Archivo del Autor: Martín Coronado

Visitas


Creep
Foto: Yassin

Quizás la mecánica varíe un poco día tras día, pero el objetivo siempre es el mismo: dormir. A todos nos gusta dormir, o al menos eso creo. Incluso a los que tienen insomnio… Especialmente a los que tienen insomnio. No soy un dormilón y por momentos puedo aguantar mucho despierto, pero cuando me duermo, chau, nos vemos. Eso sí, cuando suena el despertador, casi que me levanto de un salto. Es como que entro en un coma profundo durante seis, siete, ocho… doce horas. Las que sea. Al salir de ese coma, todos los sentidos vuelven a mí de manera casi inmediata.

La mayoría de las veces, antes de dormir, aprovecho para leer un rato. Con algunas páginas es suficiente, aunque si el texto es interesante es probable que me quede mucho más de lo esperado. Y puede ser contraproducente porque me quedo acelerado o con ganas de más, pero me obligo a cortar porque veo que es muy tarde y al día siguiente seguramente tenga que madrugar.

Otros días tal vez me quedo viendo alguna película o serie. Me gustan mucho las películas mudas y me entretiene verlas, pero claramente su lenta cadencia de éstas y el sueño pueden conjugar un cóctel que haga que me duerma mucho más rápido. En cuanto a las series, pese a que no soy muy fanático de ellas, cada tanto me cuelgo viendo algún capítulo o dos. El “efecto Netflix” me ocurre solo de vez en cuando.

La tercera opción es directamente acostarme, apagar la luz, darme vuelta (duermo boca abajo, sí) y dejarme caer en los brazos de Morfeo. Nunca tuve problemas de sueño (bah… hubo una época que sí, pero ya pasó), así que en general cuando duermo, ni se gasten en despertarme, señores.

En todos los casos, cuando apago la luz, comienzo lo que creo que ese es el mejor momento: el de la calma previa a perder la conciencia. Ese que te permite disfrutar la comodidad de la cama ante el cansancio.

Al principio mantengo los ojos abiertos, acostumbrándome a la oscuridad. Ahí comienzo a detectar las primeras luces y las primeras sombras. Empiezo a distinguir cada objeto de la habitación: la mesita de luz, las puertas del placar, la lámpara en el techo… y no mucho más (mi habitación está casi vacía). Pero también noto la luz que entra por las rendijas de la persiana y que por momentos genera extrañas formas. Esas que en mi niñez despertaban mis miedos y ahora solo generan bonitos dibujos en la pared. O casi. En particular porque el viento mueve las hojas de los árboles y éstas tapan y destapan la luz exterior generando que las sombras se vuelvan fantasmas pululando a mi alrededor.

Luego cierro los ojos y ahí coloco mi mente en algo que me haga bien…

… algo que me guste o que me haga sentir cómodo…

… algo que me coloque en un estado placentero y que me ayude a cruzar la barrera que me separa del mundo de los sueños…

… y últimamente mis pensamientos se centran en lo mismo…

… una y otra vez…

… una y otra vez…

… y me da paz…

… mucha paz…

… lo cual sé que me va a permitir dormir plácidamente…

… a veces termino soñando eso mismo…

… a veces, no…

… y a veces…

… a veces no lo sé…

… ustedes saben lo raros que son los sueños…

… y mantengo esos pensamientos placenteros en mi mente…

… y me relajo…

… y me siento desvanecer…

… y me siento… perdido en un… mundo distinto mientras… mis párpados no… soportan el peso…

… y los… pensamientos se… vuelven difusos, borrosos…

… y… siento… que… pierdo… la… conciencia…

-“Ey”, me saluda con una sonrisa.

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Desilusionada


After
Foto: Fabio Zenoardo

Y se hicieron las doce. Un nuevo año comenzaba y el caos de explosiones y fuegos artificiales comenzaba a cubrir el cielo de la ciudad. La noche se iluminaba por los festejos y la alegría. Todos celebraban con algarabía la fecha tan esperada para divertirse, bailar y emborracharse. Música, luces, gritos y ruidos de botellas descorchándose marcaban los festejos por todas partes. Los autos recorrían las calles con la música a todo volumen mientras tocaban bocina con un ritmo enfermizo y las familias se abrazaban más unidas que nunca. Las fotos y videos subían a las redes sociales como cataratas expresando una felicidad que tal vez no era representativa de la realidad, pero que cumplían en engañar a quienes las observaban del otro lado.

