yo llevaba: notebook, kindle, celular, iPod, cámara de fotos, cargador de la notebook, cable para el kindle, cargador para el celular, cargador de la cámara de fotos, cables para la cámara de fotos, cable para el iPod, cargador para el iPod, mis auriculares, los auriculares del laburo… Y también sacar los regalos, los caramelos, la billetera, las monedas, el pendrive, los papeles, el anotador, el desodorante a bolilla, la birome.

Todo por rayos-x.

Me hizo a un lado (se sorprendió que yo hablara inglés) y me hizo parar en una plataforma y con un “cosito que era un palito negro con un circulo blanco en la punta” lo pasó por mis zapatillas, pantalones y remera. Metió el cosito blanco en una máquina que lo analizó y dio por pantalla un resultado verde (si llegaba a dar de otro color, me moría ahí).

Hizo lo mismo con uno y cada uno de los artículos que les detallé. Uno a uno. Cable a cable. Y los pasaba por la máquina. Y daba siempre verde. Me dijeron que ahí detectan drogas o explosivos.

Finalmente, ya medio podrido de todo ésto, llegué a migraciones… y empezaron nuevamente las preguntas. ¡Dios santo! La próxima vez me las llevo en fotocopias y las reparto.

Luego de tanto vuelta pude subir a esa extraña máquina del tiempo para volver al hoy.

La vuelta agotadora (no dormí) pero muy amena. Conversando todo el viaje con gente de Israel y de Austria. Muy copados. Todos yendo de vacaciones a Argentina (Buenos Aires, Calafate, Bariloche, Puerto Madryn, allá van!).

Finalmente llegué a Buenos Aires. Y acá estoy. En casa. Parte de lo que leyeron lo fui escribiendo durante el viaje. Llevo más de 36 horas despierto. El jetlag ahora si me va a afectar. Pero bueno. Fue una hermosa experiencia. Conocí gente muy copada (Tzion, I hope to see you in Buenos Aires someday, man!). Dura en lo que respecta al laburo, pero enriquecedora desde otros puntos de vista. Me quedé con ganas de ver más, pero no se pudo. Les juro que hice lo que pude.

En serio.

Bueno, acá termina mi diario de viaje. Gracias a los que estuvieron ahí dando Me Gusta y comentando. Me sentía muy bien cuando desde allá veía que estaban ahí.

En los próximos días voy a subir las fotos, a modo de apéndice.

Gracias.

Fin de la trasmisión.

Dije fin de la transmisión. No hay nada más (bueno, si, hay mucho) pero acá se acabó. Basta.

Listo, dije. Apaguen.

¿Pueden apagar de una buena v…?


Día uno


The corridor of the sky
Foto: julajp (A while busy)

Ella llevaba una vida como cualquier otra. Su vida profesional y su vida amorosa flotaban en un mar no del todo calmo. Había cambiado de trabajo dos veces en los últimos tres años y ya sentía, a sus 35, que su tren había pasado y lo único que podía esperar era mantenerse con el sueldo que le pagaban. Atrás habían quedado esos sueños de “ser exitosa” o convertirse en “algo”. De hecho, se preguntaba en líneas generales qué es lo que realmente uno esperaba al comenzar su vida laboral. Intentaba recordar para qué había estudiado, con qué objeto. No lo tenía muy claro. Ahí estaba, con un título, pero peleándola para llegar a fin de mes. Hacía números y veía que el aguinaldo era lo único que le permitía mantenerse a flote. El resto de los meses le costaba mucho gastar menos de lo que cobraba. Y no porque fuese una derrochadora compulsiva, sino porque tener que pagar las cuentas, los servicios, los impuestos, el crédito al banco y la tarjeta de crédito la dejaba casi sin aire para llegar a fin de mes y siempre terminaba usando algo de lo ahorrado. Cada tanto se daba el gusto de viajar, su único gusto real, la única realidad por la cual vivía la vida que eligió… o por lo menos que creía que había elegido. Estaba en la época en donde veía todo muy gris.

