Siete años


Colgado(res)
Foto: cefuenco

Les aviso que esta historia no tiene final. Al menos de momento. En realidad, lo tenía. Pero ahora ya no. Todo comenzó como un pequeño relato sobre una experiencia que tuve a los siete años. Y no era mi idea llegar a publicar esto alguna vez. Simplemente lo bajé a palabras hace mucho para dejar registro del hecho, liberar mi mente de recuerdos sin sentido y que, tal vez, algún día sirva para vaya uno a saber qué. Hoy, treinta y seis años después, la historia tiene un significado. O algo así.

A los siete años, como les dije, viví una pequeña experiencia que fue tan especial, que hoy, varias décadas después, la recuerdo de manera muy clara. Y cuando digo “muy clara” estoy hablando de las sensaciones que tuve allá lejos y hace tiempo que no se han borrado, como si lo han hecho otras.

Todo comenzó cuando fui al cumpleaños de un compañerito de colegio. No quiero poner nombres propios… pero lo voy a hacer igual: estoy casi seguro que era el cumpleaños de Pablo. Cuando era chico no hacías la fiesta en un salón, sino en tu casa. Las familias más “pudientes” lo hacían en Pumper Nic, pero casi todos usábamos nuestro propio hogar. A mí no me gustaba. Es más: lo odiaba. Detestaba que mis compañeritos vengan a casa y se metan en mi pieza con mis juguetes. Tengo recuerdos de un cumple en donde la pasé mal y quería que todos se vayan. Pero bueno. Eso será otra historia para contar.

Este cumpleaños, como les dije, era en la casa de este tal Pablo. No éramos muchos. Tal vez cinco o seis, no sé. No tengo muchos detalles, pero si recuerdo un momento muy especial.

El juego era La Escondida. Uno contaba y el resto se ocultaba con el objetivo de que no te encuentren. Simple. (¿Para qué lo contás si todos conocemos el juego? Bueno, che…). En mi caso, elegí un lugar que consideraba el mejor de toda la casa: el placar de la pieza de Pablo. Lo hice una vez, dos veces y vaya uno a saber cuántas más. Pero en una de estas ocasiones junto a mí se sumó una nena. No recuerdo su nombre y no era del colegio. Seguramente alguien de la familia. Tenía mi edad y mi vaga memoria me hace acordar que tenía un vestido y dos colitas. Su pelo era castaño y hasta ahí llegan los recuerdos visuales. Ni siquiera tengo un boceto de las luces de su rostro.

Sin embargo, un recuerdo sí ha quedado firme en mi memoria hasta el día de hoy: lo que sentí cuando ella entró al placar conmigo. Estábamos en silencio, uno al lado del otro, iluminados solamente por los finos haces de luz que entraban por las rendijas de la puerta de madera, la cual no estaba cerrada del todo, claro. Recuerdo las sonrisas cómplices y nuestros dedos índices en nuestros labios reclamándonos silencio para no ser descubiertos. Me acuerdo estar a su lado y con una hermosa sensación que nunca había tenido. No, no malinterpreten, che. Tenía siete años. Era un hermoso sentimiento de “qué lindo estar a tu lado”, “que el tiempo se detenga” y “que ganas de quedarme acá por siempre”. En aquel momento no entendí a qué se debía esa sensación, ni por qué. Estaba tranquilo, feliz y no quería que eso terminase nunca. Creo que, a la siguiente vuelta del juego, volvimos a escondernos ahí y nuevamente esa sensación me colmó. Los últimos recuerdos que tengo son cuando me pasaron a buscar para volver a casa y la decepción posterior de dejar de estar con ella.

Nunca más la vi en mi vida.

Y acá terminaría el relato. O al menos eso supuse la primera vez que lo escribí. Esa sensación que tuve esa tarde de cumpleaños fue tan, pero tan fuerte que nunca llegué a olvidarla. Era algo nuevo, diferente y emocionante. Una alteración que sobrepasaba mis sentidos. Era algo que golpeaba en mi pecho, como un vacío, que era mitad placer y mitad miedo. Un sentimiento imposible de explicar. Y, claro, nunca más se volvió a repetir.

Hasta ahora.

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Arena


***
Foto: Misha Sokolnikov

El viento soplaba muy fuerte haciendo que las olas golpearan la playa con violencia. La arena se mezclaba con la sal del océano en una danza caótica e hipnótica. Gruesas nubes negras, cargadas de agua y frío, hacían sentir como si no existiese ningún sol más allá de éstas. ¿El cielo había sido alguna vez celeste? ¿O desde el comienzo de los tiempos este gris plomizo todo lo cubre? La copiosa lluvia terminaba de completar el panorama cuasi apocalíptico. Las gotas, imponentes y pesadas, caían como filosas dagas sobre todo lo que tocara la superficie del planeta. Parecía el fin del mundo.

Él estaba sentado en la orilla en silencio. La tormenta lo había empapado y el viento y el frío le calaban los huesos. Pero luego de tanto tiempo a la intemperie ya no sentía nada. Apenas notaba como el agua goteaba abruptamente desde su pelo hacia su cara y su espalda. El frío de muerte que había sentido al principio ya no le mortificaba. Se había acostumbrado a eso. Por momentos la marea subía y el agua lo cubría casi hasta la cintura. Las olas lo golpeaban y él soportaba cada embate sin mover un músculo.

¿Cuánto invierno es capaz de soportar un alma? ¿Cuánto viento se puede resistir? ¿En qué momento se pierde la esperanza y uno empieza a resignarse? ¿Es acaso el Universo quien decide por nosotros? ¿O es simple casualidad?

Al principio escuchó un sonido distinto a los que estaba acostumbrado. Y luego percibió algunos más. Era como si alguien… Se dio vuelta y observó sus pies por primera vez. Estaba descalza, como él, y pudo notar cómo la arena se le había pegado en los empeines. Levantó la vista. “Una profunda mirada que cruza los sentidos. La cual te rinde a sus pies ante el simple contacto.”, recordó.

Y ahí, en ese preciso instante, sin que nada lo dejara prever, dejó de llover. Se sorprendió. Miró al cielo, casi como extrañando algo, y notó como las nubes empezaban a disiparse, dejando pasar los primeros rayos de sol en mucho tiempo. La temperatura comenzó a subir lentamente. ¿Qué había ocurrido?

Volvió a observarla. Ella lo interrogó con la mirada y el aceptó. Se sentó a su lado mientras acomodaba su infinito pelo negro, casi como el universo mismo. Y ahí se quedaron. Disfrutando el silencio.

Y el viento amainó.

Y la lluvia se detuvo.

Y el mar se calmó.

Y las nubes se disiparon.