Pero ella no estaba ahí. Ella estaba en la mesa de su casa acompañada simplemente por un plato con una tortilla de papas a medio terminar, un vaso con un fondo de vino tinto y un turrón que no pudo ni empezar a comer. No tenía hambre. Se mantenía en silencio con la cabeza gacha mirando el desgastado pantalón que había utilizado cientos, o tal vez, miles de veces.

Recordaba otras fiestas. Desde que era chica siempre eran veinte o treinta personas. Su memoria la llevaba a acordarse cuando la reunión arrancaba temprano, seguramente a las ocho u ocho y media. Y no terminaban hasta que amanecía. Abuelos, padres, tíos, primos, amigos, vecinos. Todos se unían en una comunión única e irrepetible.

Pero hoy todo era distinto. El destino quiso que sus familiares fueran dejando el mundo poco a poco, y su constante falta de suerte en el amor hizo que nunca haya podido formar una nueva familia. Sus amigos también se fueron distanciando. Algunos por sus propias realidades y otros simplemente porque las personas cambian. Y los vecinos… bueno, ellos sólo son vecinos. En resumen: una sucesión de hechos fortuitos sumados a su propia incapacidad para mantenerse cerca de otras personas, hizo que el Año Nuevo la encontrara en silencio, sin ganas de festejar, rodeada por un vacío mucho más profundo que simplemente la falta de compañía.

El mundo continuó celebrando, pero ella no pudo ni comenzar a hacerlo. No había nada que festejar. Sus ojos, húmedos de impotencia, no podían ocultar lo que su corazón sentía: la angustia de la nada misma.

En su cabeza solamente quedaban unas oscuras notas de piano cada vez más olvidadas. La melodía ya no tenía sentido. Se preguntó dónde había quedado todo aquello que alguna vez la hizo feliz. Jamás imaginó que podía tener su corazón tan quebrado, angustiado y falto de vida. Estaba desilusionada con su realidad. Y no sabía cómo cambiar su destino. Apagó las luces y fue a su habitación. Miró el reloj y vio que apenas habían pasado quince minutos desde la medianoche. El mundo explotaba de alegría mientras ella, más pequeña que nunca, se dejaba caer en su cama en cámara lenta, derrotada una vez más, envuelta en un mar de congoja y deseando no volver a despertar. Nunca.


Siete años


Colgado(res)
Foto: cefuenco

Les aviso que esta historia no tiene final. Al menos de momento. En realidad, lo tenía. Pero ahora ya no. Todo comenzó como un pequeño relato sobre una experiencia que tuve a los siete años. Y no era mi idea llegar a publicar esto alguna vez. Simplemente lo bajé a palabras hace mucho para dejar registro del hecho, liberar mi mente de recuerdos sin sentido y que, tal vez, algún día sirva para vaya uno a saber qué. Hoy, treinta y seis años después, la historia tiene un significado. O algo así.

A los siete años, como les dije, viví una pequeña experiencia que fue tan especial, que hoy, varias décadas después, la recuerdo de manera muy clara. Y cuando digo “muy clara” estoy hablando de las sensaciones que tuve allá lejos y hace tiempo que no se han borrado, como si lo han hecho otras.

Todo comenzó cuando fui al cumpleaños de un compañerito de colegio. No quiero poner nombres propios… pero lo voy a hacer igual: estoy casi seguro que era el cumpleaños de Pablo. Cuando era chico no hacías la fiesta en un salón, sino en tu casa. Las familias más “pudientes” lo hacían en Pumper Nic, pero casi todos usábamos nuestro propio hogar. A mí no me gustaba. Es más: lo odiaba. Detestaba que mis compañeritos vengan a casa y se metan en mi pieza con mis juguetes. Tengo recuerdos de un cumple en donde la pasé mal y quería que todos se vayan. Pero bueno. Eso será otra historia para contar.

Este cumpleaños, como les dije, era en la casa de este tal Pablo. No éramos muchos. Tal vez cinco o seis, no sé. No tengo muchos detalles, pero si recuerdo un momento muy especial.