Además, tenía a su novio a quien había conocido hacía 15 años ya. Con él estaba todo bien. O, mejor dicho, estaba todo normal. Si, sonaba raro. Normal. Es decir, acostumbrada. Las hormigas en el estómago ya habían muerto hacían mucho tiempo, y estar junto a él era más una rutina que otra cosa. Lo veía viernes, sábados y domingos, porque no vivían juntos. Bah… Habían vivido juntos hacía algunos años, pero no había funcionado. Luego de separarse, se volvieron a encontrar seis meses después y ahora se estaban dando una segunda oportunidad… desde hacía dos años. Pero no vivían juntos. Ella quería independencia, pero al mismo tiempo necesitaba la seguridad de tener a alguien a su lado. O al menos eso le dijo la psicóloga. Así que se mantenía de esa manera: tranquila, segura, cómoda. En la cama él estaba bien. A veces le gustaría que él le genere algo más que un orgasmo, pero bueno. Últimamente tenía que agradecer que llegaba al orgasmo, ya que más de una vez lo fingía para que él no se sintiera mal. A veces los hombres son tan sensibles sobre si la mujer acaba o no… Imbéciles.

Hacía tiempo había trabajado junto a un flaco que le pareció muy interesante, pero al cual vio solamente durante tres o cuatro meses. Estaban dentro de la misma área y, pese a que tenían tareas distintas, habían conversado y cruzado temas laborales en un par de oportunidades. Lo tuvo enfrente durante todo ese tiempo y cuando él no la veía ella lo miraba. Observaba sus ojos, su nariz algo prominente, sus orejas, la incipiente barba y el arito que llevaba en la oreja derecha. Era como una cruz, un poco femenino pensaba ella, pero que no le quedaba mal.

Una mañana se descubrió con ganas de llegar a la oficina para verlo. Eso la asustó y le hizo re pensar la relación que tenía con su novio. Era toda una vida, no podía tirar todo por la borda por una calentura. Sin embargo, días después se enteró que el pibe no trabajaba más con ellos. Ella se sintió triste y ahí notó que algo había calado profundo. Aunque no entendía bien qué.

Él, por otro lado, era un flaco algo tosco, con modales que querían ser correctos, pero que no siempre eran así. Su vida profesional era inexistente. Iba saltando de un trabajo a otro con pocas esperanzas de tener un futuro mejor. Estaba acostumbrado a esto. Para él el trabajo era simplemente un trámite diario que debía cumplir si quería comer. Alquilaba un pequeño monoambiente con un amigo con el cual había podido encontrar la manera de tener una convivencia tranquila. Ninguno de los dos tenía dónde caerse muerto, así que si no hacían las cosas bien no tenía posibilidades de alquilar algo. Y como ninguno tenía familia, las opciones se reducían a esto o pagar una habitación en un hotel de mala muerte por más plata.

Su vida amorosa era inexistente. Un perdedor nato. Cada tanto picoteaba algo por acá o por allá, pero nada formal. Simplemente sentía que aún no había llegado esa persona especial. Mientras tanto, que sea lo que sea. No había apuro.

Entre tantos trabajos aterrizó en uno dónde conoció a una chica que le pareció muy bonita. Se sentaba frente de él. A veces notaba que ella lo miraba, pero él no se atrevía a levantar la mirada para cruzarse con ella. Le daba vergüenza. Se sentía muy cómodo cuando ella le hablaba, pero tenía pánico. Ella era linda, muy dulce al hablar y sentía que cuando hablaban tenían algunos puntos en común. Pero para él era un sueño imposible. Ella tenía novio desde hacía muchos años. No sabía si estaba casada, si vivía con él o no. Pero sabía que una chica como ella jamás le prestaría atención a un flaco como él. ¿Qué le podría interesar de mí? Un día vio una foto de ella con su novio y se sintió menos que una pulga. El flaco era re fachero, grandote, un ganador total. Él simplemente era él. En algún momento pensó tantear el terreno a ver si ella le prestaba algo de atención. Quizás ver si podían ir a tomar algo juntos. Pero nunca lo hizo. Tenía miedo al rechazo.

Un día lo llamó el gerente de Recursos Humanos y le dijo que no tenían lugar para él en la empresa. No le sorprendió, pero cuando juntaba sus cosas para irse no había nadie en la oficina de quién despedirse y eso le dio un poco de tristeza, en especial por no poder despedirse de ella.

El tiempo pasó. Los recuerdos comenzaron a borronearse.

Una noche ella llegó a su casa cansada del día laboral. Su novio la había invitado a salir, pero ella no tenía ganas. Y se lo dijo. Y él se enojó, como se enojaba siempre: un poco de berrinche, pero nada más. Ella estaba agotada, no sólo por su trabajo, sino también de él. Sentía que ya todo había terminado. Sentía que su duelo ya estaba cumplido. Ahora tenía que hablar y decirle lo que sentía, aunque el futuro fuese una incógnita. Así que decidió aceptar la salida. Y ahí mismo se lo dijo. Y él no le creyó. Ya se te va a pasar, le dijo. Ella se levantó y se fue. Nunca más habló con él. Y se sintió feliz. Y el tiempo pasó. Y las heridas sanaron.

