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Arena


***
Foto: Misha Sokolnikov

El viento soplaba muy fuerte haciendo que las olas golpearan la playa con violencia. La arena se mezclaba con la sal del océano en una danza caótica e hipnótica. Gruesas nubes negras, cargadas de agua y frío, hacían sentir como si no existiese ningún sol más allá de éstas. ¿El cielo había sido alguna vez celeste? ¿O desde el comienzo de los tiempos este gris plomizo todo lo cubre? La copiosa lluvia terminaba de completar el panorama cuasi apocalíptico. Las gotas, imponentes y pesadas, caían como filosas dagas sobre todo lo que tocara la superficie del planeta. Parecía el fin del mundo.

Él estaba sentado en la orilla en silencio. La tormenta lo había empapado y el viento y el frío le calaban los huesos. Pero luego de tanto tiempo a la intemperie ya no sentía nada. Apenas notaba como el agua goteaba abruptamente desde su pelo hacia su cara y su espalda. El frío de muerte que había sentido al principio ya no le mortificaba. Se había acostumbrado a eso. Por momentos la marea subía y el agua lo cubría casi hasta la cintura. Las olas lo golpeaban y él soportaba cada embate sin mover un músculo.

¿Cuánto invierno es capaz de soportar un alma? ¿Cuánto viento se puede resistir? ¿En qué momento se pierde la esperanza y uno empieza a resignarse? ¿Es acaso el Universo quien decide por nosotros? ¿O es simple casualidad?

Al principio escuchó un sonido distinto a los que estaba acostumbrado. Y luego percibió algunos más. Era como si alguien… Se dio vuelta y observó sus pies por primera vez. Estaba descalza, como él, y pudo notar cómo la arena se le había pegado en los empeines. Levantó la vista. “Una profunda mirada que cruza los sentidos. La cual te rinde a sus pies ante el simple contacto.”, recordó.

Y ahí, en ese preciso instante, sin que nada lo dejara prever, dejó de llover. Se sorprendió. Miró al cielo, casi como extrañando algo, y notó como las nubes empezaban a disiparse, dejando pasar los primeros rayos de sol en mucho tiempo. La temperatura comenzó a subir lentamente. ¿Qué había ocurrido?

Volvió a observarla. Ella lo interrogó con la mirada y el aceptó. Se sentó a su lado mientras acomodaba su infinito pelo negro, casi como el universo mismo. Y ahí se quedaron. Disfrutando el silencio.

Y el viento amainó.

Y la lluvia se detuvo.

Y el mar se calmó.

Y las nubes se disiparon.

Y el sol dio vida a todo a su alrededor.

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Despojado


Elongación
Foto: Danilo Urbina

Este relato cuenta la pequeña historia de un hombre como cualquiera de nosotros, el cual, cuando llegó la noche, descubrió que estaba sangrando. Las heridas eran profundas, pero no dolían… al menos al principio. Cuando prestó real atención a las lesiones pudo ver la sangre y la podredumbre que contenían. Ahí comenzó el dolor. Mucho. Sin embargo, su primera reacción casi natural fue seguir con su vida como si nada ocurriese. Ignorando cada puntada. Ignorando cada gota de sangre que caía a su alrededor. Es normal que esto ocurra, pensaba, les pasa a todos. Se mentía.

Cada paso que daba era una nueva puntada, un nuevo cuchillo y más sangre. ¿Valía la pena tanto dolor? ¿Valía la pena intentar curarse? ¿Y si se tiraba al piso y se dejaba estar? ¿Alguien lo echaría de menos? Las dudas lo asaltaron. Lo meditó, quizás más de lo que debía. Así que, luego de mucho reflexionar, tomó una decisión, quizás la más importante de su vida.

O eso pensaba.

Sus pensamientos lo llevaron a comprender lo que estaba ocurriendo y entender que correspondía curar sus heridas. Pero para ello debía tocar fondo. Debía hundirse entre la mierda y aceptar su realidad. Y lloró. Lloró como nunca en su vida, soportando un fracaso que cargará durante toda la eternidad como una cruz. Descendió a los infiernos en busca de redención. Arrastró sus pies sobre ese camino pedregoso el cual lo lastimaba ante cada paso. Y sangró como nunca.

Se sentía ninguneado, insultado, denigrado. Se consideraba la persona más triste del mundo y continuar así era una agonía que no podía tolerar. Así que para soportar su calvario decidió cubrir su lacerado cuerpo con una pesada armadura y así resguardarlo de todo lo que lo pudiese lastimar aún más. La coraza era invisible, pero lo suficientemente gruesa para cubrir sus heridas y protegerlo. Recubría cada brazo y cada pierna. Tapaba su cabeza, espalda, pecho y, en especial, su corazón. De esta manera pudo salir a la calle nuevamente. Por fuera la armadura lo mostraba fuerte, recuperado, alegre… y todos lo notaban y lo felicitaban ante notable cambio. Estás muy bien, le decían. Y él sonreía… por fuera.

Pero debajo de ese escudo estaba un alma débil, que no paraba de luchar por sacarse los puñales clavados en su carne. Y cada movimiento que hacía en soledad para alejarlos de sí, dolían más. Así recorrió nuevos caminos, oscuros, casi en blanco y negro, con los sentimientos contenidos. Su corazón no sentía nada. No reaccionaba. Su cara sonreía, pero su corazón apenas latía. Arrastraba los pies destruyendo todo lo que se cruzaba por su camino. Cuando nadie lo veía, vomitaba las vísceras que podridas enfermaban su cuerpo. Nada le importaba. Cada sonrisa era simplemente un arma de defensa. Quizás lastimó a varios, pero no le importó. Y pese a que actuaba de manera distinta a su forma de ser, era el único modo que tenía para sobrevivir.

Desde afuera nadie notaba el infierno interior. Nuestro hombre parecía lo mismo que cualquier otro. Estás muy bien, le dijeron muchas veces. Y así estaba: muy cómodo y tranquilo. Él había decidido continuar su marcha de esta manera: alegre, feliz y contento por fuera; silencioso, parco y apático por dentro.

Pero a veces algo o alguien redobla la apuesta y nos saca de nuestro juego.

