Desilusionada


After
Foto: Fabio Zenoardo

Y se hicieron las doce. Un nuevo año comenzaba y el caos de explosiones y fuegos artificiales comenzaba a cubrir el cielo de la ciudad. La noche se iluminaba por los festejos y la alegría. Todos celebraban con algarabía la fecha tan esperada para divertirse, bailar y emborracharse. Música, luces, gritos y ruidos de botellas descorchándose marcaban los festejos por todas partes. Los autos recorrían las calles con la música a todo volumen mientras tocaban bocina con un ritmo enfermizo y las familias se abrazaban más unidas que nunca. Las fotos y videos subían a las redes sociales como cataratas expresando una felicidad que tal vez no era representativa de la realidad, pero que cumplían en engañar a quienes las observaban del otro lado.

Pero ella no estaba ahí. Ella estaba en la mesa de su casa acompañada simplemente por un plato con una tortilla de papas a medio terminar, un vaso con un fondo de vino tinto y un turrón que no pudo ni empezar a comer. No tenía hambre. Se mantenía en silencio con la cabeza gacha mirando el desgastado pantalón que había utilizado cientos, o tal vez, miles de veces.

Recordaba otras fiestas. Desde que era chica siempre eran veinte o treinta personas. Su memoria la llevaba a acordarse cuando la reunión arrancaba temprano, seguramente a las ocho u ocho y media. Y no terminaban hasta que amanecía. Abuelos, padres, tíos, primos, amigos, vecinos. Todos se unían en una comunión única e irrepetible.

Pero hoy todo era distinto. El destino quiso que sus familiares fueran dejando el mundo poco a poco, y su constante falta de suerte en el amor hizo que nunca haya podido formar una nueva familia. Sus amigos también se fueron distanciando. Algunos por sus propias realidades y otros simplemente porque las personas cambian. Y los vecinos… bueno, ellos sólo son vecinos. En resumen: una sucesión de hechos fortuitos sumados a su propia incapacidad para mantenerse cerca de otras personas, hizo que el Año Nuevo la encontrara en silencio, sin ganas de festejar, rodeada por un vacío mucho más profundo que simplemente la falta de compañía.

El mundo continuó celebrando, pero ella no pudo ni comenzar a hacerlo. No había nada que festejar. Sus ojos, húmedos de impotencia, no podían ocultar lo que su corazón sentía: la angustia de la nada misma.

En su cabeza solamente quedaban unas oscuras notas de piano cada vez más olvidadas. La melodía ya no tenía sentido. Se preguntó dónde había quedado todo aquello que alguna vez la hizo feliz. Jamás imaginó que podía tener su corazón tan quebrado, angustiado y falto de vida. Estaba desilusionada con su realidad. Y no sabía cómo cambiar su destino. Apagó las luces y fue a su habitación. Miró el reloj y vio que apenas habían pasado quince minutos desde la medianoche. El mundo explotaba de alegría mientras ella, más pequeña que nunca, se dejaba caer en su cama en cámara lenta, derrotada una vez más, envuelta en un mar de congoja y deseando no volver a despertar. Nunca.

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