Del otro lado de la ciudad, él seguía pasando de un trabajo a otro, pero en este último se sentía más estable. Habían pasado casi ocho meses y aún estaba ahí. Estaba contento por ese pequeño logro. Pero cada tanto volvía el recuerdo de ella. ¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Me recordará?

Una noche de martes él se fue a dormir, como todas las noches. Y soñó. Y soñó con ella. Casi la había olvidado. Ahí estaba ella, tan cerca y tan lejos. Lo miraba y él sentía una fuerte atracción. Se despertó pensándola.

Esa misma noche, ella se fue a dormir, también como todas las noches. Y soñó. Y soñó con él. Casi lo había olvidado. Pero ahí estaba él, tan cerca y tan lejos. Lo miraba y ella sentía una fuerte atracción. Se despertó pensándolo.

El la buscó por las Redes Sociales, y la encontró. Ella lo buscó por las Redes Sociales, y lo encontró. Él le mandó una invitación. Ella no se atrevió a hacerlo, pero para su asombro, vio como una solicitud de él aparecía frente a sus ojos. Su corazón empezó a latir fuerte. ¿Cómo puede ser que la casualidad sea tan grande? Anoche soñé con él y ahora aparece esto.

Aceptó.

Hola, dijo él. Hola, dijo ella.


Paz


#blur #reflection
Foto: tai-nui

Mi conciencia se había perdido. No recordaba dónde estaba. El silencio lo colmaba todo, pero no era un silencio sepulcral y rígido. Era más bien el silencio de la calma, de la tranquilidad. Los colores pasteles dominaban la escena difuminando las líneas que separaban los objetos, en una comunión casual. Tenía conciencia de mi ser, pero mi cuerpo no tenía peso. Me entendía sentado, cruzado de piernas. A mi lado estabas vos, en la misma posición, rozando nuestros brazos. Sonreíamos.

Y me dabas paz. Así de simple, así de profundo. Esa paz que no esperaba tener, pero que tenía.

Paz.

 


 


La esquina


Shadows and silhouettes
Foto: M.G.N. – Marcel

Este texto fue publicado originalmente en Bardo Magazine.

Bajó del subte como todos los días, acalorado por el incómodo viaje. Sus pensamientos volaban saltando de una idea a otra; de un recuerdo a otro. Se sentía muy nostálgico. Tenía ganas de llegar a su casa y descansar. Sabía que aún tenía que poner ropa a lavar, cocinar e intentar hacer todo eso antes que empiece el partido.

Puso sus pies en la escalera mecánica que iba del andén al lobby de la estación y cuando miró hacia abajo cruzó los ojos de una chica de no más de treinta años. Sintió que su mirada era distinta y eso le generó un pequeño sobresalto que le gustó. Que lindos ojos tenía. Profundos, brillantes. Siempre es bueno sentir que alguien te mira, más si se encuentra dentro del universo de personas que uno buscaría para entablar una relación. Era bonita.

Siguió subiendo y notó que la chica que estaba a su lado lo miraba de reojo. Ella era un poco más joven que la anterior, pero de todas maneras le prestó atención y volvió a sentir un pequeño cosquilleo. Él le sonrió, pero no consiguió respuesta visible. Y bueno, pensó, esto es así. Al menos sentir que dos chicas lo miraban alimentaba su maltratado ego.

Cuando llegó al lobby y apuró el paso para pasar por los molinetes se cruzó con una señora de unos sesenta años. Ella lo observó de manera pesada y algo seria. No le gustó mucho esa mirada, pero empezó a preguntarse si lo miraban por algo en particular. ¿Tendré algo en la cara?, dudó. Se pasó la mano por la nariz para confirmar que estuviera limpia y quiso mirarse en algún reflejo para ver si no tenía algo más dándole vueltas por la cara.

La escalera que salía a la superficie también servía para que los nuevos pasajeros entraran. Comenzó a subir y levantó la vista. Una señora de unos cuarenta años que bajaba lo miraba fijamente y eso lo intranquilizó, pero no pudo ni darse cuenta del por qué ya que el señor detrás de ella, de unos cincuenta, también lo miraba. Algo debía estar mal. Detrás de él tres adolescentes de unos quince años, quienes bajan gritando y riendo, detuvieron su jolgorio apenas lo vieron y lo observaron con una mirada extraña y seria. Él sintió que el corazón le daba un salto.