El juego era La Escondida. Uno contaba y el resto se ocultaba con el objetivo de que no te encuentren. Simple. (¿Para qué lo contás si todos conocemos el juego? Bueno, che…). En mi caso, elegí un lugar que consideraba el mejor de toda la casa: el placar de la pieza de Pablo. Lo hice una vez, dos veces y vaya uno a saber cuántas más. Pero en una de estas ocasiones junto a mí se sumó una nena. No recuerdo su nombre y no era del colegio. Seguramente alguien de la familia. Tenía mi edad y mi vaga memoria me hace acordar que tenía un vestido y dos colitas. Su pelo era castaño y hasta ahí llegan los recuerdos visuales. Ni siquiera tengo un boceto de las luces de su rostro.

Sin embargo, un recuerdo sí ha quedado firme en mi memoria hasta el día de hoy: lo que sentí cuando ella entró al placar conmigo. Estábamos en silencio, uno al lado del otro, iluminados solamente por los finos haces de luz que entraban por las rendijas de la puerta de madera, la cual no estaba cerrada del todo, claro. Recuerdo las sonrisas cómplices y nuestros dedos índices en nuestros labios reclamándonos silencio para no ser descubiertos. Me acuerdo estar a su lado y con una hermosa sensación que nunca había tenido. No, no malinterpreten, che. Tenía siete años. Era un hermoso sentimiento de “qué lindo estar a tu lado”, “que el tiempo se detenga” y “que ganas de quedarme acá por siempre”. En aquel momento no entendí a qué se debía esa sensación, ni por qué. Estaba tranquilo, feliz y no quería que eso terminase nunca. Creo que, a la siguiente vuelta del juego, volvimos a escondernos ahí y nuevamente esa sensación me colmó. Los últimos recuerdos que tengo son cuando me pasaron a buscar para volver a casa y la decepción posterior de dejar de estar con ella.

Nunca más la vi en mi vida.

Y acá terminaría el relato. O al menos eso supuse la primera vez que lo escribí. Esa sensación que tuve esa tarde de cumpleaños fue tan, pero tan fuerte que nunca llegué a olvidarla. Era algo nuevo, diferente y emocionante. Una alteración que sobrepasaba mis sentidos. Era algo que golpeaba en mi pecho, como un vacío, que era mitad placer y mitad miedo. Un sentimiento imposible de explicar. Y, claro, nunca más se volvió a repetir.

Hasta ahora.


Arena


***
Foto: Misha Sokolnikov

El viento soplaba muy fuerte haciendo que las olas golpearan la playa con violencia. La arena se mezclaba con la sal del océano en una danza caótica e hipnótica. Gruesas nubes negras, cargadas de agua y frío, hacían sentir como si no existiese ningún sol más allá de éstas. ¿El cielo había sido alguna vez celeste? ¿O desde el comienzo de los tiempos este gris plomizo todo lo cubre? La copiosa lluvia terminaba de completar el panorama cuasi apocalíptico. Las gotas, imponentes y pesadas, caían como filosas dagas sobre todo lo que tocara la superficie del planeta. Parecía el fin del mundo.

Él estaba sentado en la orilla en silencio. La tormenta lo había empapado y el viento y el frío le calaban los huesos. Pero luego de tanto tiempo a la intemperie ya no sentía nada. Apenas notaba como el agua goteaba abruptamente desde su pelo hacia su cara y su espalda. El frío de muerte que había sentido al principio ya no le mortificaba. Se había acostumbrado a eso. Por momentos la marea subía y el agua lo cubría casi hasta la cintura. Las olas lo golpeaban y él soportaba cada embate sin mover un músculo.

¿Cuánto invierno es capaz de soportar un alma? ¿Cuánto viento se puede resistir? ¿En qué momento se pierde la esperanza y uno empieza a resignarse? ¿Es acaso el Universo quien decide por nosotros? ¿O es simple casualidad?

Al principio escuchó un sonido distinto a los que estaba acostumbrado. Y luego percibió algunos más. Era como si alguien… Se dio vuelta y observó sus pies por primera vez. Estaba descalza, como él, y pudo notar cómo la arena se le había pegado en los empeines. Levantó la vista. “Una profunda mirada que cruza los sentidos. La cual te rinde a sus pies ante el simple contacto.”, recordó.

Y ahí, en ese preciso instante, sin que nada lo dejara prever, dejó de llover. Se sorprendió. Miró al cielo, casi como extrañando algo, y notó como las nubes empezaban a disiparse, dejando pasar los primeros rayos de sol en mucho tiempo. La temperatura comenzó a subir lentamente. ¿Qué había ocurrido?