Y así ocurrió que, ante un descuido, en un momento en donde su cabeza no estaba atenta a sus heridas, notó como intentaron quitarle la armadura. No fue a sabiendas ni planificado. Simplemente la armadura se abrió y dejó entrar las primeras brisas frescas en mucho tiempo. Las primeras notas comenzaron a sonar brillantes. Y se asustó. No esperaba este cambio. Había decidido mantener su armadura hasta el final de sus días, pero el destino no quiso que así fuera.

Al principio cayó una pequeña sección de la armadura. Casi imperceptible, pero él lo notó. Miró dentro. Vio la piel casi transparente y cuando acercó el dedo notó que estaba muy sensible, casi como tocar carne viva. No puede caerse, no debe caerse, pensó. El miedo comenzó a apoderarse de él. Pero a medida que pasaban los días más y más pedazos caían desintegrándose y dejando amplias zonas del cuerpo expuestas al aire, a las miradas, a los comentarios, a los sentimientos.

Es difícil evitarlo, claro. Levantó la vista para intentar observar quién estaba destruyendo su armadura. Una profunda mirada cruzó sus sentidos, la cual lo rindió a sus pies ante el simple contacto.

Ahora nuestro hombre está demasiado sensible. Expuesto nuevamente al mundo. Cada pequeña brisa fresca que sopla a su alrededor siente que puede lastimarlo. Y en parte lo hace. La inseguridad lo paraliza. No quiere volver a lastimarse. Quizás deba volver a recubrirse de esa coraza que lo protegió todo este tiempo. Tiene miedo, mucho miedo. El mundo a su alrededor no es cómo era antaño. Sus lágrimas ya no son de dolor, sino de alegría y miedo. Un miedo hermoso que necesita transitar, aunque duela. Miedo al fracaso, miedo a que nuevas heridas aparezcan. No sabe si podría soportarlo. Pero tiene que intentarlo. Tiene todas las de perder, sin dudas, pero es la primera vez en años que siente el verde pasto humedeciendo sus pies desnudos. Pero no mira al horizonte. Está decidido a mirar el camino evitando mirar el destino. Y se repite: disfrutar el camino sin que importe el destino. Así tiene que ser.

Como les dije este relato cuenta la pequeña historia de un hombre como cualquiera de nosotros. Un hombre que fracasó, que se escondió, que lastimó y que, por misterios del destino, está saliendo de nuevo a la luz. Pero esta historia no termina acá. No. Hay mucho más para escribir. Pero en estos momentos, el papel está en blanco y la pluma, abarrotada de tinta, reclama liberación.


Ronroneos


Libro de visitas
Foto: Appleando

Dedicado a vos y a tu esfuerzo.

No estaba de ánimos. La recta final en la facultad había comenzado y sentía que el camino estaba más empinado que nunca. Eran solo dos materias. O mejor dicho, aún faltaban dos materias enormes. Complicadas, aburridas, casi imposibles. El esfuerzo de años parecía que quería caerse por la borda antes de llegar a buen puerto. ¿Por qué se sentía así?

Puso música y se sentó en una de las pequeñas sillas delate de la mesa. Inmediatamente su pequeña gatita negra se le subió al regazo. Comenzó a acariciarle el lomo mientras ésta se acomodaba sobre sus piernas ronroneando. Tomó un grueso broche de metal y se ató su largo pelo negro. Miró los apuntes que tenía que estudiar. Suspiró. Cada vez que las veía sentía que el camino se hacía más empinado aún. Mierda.

(Hola) Miró a su alrededor extrañada. ¿Qué fue eso? Prestó atención, pero no escuchó nada. Abrió los apuntes y continuó la lectura. Mierda. Mierda. Las frases por momentos eran incomprensibles. ¿A quién le importa todo esto? Las materias de relleno en una carrera son insufribles. Y más cuando son las últimas. Y más aún en pleno noviembre.

(Hola) Ahora si escuchó algo. ¿Alguien me está espiando?, pensó. No puede ser. Miró a su alrededor, pero no notó nada fuera de lo común. (Tranquila. Nadie te está espiando. Soy yo. Sé que estás frustrada con todo esto) Reconoció la voz. (Es la angustia de la incertidumbre. La incertidumbre de no saber si alguna vez esto va a terminar. Uno siente que es imposible, que va a estar estudiando las mismas materias una y otra vez y que nunca va a acabar. Y que todo el esfuerzo puede quedar en la nada). Ella escuchaba mientras acariciaba a su gata. Ésta seguía ronroneando. (Pero te voy a decir algo que tal vez te suene obvio: esa sensación la hemos tenido todos, en especial cuando estás con las últimas materias. ¿Sabés qué? Llegaste hasta acá debido al enorme esfuerzo que hiciste con las otras materias durante todos estos años. Muchas de ellas parecían imposibles, pero sin embargo las pudiste aprobar. Bueno, acá hay otro par de esas “imposibles”. Pero la realidad es que no lo son. Te voy a contar un secreto a voces: no se recibe ni el más inteligente, ni el más vivo, ni el más estudioso. Solamente se recibe el más perseverante. El que va y se choca contra la pared una y otra vez. Una y otra vez. Y que cuando se siente desahuciado, sigue intentándolo).

Ella cerró los ojos y la voz sonó más fuerte aún en su cabeza. (Nadie te regaló nada. Estás acá gracias a vos. Y lo que queda lo vas a pasar gracias a vos. Sos la heroína de tu propia vida. Tu fuerza de voluntad es capaz de levantar más kilos que cualquier campeón olímpico. Recordá tu pasado. Recordá esos momentos en donde te sentías perdida o que pensabas que nunca iba a dejar de doler. Y dejó de doler. Todo pasa, dicen. Y yo creo que es verdad. Todo pasa, y esto también pasará. Y cuando pase, recordarás este momento solo como un instante de angustia. Y te reirás. Y nos reiremos. Recordá: esto va a pasar. Te vas a chocar contra la pared como lo has hecho varias veces ya. Pero la pared va a ceder y vas a poder cruzarla una vez más. Parece imposible. Te aseguro, escuchame bien, te aseguro que no lo es. Cada momento en el cual estudiás es un paso más que das para llegar a ese ansiado destino. Nada es en vano. Nada. Cada minuto de estudio hoy es un minuto menos mañana).

Ella respiró profundamente. (Seguí. Yo me quedo acá, cerca tuyo, cuidándote). La voz se acalló. Ella abrió los ojos. La música seguía sonando. La gatita seguía sobre sus piernas profundamente dormida. Su ronroneo le generó una paz absoluta. Tomó nuevamente los apuntes y continuó leyendo.

