El lago púrpura


Lake Irwin, Colorado
Foto: Michael Levine-Clark

El lago tenía un color púrpura. Sus aguas no eran azules, ni celestes, ni siquiera verdes. Eran púrpuras. No entendía por qué. Miró el cielo vacío de nubes y pensó si tal vez el sol estaba generando algún tipo de ilusión óptica. Quizás sea eso, pensó. Pero no lo parecía. El pasto a su alrededor era más verde de lo que jamás había visto. Las montañas, en el fondo, mantenían sus distintos tonos que iban desde el marrón más profundo al ocre más débil. Miles de flores se arremolinaban aquí y allá gracias a la brisa, en una danza hipnótica. Las mariposas se posaban en ellas y se dejaban mecer por la mano de Céfiro, dios del viento oeste. A su derecha, imponentes árboles susurraban arrullos que nadie, excepto él, escuchaba.

Todo era normal, pero el lago era púrpura. O al menos eso era lo que le parecía. ¿Y si era una ilusión? ¿Importaba que lo fuese?

Se miró a sí mismo y se preguntó. Y se cuestionó. Y no logró entender. Pero se sentía bien. El lago púrpura le hacía bien. Estaba fuera de su comprensión, pero lo disfrutaba. ¿Por qué cambiarlo? ¿Por qué entenderlo?

Observó el pasto bajo sus pies desnudos y lo notó cómodo. Se sentó. Y ahí se quedó, en silencio. Disfrutando de la brisa, de la montaña, de los árboles, de las flores, del pasto… y del lago púrpura.

 

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