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Una flor ante el alud


Foto: Claudia Almeda

Gracias a Claudia por la foto y la inspiración.

Se miró al espejo intentando entender lo que estaba pasando. Nunca había estado en una circunstancia así. O al menos no lo recordaba. ¿Y ahora?, se preguntaba. La situación se había puesto tensa y sentía una terrible angustia que recorría su cuerpo. Respiraba agitada, sus manos temblaban y tenía ganas de llorar. Podía hacerlo, claro, nadie la estaba observando. Pero no quería desmoronarse en ese momento tan crítico.

Hacía tiempo que venía intentando manejar esta situación, pero todo se había complicado. Primero pensó en lo que acababa de ocurrir; cada palabra retumbaba en su cabeza, cada gesto, cada sensación. Y volvió a sentir esa desazón, ese desasosiego. Sabía que los errores se habían desencadenado uno tras otro, casi como una bola de nieve. Pero ella nunca había escuchado el pequeño temblor que había generado el desprendimiento inicial. Y ahora no tenía vuelta atrás. ¿Cómo podría estar ocurriendo esto?

No tenía mucho tiempo, pero algo tenía que hacer. Analizó las posibles soluciones. Salir corriendo era una opción. Miró a su alrededor buscando una ventana salvadora, pero ésta tenía rejas por el exterior y sería imposible escapar por ahí. Quizás podría hacerse la desmayada pero, ¿cuánto duraría la actuación? Al fin y al cabo, iba a tener que enfrentar el tema; hoy, mañana, pasado. No, tenía que buscar una opción que fuese realista.

¿Aceptar? ¿Era una opción aceptar el problema? ¿Hacerse cargo valía la pena? Lo pensó. No tenía mucho tiempo, pero analizó si salir y decir que ella se había equivocado era suficiente para sacarse semejante carga de los hombros. Imaginaba que sí. Pero… un momento. Ella no tenía la culpa de lo que estaba pasando. No era ella. No, no. No tenía por qué ser quien asumiera dicha responsabilidad. Ella no tenía nada que ver. Todos pueden equivocarse, todos pueden tomar el camino equivocado. A veces a conciencia, a veces no. Pero ella no era la culpable de este complejo entramado de problemas que derivó en esta extraña situación que estaba viviendo.

¿Entonces? No, tenía que buscar otra opción. Estaba muy nerviosa. Sintió sus manos húmedas y notó que la transpiración comenzaba a recorrerle el cuerpo. No encontraba una solución. De pie, apoyó todo su cuerpo sobre sus dos brazos estirados y bajó la cabeza. Casi con resignación. Cerró los ojos. Intentaba pensar.

Tocaron a su puerta. Levantó la cabeza y se volvió a mirar al espejo con la respiración entrecortada. ¿Y ahora?

 


 


Día uno


The corridor of the sky
Foto: julajp (A while busy)

Ella llevaba una vida como cualquier otra. Su vida profesional y su vida amorosa flotaban en un mar no del todo calmo. Había cambiado de trabajo dos veces en los últimos tres años y ya sentía, a sus 35, que su tren había pasado y lo único que podía esperar era mantenerse con el sueldo que le pagaban. Atrás habían quedado esos sueños de “ser exitosa” o convertirse en “algo”. De hecho, se preguntaba en líneas generales qué es lo que realmente uno esperaba al comenzar su vida laboral. Intentaba recordar para qué había estudiado, con qué objeto. No lo tenía muy claro. Ahí estaba, con un título, pero peleándola para llegar a fin de mes. Hacía números y veía que el aguinaldo era lo único que le permitía mantenerse a flote. El resto de los meses le costaba mucho gastar menos de lo que cobraba. Y no porque fuese una derrochadora compulsiva, sino porque tener que pagar las cuentas, los servicios, los impuestos, el crédito al banco y la tarjeta de crédito la dejaba casi sin aire para llegar a fin de mes y siempre terminaba usando algo de lo ahorrado. Cada tanto se daba el gusto de viajar, su único gusto real, la única realidad por la cual vivía la vida que eligió… o por lo menos que creía que había elegido. Estaba en la época en donde veía todo muy gris.

Además, tenía a su novio a quien había conocido hacía 15 años ya. Con él estaba todo bien. O, mejor dicho, estaba todo normal. Si, sonaba raro. Normal. Es decir, acostumbrada. Las hormigas en el estómago ya habían muerto hacían mucho tiempo, y estar junto a él era más una rutina que otra cosa. Lo veía viernes, sábados y domingos, porque no vivían juntos. Bah… Habían vivido juntos hacía algunos años, pero no había funcionado. Luego de separarse, se volvieron a encontrar seis meses después y ahora se estaban dando una segunda oportunidad… desde hacía dos años. Pero no vivían juntos. Ella quería independencia, pero al mismo tiempo necesitaba la seguridad de tener a alguien a su lado. O al menos eso le dijo la psicóloga. Así que se mantenía de esa manera: tranquila, segura, cómoda. En la cama él estaba bien. A veces le gustaría que él le genere algo más que un orgasmo, pero bueno. Últimamente tenía que agradecer que llegaba al orgasmo, ya que más de una vez lo fingía para que él no se sintiera mal. A veces los hombres son tan sensibles sobre si la mujer acaba o no… Imbéciles.

Hacía tiempo había trabajado junto a un flaco que le pareció muy interesante, pero al cual vio solamente durante tres o cuatro meses. Estaban dentro de la misma área y, pese a que tenían tareas distintas, habían conversado y cruzado temas laborales en un par de oportunidades. Lo tuvo enfrente durante todo ese tiempo y cuando él no la veía ella lo miraba. Observaba sus ojos, su nariz algo prominente, sus orejas, la incipiente barba y el arito que llevaba en la oreja derecha. Era como una cruz, un poco femenino pensaba ella, pero que no le quedaba mal.

Una mañana se descubrió con ganas de llegar a la oficina para verlo. Eso la asustó y le hizo re pensar la relación que tenía con su novio. Era toda una vida, no podía tirar todo por la borda por una calentura. Sin embargo, días después se enteró que el pibe no trabajaba más con ellos. Ella se sintió triste y ahí notó que algo había calado profundo. Aunque no entendía bien qué.