Volvió a observarla. Ella lo interrogó con la mirada y el aceptó. Se sentó a su lado mientras acomodaba su infinito pelo negro, casi como el universo mismo. Y ahí se quedaron. Disfrutando el silencio.

Y el viento amainó.

Y la lluvia se detuvo.

Y el mar se calmó.

Y las nubes se disiparon.

Y el sol dio vida a todo a su alrededor.


Despojado


Elongación
Foto: Danilo Urbina

Este relato cuenta la pequeña historia de un hombre como cualquiera de nosotros, el cual, cuando llegó la noche, descubrió que estaba sangrando. Las heridas eran profundas, pero no dolían… al menos al principio. Cuando prestó real atención a las lesiones pudo ver la sangre y la podredumbre que contenían. Ahí comenzó el dolor. Mucho. Sin embargo, su primera reacción casi natural fue seguir con su vida como si nada ocurriese. Ignorando cada puntada. Ignorando cada gota de sangre que caía a su alrededor. Es normal que esto ocurra, pensaba, les pasa a todos. Se mentía.

Cada paso que daba era una nueva puntada, un nuevo cuchillo y más sangre. ¿Valía la pena tanto dolor? ¿Valía la pena intentar curarse? ¿Y si se tiraba al piso y se dejaba estar? ¿Alguien lo echaría de menos? Las dudas lo asaltaron. Lo meditó, quizás más de lo que debía. Así que, luego de mucho reflexionar, tomó una decisión, quizás la más importante de su vida.

O eso pensaba.

Sus pensamientos lo llevaron a comprender lo que estaba ocurriendo y entender que correspondía curar sus heridas. Pero para ello debía tocar fondo. Debía hundirse entre la mierda y aceptar su realidad. Y lloró. Lloró como nunca en su vida, soportando un fracaso que cargará durante toda la eternidad como una cruz. Descendió a los infiernos en busca de redención. Arrastró sus pies sobre ese camino pedregoso el cual lo lastimaba ante cada paso. Y sangró como nunca.

Se sentía ninguneado, insultado, denigrado. Se consideraba la persona más triste del mundo y continuar así era una agonía que no podía tolerar. Así que para soportar su calvario decidió cubrir su lacerado cuerpo con una pesada armadura y así resguardarlo de todo lo que lo pudiese lastimar aún más. La coraza era invisible, pero lo suficientemente gruesa para cubrir sus heridas y protegerlo. Recubría cada brazo y cada pierna. Tapaba su cabeza, espalda, pecho y, en especial, su corazón. De esta manera pudo salir a la calle nuevamente. Por fuera la armadura lo mostraba fuerte, recuperado, alegre… y todos lo notaban y lo felicitaban ante notable cambio. Estás muy bien, le decían. Y él sonreía… por fuera.

Pero debajo de ese escudo estaba un alma débil, que no paraba de luchar por sacarse los puñales clavados en su carne. Y cada movimiento que hacía en soledad para alejarlos de sí, dolían más. Así recorrió nuevos caminos, oscuros, casi en blanco y negro, con los sentimientos contenidos. Su corazón no sentía nada. No reaccionaba. Su cara sonreía, pero su corazón apenas latía. Arrastraba los pies destruyendo todo lo que se cruzaba por su camino. Cuando nadie lo veía, vomitaba las vísceras que podridas enfermaban su cuerpo. Nada le importaba. Cada sonrisa era simplemente un arma de defensa. Quizás lastimó a varios, pero no le importó. Y pese a que actuaba de manera distinta a su forma de ser, era el único modo que tenía para sobrevivir.

Desde afuera nadie notaba el infierno interior. Nuestro hombre parecía lo mismo que cualquier otro. Estás muy bien, le dijeron muchas veces. Y así estaba: muy cómodo y tranquilo. Él había decidido continuar su marcha de esta manera: alegre, feliz y contento por fuera; silencioso, parco y apático por dentro.

Pero a veces algo o alguien redobla la apuesta y nos saca de nuestro juego.