Mientras tanto, a su lado, invisible, transparente, en silencio, él se quedó ahí. Acompañándola cada día, en cada página, hasta que llegue a la tan ansiada meta.


El lago púrpura


Lake Irwin, Colorado
Foto: Michael Levine-Clark

El lago tenía un color púrpura. Sus aguas no eran azules, ni celestes, ni siquiera verdes. Eran púrpuras. No entendía por qué. Miró el cielo vacío de nubes y pensó si tal vez el sol estaba generando algún tipo de ilusión óptica. Quizás sea eso, pensó. Pero no lo parecía. El pasto a su alrededor era más verde de lo que jamás había visto. Las montañas, en el fondo, mantenían sus distintos tonos que iban desde el marrón más profundo al ocre más débil. Miles de flores se arremolinaban aquí y allá gracias a la brisa, en una danza hipnótica. Las mariposas se posaban en ellas y se dejaban mecer por la mano de Céfiro, dios del viento oeste. A su derecha, imponentes árboles susurraban arrullos que nadie, excepto él, escuchaba.

Todo era normal, pero el lago era púrpura. O al menos eso era lo que le parecía. ¿Y si era una ilusión? ¿Importaba que lo fuese?

Se miró a sí mismo y se preguntó. Y se cuestionó. Y no logró entender. Pero se sentía bien. El lago púrpura le hacía bien. Estaba fuera de su comprensión, pero lo disfrutaba. ¿Por qué cambiarlo? ¿Por qué entenderlo?

Observó el pasto bajo sus pies desnudos y lo notó cómodo. Se sentó. Y ahí se quedó, en silencio. Disfrutando de la brisa, de la montaña, de los árboles, de las flores, del pasto… y del lago púrpura.

 


El juego del Si/No


sad-woman
Foto: missidog

Este texto fue publicado originalmente en el número de agosto de 2017 de Percha Mag, la cual pueden leer de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Instalando…

¿Tinder, Happn, OkCupid, Badoo? ¿Cuántas más? Tal vez decenas, cientos o miles. Ni idea. Nos encanta participar de un juego con tintes perversos en el cual solo parte de los participantes están realmente jugando. ¿Qué nos hizo entrar en ese mundo? ¿Ustedes no entraron? Ah, cierto: es feo, denigrante, casi el fracaso de las relaciones personales. Siempre habrá alguno con la moralina alta que lo verá como un “nunca me verán ahí”. Les puedo asegurar que cuanto más alta la moralina, más fuerte el golpe cuando caen.

¿Es este un juego ficticio y distinto al juego real de buscar una pareja? Creo que no. Como toda herramienta informática, ésta potencia su objetivo. En la época analógica la única manera de conocer a alguien era por un grupo de amigos, conocidos, lugar de estudio, trabajo, bares o boliches (¿se le sigue diciendo boliches, o ya pasé la línea?). En todos los casos la oferta y demanda era limitada. Quizás tenías la suerte de encontrar alguien que te interesara en esos grupos. Luego debías ver si tenían intereses en común. A veces ni siquiera. Pero bueno, eso fue hasta hace algunos años.

Y como todo se potenció, ahora parecemos productos en una góndola de supermercado a la espera que alguien nos elija. O algo así, ya que la elección tiene que ser doble. Es como que elijo la mermelada y la mermelada me elije a mí. ¿Y está mal? (Acá los que rebalsan moralina: claro que está mal. ¿Y el amor? No soy una cosa para que me seleccionen así). No, no está mal para nada. Entre tus amigos, conocidos del barrio, lugar de estudio, trabajo, bares o boliches no buscabas desde el día cero con quien casarte. Nunca. Jamás. Solamente alguien te atraía. Y si esa atracción superaba las miles de barreras previas, quizás podrías tener una vida feliz junto a esa persona. ¿Y ahora? Ahora es lo mismo, aunque muchos quienes están dentro del juego, y lo que están fuera, no lo entiendan así.

El primero filtro de la imagen, tan vituperada por muchos, es lo mismo que ocurre cuando ves a alguien por primera vez y te ponés nervioso. Es un segundo. El mismo segundo que tardás en pasar una foto para un costado u otro. Claro, en primera persona disponés de otros estímulos: movimientos, expresiones, la voz, la sonrisa, la mirada, hasta el olor. Hoy el primer filtro es simplemente una imagen. ¿Vale? Claro que vale. Por eso no entiendo a quienes ponen como primera imagen algo etéreo, o un paisaje, un perro o una frase. Quieren darle “profundidad” a la “superficialidad” de la primera impresión. Señoras, señores: la primera impresión siempre es superficial. El primer contacto entre dos personas siempre ha sido visual en toda la historia de la humanidad. A menos que seas ciego, claro… Bueno, no quiero ponerme muy complicado. Sería bueno saber qué “tan bien” les va a los “profundos” en estas aplicaciones.

Después podemos irnos al otro lado, hacia la superficialidad extrema donde los muchachos se muestran musculosos, deportivos, en autos o motos mostrando su “masculinidad”. Y las chicas intentando que se note que tienen tetas o culo… y con boca de pato. Generando vergüenza ajena. Y todo parece centrarse en eso. Ya no hablamos de personas que son un paisaje o una frase de Cortázar que éste nunca dijo. Ahora hablamos de personas que son un cuerpo. ¿Importa? Bueno, acá dependerá de lo que busque cada uno. Si querés coger, seguramente la idea de elegir un cuerpo que te mueva (“…coger…”, “… que te mueva…”, je… perdón) va a ser tu opción. Quienes buscan algo más que solo sexo, quizás no les interese. Nuevamente, cuestión de gustos. Lo que sí, no todas las personas nacieron para verse sexis en fotos. Si a Pampita la pose le queda genial o a Brad Pitt esa mirada hace derretir cuerpos, eso no significa que vos quedes bien. A veces da algo de gracia. O pena, no sé. En el punto intermedio están quienes meten fotos de todos sus viajes y se los ve ahí perdidos en medio de la imagen. Todos conocemos, al menos por fotos, la Torre Eiffel, las Pirámides de Egipto, el Perito Moreno, New York o la Torre de Pisa. Si, a casi todos nos gusta viajar, ya lo sabemos. Estás acá para buscar una pareja, no para enseñar geografía.