Él, por otro lado, era un flaco algo tosco, con modales que querían ser correctos, pero que no siempre eran así. Su vida profesional era inexistente. Iba saltando de un trabajo a otro con pocas esperanzas de tener un futuro mejor. Estaba acostumbrado a esto. Para él el trabajo era simplemente un trámite diario que debía cumplir si quería comer. Alquilaba un pequeño monoambiente con un amigo con el cual había podido encontrar la manera de tener una convivencia tranquila. Ninguno de los dos tenía dónde caerse muerto, así que si no hacían las cosas bien no tenía posibilidades de alquilar algo. Y como ninguno tenía familia, las opciones se reducían a esto o pagar una habitación en un hotel de mala muerte por más plata.

Su vida amorosa era inexistente. Un perdedor nato. Cada tanto picoteaba algo por acá o por allá, pero nada formal. Simplemente sentía que aún no había llegado esa persona especial. Mientras tanto, que sea lo que sea. No había apuro.

Entre tantos trabajos aterrizó en uno dónde conoció a una chica que le pareció muy bonita. Se sentaba frente de él. A veces notaba que ella lo miraba, pero él no se atrevía a levantar la mirada para cruzarse con ella. Le daba vergüenza. Se sentía muy cómodo cuando ella le hablaba, pero tenía pánico. Ella era linda, muy dulce al hablar y sentía que cuando hablaban tenían algunos puntos en común. Pero para él era un sueño imposible. Ella tenía novio desde hacía muchos años. No sabía si estaba casada, si vivía con él o no. Pero sabía que una chica como ella jamás le prestaría atención a un flaco como él. ¿Qué le podría interesar de mí? Un día vio una foto de ella con su novio y se sintió menos que una pulga. El flaco era re fachero, grandote, un ganador total. Él simplemente era él. En algún momento pensó tantear el terreno a ver si ella le prestaba algo de atención. Quizás ver si podían ir a tomar algo juntos. Pero nunca lo hizo. Tenía miedo al rechazo.

Un día lo llamó el gerente de Recursos Humanos y le dijo que no tenían lugar para él en la empresa. No le sorprendió, pero cuando juntaba sus cosas para irse no había nadie en la oficina de quién despedirse y eso le dio un poco de tristeza, en especial por no poder despedirse de ella.

El tiempo pasó. Los recuerdos comenzaron a borronearse.

Una noche ella llegó a su casa cansada del día laboral. Su novio la había invitado a salir, pero ella no tenía ganas. Y se lo dijo. Y él se enojó, como se enojaba siempre: un poco de berrinche, pero nada más. Ella estaba agotada, no sólo por su trabajo, sino también de él. Sentía que ya todo había terminado. Sentía que su duelo ya estaba cumplido. Ahora tenía que hablar y decirle lo que sentía, aunque el futuro fuese una incógnita. Así que decidió aceptar la salida. Y ahí mismo se lo dijo. Y él no le creyó. Ya se te va a pasar, le dijo. Ella se levantó y se fue. Nunca más habló con él. Y se sintió feliz. Y el tiempo pasó. Y las heridas sanaron.

Del otro lado de la ciudad, él seguía pasando de un trabajo a otro, pero en este último se sentía más estable. Habían pasado casi ocho meses y aún estaba ahí. Estaba contento por ese pequeño logro. Pero cada tanto volvía el recuerdo de ella. ¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Me recordará?

Una noche de martes él se fue a dormir, como todas las noches. Y soñó. Y soñó con ella. Casi la había olvidado. Ahí estaba ella, tan cerca y tan lejos. Lo miraba y él sentía una fuerte atracción. Se despertó pensándola.

Esa misma noche, ella se fue a dormir, también como todas las noches. Y soñó. Y soñó con él. Casi lo había olvidado. Pero ahí estaba él, tan cerca y tan lejos. Lo miraba y ella sentía una fuerte atracción. Se despertó pensándolo.

El la buscó por las Redes Sociales, y la encontró. Ella lo buscó por las Redes Sociales, y lo encontró. Él le mandó una invitación. Ella no se atrevió a hacerlo, pero para su asombro, vio como una solicitud de él aparecía frente a sus ojos. Su corazón empezó a latir fuerte. ¿Cómo puede ser que la casualidad sea tan grande? Anoche soñé con él y ahora aparece esto.

Aceptó.

Hola, dijo él. Hola, dijo ella.


Paz


#blur #reflection
Foto: tai-nui

Mi conciencia se había perdido. No recordaba dónde estaba. El silencio lo colmaba todo, pero no era un silencio sepulcral y rígido. Era más bien el silencio de la calma, de la tranquilidad. Los colores pasteles dominaban la escena difuminando las líneas que separaban los objetos, en una comunión casual. Tenía conciencia de mi ser, pero mi cuerpo no tenía peso. Me entendía sentado, cruzado de piernas. A mi lado estabas vos, en la misma posición, rozando nuestros brazos. Sonreíamos.

Y me dabas paz. Así de simple, así de profundo. Esa paz que no esperaba tener, pero que tenía.

Paz.

 


 


La esquina


Shadows and silhouettes
Foto: M.G.N. – Marcel

Este texto fue publicado originalmente en Bardo Magazine.

Bajó del subte como todos los días, acalorado por el incómodo viaje. Sus pensamientos volaban saltando de una idea a otra; de un recuerdo a otro. Se sentía muy nostálgico. Tenía ganas de llegar a su casa y descansar. Sabía que aún tenía que poner ropa a lavar, cocinar e intentar hacer todo eso antes que empiece el partido.

Puso sus pies en la escalera mecánica que iba del andén al lobby de la estación y cuando miró hacia abajo cruzó los ojos de una chica de no más de treinta años. Sintió que su mirada era distinta y eso le generó un pequeño sobresalto que le gustó. Que lindos ojos tenía. Profundos, brillantes. Siempre es bueno sentir que alguien te mira, más si se encuentra dentro del universo de personas que uno buscaría para entablar una relación. Era bonita.

Siguió subiendo y notó que la chica que estaba a su lado lo miraba de reojo. Ella era un poco más joven que la anterior, pero de todas maneras le prestó atención y volvió a sentir un pequeño cosquilleo. Él le sonrió, pero no consiguió respuesta visible. Y bueno, pensó, esto es así. Al menos sentir que dos chicas lo miraban alimentaba su maltratado ego.