Y así ocurrió que, ante un descuido, en un momento en donde su cabeza no estaba atenta a sus heridas, notó como intentaron quitarle la armadura. No fue a sabiendas ni planificado. Simplemente la armadura se abrió y dejó entrar las primeras brisas frescas en mucho tiempo. Las primeras notas comenzaron a sonar brillantes. Y se asustó. No esperaba este cambio. Había decidido mantener su armadura hasta el final de sus días, pero el destino no quiso que así fuera.

Al principio cayó una pequeña sección de la armadura. Casi imperceptible, pero él lo notó. Miró dentro. Vio la piel casi transparente y cuando acercó el dedo notó que estaba muy sensible, casi como tocar carne viva. No puede caerse, no debe caerse, pensó. El miedo comenzó a apoderarse de él. Pero a medida que pasaban los días más y más pedazos caían desintegrándose y dejando amplias zonas del cuerpo expuestas al aire, a las miradas, a los comentarios, a los sentimientos.

Es difícil evitarlo, claro. Levantó la vista para intentar observar quién estaba destruyendo su armadura. Una profunda mirada cruzó sus sentidos, la cual lo rindió a sus pies ante el simple contacto.

Ahora nuestro hombre está demasiado sensible. Expuesto nuevamente al mundo. Cada pequeña brisa fresca que sopla a su alrededor siente que puede lastimarlo. Y en parte lo hace. La inseguridad lo paraliza. No quiere volver a lastimarse. Quizás deba volver a recubrirse de esa coraza que lo protegió todo este tiempo. Tiene miedo, mucho miedo. El mundo a su alrededor no es cómo era antaño. Sus lágrimas ya no son de dolor, sino de alegría y miedo. Un miedo hermoso que necesita transitar, aunque duela. Miedo al fracaso, miedo a que nuevas heridas aparezcan. No sabe si podría soportarlo. Pero tiene que intentarlo. Tiene todas las de perder, sin dudas, pero es la primera vez en años que siente el verde pasto humedeciendo sus pies desnudos. Pero no mira al horizonte. Está decidido a mirar el camino evitando mirar el destino. Y se repite: disfrutar el camino sin que importe el destino. Así tiene que ser.

Como les dije este relato cuenta la pequeña historia de un hombre como cualquiera de nosotros. Un hombre que fracasó, que se escondió, que lastimó y que, por misterios del destino, está saliendo de nuevo a la luz. Pero esta historia no termina acá. No. Hay mucho más para escribir. Pero en estos momentos, el papel está en blanco y la pluma, abarrotada de tinta, reclama liberación.


Ronroneos


Libro de visitas
Foto: Appleando

Dedicado a vos y a tu esfuerzo.

No estaba de ánimos. La recta final en la facultad había comenzado y sentía que el camino estaba más empinado que nunca. Eran solo dos materias. O mejor dicho, aún faltaban dos materias enormes. Complicadas, aburridas, casi imposibles. El esfuerzo de años parecía que quería caerse por la borda antes de llegar a buen puerto. ¿Por qué se sentía así?

Puso música y se sentó en una de las pequeñas sillas delate de la mesa. Inmediatamente su pequeña gatita negra se le subió al regazo. Comenzó a acariciarle el lomo mientras ésta se acomodaba sobre sus piernas ronroneando. Tomó un grueso broche de metal y se ató su largo pelo negro. Miró los apuntes que tenía que estudiar. Suspiró. Cada vez que las veía sentía que el camino se hacía más empinado aún. Mierda.

(Hola) Miró a su alrededor extrañada. ¿Qué fue eso? Prestó atención, pero no escuchó nada. Abrió los apuntes y continuó la lectura. Mierda. Mierda. Las frases por momentos eran incomprensibles. ¿A quién le importa todo esto? Las materias de relleno en una carrera son insufribles. Y más cuando son las últimas. Y más aún en pleno noviembre.