El otro gran universo son las descripciones. Un embole leerlas, sin dudas. Como antes: “me encanta viajar”. Y sí. Son pocos los que prefieren quedarse encerrados en el quinto subsuelo, aunque siempre hay alguien, claro. A veces las exigencias en las descripciones son innecesarias. “K abstenerse” (o “Anti-K abstenerse”), solo hinchas de River o no fumadores, muestra que la superficialidad les pega fuerte. El amor todo lo vence. Si una idea política, un equipo de fútbol o el tabaco es un impedimento queda claro que luego no pueden quejarse si del otro lado son superficiales. (Pero es que no me gusta que fumen…). Si te gusta la persona, no te va a importar, ¿te queda alguna duda?

Luego están las descripciones totalmente literales o no tanto: “Putito copado”, “Casada de trampa”, “Buscando al príncipe azul que me quite de esta aplicación”, “Esperando enamorarme” o la terrible “El amor cuesta plata”. O los más realistas que describen sus gustos para saber si hay algo en común además de una atracción visual. Leer bajo un árbol, escuchar música… cosas así me generaban buenas impresiones de la otra parte. Al menos a mí. O lo que me contaron…

Al fin y al cabo, el filtro de la primera imagen o el filtro de los comentarios no impiden que el tercer filtro, el chat, actúe. Cuando no hay piel, se nota en la primera charla. Ya sea por los temas que conversás o el tipo de respuesta o, por qué no, la ortografía. Dicho sea de paso, en alguna descripción ponen condiciones a la manera de presentarse: “si vas a decir ‘hola como estas’ ni te gastes”. ¿Qué tan original querés que sea en la primera frase? ¡Pará!

La cuarta etapa del juego es finalmente el encuentro. Acá es importante que sea relativamente rápido desde la primera frase para evitar la idealización. Cuando chateas con alguien que no conocés pero te cae bien empezás a pensar que es todo lo que no es. Verse. Rápido. Para confirmar o descartar. Y el encuentro es duro, aunque nuevamente depende de las expectativas. Probablemente haya cosas que no te cierren de esa persona. Un gesto, una manera de hablar, una manera de expresarse… Si, también puede ser lo físico y mil razones más. Pero el primer encuentro define miles de cosas. Y cuando te das cuenta que no es al ratito, es una patada en las bolas.

Quizás se pregunten si pasé por todo esto que cuento. Podría decirles que me lo contó el amigo de un amigo de un amigo. Y claro que fue así. Puedo inventar historias o contar realidades al detalle. Quizás todo junto.

Fotos ridículas, descripciones más ridículas aún, conexiones equivocadas, conexiones copadas que te eliminan antes de hablarte, saludos al vacío, silencios, respuestas estériles, el caos de las múltiples charlas en paralelo, repetir dos veces lo mismo en el mismo chat por error, confundir datos entre chats, olvidar temas o datos ya charlados, conversaciones interesantes, que te pidan el WhatsApp antes de pedirlo uno, encuentros fallidos, encuentros desastrosos, encuentros, buenos encuentros, sexo luego de dos horas de conocerte con alguien y no mucho más, lindos encuentros, encuentros duraderos. Quizás mezclo recuerdos entre todo esto.

Un juego en donde me crucé con algunas cosas raras, tal vez no tan raras como a otros le pudo haber pasado. La chica que me dijo, literalmente: “No me interesa nada de vos. Soy casada, tengo tres hijos, mi vida es una mierda. Solo quiero coger y olvidarme de todo”. La otra que me preguntó, luego del primer hola: “Si estamos acá es porque te gustaron mis fotos. ¿En serio te parezco linda?”. Otra: “Venite a casa a almorzar que me vieja hace unos ñoquis de aquellos”. La travesti honesta que me dijo: “Mirá que soy travesti, ¿te va?”. La que me dijo: “¿Te va un trío?”. Pero dale, Martín, contá qué pasó, danos detalles… No recuerdo nada, claro.

El juego de encontrar a alguien para tu vida, ya sea por un rato, para siempre o para lo que dé.

Quienes hemos jugado, jugamos o jugaremos este juego, sabemos que las razones son distintas dependiendo de la persona. Y estas diferencias pueden ser abismales: desde coger un rato, cagar a tu pareja, hacer tríos, hasta encontrar la persona ideal para tu vida, formar una familia con hijos y todas las de la ley. Algunos entran para ofrecer sus servicios. Otros simplemente por morbo.

Como dije al principio, sólo algunos están jugando. Y jugando con algo muy delicado: los sentimientos de extraños. Extraños quienes están jugando por distintas razones, con distintos objetivos. Muchos están aburridos. Algunos son tímidos. Algunos no tienen otra opción para conocer a alguien. Algunos están muy solos. Algunos están muy tristes. Y algunos… Algunos nunca reciben la conexión de nadie y lloran frente a la pantalla, rogando por un milagro que los haga sentirse deseados por alguien.

Desinstalando…

 


 


Una flor ante el alud


Foto: Claudia Almeda

Gracias a Claudia por la foto y la inspiración.

Se miró al espejo intentando entender lo que estaba pasando. Nunca había estado en una circunstancia así. O al menos no lo recordaba. ¿Y ahora?, se preguntaba. La situación se había puesto tensa y sentía una terrible angustia que recorría su cuerpo. Respiraba agitada, sus manos temblaban y tenía ganas de llorar. Podía hacerlo, claro, nadie la estaba observando. Pero no quería desmoronarse en ese momento tan crítico.

Hacía tiempo que venía intentando manejar esta situación, pero todo se había complicado. Primero pensó en lo que acababa de ocurrir; cada palabra retumbaba en su cabeza, cada gesto, cada sensación. Y volvió a sentir esa desazón, ese desasosiego. Sabía que los errores se habían desencadenado uno tras otro, casi como una bola de nieve. Pero ella nunca había escuchado el pequeño temblor que había generado el desprendimiento inicial. Y ahora no tenía vuelta atrás. ¿Cómo podría estar ocurriendo esto?

No tenía mucho tiempo, pero algo tenía que hacer. Analizó las posibles soluciones. Salir corriendo era una opción. Miró a su alrededor buscando una ventana salvadora, pero ésta tenía rejas por el exterior y sería imposible escapar por ahí. Quizás podría hacerse la desmayada pero, ¿cuánto duraría la actuación? Al fin y al cabo, iba a tener que enfrentar el tema; hoy, mañana, pasado. No, tenía que buscar una opción que fuese realista.