Cuando llegó al lobby y apuró el paso para pasar por los molinetes se cruzó con una señora de unos sesenta años. Ella lo observó de manera pesada y algo seria. No le gustó mucho esa mirada, pero empezó a preguntarse si lo miraban por algo en particular. ¿Tendré algo en la cara?, dudó. Se pasó la mano por la nariz para confirmar que estuviera limpia y quiso mirarse en algún reflejo para ver si no tenía algo más dándole vueltas por la cara.

La escalera que salía a la superficie también servía para que los nuevos pasajeros entraran. Comenzó a subir y levantó la vista. Una señora de unos cuarenta años que bajaba lo miraba fijamente y eso lo intranquilizó, pero no pudo ni darse cuenta del por qué ya que el señor detrás de ella, de unos cincuenta, también lo miraba. Algo debía estar mal. Detrás de él tres adolescentes de unos quince años, quienes bajan gritando y riendo, detuvieron su jolgorio apenas lo vieron y lo observaron con una mirada extraña y seria. Él sintió que el corazón le daba un salto.

Salió a la superficie y comenzó a caminar las cinco cuadras que lo separaban de su casa. Necesitaba confirmar que todo estaba bien. Pero la actitud de las personas que lo cruzaban no cambiaba.

Primero fue un pibe de no más de doce o trece años que lo miró fijamente, casi al mismo tiempo la mamá de éste posó su mirada en sus ojos. Metros más adelante el florista no apartó su vista de él y el canillita lo vio y silbó en tono preocupante. Algo debía estar realmente mal.

Cuando llegó a la esquina se miró en el reflejo de un vidrio, pero no notó nada raro. Cuando cambió el foco advirtió que desde adentro lo estaban observando fijamente. Y esto lo asustó. Comenzó a acelerar el paso. Quería llegar a su casa de una buena vez. Intentaba no mirar a nadie, pero cada vez que levantaba la vista todos lo estaban observando. Uno tras otro. Hombres, mujeres, chicos, chicas, ancianos. Rubios, morochos, con pelo largo, corto, enrulado, teñido, pelados. Ricos, pobres. Incluso los que iban en autos, motos, camiones, colectivos. También el verdulero, el carnicero, la vendedora, la farmacéutica, el mozo. Todos.

Su corazón dio un salto cuando cruzó la mirada con un bebé y éste se puso a llorar. Tenía miedo. Quería ver qué pasaba, quería solucionarlo.

Repentinamente se dio vuelta para ver que ocurría detrás suyo y se sobresaltó con las miradas de todos que habían parado para verlo. Su angustia aumentó. Tenía ganas de llorar. ¿Qué mierda pasaba? ¿Qué tengo? Ya quedaban pocas cuadras.

Llegó a la última esquina y antes de cruzar la avenida sintió un calosfrío. Levantó la mirada y frente suyo estaba el hombre de negro, el cual, sin rostro, lo miró fijamente. Él se detuvo en seco y sintió el frío que lo rodeaba.

Vamos, le dijo. Y cruzó la calle junto al hombre oscuro.

Y caminaron.

Fue un desastre, dijo un señor que caminaba por ahí. No sé qué le pasó. El periodista intentaba calmarlo. Yo lo vi pasar, pero no sé, estaba caminando mirando para el piso, como distraído. Y el semáforo estaba en verde. Y el colectivo venía muy rápido y no pudo hacer nada para parar. Escuché el ruido del golpe y luego se sintió el ruido de la cabeza que golpeaba contra el piso. Pobre pibe, estaba destruido. Cuando llegaron los médicos ya era tarde. Una pena, che.

La gente se arremolinó al lado del cuerpo sin vida del chico. Se escuchaban gritos y llantos. Los médicos no intentaron hacer nada porque nada había para hacer. El chofer del colectivo estaba en medio de una crisis de nervios. El tránsito estaba detenido, los autos tocaban bocina, los gritos se sucedían, la tristeza inundaba la esquina.

Pero más allá, a lo lejos, en la oscuridad reinante, él seguía caminando siguiendo al hombre de negro, por toda la eternidad.

 


 

Desconexión: Les Claypool And The Holy Mackerel – Running The Gauntlet (Les Claypool And The Holy Mackerel – 1996)


La doncella del navegante


Florencia

Foto: Florencia Pagano

Quiero agradecer a Florencia Pagano quien me prestó la hermosa foto que inspiró este cuento. No será la última que te pida prestada.

Ya había pasado la medianoche. El frío calaba los huesos, pero él había decidido caminar por las pequeñas calles adoquinadas del antiguo barrio. La cena había sido muy placentera y le había dado las fuerzas para recorrer la zona e intentar conocer un poco más el lugar. Era hoy o nunca ya que no sabía cuándo podría llegar a tener la oportunidad de volver. El pueblo le había parecido hermoso y fantaseaba con poder mudarse y empezar una nueva vida ahí. Pero era tan difícil. Nada lo encadenaba a su ciudad natal. Solamente sus propias ataduras, invisibles éstas. Si tan solo tuviera una excusa que le permitiera arriesgarse.

Las calles por donde caminaba estaban desiertas. Los edificios, bajos y antiguos, de colores opacos y uniformes, construidos con sólidas piedras siglos atrás, le daban al paseo cierto misticismo. Los pocos negocios de la zona estaban cerrados. Quería mirar todo al mismo tiempo: callejuelas, veredas, paredes, ventanas, luces… Pensaba en las historias que tendrían esas calles, esos pasajes, esas puertas. La brisa invernal golpeaba su rosto. Su imaginación flotaba en un océano profundo y él se dejaba llevar por la corriente.

La caminata sin rumbo lo llevó a una zona de pequeños pasajes solitarios y antiguos donde ya no había negocios sino simplemente viviendas, ninguna de más de tres pisos. Levantó la mirada y observó cuerdas que cruzaban la calle de lado a lado con ropa colgada, secándose. Como antaño, como hoy, como siempre. Volvió a mirar hacia adelante y observó una luz distinta al final de la calle. Era cálida.

Muy cálida.

Intentó adivinar de dónde provenía. Se acercó a ella lentamente. El color amarillo preponderaba por sobre las luces del pequeño pasaje. Llegó hasta el final del mismo y se encontró con una extraña tienda. Su vidriera estaba repleta de antigüedades, regalos y otras chucherías. No parecían los típicos recuerdos de un centro turístico. Todo parecía antiguo, pero no viejo. No era la típica vidriera cubierta de polvo que apilaba objetos olvidados. Al contrario, todo relucía. Miró a su alrededor y notó cómo las luces cálidas todo lo cubrían. Se sintió en otro lugar. Buscó los reflectores, pero no los encontró. La luz salía del interior.