Y el sol dio vida a todo a su alrededor.


Despojado


Elongación
Foto: Danilo Urbina

Este relato cuenta la pequeña historia de un hombre como cualquiera de nosotros, el cual, cuando llegó la noche, descubrió que estaba sangrando. Las heridas eran profundas, pero no dolían… al menos al principio. Cuando prestó real atención a las lesiones pudo ver la sangre y la podredumbre que contenían. Ahí comenzó el dolor. Mucho. Sin embargo, su primera reacción casi natural fue seguir con su vida como si nada ocurriese. Ignorando cada puntada. Ignorando cada gota de sangre que caía a su alrededor. Es normal que esto ocurra, pensaba, les pasa a todos. Se mentía.

Cada paso que daba era una nueva puntada, un nuevo cuchillo y más sangre. ¿Valía la pena tanto dolor? ¿Valía la pena intentar curarse? ¿Y si se tiraba al piso y se dejaba estar? ¿Alguien lo echaría de menos? Las dudas lo asaltaron. Lo meditó, quizás más de lo que debía. Así que, luego de mucho reflexionar, tomó una decisión, quizás la más importante de su vida.

O eso pensaba.

Sus pensamientos lo llevaron a comprender lo que estaba ocurriendo y entender que correspondía curar sus heridas. Pero para ello debía tocar fondo. Debía hundirse entre la mierda y aceptar su realidad. Y lloró. Lloró como nunca en su vida, soportando un fracaso que cargará durante toda la eternidad como una cruz. Descendió a los infiernos en busca de redención. Arrastró sus pies sobre ese camino pedregoso el cual lo lastimaba ante cada paso. Y sangró como nunca.

Se sentía ninguneado, insultado, denigrado. Se consideraba la persona más triste del mundo y continuar así era una agonía que no podía tolerar. Así que para soportar su calvario decidió cubrir su lacerado cuerpo con una pesada armadura y así resguardarlo de todo lo que lo pudiese lastimar aún más. La coraza era invisible, pero lo suficientemente gruesa para cubrir sus heridas y protegerlo. Recubría cada brazo y cada pierna. Tapaba su cabeza, espalda, pecho y, en especial, su corazón. De esta manera pudo salir a la calle nuevamente. Por fuera la armadura lo mostraba fuerte, recuperado, alegre… y todos lo notaban y lo felicitaban ante notable cambio. Estás muy bien, le decían. Y él sonreía… por fuera.

Pero debajo de ese escudo estaba un alma débil, que no paraba de luchar por sacarse los puñales clavados en su carne. Y cada movimiento que hacía en soledad para alejarlos de sí, dolían más. Así recorrió nuevos caminos, oscuros, casi en blanco y negro, con los sentimientos contenidos. Su corazón no sentía nada. No reaccionaba. Su cara sonreía, pero su corazón apenas latía. Arrastraba los pies destruyendo todo lo que se cruzaba por su camino. Cuando nadie lo veía, vomitaba las vísceras que podridas enfermaban su cuerpo. Nada le importaba. Cada sonrisa era simplemente un arma de defensa. Quizás lastimó a varios, pero no le importó. Y pese a que actuaba de manera distinta a su forma de ser, era el único modo que tenía para sobrevivir.

Desde afuera nadie notaba el infierno interior. Nuestro hombre parecía lo mismo que cualquier otro. Estás muy bien, le dijeron muchas veces. Y así estaba: muy cómodo y tranquilo. Él había decidido continuar su marcha de esta manera: alegre, feliz y contento por fuera; silencioso, parco y apático por dentro.

Pero a veces algo o alguien redobla la apuesta y nos saca de nuestro juego.

Y así ocurrió que, ante un descuido, en un momento en donde su cabeza no estaba atenta a sus heridas, notó como intentaron quitarle la armadura. No fue a sabiendas ni planificado. Simplemente la armadura se abrió y dejó entrar las primeras brisas frescas en mucho tiempo. Las primeras notas comenzaron a sonar brillantes. Y se asustó. No esperaba este cambio. Había decidido mantener su armadura hasta el final de sus días, pero el destino no quiso que así fuera.

Al principio cayó una pequeña sección de la armadura. Casi imperceptible, pero él lo notó. Miró dentro. Vio la piel casi transparente y cuando acercó el dedo notó que estaba muy sensible, casi como tocar carne viva. No puede caerse, no debe caerse, pensó. El miedo comenzó a apoderarse de él. Pero a medida que pasaban los días más y más pedazos caían desintegrándose y dejando amplias zonas del cuerpo expuestas al aire, a las miradas, a los comentarios, a los sentimientos.

Es difícil evitarlo, claro. Levantó la vista para intentar observar quién estaba destruyendo su armadura. Una profunda mirada cruzó sus sentidos, la cual lo rindió a sus pies ante el simple contacto.

Ahora nuestro hombre está demasiado sensible. Expuesto nuevamente al mundo. Cada pequeña brisa fresca que sopla a su alrededor siente que puede lastimarlo. Y en parte lo hace. La inseguridad lo paraliza. No quiere volver a lastimarse. Quizás deba volver a recubrirse de esa coraza que lo protegió todo este tiempo. Tiene miedo, mucho miedo. El mundo a su alrededor no es cómo era antaño. Sus lágrimas ya no son de dolor, sino de alegría y miedo. Un miedo hermoso que necesita transitar, aunque duela. Miedo al fracaso, miedo a que nuevas heridas aparezcan. No sabe si podría soportarlo. Pero tiene que intentarlo. Tiene todas las de perder, sin dudas, pero es la primera vez en años que siente el verde pasto humedeciendo sus pies desnudos. Pero no mira al horizonte. Está decidido a mirar el camino evitando mirar el destino. Y se repite: disfrutar el camino sin que importe el destino. Así tiene que ser.

Como les dije este relato cuenta la pequeña historia de un hombre como cualquiera de nosotros. Un hombre que fracasó, que se escondió, que lastimó y que, por misterios del destino, está saliendo de nuevo a la luz. Pero esta historia no termina acá. No. Hay mucho más para escribir. Pero en estos momentos, el papel está en blanco y la pluma, abarrotada de tinta, reclama liberación.


Ronroneos


Libro de visitas
Foto: Appleando

Dedicado a vos y a tu esfuerzo.

No estaba de ánimos. La recta final en la facultad había comenzado y sentía que el camino estaba más empinado que nunca. Eran solo dos materias. O mejor dicho, aún faltaban dos materias enormes. Complicadas, aburridas, casi imposibles. El esfuerzo de años parecía que quería caerse por la borda antes de llegar a buen puerto. ¿Por qué se sentía así?