¿Aceptar? ¿Era una opción aceptar el problema? ¿Hacerse cargo valía la pena? Lo pensó. No tenía mucho tiempo, pero analizó si salir y decir que ella se había equivocado era suficiente para sacarse semejante carga de los hombros. Imaginaba que sí. Pero… un momento. Ella no tenía la culpa de lo que estaba pasando. No era ella. No, no. No tenía por qué ser quien asumiera dicha responsabilidad. Ella no tenía nada que ver. Todos pueden equivocarse, todos pueden tomar el camino equivocado. A veces a conciencia, a veces no. Pero ella no era la culpable de este complejo entramado de problemas que derivó en esta extraña situación que estaba viviendo.

¿Entonces? No, tenía que buscar otra opción. Estaba muy nerviosa. Sintió sus manos húmedas y notó que la transpiración comenzaba a recorrerle el cuerpo. No encontraba una solución. De pie, apoyó todo su cuerpo sobre sus dos brazos estirados y bajó la cabeza. Casi con resignación. Cerró los ojos. Intentaba pensar.

Tocaron a su puerta. Levantó la cabeza y se volvió a mirar al espejo con la respiración entrecortada. ¿Y ahora?

 


 


Día uno


The corridor of the sky
Foto: julajp (A while busy)

Ella llevaba una vida como cualquier otra. Su vida profesional y su vida amorosa flotaban en un mar no del todo calmo. Había cambiado de trabajo dos veces en los últimos tres años y ya sentía, a sus 35, que su tren había pasado y lo único que podía esperar era mantenerse con el sueldo que le pagaban. Atrás habían quedado esos sueños de “ser exitosa” o convertirse en “algo”. De hecho, se preguntaba en líneas generales qué es lo que realmente uno esperaba al comenzar su vida laboral. Intentaba recordar para qué había estudiado, con qué objeto. No lo tenía muy claro. Ahí estaba, con un título, pero peleándola para llegar a fin de mes. Hacía números y veía que el aguinaldo era lo único que le permitía mantenerse a flote. El resto de los meses le costaba mucho gastar menos de lo que cobraba. Y no porque fuese una derrochadora compulsiva, sino porque tener que pagar las cuentas, los servicios, los impuestos, el crédito al banco y la tarjeta de crédito la dejaba casi sin aire para llegar a fin de mes y siempre terminaba usando algo de lo ahorrado. Cada tanto se daba el gusto de viajar, su único gusto real, la única realidad por la cual vivía la vida que eligió… o por lo menos que creía que había elegido. Estaba en la época en donde veía todo muy gris.

Además, tenía a su novio a quien había conocido hacía 15 años ya. Con él estaba todo bien. O, mejor dicho, estaba todo normal. Si, sonaba raro. Normal. Es decir, acostumbrada. Las hormigas en el estómago ya habían muerto hacían mucho tiempo, y estar junto a él era más una rutina que otra cosa. Lo veía viernes, sábados y domingos, porque no vivían juntos. Bah… Habían vivido juntos hacía algunos años, pero no había funcionado. Luego de separarse, se volvieron a encontrar seis meses después y ahora se estaban dando una segunda oportunidad… desde hacía dos años. Pero no vivían juntos. Ella quería independencia, pero al mismo tiempo necesitaba la seguridad de tener a alguien a su lado. O al menos eso le dijo la psicóloga. Así que se mantenía de esa manera: tranquila, segura, cómoda. En la cama él estaba bien. A veces le gustaría que él le genere algo más que un orgasmo, pero bueno. Últimamente tenía que agradecer que llegaba al orgasmo, ya que más de una vez lo fingía para que él no se sintiera mal. A veces los hombres son tan sensibles sobre si la mujer acaba o no… Imbéciles.

Hacía tiempo había trabajado junto a un flaco que le pareció muy interesante, pero al cual vio solamente durante tres o cuatro meses. Estaban dentro de la misma área y, pese a que tenían tareas distintas, habían conversado y cruzado temas laborales en un par de oportunidades. Lo tuvo enfrente durante todo ese tiempo y cuando él no la veía ella lo miraba. Observaba sus ojos, su nariz algo prominente, sus orejas, la incipiente barba y el arito que llevaba en la oreja derecha. Era como una cruz, un poco femenino pensaba ella, pero que no le quedaba mal.

Una mañana se descubrió con ganas de llegar a la oficina para verlo. Eso la asustó y le hizo re pensar la relación que tenía con su novio. Era toda una vida, no podía tirar todo por la borda por una calentura. Sin embargo, días después se enteró que el pibe no trabajaba más con ellos. Ella se sintió triste y ahí notó que algo había calado profundo. Aunque no entendía bien qué.

Él, por otro lado, era un flaco algo tosco, con modales que querían ser correctos, pero que no siempre eran así. Su vida profesional era inexistente. Iba saltando de un trabajo a otro con pocas esperanzas de tener un futuro mejor. Estaba acostumbrado a esto. Para él el trabajo era simplemente un trámite diario que debía cumplir si quería comer. Alquilaba un pequeño monoambiente con un amigo con el cual había podido encontrar la manera de tener una convivencia tranquila. Ninguno de los dos tenía dónde caerse muerto, así que si no hacían las cosas bien no tenía posibilidades de alquilar algo. Y como ninguno tenía familia, las opciones se reducían a esto o pagar una habitación en un hotel de mala muerte por más plata.

Su vida amorosa era inexistente. Un perdedor nato. Cada tanto picoteaba algo por acá o por allá, pero nada formal. Simplemente sentía que aún no había llegado esa persona especial. Mientras tanto, que sea lo que sea. No había apuro.

Entre tantos trabajos aterrizó en uno dónde conoció a una chica que le pareció muy bonita. Se sentaba frente de él. A veces notaba que ella lo miraba, pero él no se atrevía a levantar la mirada para cruzarse con ella. Le daba vergüenza. Se sentía muy cómodo cuando ella le hablaba, pero tenía pánico. Ella era linda, muy dulce al hablar y sentía que cuando hablaban tenían algunos puntos en común. Pero para él era un sueño imposible. Ella tenía novio desde hacía muchos años. No sabía si estaba casada, si vivía con él o no. Pero sabía que una chica como ella jamás le prestaría atención a un flaco como él. ¿Qué le podría interesar de mí? Un día vio una foto de ella con su novio y se sintió menos que una pulga. El flaco era re fachero, grandote, un ganador total. Él simplemente era él. En algún momento pensó tantear el terreno a ver si ella le prestaba algo de atención. Quizás ver si podían ir a tomar algo juntos. Pero nunca lo hizo. Tenía miedo al rechazo.