Observó atentamente los objetos amontonados y distinguió entre ellos un pequeño camafeo. Sus bordes trabajados eran de un bronce oscuro, gastado por los años. La piedra central, de vetas grises y coloradas, tenía tallada la figura de una mujer que sonreía con la mirada al piso. Su rostro expresaba una mezcla de felicidad y vergüenza. Justo en ese punto donde se cruzan la alegría y la timidez. La imagen le produjo una sensación placentera.

Acercó su cara al vidrio para mirar dentro y notó que no había nadie. Caminó a la puerta y leyó un pequeño cartelito en ésta que indicaba que el local estaba abierto. Miró la hora: dos y media de la mañana. Puso su mano en el picaporte, éste cedió y la puerta se abrió.

Una campanita adosada a la puerta sonó anunciando su llegada. El perfume de sahumerios cautivó sus sentidos. Cerró la puerta y comenzó a observar los objetos a su alrededor. Sentía que había viajado en el tiempo. Las antigüedades se amontonaban de manera ordenada y armónica. Muebles de madera, arañas de bronce, copas de cristal de múltiples colores, antiguos cuadros, vajillas trabajadas, cubiertos brillantes, pequeños alhajeros, cajitas musicales… el lugar era un canto a la historia. Objetos que habían sobrevivido a las personas y al paso del tiempo. Esquivaron golpes, caídas y roturas. Habían cumplido su objetivo, y ahí estaban: años, décadas, siglos después quizás, esperando a que un nuevo dueño pueda seguir disfrutando de ellos.

Estaba maravillado.

Escuchó un ruido y vio a la vendedora salir de una puerta que estaba detrás del mostrador. Era una joven con el pelo oscuro, lacio, con reflejos violetas y mirada cautivante. Su oreja izquierda estaba llena de aros brillantes.

—Bienvenido —le dijo con una voz suave. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes y él tuvo que mirar para otro lado intentando contener los repentinos nervios.
—Ho-hola —tartamudeó—. Que-quería ver ese camafeo que tenés ahí en la vidriera.
—La doncella del navegante, imagino.
—¿Cómo?
—Digo que imagino que el camafeo que querés ver es La doncella del navegante —se acercó hasta la vidriera mientras él la observaba caminar—. Aquí está.

Colocó la pequeña pieza en las manos de él. Sus dedos apenas se rozaron. Un pequeño golpe eléctrico lo recorrió de pies a cabeza.

—¿Cómo sabías que era este el camafeo que quería?
—Puedo saber qué es lo que mis clientes quieren cuando los miro a los ojos… —Un silencio cruzó el ambiente—. No, mentira —sonrió—. Es el único camafeo que tengo en la vidriera.

Él admiró su sonrisa y también sonrió.

—No me sale hacer ese chiste. Siempre que lo intento me río antes. No soy buena para eso —. Su sonrisa era fresca y encantadora.
—Por un instante te empecé a creer.
—¿Y por qué lo harías?
—No sé. Es muy rara esta tienda. Es muy bonita, está alejada de la zona comercial… y está abierta a las dos de la mañana. No es algo común. Me pregunto si esto no es un sueño o alguna de esos cuentos malos en donde el comprador termina llevándose un objeto mágico, o algo así.

Ella emitió una risita contenida.

—Y yo debería ser algún viejo sabio con anteojos que fuma pipa y advierte al comprador que el objeto tiene una maldición y todo eso, ¿no?
—Imagino que sí.
—¿Me parezco a él?
—No —dudó—, pareciera que no.

Ambos sonrieron de buena gana. Él volvió a mirar el camafeo. El borde de bronce era muy bonito, pero la imagen, en sobre relieve, le parecía increíblemente cautivadora. Pasó el pulgar por sobre ésta para sentir sus formas. Era suave.

—La piedra es un ágata y es muy bonita —dijo ella—. Es del siglo XVI.
—¿En serio?
—Si.
—Ahora es cuando me hablás de la maldición y todo eso, ¿no? —preguntó buscando complicidad por parte de ella.
—No, no. No tiene ninguna maldición. Perteneció a un marinero británico de esa época que luchó en la guerra anglo-española. Comenzó a finales del siglo XVI. Su mujer le regaló este camafeo cuando él salió de su hogar para servir a su país. Estuvo luchando veinte años. Cuenta la leyenda que cada vez que él tenía que participar de una de estas batallas, tomaba el camafeo entre sus manos y recordaba a su esposa para darse fuerzas en la lucha y sobrevivir un día más. Y sobrevivió. Y volvió a su casa con su esposa para morir de viejo, junto a ella, muchos años después. Al momento de exhalar su último suspiro tenía este camafeo en el pecho, entre sus manos. A partir de ese momento el camafeo fue considerado un objeto que le da a su dueño la fuerza y la valentía de conseguir lo que quiera.
—Es una historia muy linda. ¿Es cierta?
—Depende de vos que la creas o no. Yo solo te la cuento para que la conozcas —dio media vuelta y caminó de nuevo al mostrador mientras continuaba—. Mi abuelo lo tuvo consigo durante muchos años y hace poco decidí ponerlo a la venta.
—¿Y por qué lo vendés? Si es algo tan valioso y con tanto poder, sería bueno que lo conserves.
—Quizás solamente quiero que alguien sea feliz —sonrió—, o tal vez mis palabras sean solo mentiras para que algún comprador incauto caiga en la trampa.

Él volvió a mirarla a los ojos y luego miró el camafeo atentamente. Estaba en muy buen estado para tener tantos años. Dudó.

—¿Qué precio tiene?
—¿Cuánto serías capaz de pagar por un objeto así? —preguntó con voz profunda, algo exagerada.
—No tendrá una maldición, pero te ponés misteriosa.
—Te gusta que sea así, ¿no? Te da curiosidad el camafeo y tenés ganas de comprarlo —. Se paró y fue hasta la vidriera para tomar el cartelito que indicaba el precio. Se lo dio en la mano y volvió detrás del mostrador.

El sacó su billetera, tomó su tarjeta de crédito y pagó sin decir una palabra. Ella colocó el camafeo en una pequeña cajita azul y ésta en una bolsita de cartón. Con una sonrisa extendió su mano para entregarle el regalo.