Puso música y se sentó en una de las pequeñas sillas delate de la mesa. Inmediatamente su pequeña gatita negra se le subió al regazo. Comenzó a acariciarle el lomo mientras ésta se acomodaba sobre sus piernas ronroneando. Tomó un grueso broche de metal y se ató su largo pelo negro. Miró los apuntes que tenía que estudiar. Suspiró. Cada vez que las veía sentía que el camino se hacía más empinado aún. Mierda.

(Hola) Miró a su alrededor extrañada. ¿Qué fue eso? Prestó atención, pero no escuchó nada. Abrió los apuntes y continuó la lectura. Mierda. Mierda. Las frases por momentos eran incomprensibles. ¿A quién le importa todo esto? Las materias de relleno en una carrera son insufribles. Y más cuando son las últimas. Y más aún en pleno noviembre.

(Hola) Ahora si escuchó algo. ¿Alguien me está espiando?, pensó. No puede ser. Miró a su alrededor, pero no notó nada fuera de lo común. (Tranquila. Nadie te está espiando. Soy yo. Sé que estás frustrada con todo esto) Reconoció la voz. (Es la angustia de la incertidumbre. La incertidumbre de no saber si alguna vez esto va a terminar. Uno siente que es imposible, que va a estar estudiando las mismas materias una y otra vez y que nunca va a acabar. Y que todo el esfuerzo puede quedar en la nada). Ella escuchaba mientras acariciaba a su gata. Ésta seguía ronroneando. (Pero te voy a decir algo que tal vez te suene obvio: esa sensación la hemos tenido todos, en especial cuando estás con las últimas materias. ¿Sabés qué? Llegaste hasta acá debido al enorme esfuerzo que hiciste con las otras materias durante todos estos años. Muchas de ellas parecían imposibles, pero sin embargo las pudiste aprobar. Bueno, acá hay otro par de esas “imposibles”. Pero la realidad es que no lo son. Te voy a contar un secreto a voces: no se recibe ni el más inteligente, ni el más vivo, ni el más estudioso. Solamente se recibe el más perseverante. El que va y se choca contra la pared una y otra vez. Una y otra vez. Y que cuando se siente desahuciado, sigue intentándolo).

Ella cerró los ojos y la voz sonó más fuerte aún en su cabeza. (Nadie te regaló nada. Estás acá gracias a vos. Y lo que queda lo vas a pasar gracias a vos. Sos la heroína de tu propia vida. Tu fuerza de voluntad es capaz de levantar más kilos que cualquier campeón olímpico. Recordá tu pasado. Recordá esos momentos en donde te sentías perdida o que pensabas que nunca iba a dejar de doler. Y dejó de doler. Todo pasa, dicen. Y yo creo que es verdad. Todo pasa, y esto también pasará. Y cuando pase, recordarás este momento solo como un instante de angustia. Y te reirás. Y nos reiremos. Recordá: esto va a pasar. Te vas a chocar contra la pared como lo has hecho varias veces ya. Pero la pared va a ceder y vas a poder cruzarla una vez más. Parece imposible. Te aseguro, escuchame bien, te aseguro que no lo es. Cada momento en el cual estudiás es un paso más que das para llegar a ese ansiado destino. Nada es en vano. Nada. Cada minuto de estudio hoy es un minuto menos mañana).

Ella respiró profundamente. (Seguí. Yo me quedo acá, cerca tuyo, cuidándote). La voz se acalló. Ella abrió los ojos. La música seguía sonando. La gatita seguía sobre sus piernas profundamente dormida. Su ronroneo le generó una paz absoluta. Tomó nuevamente los apuntes y continuó leyendo.

Mientras tanto, a su lado, invisible, transparente, en silencio, él se quedó ahí. Acompañándola cada día, en cada página, hasta que llegue a la tan ansiada meta.


El lago púrpura


Lake Irwin, Colorado
Foto: Michael Levine-Clark

El lago tenía un color púrpura. Sus aguas no eran azules, ni celestes, ni siquiera verdes. Eran púrpuras. No entendía por qué. Miró el cielo vacío de nubes y pensó si tal vez el sol estaba generando algún tipo de ilusión óptica. Quizás sea eso, pensó. Pero no lo parecía. El pasto a su alrededor era más verde de lo que jamás había visto. Las montañas, en el fondo, mantenían sus distintos tonos que iban desde el marrón más profundo al ocre más débil. Miles de flores se arremolinaban aquí y allá gracias a la brisa, en una danza hipnótica. Las mariposas se posaban en ellas y se dejaban mecer por la mano de Céfiro, dios del viento oeste. A su derecha, imponentes árboles susurraban arrullos que nadie, excepto él, escuchaba.

Todo era normal, pero el lago era púrpura. O al menos eso era lo que le parecía. ¿Y si era una ilusión? ¿Importaba que lo fuese?

Se miró a sí mismo y se preguntó. Y se cuestionó. Y no logró entender. Pero se sentía bien. El lago púrpura le hacía bien. Estaba fuera de su comprensión, pero lo disfrutaba. ¿Por qué cambiarlo? ¿Por qué entenderlo?

Observó el pasto bajo sus pies desnudos y lo notó cómodo. Se sentó. Y ahí se quedó, en silencio. Disfrutando de la brisa, de la montaña, de los árboles, de las flores, del pasto… y del lago púrpura.

 


Globos negros


Texto originalmente escrito el 3 de abril de 2017.

¿Metallica en el Lollapalooza?, me pregunté cuando me enteré. ‘ta madre, ¿en serio voy a tener que ir a un festival donde toquen veinte bandas? Qué garrón. Y bueno, es Metallica. El resto, plástico de colores.

Compré la entrada apenas se confirmó que venían (el 28 de septiembre del año pasado). Fueron seis meses de espera. Lo últimos días me puse algo pesado. Creo que todo mi entorno soportó que me pusiera medio monotemático (perdón, pero soy muy débil en esto, al menos no es política).

El día del show lo arranqué muy temprano laburando desde casa. Estuve hasta el mediodía y ahí comencé el operativo para ir desde Belgrano hasta San Isidro. Cargué nafta y me fui para allá intentando llegar temprano para encontrar un lugar para estacionar en los alrededores del Hipódromo. El tránsito estaba complicado, pero el Waze me hizo dar muchas vueltas para evitar todo el quilombo y dejarme en el Hipódromo en 25 minutos. Una belleza. Eran casi las dos de la tarde.

Dejé el auto a cuatro cuadras de una de las entradas y me fui a almorzar. La idea era llenarme lo más posible para evitar tener hambre; no tenía muchas ganas de que me estafaran dentro del recital. Al menos, no mucho. Me encontré con Mumi, charlamos un rato y luego hice la cola para poder entrar. Y acá fue dónde encontré el primer contraste extraño: el público.