Salió a la superficie y comenzó a caminar las cinco cuadras que lo separaban de su casa. Necesitaba confirmar que todo estaba bien. Pero la actitud de las personas que lo cruzaban no cambiaba.

Primero fue un pibe de no más de doce o trece años que lo miró fijamente, casi al mismo tiempo la mamá de éste posó su mirada en sus ojos. Metros más adelante el florista no apartó su vista de él y el canillita lo vio y silbó en tono preocupante. Algo debía estar realmente mal.

Cuando llegó a la esquina se miró en el reflejo de un vidrio, pero no notó nada raro. Cuando cambió el foco advirtió que desde adentro lo estaban observando fijamente. Y esto lo asustó. Comenzó a acelerar el paso. Quería llegar a su casa de una buena vez. Intentaba no mirar a nadie, pero cada vez que levantaba la vista todos lo estaban observando. Uno tras otro. Hombres, mujeres, chicos, chicas, ancianos. Rubios, morochos, con pelo largo, corto, enrulado, teñido, pelados. Ricos, pobres. Incluso los que iban en autos, motos, camiones, colectivos. También el verdulero, el carnicero, la vendedora, la farmacéutica, el mozo. Todos.

Su corazón dio un salto cuando cruzó la mirada con un bebé y éste se puso a llorar. Tenía miedo. Quería ver qué pasaba, quería solucionarlo.

Repentinamente se dio vuelta para ver que ocurría detrás suyo y se sobresaltó con las miradas de todos que habían parado para verlo. Su angustia aumentó. Tenía ganas de llorar. ¿Qué mierda pasaba? ¿Qué tengo? Ya quedaban pocas cuadras.

Llegó a la última esquina y antes de cruzar la avenida sintió un calosfrío. Levantó la mirada y frente suyo estaba el hombre de negro, el cual, sin rostro, lo miró fijamente. Él se detuvo en seco y sintió el frío que lo rodeaba.

Vamos, le dijo. Y cruzó la calle junto al hombre oscuro.

Y caminaron.

Fue un desastre, dijo un señor que caminaba por ahí. No sé qué le pasó. El periodista intentaba calmarlo. Yo lo vi pasar, pero no sé, estaba caminando mirando para el piso, como distraído. Y el semáforo estaba en verde. Y el colectivo venía muy rápido y no pudo hacer nada para parar. Escuché el ruido del golpe y luego se sintió el ruido de la cabeza que golpeaba contra el piso. Pobre pibe, estaba destruido. Cuando llegaron los médicos ya era tarde. Una pena, che.

La gente se arremolinó al lado del cuerpo sin vida del chico. Se escuchaban gritos y llantos. Los médicos no intentaron hacer nada porque nada había para hacer. El chofer del colectivo estaba en medio de una crisis de nervios. El tránsito estaba detenido, los autos tocaban bocina, los gritos se sucedían, la tristeza inundaba la esquina.

Pero más allá, a lo lejos, en la oscuridad reinante, él seguía caminando siguiendo al hombre de negro, por toda la eternidad.

 


 

Desconexión: Les Claypool And The Holy Mackerel – Running The Gauntlet (Les Claypool And The Holy Mackerel – 1996)


La doncella del navegante


Florencia

Foto: Florencia Pagano

Quiero agradecer a Florencia Pagano quien me prestó la hermosa foto que inspiró este cuento. No será la última que te pida prestada.

Ya había pasado la medianoche. El frío calaba los huesos, pero él había decidido caminar por las pequeñas calles adoquinadas del antiguo barrio. La cena había sido muy placentera y le había dado las fuerzas para recorrer la zona e intentar conocer un poco más el lugar. Era hoy o nunca ya que no sabía cuándo podría llegar a tener la oportunidad de volver. El pueblo le había parecido hermoso y fantaseaba con poder mudarse y empezar una nueva vida ahí. Pero era tan difícil. Nada lo encadenaba a su ciudad natal. Solamente sus propias ataduras, invisibles éstas. Si tan solo tuviera una excusa que le permitiera arriesgarse.

Las calles por donde caminaba estaban desiertas. Los edificios, bajos y antiguos, de colores opacos y uniformes, construidos con sólidas piedras siglos atrás, le daban al paseo cierto misticismo. Los pocos negocios de la zona estaban cerrados. Quería mirar todo al mismo tiempo: callejuelas, veredas, paredes, ventanas, luces… Pensaba en las historias que tendrían esas calles, esos pasajes, esas puertas. La brisa invernal golpeaba su rosto. Su imaginación flotaba en un océano profundo y él se dejaba llevar por la corriente.