—Suyo. Que lo disfrute.

Se despidió y salió del negocio. La calle seguía exactamente igual a como estaba antes de entrar. Caminó recordando la charla y la leyenda que recién había escuchado. Llegó a la esquina y se detuvo pensativo. Miraba a su alrededor sin prestar atención. Analizaba la situación, las palabras, los gestos… Sacó la cajita de la bolsa y la abrió. Ahí estaba el camafeo. Hermoso, brillante. Cerró su mano sobre él, abstraído. Respiró profundo.

Dio media vuelta y regresó a la tienda. Se acercó a paso firme con el camafeo en su mano. Respiraba entrecortado. Estaba nervioso. Llegó a la puerta y la abrió. Volvió a sonar la campanita, pero con más vehemencia que la primera vez. Ella estaba aún en el mostrador haciendo unas anotaciones en un pequeño cuaderno con un lápiz negro. Se sobresaltó con el ruido y levantó la mirada. Lo vio a los ojos mientas él se acercaba. Estaba agitado, temblaba. Se paró frente a ella e intentó calmarse. Sus labios comenzaron a moverse.

—¿Puedo invitarte a tomar algo? —, dijo entre asustado y ansioso.

Ella bajó la mirada y sonrió.


 

Desconexión: Les Claypool – Riddles Are Abound Tonight (5 Gallons Of Diesel – 2005)


El trencito blanco


Niños de Tilcara saliendo del coleFoto: (M)

Este texto fue publicado originalmente en el número de febrero de 2016 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Roberto era un buen pibe. Nació en 1950 en una casita humilde de Aldo Bonzi y siempre vivió ahí con la vieja y sus cuatro hermanos más chicos. Junto a ellos tuvo la suerte de ir al colegio, suerte que no habían tenido la mayoría de sus amigos en el barrio. Algunos lo recordaban caminando por las calles con sus zapatitos gastados, sus medias blancas enrolladas en los tobillos, el delantal blanco que la mamá remendaba una y otra vez y su valijita negra donde guardaba sus más preciados tesoros: sus anotaciones.

Cuando caminaba al cole lo hacía dándoles la mano a sus hermanos. Iban en fila, uno tras otro, como mamá pato y sus patitos. Eran un espectáculo para los vecinos. Los veían pasar y sonreían. Que bueno que es Robertito, decían. Mirá como lleva a sus hermanos, comentaban.

Una mañana de invierno Roberto y sus hermanos pasaron frente a la casa de Doña Selva. Se la veía preocupada. ¡Hola, Doña!, la saludó Roberto. ¿Cómo anda? Esperando al plomero, m’hijo. No puedo llevar a Luisito al colegio, avisale a la señorita. ¿Quiere que lo llevemos? Hay lugar en el trencito, dijo con una sonrisa. Doña Selva lo miró, pensó un momento y le dijo: esperá que ahora te lo traigo. Luisito se sumó al tren de Roberto el cual ya tenía cinco vagones y la locomotora que era el mismo Roberto, todos de blanco, uno tras otro.

Se corrió la voz entre los vecinos quienes comenzaron a confiar en Roberto para que llevara a sus hijos a la escuela. El trencito comenzó a crecer hasta llegar, antes de fin de año, a los veinte vagones. Eran muchos, así que Roberto empezó a pedirle ayuda a Luisito para que vaya al final de tren y no se perdiera ningún vagón. Algunos iban sólo en el viaje de ida. Otros sólo en el de vuelta. Pero la mayoría iban y venían en este entretenido viaje diario. El caos se armaba cuando Roberto estaba enfermo y no había tren. Ese día los papás tenían que re organizarse porque el trencito no salía de la terminal.

Los años pasaron y el trencito se volvió una institución en el barrio. Los vagones iban creciendo y llegaron a ser cerca de cincuenta. Toda una procesión.

Cuando Roberto llegó a quinto año los papás empezaron a hablar entre ellos sobre la preocupación de que se termine el trencito al colegio. Estaban muy agradecidos con él por todo lo que había ayudado a los vecinos llevando a los chicos al colegio durante tantos años. Roberto se recibió y todo el barrio lo aplaudió. Y para su sorpresa, el colegio le dio una plaqueta en homenaje a la ayuda que le había dado al barrio desde hacía tantos años. El trencito blanco, lo llamaron. Roberto lloró de alegría.

Al año siguiente, el primer día de clase, los papás empezaron a preparar a sus hijos para llevarlos al colegio pensando en todo lo que iban a extrañar al trencito. Sin embargo los timbres de las casas volvieron a sonar como todos los días. Ahí estaba Roberto llevando todos sus vagones, como siempre, ya sin la obligación de ir al colegio pero con las ganas enormes de ayudar. Y los papás lloraban al ver a Roberto, ya con 18 años, llevando a los chicos como lo venía haciendo desde hacía casi una década.

Una tarde de abril, luego de dejar a cada vagoncito en su casa, Roberto pasó por la salita de primeros auxilios del barrio que también funcionaba como comedero. Lo recibieron con sorpresa, en especial cuando preguntó: ¿en qué puedo ayudar? Y comenzó a dar una mano en donde podía: barriendo, lavando los platos, yendo a hacer los mandados, haciendo las camas e incluso dando una mano cuando pudieron pintar la salita.

A las pocas semanas empezó a cocinar y unos meses después pudo dar una mano a la doctora del barrio. No sabía nada de medicina, pero quería aprender. ¿Y por qué no estudiás medicina?, le preguntó Norma. Y a él le interesó. Le parecía que era una buena opción. Pero no quería ir hasta la ciudad a estudiar porque no iba a poder ocuparse del trencito ni de la salita. Así que lo dejó ahí, pendiente para más adelante. Prefiero dar una mano aquí y ahora, decía, antes que estudiar. Pero vas a ayudar a muchos cuando estés recibido, le retrucaban. ¿Y los que necesitan ayuda ahora? Y nadie le respondía.

Nadie se atrevía.

Los años pasaron y Roberto creció, se transformó en un hombre pero nunca formó una familia. Trabajó palmo a palmo con la escuela, con la salita y con el comedero (que ahora tenía su propio techo porque cada día había más familias que venían a comer). La escuela le pagaba un sueldo por su “Servicio de Transporte y Acompañamiento” lo que le permitía vivir con lo justo. En la salita y el comedero no tenía descanso. No quería tomarse vacaciones (¿cómo voy a descansar cuando hay chicos que no tienen que comer?) y siempre era el primero en llegar y el último en irse.