Claro, no estamos hablando de un recital de Metallica. Estamos hablando del Lollapalooza, otrora un show alternativo a la oferta musical de las grandes discográficas, hoy transformado en un show popular lleno de plástico y colores brillantes. Mientras esperaba para entrar se veían viejos roqueros, de estricto negro, con sus remeras de Metallica, Megadeth, Maiden, junto a adolescentes con sus remeras, pantalones y almas coloridas. El contraste me hizo acordar a la vez que fui a ver a Slipknot y en frente tocaba Lali Espósito: de un lado de la calle metaleros de negro y del otro lado nenas vestidas con polleras de colores.

Era raro. Nenas de no más de 15 o 16 años con brillitos en la cara y anteojos extravagantes se sacaban selfie tras selfie poniendo boca de pato… Algo surreal.

Entré al predio y de golpe noté que la experiencia me iba a exceder. Eran las cuatro de la tarde y, pese a que aún había mucho lugar, el volumen de gente ya era importante.

Primero, lo importante: pis. Me estaba haciendo pis. Fui a los baños pensando en que iba a esperar mucho, pero zafé: no había nadie. Ahora si, más relajado, comencé a recorrer el lugar. Demasiadas cosas, sin dudas. Comidas, remeras, patio cervecero sin cerveza (eh?), “actividades-re-copadas”, un sector para chicos, área de descanso (?) y los escenarios, claro.

Demasiado.

Suena a viejo si digo que estoy acostumbrado a llegar a un estadio, sentarme en el piso y esperar cinco horas hasta que toque la banda. Esto era algo nuevo para mi, pero bueno… Era raro pero decidí recorrer un poco más y buscar el escenario principal (vine a ver a Metallica, ¿recuerdan?). Algo que me preocupó era que desde un escenario se podía escuchar parte de lo que pasaba en otro.

Me acerqué al escenario principal cuando ya había terminado León Gieco. No había nadie, así que me fui bien adelante a sentarme en el pasto y a esperar. Mientras tanto, sobre el escenario, los plomos de Cage The Elephant comenzaron a preparar todo. Fue una hora de espera hasta que la banda yanki salió al ruedo, momento en el cual el sector se llenó de adolescentes coloridos. El show comenzó y de golpe me vi metido en medio de los saltos que realmente no me interesaban experimentar. Hay que saber cuáles batallas pelear, me dije (vengo usando mucho esa frase), así que empecé a retroceder y dejar que los chicos se divirtieran. Cage The Elephant estuvo bien. Sonaron decentes, pero no hay mucho que pueda decir. Su cantante, Matt Shultz, tiene mucho de Mick Jagger, y se nota en cada paso que da.

Cuando terminaron, el campo frente al escenario principal quedó casi vacío. Tenía dos opciones: irme para adelante de todo o irme a comprar algo para tomar y evitar el dolor de la sed. Todavía faltaba una banda antes de Metallica (unas tres horas y pico), así que decidí ir a comprarme algo… Dios santo, qué quilombo.

En este festival en lugar de entradas te dan una pulserita con un chip al cual le podés cargar plata para comprar dentro del predio “sin hacer colas”. Claramente esto es 100% chamuyo. Primero hice una cola para cargar la pulsera (lo pude haber hecho desde casa, pero bueno… no iba a meter plata que no sabía si iba a gastar) y luego tuve que hacer cola para comprarme algo para tomar, y luego una tercera cola para que me dieran lo que compré. De una cola en los shows tradicionales a tres colas en el Lollapalooza. Unos genios. En el patio cervecero (del cual dije que no vendían cerveza), había una cola enorme en donde decía “Recarga de pulseras”. Pésima idea, señor Lollapalooza.

Bien, para resumir: salir del escenario, recorrer medio predio, cargar la pulsera, hacer el pedido, que me lo dieran y volver al escenario me llevó 45 minutos. Me hice vivorita entre la gente y me acomodé bien adelante entre el público. Me fui tomando una de las botellas y me guardé la otra en el bolsillo para más adelante. Si, la bermuda que llevé tiene bolsillos grandes.

Bien, llegó la hora de Rancid. Durante varias semanas todo el mundo habló de lo descolgado que iba a estar Metallica en un festival como Lollapalooza, pero la verdad es que la banda más colgada era Rancid. Su música punk/hardcore era lo menos parecido al espíritu del festival. En cuanto salieron me pregunté: ¿quién es el indigente que canta? 😀 Tim Armstrong está MUY diferente a lo que recordaba. La vida le pasó por encima, parece.

Rancid (ya escribí varias veces Racing en lugar de Rancid… bueno, otra vez…) sonó muy bien. Mucho mejor que Cage The Elephant. Su show fue muy contundente. Punk al palo: temas de dos minutos, tres notas y listo. Palo y a la bolsa, como tiene que ser. Abajo fue una fiesta, pero se notaba que muchos de los que estábamos queríamos reservar energías.

Ahora si, la última espera: una hora y cuarto hasta que saliera Metallica. Estaba bien parado (a unos 5 metros de la valla delantera y a “un brazo” de la valla central), así que no pensaba moverme de ahí… pese al calor humano.

Ver a los plomos de Metallica laburar es apasionante. No porque sea Metallica, sino por el alto nivel profesional de los tipos. El plomo del batero probando cada tom, cada bombo, cada plato… hasta que vio que el redoblante tenía algún problema, así que se lo llevó para traerlo nuevamente diez minutos después para terminar de probar todo. Como sonaba, madre santa. Temblaba todo. El plomo de Robert se puso a probar el bajo… y sentía que se me derretían los oídos de lo grave que sonaba. El plomo de James sacó su guitarra e hizo una prueba bastante rápida (anotación: quiero que mi guitarra suene así: cruda, grave y muy clara). También probó una guitarra acústica que sonaba brillante y clara. También el plomo de Kirk salió e hizo una prueba muy veloz. La prueba de luces era interesante: se veía cómo las probaban en conjunto y luego una por una. Las movían, las cambiaban de color. Pero había una que no andaba. Llegó un plomo, arregló algo y al ratito estaba andando de nuevo. No sé. Cosas que vi mil veces, pero me siguen sorprendiendo. En especial con ese nivel de profesionalismo.

Finalmente llegó la calma antes de la tormenta. Los famosos “five minutes” que le anuncia a la banda que está todo listo y que solo faltan ellos. Miramos la hora: ya era. Y supimos que empezaba cuando empezó a sonar en los parlantes It’s A Long Way To The Top (If You Wanna Rock n’ Roll) de AC/DC. Cantábamos felices porque se venía la tormenta. Inmediatamente se apagaron las luces y, nuevamente, comenzó a sobar The Ecstasy Of Gold de la película The Good, The Bad And The Ugly. Como siempre. Como tiene que ser.