Un día lo llamó el gerente de Recursos Humanos y le dijo que no tenían lugar para él en la empresa. No le sorprendió, pero cuando juntaba sus cosas para irse no había nadie en la oficina de quién despedirse y eso le dio un poco de tristeza, en especial por no poder despedirse de ella.

El tiempo pasó. Los recuerdos comenzaron a borronearse.

Una noche ella llegó a su casa cansada del día laboral. Su novio la había invitado a salir, pero ella no tenía ganas. Y se lo dijo. Y él se enojó, como se enojaba siempre: un poco de berrinche, pero nada más. Ella estaba agotada, no sólo por su trabajo, sino también de él. Sentía que ya todo había terminado. Sentía que su duelo ya estaba cumplido. Ahora tenía que hablar y decirle lo que sentía, aunque el futuro fuese una incógnita. Así que decidió aceptar la salida. Y ahí mismo se lo dijo. Y él no le creyó. Ya se te va a pasar, le dijo. Ella se levantó y se fue. Nunca más habló con él. Y se sintió feliz. Y el tiempo pasó. Y las heridas sanaron.

Del otro lado de la ciudad, él seguía pasando de un trabajo a otro, pero en este último se sentía más estable. Habían pasado casi ocho meses y aún estaba ahí. Estaba contento por ese pequeño logro. Pero cada tanto volvía el recuerdo de ella. ¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Me recordará?

Una noche de martes él se fue a dormir, como todas las noches. Y soñó. Y soñó con ella. Casi la había olvidado. Ahí estaba ella, tan cerca y tan lejos. Lo miraba y él sentía una fuerte atracción. Se despertó pensándola.

Esa misma noche, ella se fue a dormir, también como todas las noches. Y soñó. Y soñó con él. Casi lo había olvidado. Pero ahí estaba él, tan cerca y tan lejos. Lo miraba y ella sentía una fuerte atracción. Se despertó pensándolo.

El la buscó por las Redes Sociales, y la encontró. Ella lo buscó por las Redes Sociales, y lo encontró. Él le mandó una invitación. Ella no se atrevió a hacerlo, pero para su asombro, vio como una solicitud de él aparecía frente a sus ojos. Su corazón empezó a latir fuerte. ¿Cómo puede ser que la casualidad sea tan grande? Anoche soñé con él y ahora aparece esto.

Aceptó.

Hola, dijo él. Hola, dijo ella.


Paz


#blur #reflection
Foto: tai-nui

Mi conciencia se había perdido. No recordaba dónde estaba. El silencio lo colmaba todo, pero no era un silencio sepulcral y rígido. Era más bien el silencio de la calma, de la tranquilidad. Los colores pasteles dominaban la escena difuminando las líneas que separaban los objetos, en una comunión casual. Tenía conciencia de mi ser, pero mi cuerpo no tenía peso. Me entendía sentado, cruzado de piernas. A mi lado estabas vos, en la misma posición, rozando nuestros brazos. Sonreíamos.

Y me dabas paz. Así de simple, así de profundo. Esa paz que no esperaba tener, pero que tenía.

Paz.

 


 


La esquina


Shadows and silhouettes
Foto: M.G.N. – Marcel

Este texto fue publicado originalmente en Bardo Magazine.

Bajó del subte como todos los días, acalorado por el incómodo viaje. Sus pensamientos volaban saltando de una idea a otra; de un recuerdo a otro. Se sentía muy nostálgico. Tenía ganas de llegar a su casa y descansar. Sabía que aún tenía que poner ropa a lavar, cocinar e intentar hacer todo eso antes que empiece el partido.

Puso sus pies en la escalera mecánica que iba del andén al lobby de la estación y cuando miró hacia abajo cruzó los ojos de una chica de no más de treinta años. Sintió que su mirada era distinta y eso le generó un pequeño sobresalto que le gustó. Que lindos ojos tenía. Profundos, brillantes. Siempre es bueno sentir que alguien te mira, más si se encuentra dentro del universo de personas que uno buscaría para entablar una relación. Era bonita.

Siguió subiendo y notó que la chica que estaba a su lado lo miraba de reojo. Ella era un poco más joven que la anterior, pero de todas maneras le prestó atención y volvió a sentir un pequeño cosquilleo. Él le sonrió, pero no consiguió respuesta visible. Y bueno, pensó, esto es así. Al menos sentir que dos chicas lo miraban alimentaba su maltratado ego.

Cuando llegó al lobby y apuró el paso para pasar por los molinetes se cruzó con una señora de unos sesenta años. Ella lo observó de manera pesada y algo seria. No le gustó mucho esa mirada, pero empezó a preguntarse si lo miraban por algo en particular. ¿Tendré algo en la cara?, dudó. Se pasó la mano por la nariz para confirmar que estuviera limpia y quiso mirarse en algún reflejo para ver si no tenía algo más dándole vueltas por la cara.

La escalera que salía a la superficie también servía para que los nuevos pasajeros entraran. Comenzó a subir y levantó la vista. Una señora de unos cuarenta años que bajaba lo miraba fijamente y eso lo intranquilizó, pero no pudo ni darse cuenta del por qué ya que el señor detrás de ella, de unos cincuenta, también lo miraba. Algo debía estar mal. Detrás de él tres adolescentes de unos quince años, quienes bajan gritando y riendo, detuvieron su jolgorio apenas lo vieron y lo observaron con una mirada extraña y seria. Él sintió que el corazón le daba un salto.

Salió a la superficie y comenzó a caminar las cinco cuadras que lo separaban de su casa. Necesitaba confirmar que todo estaba bien. Pero la actitud de las personas que lo cruzaban no cambiaba.

Primero fue un pibe de no más de doce o trece años que lo miró fijamente, casi al mismo tiempo la mamá de éste posó su mirada en sus ojos. Metros más adelante el florista no apartó su vista de él y el canillita lo vio y silbó en tono preocupante. Algo debía estar realmente mal.