La caminata sin rumbo lo llevó a una zona de pequeños pasajes solitarios y antiguos donde ya no había negocios sino simplemente viviendas, ninguna de más de tres pisos. Levantó la mirada y observó cuerdas que cruzaban la calle de lado a lado con ropa colgada, secándose. Como antaño, como hoy, como siempre. Volvió a mirar hacia adelante y observó una luz distinta al final de la calle. Era cálida.

Muy cálida.

Intentó adivinar de dónde provenía. Se acercó a ella lentamente. El color amarillo preponderaba por sobre las luces del pequeño pasaje. Llegó hasta el final del mismo y se encontró con una extraña tienda. Su vidriera estaba repleta de antigüedades, regalos y otras chucherías. No parecían los típicos recuerdos de un centro turístico. Todo parecía antiguo, pero no viejo. No era la típica vidriera cubierta de polvo que apilaba objetos olvidados. Al contrario, todo relucía. Miró a su alrededor y notó cómo las luces cálidas todo lo cubrían. Se sintió en otro lugar. Buscó los reflectores, pero no los encontró. La luz salía del interior.

Observó atentamente los objetos amontonados y distinguió entre ellos un pequeño camafeo. Sus bordes trabajados eran de un bronce oscuro, gastado por los años. La piedra central, de vetas grises y coloradas, tenía tallada la figura de una mujer que sonreía con la mirada al piso. Su rostro expresaba una mezcla de felicidad y vergüenza. Justo en ese punto donde se cruzan la alegría y la timidez. La imagen le produjo una sensación placentera.

Acercó su cara al vidrio para mirar dentro y notó que no había nadie. Caminó a la puerta y leyó un pequeño cartelito en ésta que indicaba que el local estaba abierto. Miró la hora: dos y media de la mañana. Puso su mano en el picaporte, éste cedió y la puerta se abrió.

Una campanita adosada a la puerta sonó anunciando su llegada. El perfume de sahumerios cautivó sus sentidos. Cerró la puerta y comenzó a observar los objetos a su alrededor. Sentía que había viajado en el tiempo. Las antigüedades se amontonaban de manera ordenada y armónica. Muebles de madera, arañas de bronce, copas de cristal de múltiples colores, antiguos cuadros, vajillas trabajadas, cubiertos brillantes, pequeños alhajeros, cajitas musicales… el lugar era un canto a la historia. Objetos que habían sobrevivido a las personas y al paso del tiempo. Esquivaron golpes, caídas y roturas. Habían cumplido su objetivo, y ahí estaban: años, décadas, siglos después quizás, esperando a que un nuevo dueño pueda seguir disfrutando de ellos.

Estaba maravillado.

Escuchó un ruido y vio a la vendedora salir de una puerta que estaba detrás del mostrador. Era una joven con el pelo oscuro, lacio, con reflejos violetas y mirada cautivante. Su oreja izquierda estaba llena de aros brillantes.

—Bienvenido —le dijo con una voz suave. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes y él tuvo que mirar para otro lado intentando contener los repentinos nervios.
—Ho-hola —tartamudeó—. Que-quería ver ese camafeo que tenés ahí en la vidriera.
—La doncella del navegante, imagino.
—¿Cómo?
—Digo que imagino que el camafeo que querés ver es La doncella del navegante —se acercó hasta la vidriera mientras él la observaba caminar—. Aquí está.

Colocó la pequeña pieza en las manos de él. Sus dedos apenas se rozaron. Un pequeño golpe eléctrico lo recorrió de pies a cabeza.

—¿Cómo sabías que era este el camafeo que quería?
—Puedo saber qué es lo que mis clientes quieren cuando los miro a los ojos… —Un silencio cruzó el ambiente—. No, mentira —sonrió—. Es el único camafeo que tengo en la vidriera.

Él admiró su sonrisa y también sonrió.

—No me sale hacer ese chiste. Siempre que lo intento me río antes. No soy buena para eso —. Su sonrisa era fresca y encantadora.
—Por un instante te empecé a creer.
—¿Y por qué lo harías?
—No sé. Es muy rara esta tienda. Es muy bonita, está alejada de la zona comercial… y está abierta a las dos de la mañana. No es algo común. Me pregunto si esto no es un sueño o alguna de esos cuentos malos en donde el comprador termina llevándose un objeto mágico, o algo así.