Y no, no fue una tormenta.

Fue el fin del mundo.

Hardwire, de su último disco, sirvió como tema de arranque… para volarte la peluca. Muy violento, gente, muy violento. Sonaban TERRIBLEMENTE fuerte (como la última vez), TERRIBLEMENTE claros y TERRIBLEMENTE ajustados. Yo estaba muy adelante, soportando una presión inmensa (luego me enteré del volumen de gente que había detrás mío). Creo que bajé la panza con solamente la presión. 😀

Engancharon con Atlas, Rise! y sentí que empezaba a quedarme afónico. Lo bueno de estar TAN apretado que podés ponerte en puntitas de pie, sacarle una cabeza a los que estaban delante y levantar los dos brazos. Mientras tanto, la botellita que tenía en el bolsillo sufría, pero bueno… Acá es donde me di cuenta que había tomado una sabia decisión: NO llevar el celular. Llevé solo el DNI, las llaves del auto, unos pesos y la SUBE (¿para qué la SUBE, Martín, si fuiste en auto? Y si pierdo la llave, ¿cómo vuelvo a casa a buscar la copia?). Eso me hizo estar 100% relajado sin preocuparme por nada. Creo que nunca estuve tan tranquilo en un show. Lo que tenía era casi imposible perderlo y nadie iba a poder chorearme el celu ni que se me caiga.

Lo temas empezaron a flotar uno tras otro: For Whom The Bell Tolls, The Memory Remains, One, para luego darle paso a algunos temas nuevos: Now That We’re Dead y Moth Into Flame (que manera de gritar este tema, no podía parar… me dolía la garganta). Siguieron con Harvester Of Sorrow (Mamá!, lo oscuro que sonó este tema!) y luego otro tema nuevo: Halo On Fire.

Y llegó una sopresa de puta madre: primero Trujillo nos clavó un (Anesthesia) Pulling Teeth y luego tocaron… Hit The Lights!!!

La concha de la lora, tocaron Hit The Light, la puta madre!!! Hit The Lights!!! Mierda, que manera de gritar y saltar y cagarnos a patadas… una belleza. Hit The Lights! Quedé destruido… y faltaba medio show aún.

Cada tanto teníamos que ayudar a sacar a alguien que no daba más o bancar el caos cuando tiraban una púa ya que nos volvíamos pirañas buscando carne fresca.

Nuevamente Sad But True sonó TERRRRRRIBLEMENTE grave, denso, oscuro, gordo… Violas en re sonando tan crudas… Que lo parió.

En todo esto un flaco que estaba agarrado a la valla se quejaba de que lo estaban apretando… Je, je… Sin palabras…

Siguieron con Wherever I May Roam, Master Of Puppets, Fade To Black y Seek & Destroy para despedirse antes de los bises (muy bueno el detalle de mostrar en las pantallas una entrada del 8 de marzo de 1993 en Vélez. Se me piantó un lagrimón).

Se fueron y ahí hacíamos cálculos, quedaban dos temas: Nothing Else Matters y Enter Sandman. Pero antes de eso nos sorprendieron con un Fight Fire With Fire muy rápida y muy ajustada; mi cuerpo pedía descanso.

Llegaron, ahora si, Nothing Else Matters y Enter Sandman para que todos saltemos, con lo que nos quedaba de energía, para despedirlos. Sentía que el show había durando muy poco (aunque fueron unas dos horas y veinte), lo cual me hizo dar cuenta lo bien que la había pasado.

¿Qué más decir? Hace algunos años que Metallica sumó a sus shows imágenes en las pantallas para contextualizar los temas (antes eran solo ellos cuatro y punto), lo cual estuvo muy bien.

Robert cumplió su tarea de manera sólida y se lo notaba muy contento (su alegría viendo a la gente saltar en For Whom The Bell Tolls lo decía todo).

Kirk fue el más parco. En esta gira se lo nota raro. Igual, eso no impidió que en su solo se pasara la guitarra por el culo como lo hacía en la gira del disco negro, allá por 1991-1993.

Lars, cada vez más ajustado. Luego del bajón técnico que tuvo durante 1996-2006, desde hace 10 años se los nota mucho mejor. Claro, nunca más va a volver a ser el batero que fue, pero estuvo muy bien.

Y James… Bueno, nada, ¿qué decir de James? Él es Metallica. Un front-man de puta madre que sabe cómo llevarnos para adelante. Por suerte hace muchos años volvió a ser el guitarrista preciso que era en los comienzos de su carrera. Hace tres años dije que lo invitaría a tomar unos mates. Ahora que sé que los toma, mucho más.

Bueno, no hay mucho más para contar. Se prendieron las luces y, cuando tuve nuevamente control de mi cuerpo, me vi totalmente empapado (las bermudas goteaban…) y sentía que las piernas no me respondían. Saqué del bolsillo la botellita de agua, que estaba a la mitad y muy caliente, y me la vacié en la cabeza.

La caminata hasta el auto fue lenta y dolorosa. Recordé que ahí tenía una botella entera de limonada, así que intenté apurar el paso. La vuelta fue increíble. Mientras el Waze me mostraba que las calles de la zona estaban en color bordó por el tránsito, su camino lleno de vueltas raras, me llevó a casa en 25 minutos. ¡Muy groso!

Me fui a dormir feliz, destruido, pero feliz. Era la séptima vez que los veía, y cruzo los dedos para que no sea la última.

*Do you want heavy? ‘tallica gives you heavy!*


Certificado de defunción


Texto originalmente escrito el 31 de marzo de 2014.

Llegamos al estadio temprano, con el suficiente tiempo para evitar cualquier posible quilombo que se pudiera dar al tener que recorrer 60 kilómetros en auto. Eran las cinco y media y aún faltaban 4 horas para que comenzara el show. Pero entramos y, luego de saludar al groso de Henry, nos fuimos para adelante, del lado izquierdo para comenzar la interminable espera de pie. De fondo, los parlantes pasaban algo de música pero poco variada (¿cuántos temas sonaron de Slipknot? ¿Quince?). Mientras tanto en las pantallas se anunciaba que podíamos, a través de mensajes de texto, votar por la canción número 18 del setlist para completar los 16 temas votados por el público a través de Internet y un tema nuevo, elección de la banda. Las opciones de esa canción 18 eran Ride The Lightning, Wherever I May Roam y Blackened. Me saqué el gusto de votar una vez a Ride… y suerte que no gasté más plata en ésto.