El barrio se volvió peligroso y el seguía firme ayudando a quienes más lo necesitaban. Incluso le daba una mano al padre José quien desde la capilla del barrio intentaba sacar a los chicos de la calle y las drogas.

Una tarde de 1977, Roberto se despertó como todos los días para comenzar el trayecto del trencito cuando escuchó ruidos en la puerta de su casa. Alguien había entrado. Cuando fue corriendo a ver qué había pasado sintió un golpe en su cabeza que lo desmayó.

Nunca nadie supo más sobre Roberto.

El barrio entero lo lloró. Intentaron averiguar algo de él, pero siempre se encontraron con las puertas cerradas. Para recordarlo decidieron ponerle “El trencito” a la salita y “Robertito” al comedero.

Pasaron muchos años ya. La escuela cambió de directivos varias veces pero la salita y el comedero siguen ahí. Cada tanto, en algún grado, en la salita o en el comedero, unas señoras del barrio vienen a contar cuentos. Entre éstos desfilaban dragones, magos, elfos, princesas, príncipes y hadas como nos han hecho disfrutar en nuestra niñez.

Y cada tanto ellas cuentan la historia de Roberto. La leyenda de un chico que siempre vivió para ayudar a los demás y del cual ya casi nadie recuerda su apellido, pero de quien se decía que tenía poderes mágicos para poder llevar los chicos al colegio, curarlos y darles de comer casi sin dormir, casi sin vivir su vida.

Y cuando los chicos de la escuela hacen sus dibujos, casi siempre aparece garabateado la leyenda de Robertito y su tren mágico.


 


Campos


field
Foto: gato-gato-gato

Una pequeña silla. Una pequeña silla de madera.

Blanca.

Me encuentro sentado en una pequeña silla de madera blanca rodeado por un inmenso campo. La suave brisa apenas agita el verde pasto que se extiende hasta el horizonte, creando caprichosas formas únicas, efímeras e irrepetibles. El cielo, azul profundo, se aclara a lo lejos para confundirse con la tierra bajo mis pies. El aire primaveral tiene una dulzura única que inunda mis pulmones y me hacen renacer. Mis pies desnudos se asientan firmes en la alfombra natural del campo. Mis manos reposan plácidas sobre mis piernas. Mi espalda recta descansa en el respaldo de la silla. Nadie a mi alrededor por kilómetros. Silencio de palabras. Silencio. Mis ojos vacíos miran el horizonte.

Vacíos.

No hay mucho más para decir. No hay mucho más para hacer. Solo quedarme aquí y esperar. Disfrutando el momento. Penándolo.

 


 


Bienvenido a casa


Rain & Bridge
Foto: Jonathan Kos-Read

Existe un olor… No, un olor no. Un perfume. Existe un perfume que cada vez que lo siento me lleva atrás en el tiempo. Es muy particular, al menos para mí, y es casi imposible de describirlo. Es el mismo perfume que sentí en la oficina el primer día de trabajo de mi vida. Y ese olor, ese perfume, tiene un sabor agridulce en mi memoria, en la cual se cruzan tantos recuerdos bellos y tristes en paralelo.

Es raro. A medida que pasan los años uno empieza a sentir que los recuerdos, en especial los felices, tienen una cuota de tristeza por el tiempo pasado y por los que no están. En mi caso debería agregar un sentimiento más el cual vuelve a mi cada cierta cantidad de tiempo.

Todo comenzó hace varios años, en 1981 precisamente. Tenía 6 años y comenzaba el colegio primario en una nueva escuela. Eso significaba nuevo edificio, nuevos compañeros, nuevas maestras y una sensación que me persigue hasta el día de hoy. Pasar del jardín de infantes a la primaria fue algo muy extraño (bah, seguramente lo haya sido para todos, no sé).

Luego de los trámites iniciales, en donde me enteré con terror que la jornada era de doble escolaridad y que me iba a quedar a almorzar ahí, comencé a deambular por el inmenso patio del colegio. El mismo era un antiguo edificio que se venía abajo y del cual nos mudarían meses después. Pero en ese momento, en esa inmensidad de patio, rodeado de un montón de chicos desconocidos en donde la mayoría eran más grandes, estaba solo con mi delantal blanco, mi valija de cuero y tela escocesa y con una angustia enorme. Sentía que una mano apretaba mi corazón y me llenaba los ojos de lágrimas. Hoy en día, sentado frente a la computadora mientras escribo esto, treinta y cinco años después, recuerdo exactamente la misma sensación y se me humedecen los ojos. Era una mezcla de miedo, pena, tristeza, abandono, soledad y unas ganas tremendas de que pase el día lo más rápido posible para volver a casa, bajo el ala de mamá para que me cuide y nunca más me deje solo. Tengo fotos de ese día, al menos al momento de salir de casa y algunas más en el aula.

Los días pasaron y esa sensación fue esfumándose lentamente, como consume a la vela una pequeña llama.

Y la olvidé.

Hasta dos años después cuando volví a cambiar de colegio. Comenzaba tercer grado y tuve la misma sensación de pena, de tristeza, de soledad, de miedo. Y recordé esa primera huella que se había marcado en mi un par de años atrás.

Y el tiempo pasó, y la llama volvió a consumir lentamente la vela hasta hacerme olvidar.

Cuando comencé quinto grado volví a cambiar de escuela. Y la angustia volvió junto a esas ganas terribles de llorar. Por suerte no volví a cambiar de colegio hasta que terminé la secundaria.

Llegamos a mediados de 1993. Ya habiendo terminado la secundaria y empezado la facultad, decidí intentar encontrar mi primer trabajo. Mi papá me había dicho que si quería solamente estudiar, él me bancaba. Pero yo quería trabajar, quería tener mi dinero y disponer de él. En esa época mi tío me daba $10 por semana. Y ese era mi único ingreso fijo. Tener un sueldo iba a ser un cambio importante.