Cuando llegó a la esquina se miró en el reflejo de un vidrio, pero no notó nada raro. Cuando cambió el foco advirtió que desde adentro lo estaban observando fijamente. Y esto lo asustó. Comenzó a acelerar el paso. Quería llegar a su casa de una buena vez. Intentaba no mirar a nadie, pero cada vez que levantaba la vista todos lo estaban observando. Uno tras otro. Hombres, mujeres, chicos, chicas, ancianos. Rubios, morochos, con pelo largo, corto, enrulado, teñido, pelados. Ricos, pobres. Incluso los que iban en autos, motos, camiones, colectivos. También el verdulero, el carnicero, la vendedora, la farmacéutica, el mozo. Todos.

Su corazón dio un salto cuando cruzó la mirada con un bebé y éste se puso a llorar. Tenía miedo. Quería ver qué pasaba, quería solucionarlo.

Repentinamente se dio vuelta para ver que ocurría detrás suyo y se sobresaltó con las miradas de todos que habían parado para verlo. Su angustia aumentó. Tenía ganas de llorar. ¿Qué mierda pasaba? ¿Qué tengo? Ya quedaban pocas cuadras.

Llegó a la última esquina y antes de cruzar la avenida sintió un calosfrío. Levantó la mirada y frente suyo estaba el hombre de negro, el cual, sin rostro, lo miró fijamente. Él se detuvo en seco y sintió el frío que lo rodeaba.

Vamos, le dijo. Y cruzó la calle junto al hombre oscuro.

Y caminaron.

Fue un desastre, dijo un señor que caminaba por ahí. No sé qué le pasó. El periodista intentaba calmarlo. Yo lo vi pasar, pero no sé, estaba caminando mirando para el piso, como distraído. Y el semáforo estaba en verde. Y el colectivo venía muy rápido y no pudo hacer nada para parar. Escuché el ruido del golpe y luego se sintió el ruido de la cabeza que golpeaba contra el piso. Pobre pibe, estaba destruido. Cuando llegaron los médicos ya era tarde. Una pena, che.

La gente se arremolinó al lado del cuerpo sin vida del chico. Se escuchaban gritos y llantos. Los médicos no intentaron hacer nada porque nada había para hacer. El chofer del colectivo estaba en medio de una crisis de nervios. El tránsito estaba detenido, los autos tocaban bocina, los gritos se sucedían, la tristeza inundaba la esquina.

Pero más allá, a lo lejos, en la oscuridad reinante, él seguía caminando siguiendo al hombre de negro, por toda la eternidad.

 


 

Desconexión: Les Claypool And The Holy Mackerel – Running The Gauntlet (Les Claypool And The Holy Mackerel – 1996)


La doncella del navegante


Florencia

Foto: Florencia Pagano

Quiero agradecer a Florencia Pagano quien me prestó la hermosa foto que inspiró este cuento. No será la última que te pida prestada.

Ya había pasado la medianoche. El frío calaba los huesos, pero él había decidido caminar por las pequeñas calles adoquinadas del antiguo barrio. La cena había sido muy placentera y le había dado las fuerzas para recorrer la zona e intentar conocer un poco más el lugar. Era hoy o nunca ya que no sabía cuándo podría llegar a tener la oportunidad de volver. El pueblo le había parecido hermoso y fantaseaba con poder mudarse y empezar una nueva vida ahí. Pero era tan difícil. Nada lo encadenaba a su ciudad natal. Solamente sus propias ataduras, invisibles éstas. Si tan solo tuviera una excusa que le permitiera arriesgarse.

Las calles por donde caminaba estaban desiertas. Los edificios, bajos y antiguos, de colores opacos y uniformes, construidos con sólidas piedras siglos atrás, le daban al paseo cierto misticismo. Los pocos negocios de la zona estaban cerrados. Quería mirar todo al mismo tiempo: callejuelas, veredas, paredes, ventanas, luces… Pensaba en las historias que tendrían esas calles, esos pasajes, esas puertas. La brisa invernal golpeaba su rosto. Su imaginación flotaba en un océano profundo y él se dejaba llevar por la corriente.

La caminata sin rumbo lo llevó a una zona de pequeños pasajes solitarios y antiguos donde ya no había negocios sino simplemente viviendas, ninguna de más de tres pisos. Levantó la mirada y observó cuerdas que cruzaban la calle de lado a lado con ropa colgada, secándose. Como antaño, como hoy, como siempre. Volvió a mirar hacia adelante y observó una luz distinta al final de la calle. Era cálida.

Muy cálida.

Intentó adivinar de dónde provenía. Se acercó a ella lentamente. El color amarillo preponderaba por sobre las luces del pequeño pasaje. Llegó hasta el final del mismo y se encontró con una extraña tienda. Su vidriera estaba repleta de antigüedades, regalos y otras chucherías. No parecían los típicos recuerdos de un centro turístico. Todo parecía antiguo, pero no viejo. No era la típica vidriera cubierta de polvo que apilaba objetos olvidados. Al contrario, todo relucía. Miró a su alrededor y notó cómo las luces cálidas todo lo cubrían. Se sintió en otro lugar. Buscó los reflectores, pero no los encontró. La luz salía del interior.

Observó atentamente los objetos amontonados y distinguió entre ellos un pequeño camafeo. Sus bordes trabajados eran de un bronce oscuro, gastado por los años. La piedra central, de vetas grises y coloradas, tenía tallada la figura de una mujer que sonreía con la mirada al piso. Su rostro expresaba una mezcla de felicidad y vergüenza. Justo en ese punto donde se cruzan la alegría y la timidez. La imagen le produjo una sensación placentera.

Acercó su cara al vidrio para mirar dentro y notó que no había nadie. Caminó a la puerta y leyó un pequeño cartelito en ésta que indicaba que el local estaba abierto. Miró la hora: dos y media de la mañana. Puso su mano en el picaporte, éste cedió y la puerta se abrió.

Una campanita adosada a la puerta sonó anunciando su llegada. El perfume de sahumerios cautivó sus sentidos. Cerró la puerta y comenzó a observar los objetos a su alrededor. Sentía que había viajado en el tiempo. Las antigüedades se amontonaban de manera ordenada y armónica. Muebles de madera, arañas de bronce, copas de cristal de múltiples colores, antiguos cuadros, vajillas trabajadas, cubiertos brillantes, pequeños alhajeros, cajitas musicales… el lugar era un canto a la historia. Objetos que habían sobrevivido a las personas y al paso del tiempo. Esquivaron golpes, caídas y roturas. Habían cumplido su objetivo, y ahí estaban: años, décadas, siglos después quizás, esperando a que un nuevo dueño pueda seguir disfrutando de ellos.