La espera se hizo laaaaarga. Rodrigo, Mariano, Emiliano y yo (con mi campera de jean recitalera que estaba cumpliendo 20 años de quilombos) estábamos de pie, a escasos 10 metros de las vallas mirando cada tanto el cielo y rezando para que no llueva (o si llovía, que durara todo el show para patear el tablero y que sea épico). Cada minuto que pasaba, dábamos un pasito más para adelante. Casi sin quererlo.

Cada tanto, las pantallas pasaban publicidad de la película Through The Never y el sonido que salía de ahí era increíble. Si suena la mitad de bien, pensaba, estaba hecho. Me iba a quedar corto.

A las 19 horas salió al escenario Cirse. No voy a hablar mucho de ellos. Realmente es una banda que no tiene nada que ver con Metallica y que estaban ahí solamente porque una productora puso guita. Hay miles de bandas metaleras que merecían estar ahí. Cirse (un rock con edulcorante símil Paramore) se subió al escenario e hizo lo que pudo. Media hora y chau.

En la espera me crucé con Carlos que estaba ahí, firme como nosotros, esperando la hecatombe.

A las 20 salió a tocar una grata sorpresa: la Orquesta de Reciclados de Cateura. Un grupo de chicos paraguayos de unos veinte años que tocan con instrumentos reciclados hechos de basura. Si, como lo leen: con basura. Sonaban desafinados (claro, si cuesta templar un violín, imaginate uno hecho con latas). Pero le pusieron todas las ganas. Tocaron a Beethoven, Apocalyptica y hasta un tema de Metallica. El aplauso fue arrasador.

Una vez que éstos bajaron faltaba aún una hora más de espera. Interminable. ¿Vamos a los bifes?

A las 21:30, puntual, comenzó a sonar por los parlantes It’s a Long Way to the Top (If You Wanna Rock ‘n’ Roll) de AC/DC, anuncio de que se venía el huracán. Al finalizar, las luces se apagaron y ante el grito ensordecedor las pantallas mostraron una pequeña peli en donde los mismos Metallica nos explicaban que este show había sido armado por nosotros, por nuestros votos, con nuestras canciones. Luego de varios chistes muy punzantes hacia si mismos (“toquen todo Lulu”) comenzó la intro Ecstasy Of Gold, de la película The Good, The Bad And The Ugly. Esa misma intro que utilizan desde mediados del 84 y vengo escuchando una y otra vez desde hace décadas. ¿Sonarían como esperaba?

Y me pregunto: ¿cómo se les va a ocurrir arrancar un show con Master Of Puppets? La puta que los parió!!!! Fue IMPRESIONANNNNNNNNNNNNNNNNTE!!!! Parecía que no iba a haber mañana. CAOS TOTAL Y ABSOLUTO. CAOS. Pensé que me moría. Los empujones, las avalanchas, los pisotones, los codazos, los saltos, el intento de ir para adelante y al medio y, entre todo eso, escuchar y cantar. Je… no era tarea fácil. El sonido era INCREÍBLEMENTE fuerte. No, miento. El sonido era ENFERMAMENTE alto. No recuerdo haber escuchado algo así de fuerte. Los bombos de Lars, cada vez que golpeaban, te retumbaban en el pecho; el bajo era una masa grave que te perforaba los tímpanos y te derretía el cerebro. En un momento de lucidez me pregunté: ¿esto será dañino a la salud? Pero antes de responder engancharon con Fuel y el caos no paró. Todos saltábamos al unísono intentando hundir el estadio. No había mañana; era hoy. Lo bueno del sonido era que, desde adelante, no era una bola de ruido. Al contrario. En medio de la batería y el bajo taladrando, las guitarras sonaban crudas y claras y la voz, increíblemente, era nítida y brillante. El conjunto de sonidos era muy claro pero… TERRIBLEMENTE fuerte. Una belleza.

No voy a ir tema por tema, pero voy a puntualizar algunas cosas interesantes: Sad But True, increíblemente leeeeenta y grave. No se puede hacer más lento, decía René Lavand. Y agrego: no se puede hacer más grave, denso y gordo.

Mi climax sonoro fue, sin duda, que hayan tocado … And Justice For All y Orion. Dos temas épicos que jamás tocaron acá y que me hicieron piantar una lágrima de emoción. (Nicolas, tocaron Justice y Orion, ¿entendés? Justice y Orion!).

Y James… James es un groso. Un frontman de la puta madre. Él es Metallica, disculpen el atrevimiento. Lo invitaría a tomar unos mates, sin dudas.

¿Qué más puedo decir? Es imposible explicarles en palabras lo que fueron estas casi dos horas y media de show. En donde me crucé, por adelante, todo el estadio. Si miran la foto atentamente, estoy ahí. Sip. Busquen.

Cuando las luces se prendieron me di cuenta que mi campera de jean recitalera, empapada, estaba totalmente desgarrada de un hombro al otro. Rota. Destruida. Ahí mismo firmé el certificado de defunción de la misma, la cual murió de la mejor manera: en un show de Metallica. Como tenía que ser.

La vuelta fue dura. Manejar de vuelta a Buenos Aires por la autopista en ese estado debería considerarse un atentado a la salud pública. Pero despacito, volvimos.

No vi a Metallica en un recital. Ellos pasaron por encima mío. Y ahí quedé: pisoteado, empapado, golpeado, lastimado, afónico y agotado, pero feliz.

PD: ¿cómo van a arrancar con Master Of Puppets? ¡Hijos de puta, fue criminal! 😀


Ladrillos



Roger Waters – The Wall

Texto originalmente escrito el 8 de marzo de 2012.

Anoche me fui a dormir con muchas imágenes en la cabeza: explosiones, aviones, madres, mares naranjas, helicópteros, maestros, bombas, tetas, televisores destrozados, súplicas desgarradoras, drogas, despedidas, aislamiento, preguntas, teléfonos sonando, habitaciones, cerdos, guerras, gusanos, fachos, hambre, lágrimas, juicios y castigos; todos separados por una incólume pared.

Me ha tocado, finalmente, la posibilidad de adentrarme en lo que para mí es la música llevada a su máxima expresión, en donde un débil artista ha expuesto sus miserias ante sus pares para redimirse, para liberarse, para que el mundo vea y sienta esa pared desmoronarse.

He visto cada ladrillo formar ese muro, blanco por fuera, pero cargado de cada una de esas espinas que nos tocan el corazón y nos separan de la realidad. Todos vivimos construyendo esa pared con nuestros ladrillos, nuestras espinas, nuestros problemas que nos hacen sentir deseos de aislarnos, de obnubilarnos, de gritar para que nos dejen en paz. Algunos, los más afortunados, vivirán toda su vida con la pared a medio construir, algunos se encerrarán sólo temporalmente hasta que encuentren la manera de derribarla y otros quedarán detrás de ella de por vida clamando por una salida; dependerá de la fuerza de cada uno.