Buscar trabajo en 1993 no era tarea sencilla. Hoy en día tampoco, claro. Pero en esos años no había Internet, uno no cargaba su currículum en una página web, uno no enviaba mails adjuntando el mismo, uno no se postulaba haciendo clic en un botón. En esa época uno abría el diario todos los días y comenzaba a buscar los avisos publicados haciéndole círculos a los más interesantes. Y yo buscaba algo como cadete ya que mi flaco currículum apenas decía que era un incipiente estudiante de Sistemas que había terminado la secundaria el año anterior y del cual había recibido un paupérrimo título de Perito Mercantil. Nada. Una página de nada. ¿Experiencia? Nada.

La mayoría de los avisos eran para presentarse ese mismo día. Y uno tenía que elegir de manera muy precisa a cuál ir, porque las colas, de cien o doscientas personas te podían hacer perder toda la mañana (y los avisos normalmente especificaban que había que presentarse de 9 a 12 y se acabó).

Las filas eran interminables y la desilusión siempre era la misma. Esperabas tres o cuatro horas para que te digan: te llamamos. Lo más frustrante era cuando recorrían la larga fila y empezaban a descartar gente porque tenían tatuajes, o barba, o pelo largo (en este momento era cuando me descartaban a mi), o simplemente porque no les gustaba tu cara. Frustrante.

Una mañana de agosto, mientras todavía estaba leyendo los avisos en el día, mi papá encontró uno que consideró una oportunidad. Andá a ese lugar, me dijo. No, papá. Ya marqué otros. No seas tonto y andá ahí. Haceme caso.

Los padres siempre saben. Saben mucho. Vivieron mucho más que uno y saben. Así que fui. Era el 30 de agosto de 1993, yo tenía 19 años recién cumplidos y llovía de manera torrencial. Santa Rosa, sin dudas. Llegué, me entrevistó la jefa de Personal (Rosita le decían) y ahí nomás empecé a trabajar. Sin formalismos, sin pruebas, sin nada. ¿Podés empezar ahora?, me preguntó Rosita con sus pelos rubios alborotados y su voz aguda. ¿Qué habrá sido de ella?, me pregunto. La última vez que la vi la había echado por haberse quedado con algún vuelto… O eso decían. Pobre Rosita. A mí me ayudó mucho. En lo que eran tareas administrativas yo era el que no sabía ni siquiera hervir agua. Pero Rosita me ayudó.

Mi primera tarea fue armar unos sobres con no-sé-qué-papel adentro. Media hora después llegó el gran desafío. Martín, me dijo Rosita, tenés que llevar esta carta a San José 140. ¿Sabés dónde queda? Si, claro, mentí. Salí bajó la lluvia y, no me pregunten cómo, llegué a destino.

Al mediodía, ya de vuelta, me senté a almorzar: un paquete de Cerealitas y una lata de Coca-Cola. Gasté $2. En la soledad de esa hora me sentí nuevamente como me había sentido a los 6 años, y a los 8, y a los 10. Estaba ahí, sentado, en un ambiente adulto, sin saber qué hacer, cómo actuar, con miedo, angustiado, abandonado. Como me he sentido cada una de las veces anteriores.

Y se sumó el perfume del ambiente. Era el olor de la oficina. O el perfume de alguien dentro de la oficina. No sé. Pero se mezcló con mi tristeza. Y ahí quedó, en mi recuerdo.

Y los años pasan. Y cada vez que camino por algún lugar y siento ese perfume, los recuerdos afloran nuevamente, al igual que esos sentimientos dominados por una extraña angustia. El colegio, una oficina, mi viejo…

Y cada vez que ocurre duele más.

 


 


Día cero


Return to innocence
Foto: Fernando Rodríguez

El viento soplaba en la noche invernal. Ninguno de los dos colectivos que me podía tomar se dignaba a venir y el frío comenzaba a generarme pequeños espasmos. Unos cincuenta metros separaban las paradas de ambas líneas pero yo había jugado mi suerte a solo una de ellas ya que era imposible estar en las dos a la vez.

Detrás de mí estaba ella: zapatillas deportivas rosas, calzas azules y una campera no muy gruesa. El pelo recogido dejaba a la vista un pequeño aro en la nariz y un tatuaje en el cuello. Tal vez un símbolo indio, o algo así. La miré un rato y me pregunté si no tendría frío.

El colectivo de la otra parada llegó y ella corrió levantando la mano para intentar tomarlo, pero no tuvo éxito. Volvió lentamente con cara de frustración y la incertidumbre de cuándo llegará el próximo. Cruzamos miradas y nos sonreímos. Se acercó a mí para volver a su lugar en la fila. Dudé un instante pero finalmente abrí mi boca para intentar comenzar una conversación:

—Imposible alcanzarlo —dije tímidamente.
—Está muy lejos la otra parada —respondió—. Siempre me pasa lo mismo —agregó para mi sorpresa mientras mantenía su mirada en mis ojos. Su voz era suave y sus labios me atraían.
—Yo directamente me la juego por una de las dos. A veces pierdo, como ahora, y a veces gano.
—Tenía ganas de subirme. Hace frío y vengo de tomarme otro colectivo. Ya es hora de llegar, ¿no?

Intenté descifrar qué quería decir con sus palabras. Su sonrisa era bonita y me pregunté qué debía hacer. Mis conocimientos sobre cómo empezar o mantener una conversación con una desconocida eran prácticamente nulas. Pero no me amilané.

—En un ratito viene el otro —arriesgué—. Vas a ver.

Para mi sorpresa el colectivo que esperábamos apareció casi al instante en todo su esplendor. Ahí viene, le señalé con mi cabeza en tono tranquilizador. Éramos los únicos en la parada y ambos levantamos la mano. La mole de acero se acercó hacia nosotros escupiendo el aire de los frenos como un dragón que resopla fuego.

La invité a subir y ella agradeció el gesto. ¿Qué hacer?, me pregunté. ¿Sigo la conversación? ¿Dejo todo acá? El colectivo estaba casi vacío. Un señor de mediana edad, sentado en uno de los primeros asientos, cabeceaba intentando no dejarse vencer por el sueño. Ella sacó su pasaje y su ubicó en un asiento doble, casi en el fondo. Saqué el mío y dudé. ¿Me siento con ella? ¿Me siento solo? ¿Qué tengo para perder? ¿Qué es lo peor que me podrá decir? ¿Que no? Conversar un rato e intentar conseguir su teléfono con la esperanza de ir a tomar algo en algún momento. Sí, no tenía nada para perder. Su mirada y su sonrisa en la parada me habían envalentonado para dar ese paso.