Ella emitió una risita contenida.

—Y yo debería ser algún viejo sabio con anteojos que fuma pipa y advierte al comprador que el objeto tiene una maldición y todo eso, ¿no?
—Imagino que sí.
—¿Me parezco a él?
—No —dudó—, pareciera que no.

Ambos sonrieron de buena gana. Él volvió a mirar el camafeo. El borde de bronce era muy bonito, pero la imagen, en sobre relieve, le parecía increíblemente cautivadora. Pasó el pulgar por sobre ésta para sentir sus formas. Era suave.

—La piedra es un ágata y es muy bonita —dijo ella—. Es del siglo XVI.
—¿En serio?
—Si.
—Ahora es cuando me hablás de la maldición y todo eso, ¿no? —preguntó buscando complicidad por parte de ella.
—No, no. No tiene ninguna maldición. Perteneció a un marinero británico de esa época que luchó en la guerra anglo-española. Comenzó a finales del siglo XVI. Su mujer le regaló este camafeo cuando él salió de su hogar para servir a su país. Estuvo luchando veinte años. Cuenta la leyenda que cada vez que él tenía que participar de una de estas batallas, tomaba el camafeo entre sus manos y recordaba a su esposa para darse fuerzas en la lucha y sobrevivir un día más. Y sobrevivió. Y volvió a su casa con su esposa para morir de viejo, junto a ella, muchos años después. Al momento de exhalar su último suspiro tenía este camafeo en el pecho, entre sus manos. A partir de ese momento el camafeo fue considerado un objeto que le da a su dueño la fuerza y la valentía de conseguir lo que quiera.
—Es una historia muy linda. ¿Es cierta?
—Depende de vos que la creas o no. Yo solo te la cuento para que la conozcas —dio media vuelta y caminó de nuevo al mostrador mientras continuaba—. Mi abuelo lo tuvo consigo durante muchos años y hace poco decidí ponerlo a la venta.
—¿Y por qué lo vendés? Si es algo tan valioso y con tanto poder, sería bueno que lo conserves.
—Quizás solamente quiero que alguien sea feliz —sonrió—, o tal vez mis palabras sean solo mentiras para que algún comprador incauto caiga en la trampa.

Él volvió a mirarla a los ojos y luego miró el camafeo atentamente. Estaba en muy buen estado para tener tantos años. Dudó.

—¿Qué precio tiene?
—¿Cuánto serías capaz de pagar por un objeto así? —preguntó con voz profunda, algo exagerada.
—No tendrá una maldición, pero te ponés misteriosa.
—Te gusta que sea así, ¿no? Te da curiosidad el camafeo y tenés ganas de comprarlo —. Se paró y fue hasta la vidriera para tomar el cartelito que indicaba el precio. Se lo dio en la mano y volvió detrás del mostrador.

El sacó su billetera, tomó su tarjeta de crédito y pagó sin decir una palabra. Ella colocó el camafeo en una pequeña cajita azul y ésta en una bolsita de cartón. Con una sonrisa extendió su mano para entregarle el regalo.

—Suyo. Que lo disfrute.

Se despidió y salió del negocio. La calle seguía exactamente igual a como estaba antes de entrar. Caminó recordando la charla y la leyenda que recién había escuchado. Llegó a la esquina y se detuvo pensativo. Miraba a su alrededor sin prestar atención. Analizaba la situación, las palabras, los gestos… Sacó la cajita de la bolsa y la abrió. Ahí estaba el camafeo. Hermoso, brillante. Cerró su mano sobre él, abstraído. Respiró profundo.

Dio media vuelta y regresó a la tienda. Se acercó a paso firme con el camafeo en su mano. Respiraba entrecortado. Estaba nervioso. Llegó a la puerta y la abrió. Volvió a sonar la campanita, pero con más vehemencia que la primera vez. Ella estaba aún en el mostrador haciendo unas anotaciones en un pequeño cuaderno con un lápiz negro. Se sobresaltó con el ruido y levantó la mirada. Lo vio a los ojos mientas él se acercaba. Estaba agitado, temblaba. Se paró frente a ella e intentó calmarse. Sus labios comenzaron a moverse.

—¿Puedo invitarte a tomar algo? —, dijo entre asustado y ansioso.

Ella bajó la mirada y sonrió.


 

Desconexión: Les Claypool – Riddles Are Abound Tonight (5 Gallons Of Diesel – 2005)


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