Anoche vi el muro construirse, lo vi formarse ante cada suplicio, cada grito. Anoche vi el muro pintarse de frases, de ruegos, de odios, de penas. Anoche vi el muro elevarse, más alto de lo que uno se imaginaba, lo suficiente para que no puedas atravesarlo, separandonos. Anoche vi el muro mirarme, implacable diciéndome aquí estoy, soy quien te protege, te educa, te ama, te rige y te aisla. Anoche vi el muro en su frialdad, vomitando odios mientras disfruta su poder. Anoche vi el muro y su salida, un estigma para cargar tras de sí de por vida. Anoche vi el muro caer.

Una noche que sigue aún en mi memoria, intentando recordar cada detalle, cada sonido, cada imagen. Comparando cada ladrillo de esa pared con cada ladrillo de mi pared.

Yo tengo mis ladrillos, ¿y vos?

 



El juego del Si/No


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Foto: missidog

Este texto fue publicado originalmente en el número de agosto de 2017 de Percha Mag, la cual pueden leer de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Instalando…

¿Tinder, Happn, OkCupid, Badoo? ¿Cuántas más? Tal vez decenas, cientos o miles. Ni idea. Nos encanta participar de un juego con tintes perversos en el cual solo parte de los participantes están realmente jugando. ¿Qué nos hizo entrar en ese mundo? ¿Ustedes no entraron? Ah, cierto: es feo, denigrante, casi el fracaso de las relaciones personales. Siempre habrá alguno con la moralina alta que lo verá como un “nunca me verán ahí”. Les puedo asegurar que cuanto más alta la moralina, más fuerte el golpe cuando caen.

¿Es este un juego ficticio y distinto al juego real de buscar una pareja? Creo que no. Como toda herramienta informática, ésta potencia su objetivo. En la época analógica la única manera de conocer a alguien era por un grupo de amigos, conocidos, lugar de estudio, trabajo, bares o boliches (¿se le sigue diciendo boliches, o ya pasé la línea?). En todos los casos la oferta y demanda era limitada. Quizás tenías la suerte de encontrar alguien que te interesara en esos grupos. Luego debías ver si tenían intereses en común. A veces ni siquiera. Pero bueno, eso fue hasta hace algunos años.

Y como todo se potenció, ahora parecemos productos en una góndola de supermercado a la espera que alguien nos elija. O algo así, ya que la elección tiene que ser doble. Es como que elijo la mermelada y la mermelada me elije a mí. ¿Y está mal? (Acá los que rebalsan moralina: claro que está mal. ¿Y el amor? No soy una cosa para que me seleccionen así). No, no está mal para nada. Entre tus amigos, conocidos del barrio, lugar de estudio, trabajo, bares o boliches no buscabas desde el día cero con quien casarte. Nunca. Jamás. Solamente alguien te atraía. Y si esa atracción superaba las miles de barreras previas, quizás podrías tener una vida feliz junto a esa persona. ¿Y ahora? Ahora es lo mismo, aunque muchos quienes están dentro del juego, y lo que están fuera, no lo entiendan así.

El primero filtro de la imagen, tan vituperada por muchos, es lo mismo que ocurre cuando ves a alguien por primera vez y te ponés nervioso. Es un segundo. El mismo segundo que tardás en pasar una foto para un costado u otro. Claro, en primera persona disponés de otros estímulos: movimientos, expresiones, la voz, la sonrisa, la mirada, hasta el olor. Hoy el primer filtro es simplemente una imagen. ¿Vale? Claro que vale. Por eso no entiendo a quienes ponen como primera imagen algo etéreo, o un paisaje, un perro o una frase. Quieren darle “profundidad” a la “superficialidad” de la primera impresión. Señoras, señores: la primera impresión siempre es superficial. El primer contacto entre dos personas siempre ha sido visual en toda la historia de la humanidad. A menos que seas ciego, claro… Bueno, no quiero ponerme muy complicado. Sería bueno saber qué “tan bien” les va a los “profundos” en estas aplicaciones.

Después podemos irnos al otro lado, hacia la superficialidad extrema donde los muchachos se muestran musculosos, deportivos, en autos o motos mostrando su “masculinidad”. Y las chicas intentando que se note que tienen tetas o culo… y con boca de pato. Generando vergüenza ajena. Y todo parece centrarse en eso. Ya no hablamos de personas que son un paisaje o una frase de Cortázar que éste nunca dijo. Ahora hablamos de personas que son un cuerpo. ¿Importa? Bueno, acá dependerá de lo que busque cada uno. Si querés coger, seguramente la idea de elegir un cuerpo que te mueva (“…coger…”, “… que te mueva…”, je… perdón) va a ser tu opción. Quienes buscan algo más que solo sexo, quizás no les interese. Nuevamente, cuestión de gustos. Lo que sí, no todas las personas nacieron para verse sexis en fotos. Si a Pampita la pose le queda genial o a Brad Pitt esa mirada hace derretir cuerpos, eso no significa que vos quedes bien. A veces da algo de gracia. O pena, no sé. En el punto intermedio están quienes meten fotos de todos sus viajes y se los ve ahí perdidos en medio de la imagen. Todos conocemos, al menos por fotos, la Torre Eiffel, las Pirámides de Egipto, el Perito Moreno, New York o la Torre de Pisa. Si, a casi todos nos gusta viajar, ya lo sabemos. Estás acá para buscar una pareja, no para enseñar geografía.

El otro gran universo son las descripciones. Un embole leerlas, sin dudas. Como antes: “me encanta viajar”. Y sí. Son pocos los que prefieren quedarse encerrados en el quinto subsuelo, aunque siempre hay alguien, claro. A veces las exigencias en las descripciones son innecesarias. “K abstenerse” (o “Anti-K abstenerse”), solo hinchas de River o no fumadores, muestra que la superficialidad les pega fuerte. El amor todo lo vence. Si una idea política, un equipo de fútbol o el tabaco es un impedimento queda claro que luego no pueden quejarse si del otro lado son superficiales. (Pero es que no me gusta que fumen…). Si te gusta la persona, no te va a importar, ¿te queda alguna duda?