Me acerqué hacia donde estaba y le pregunté:

—¿Te molesta si me siento con vos?
—Disculpame —me respondió con una sonrisa— pero creo que sos un poco mayor para mí.

Un frío mortal recorrió mi espina dorsal de punta a punta. Solo atiné a hacer una mueca intentando imitar una sonrisa mientras balbuceaba una disculpa. Retrocedí y me senté en un asiento individual para mirar por la ventana en silencio durante el resto del viaje.

No tengo mucho para contar sobré qué pasó por mi cabeza durante los siguientes cuarenta y cinco minutos. No lo recuerdo. Mi mente estaba en blanco. Solo recuerdo contener las lágrimas. No puedo ser “mayor” para ella. No seré un adolescente, pero… ¿Qué edad tendría? Algunos años menos que yo, nada más. ¿Cómo puedo parecerle que estoy “mayor”?

Cuando me levanté para bajar, el colectivo estaba atestado de gente. Llegué a la puerta con esfuerzo y miré hacia el lugar donde ella se había sentado al subir. Un muchacho alto, barbudo y de tez morena escuchaba música en su lugar. Toqué timbre y bajé.

Mientras caminaba intentaba mirarme en algún reflejo para verme tal cual soy. Mis ojos veían a un adulto que comienza a peinar algunas canas y a entrar en ese tobogán llamado decadencia, que tiene un único desenlace cuando nuestros pies tocan la arena al final del viaje.

Recorrí las últimas cuadras envuelto en lágrimas. Solamente quería llegar a casa, meterme en la cama y taparme para llorar en silencio el comienzo de esta nueva etapa en mi vida.

 


 


El silencio del cuervo


Rain at night
Foto: AshtonPal

¿Estás? Estoy. ¿Dónde? Acá. No te veo. Mirame. ¿Dónde? Acá. Te dije que no te veo. Nunca querés verme. ¿Cómo qué no? Quiero verte y vos no me dejás.

Te miro en silencio en aquel ruidoso bar de Palermo. Ahí estás, charlando animadamente con tu novio, marido, pareja, amante, vaya uno a saber. Comen rico: rabas, picada y cerveza. Yo, en una pequeña mesita redonda, alta, junto a la ventana, escribiendo estas líneas en soledad mientras afuera llueve copiosamente, como si fuese el fin del mundo. La noche es mucho más hermosa así. Ideal para acurrucarse mientras el ruido de las gotas golpean todo lo que tocan y generan un clima especial, único. La gente camina rápido o corre intentando guarecerse del que parecía hasta hace un rato un mero chaparrón, pero que terminó transformándose en la madre de todas las lluvias. El frío y el viento completan el cuadro.

Cada tanto levanto la mirada buscando la tuya. Pero es inútil. Estás absorta en tu vida, en tu charla, en tu corazón. Él es todo para vos. Lo mirás con ojos tiernos y se nota tu amor hacia él. Bajo la mirada pensando. Escruto mis sentimientos. No, lo mío no es amor. Sonrío para mis adentros. Vuelvo a levantar la vista y me cruzo, casi sin querer, con tus ojos durante menos de un segundo. Un temblor recorre mi cuerpo al tiempo que volvés a tu charla, a tu vida, a tu amor. ¿Qué fue eso?

Durante la siguiente hora continué buscándote con la mirada una y otra vez, sin suerte. Me preguntaba, ¿qué podría conseguir? ¿Qué esperaba de vos? ¿Qué esperabas de mi? Nada, me respondía. Mujer acompañada; mujer imposible. Al menos para mí, claro.

Reís. Tu risa es bonita, suave. Tu mirada, en cambio, es potente. No estoy seguro si es por el color de tus ojos o por la manera en que están delineados. Volvemos a cruzarnos mientras tomás tu cerveza. Hola, tanto tiempo sin verte, siento decirte. Te extrañaba. ¿Me sonreíste? ¿O fue una mueca producto del contacto de tu boca con el vaso? Te observo, me mirás, pero desviás tu atención para volverla a enfocar en tu compañía.

Otra hora sin miradas. En el bar vuelve a sonar Bowie y creo que es el mismo tema. Sigo escribiendo estas líneas mientras intento volver a encontrarte en ese pequeño camino que hay entre tus ojos y los míos. Una pequeña vía conocida solo por nosotros. Pero nada. Mis tragos se acaban, uno tras otro, y los relámpagos comienzan su espectáculo de luces y sonido.

La comida termina y él se levanta, imagino que para ir al baño. Me inquieto. ¿Es mi oportunidad? ¿De qué? ¿Me paro y te hablo? ¿Qué te digo? ¿Con qué objeto? ¿Querés saber mi nombre? ¿O nos mantenemos en el anonimato? ¿Nos escapamos juntos? Ahora. Olvidate de él, venite conmigo. Solo por la aventura de escaparte con un desconocido. Mañana pensarás qué excusa das. Dale, vámonos. Quizás nunca tengas otra oportunidad así. Quizás nunca tenga otra oportunidad así.

Pero no. Seguís ahí, en silencio. Y yo acá, en la agonía de la duda.

El vuelve. Ella lo besa con una sonrisa acompañada de una mirada brillante, plagada de amor. Ambos comienzan a prepararse para irse y yo me siento algo desconsolado. Él pasa a mi lado sin prestarme nada de atención. Un triste y solitario borrachín, pensará. O ni siquiera eso. Ella, detrás, pasa muy lentamente y mientras cierra su campera, clava sus ojos en mi. Fue muy difícil mantenerle la mirada. Me dedicó una dulce sonrisa que me aceleró el corazón y me electrizó de pies a cabeza. Me doy vuelta para verla, mientras ambos salen del bar y él para un taxi. Si, también tiene esa fortuna en medio del temporal. Al subir al vehículo, nos volvemos a mirar. Y ella nuevamente me sonríe, esta vez desde la ventanilla que bajó especialmente para ese último regalo.

El taxi se aleja mientras yo me quedo acá, en silencio, terminando estas notas y preguntándome si alguna vez te volveré a ver. Mi birome recorre las páginas en blanco para no olvidar detalle de este momento, para no perderte. ¿Algún día leerás estas líneas? ¿Te reconocerás? Sigo con mi tarea mientras termino el último trago de la noche.

Que nunca deje de llover.


 

Desconexión: King Crimson – 21st Century Schizoid Man (In The Court Of The Crimson King – 1969)


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