Estaba maravillado.

Escuchó un ruido y vio a la vendedora salir de una puerta que estaba detrás del mostrador. Era una joven con el pelo oscuro, lacio, con reflejos violetas y mirada cautivante. Su oreja izquierda estaba llena de aros brillantes.

—Bienvenido —le dijo con una voz suave. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes y él tuvo que mirar para otro lado intentando contener los repentinos nervios.
—Ho-hola —tartamudeó—. Que-quería ver ese camafeo que tenés ahí en la vidriera.
—La doncella del navegante, imagino.
—¿Cómo?
—Digo que imagino que el camafeo que querés ver es La doncella del navegante —se acercó hasta la vidriera mientras él la observaba caminar—. Aquí está.

Colocó la pequeña pieza en las manos de él. Sus dedos apenas se rozaron. Un pequeño golpe eléctrico lo recorrió de pies a cabeza.

—¿Cómo sabías que era este el camafeo que quería?
—Puedo saber qué es lo que mis clientes quieren cuando los miro a los ojos… —Un silencio cruzó el ambiente—. No, mentira —sonrió—. Es el único camafeo que tengo en la vidriera.

Él admiró su sonrisa y también sonrió.

—No me sale hacer ese chiste. Siempre que lo intento me río antes. No soy buena para eso —. Su sonrisa era fresca y encantadora.
—Por un instante te empecé a creer.
—¿Y por qué lo harías?
—No sé. Es muy rara esta tienda. Es muy bonita, está alejada de la zona comercial… y está abierta a las dos de la mañana. No es algo común. Me pregunto si esto no es un sueño o alguna de esos cuentos malos en donde el comprador termina llevándose un objeto mágico, o algo así.

Ella emitió una risita contenida.

—Y yo debería ser algún viejo sabio con anteojos que fuma pipa y advierte al comprador que el objeto tiene una maldición y todo eso, ¿no?
—Imagino que sí.
—¿Me parezco a él?
—No —dudó—, pareciera que no.

Ambos sonrieron de buena gana. Él volvió a mirar el camafeo. El borde de bronce era muy bonito, pero la imagen, en sobre relieve, le parecía increíblemente cautivadora. Pasó el pulgar por sobre ésta para sentir sus formas. Era suave.

—La piedra es un ágata y es muy bonita —dijo ella—. Es del siglo XVI.
—¿En serio?
—Si.
—Ahora es cuando me hablás de la maldición y todo eso, ¿no? —preguntó buscando complicidad por parte de ella.
—No, no. No tiene ninguna maldición. Perteneció a un marinero británico de esa época que luchó en la guerra anglo-española. Comenzó a finales del siglo XVI. Su mujer le regaló este camafeo cuando él salió de su hogar para servir a su país. Estuvo luchando veinte años. Cuenta la leyenda que cada vez que él tenía que participar de una de estas batallas, tomaba el camafeo entre sus manos y recordaba a su esposa para darse fuerzas en la lucha y sobrevivir un día más. Y sobrevivió. Y volvió a su casa con su esposa para morir de viejo, junto a ella, muchos años después. Al momento de exhalar su último suspiro tenía este camafeo en el pecho, entre sus manos. A partir de ese momento el camafeo fue considerado un objeto que le da a su dueño la fuerza y la valentía de conseguir lo que quiera.
—Es una historia muy linda. ¿Es cierta?
—Depende de vos que la creas o no. Yo solo te la cuento para que la conozcas —dio media vuelta y caminó de nuevo al mostrador mientras continuaba—. Mi abuelo lo tuvo consigo durante muchos años y hace poco decidí ponerlo a la venta.
—¿Y por qué lo vendés? Si es algo tan valioso y con tanto poder, sería bueno que lo conserves.
—Quizás solamente quiero que alguien sea feliz —sonrió—, o tal vez mis palabras sean solo mentiras para que algún comprador incauto caiga en la trampa.

Él volvió a mirarla a los ojos y luego miró el camafeo atentamente. Estaba en muy buen estado para tener tantos años. Dudó.

—¿Qué precio tiene?
—¿Cuánto serías capaz de pagar por un objeto así? —preguntó con voz profunda, algo exagerada.
—No tendrá una maldición, pero te ponés misteriosa.
—Te gusta que sea así, ¿no? Te da curiosidad el camafeo y tenés ganas de comprarlo —. Se paró y fue hasta la vidriera para tomar el cartelito que indicaba el precio. Se lo dio en la mano y volvió detrás del mostrador.

El sacó su billetera, tomó su tarjeta de crédito y pagó sin decir una palabra. Ella colocó el camafeo en una pequeña cajita azul y ésta en una bolsita de cartón. Con una sonrisa extendió su mano para entregarle el regalo.

—Suyo. Que lo disfrute.

Se despidió y salió del negocio. La calle seguía exactamente igual a como estaba antes de entrar. Caminó recordando la charla y la leyenda que recién había escuchado. Llegó a la esquina y se detuvo pensativo. Miraba a su alrededor sin prestar atención. Analizaba la situación, las palabras, los gestos… Sacó la cajita de la bolsa y la abrió. Ahí estaba el camafeo. Hermoso, brillante. Cerró su mano sobre él, abstraído. Respiró profundo.

Dio media vuelta y regresó a la tienda. Se acercó a paso firme con el camafeo en su mano. Respiraba entrecortado. Estaba nervioso. Llegó a la puerta y la abrió. Volvió a sonar la campanita, pero con más vehemencia que la primera vez. Ella estaba aún en el mostrador haciendo unas anotaciones en un pequeño cuaderno con un lápiz negro. Se sobresaltó con el ruido y levantó la mirada. Lo vio a los ojos mientas él se acercaba. Estaba agitado, temblaba. Se paró frente a ella e intentó calmarse. Sus labios comenzaron a moverse.

—¿Puedo invitarte a tomar algo? —, dijo entre asustado y ansioso.

Ella bajó la mirada y sonrió.


 

Desconexión: Les Claypool – Riddles Are Abound Tonight (5 Gallons Of Diesel – 2005)


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