Luego están las descripciones totalmente literales o no tanto: “Putito copado”, “Casada de trampa”, “Buscando al príncipe azul que me quite de esta aplicación”, “Esperando enamorarme” o la terrible “El amor cuesta plata”. O los más realistas que describen sus gustos para saber si hay algo en común además de una atracción visual. Leer bajo un árbol, escuchar música… cosas así me generaban buenas impresiones de la otra parte. Al menos a mí. O lo que me contaron…

Al fin y al cabo, el filtro de la primera imagen o el filtro de los comentarios no impiden que el tercer filtro, el chat, actúe. Cuando no hay piel, se nota en la primera charla. Ya sea por los temas que conversás o el tipo de respuesta o, por qué no, la ortografía. Dicho sea de paso, en alguna descripción ponen condiciones a la manera de presentarse: “si vas a decir ‘hola como estas’ ni te gastes”. ¿Qué tan original querés que sea en la primera frase? ¡Pará!

La cuarta etapa del juego es finalmente el encuentro. Acá es importante que sea relativamente rápido desde la primera frase para evitar la idealización. Cuando chateas con alguien que no conocés pero te cae bien empezás a pensar que es todo lo que no es. Verse. Rápido. Para confirmar o descartar. Y el encuentro es duro, aunque nuevamente depende de las expectativas. Probablemente haya cosas que no te cierren de esa persona. Un gesto, una manera de hablar, una manera de expresarse… Si, también puede ser lo físico y mil razones más. Pero el primer encuentro define miles de cosas. Y cuando te das cuenta que no es al ratito, es una patada en las bolas.

Quizás se pregunten si pasé por todo esto que cuento. Podría decirles que me lo contó el amigo de un amigo de un amigo. Y claro que fue así. Puedo inventar historias o contar realidades al detalle. Quizás todo junto.

Fotos ridículas, descripciones más ridículas aún, conexiones equivocadas, conexiones copadas que te eliminan antes de hablarte, saludos al vacío, silencios, respuestas estériles, el caos de las múltiples charlas en paralelo, repetir dos veces lo mismo en el mismo chat por error, confundir datos entre chats, olvidar temas o datos ya charlados, conversaciones interesantes, que te pidan el WhatsApp antes de pedirlo uno, encuentros fallidos, encuentros desastrosos, encuentros, buenos encuentros, sexo luego de dos horas de conocerte con alguien y no mucho más, lindos encuentros, encuentros duraderos. Quizás mezclo recuerdos entre todo esto.

Un juego en donde me crucé con algunas cosas raras, tal vez no tan raras como a otros le pudo haber pasado. La chica que me dijo, literalmente: “No me interesa nada de vos. Soy casada, tengo tres hijos, mi vida es una mierda. Solo quiero coger y olvidarme de todo”. La otra que me preguntó, luego del primer hola: “Si estamos acá es porque te gustaron mis fotos. ¿En serio te parezco linda?”. Otra: “Venite a casa a almorzar que me vieja hace unos ñoquis de aquellos”. La travesti honesta que me dijo: “Mirá que soy travesti, ¿te va?”. La que me dijo: “¿Te va un trío?”. Pero dale, Martín, contá qué pasó, danos detalles… No recuerdo nada, claro.

El juego de encontrar a alguien para tu vida, ya sea por un rato, para siempre o para lo que dé.

Quienes hemos jugado, jugamos o jugaremos este juego, sabemos que las razones son distintas dependiendo de la persona. Y estas diferencias pueden ser abismales: desde coger un rato, cagar a tu pareja, hacer tríos, hasta encontrar la persona ideal para tu vida, formar una familia con hijos y todas las de la ley. Algunos entran para ofrecer sus servicios. Otros simplemente por morbo.

Como dije al principio, sólo algunos están jugando. Y jugando con algo muy delicado: los sentimientos de extraños. Extraños quienes están jugando por distintas razones, con distintos objetivos. Muchos están aburridos. Algunos son tímidos. Algunos no tienen otra opción para conocer a alguien. Algunos están muy solos. Algunos están muy tristes. Y algunos… Algunos nunca reciben la conexión de nadie y lloran frente a la pantalla, rogando por un milagro que los haga sentirse deseados por alguien.

Desinstalando…

 


 


Una flor ante el alud


Foto: Claudia Almeda

Gracias a Claudia por la foto y la inspiración.

Se miró al espejo intentando entender lo que estaba pasando. Nunca había estado en una circunstancia así. O al menos no lo recordaba. ¿Y ahora?, se preguntaba. La situación se había puesto tensa y sentía una terrible angustia que recorría su cuerpo. Respiraba agitada, sus manos temblaban y tenía ganas de llorar. Podía hacerlo, claro, nadie la estaba observando. Pero no quería desmoronarse en ese momento tan crítico.

Hacía tiempo que venía intentando manejar esta situación, pero todo se había complicado. Primero pensó en lo que acababa de ocurrir; cada palabra retumbaba en su cabeza, cada gesto, cada sensación. Y volvió a sentir esa desazón, ese desasosiego. Sabía que los errores se habían desencadenado uno tras otro, casi como una bola de nieve. Pero ella nunca había escuchado el pequeño temblor que había generado el desprendimiento inicial. Y ahora no tenía vuelta atrás. ¿Cómo podría estar ocurriendo esto?

No tenía mucho tiempo, pero algo tenía que hacer. Analizó las posibles soluciones. Salir corriendo era una opción. Miró a su alrededor buscando una ventana salvadora, pero ésta tenía rejas por el exterior y sería imposible escapar por ahí. Quizás podría hacerse la desmayada pero, ¿cuánto duraría la actuación? Al fin y al cabo, iba a tener que enfrentar el tema; hoy, mañana, pasado. No, tenía que buscar una opción que fuese realista.

¿Aceptar? ¿Era una opción aceptar el problema? ¿Hacerse cargo valía la pena? Lo pensó. No tenía mucho tiempo, pero analizó si salir y decir que ella se había equivocado era suficiente para sacarse semejante carga de los hombros. Imaginaba que sí. Pero… un momento. Ella no tenía la culpa de lo que estaba pasando. No era ella. No, no. No tenía por qué ser quien asumiera dicha responsabilidad. Ella no tenía nada que ver. Todos pueden equivocarse, todos pueden tomar el camino equivocado. A veces a conciencia, a veces no. Pero ella no era la culpable de este complejo entramado de problemas que derivó en esta extraña situación que estaba viviendo.

¿Entonces? No, tenía que buscar otra opción. Estaba muy nerviosa. Sintió sus manos húmedas y notó que la transpiración comenzaba a recorrerle el cuerpo. No encontraba una solución. De pie, apoyó todo su cuerpo sobre sus dos brazos estirados y bajó la cabeza. Casi con resignación. Cerró los ojos. Intentaba pensar.

Tocaron a su puerta. Levantó la cabeza y se volvió a mirar al espejo con la respiración entrecortada. ¿Y ahora?

 


 


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