(Hola) Ahora si escuchó algo. ¿Alguien me está espiando?, pensó. No puede ser. Miró a su alrededor, pero no notó nada fuera de lo común. (Tranquila. Nadie te está espiando. Soy yo. Sé que estás frustrada con todo esto) Reconoció la voz. (Es la angustia de la incertidumbre. La incertidumbre de no saber si alguna vez esto va a terminar. Uno siente que es imposible, que va a estar estudiando las mismas materias una y otra vez y que nunca va a acabar. Y que todo el esfuerzo puede quedar en la nada). Ella escuchaba mientras acariciaba a su gata. Ésta seguía ronroneando. (Pero te voy a decir algo que tal vez te suene obvio: esa sensación la hemos tenido todos, en especial cuando estás con las últimas materias. ¿Sabés qué? Llegaste hasta acá debido al enorme esfuerzo que hiciste con las otras materias durante todos estos años. Muchas de ellas parecían imposibles, pero sin embargo las pudiste aprobar. Bueno, acá hay otro par de esas “imposibles”. Pero la realidad es que no lo son. Te voy a contar un secreto a voces: no se recibe ni el más inteligente, ni el más vivo, ni el más estudioso. Solamente se recibe el más perseverante. El que va y se choca contra la pared una y otra vez. Una y otra vez. Y que cuando se siente desahuciado, sigue intentándolo).

Ella cerró los ojos y la voz sonó más fuerte aún en su cabeza. (Nadie te regaló nada. Estás acá gracias a vos. Y lo que queda lo vas a pasar gracias a vos. Sos la heroína de tu propia vida. Tu fuerza de voluntad es capaz de levantar más kilos que cualquier campeón olímpico. Recordá tu pasado. Recordá esos momentos en donde te sentías perdida o que pensabas que nunca iba a dejar de doler. Y dejó de doler. Todo pasa, dicen. Y yo creo que es verdad. Todo pasa, y esto también pasará. Y cuando pase, recordarás este momento solo como un instante de angustia. Y te reirás. Y nos reiremos. Recordá: esto va a pasar. Te vas a chocar contra la pared como lo has hecho varias veces ya. Pero la pared va a ceder y vas a poder cruzarla una vez más. Parece imposible. Te aseguro, escuchame bien, te aseguro que no lo es. Cada momento en el cual estudiás es un paso más que das para llegar a ese ansiado destino. Nada es en vano. Nada. Cada minuto de estudio hoy es un minuto menos mañana).

Ella respiró profundamente. (Seguí. Yo me quedo acá, cerca tuyo, cuidándote). La voz se acalló. Ella abrió los ojos. La música seguía sonando. La gatita seguía sobre sus piernas profundamente dormida. Su ronroneo le generó una paz absoluta. Tomó nuevamente los apuntes y continuó leyendo.

Mientras tanto, a su lado, invisible, transparente, en silencio, él se quedó ahí. Acompañándola cada día, en cada página, hasta que llegue a la tan ansiada meta.


El lago púrpura


Lake Irwin, Colorado
Foto: Michael Levine-Clark

El lago tenía un color púrpura. Sus aguas no eran azules, ni celestes, ni siquiera verdes. Eran púrpuras. No entendía por qué. Miró el cielo vacío de nubes y pensó si tal vez el sol estaba generando algún tipo de ilusión óptica. Quizás sea eso, pensó. Pero no lo parecía. El pasto a su alrededor era más verde de lo que jamás había visto. Las montañas, en el fondo, mantenían sus distintos tonos que iban desde el marrón más profundo al ocre más débil. Miles de flores se arremolinaban aquí y allá gracias a la brisa, en una danza hipnótica. Las mariposas se posaban en ellas y se dejaban mecer por la mano de Céfiro, dios del viento oeste. A su derecha, imponentes árboles susurraban arrullos que nadie, excepto él, escuchaba.

Todo era normal, pero el lago era púrpura. O al menos eso era lo que le parecía. ¿Y si era una ilusión? ¿Importaba que lo fuese?

Se miró a sí mismo y se preguntó. Y se cuestionó. Y no logró entender. Pero se sentía bien. El lago púrpura le hacía bien. Estaba fuera de su comprensión, pero lo disfrutaba. ¿Por qué cambiarlo? ¿Por qué entenderlo?

Observó el pasto bajo sus pies desnudos y lo notó cómodo. Se sentó. Y ahí se quedó, en silencio. Disfrutando de la brisa, de la montaña, de los árboles, de las flores, del pasto… y del lago púrpura.

 


Globos negros


Texto originalmente escrito el 3 de abril de 2017.

¿Metallica en el Lollapalooza?, me pregunté cuando me enteré. ‘ta madre, ¿en serio voy a tener que ir a un festival donde toquen veinte bandas? Qué garrón. Y bueno, es Metallica. El resto, plástico de colores.

Compré la entrada apenas se confirmó que venían (el 28 de septiembre del año pasado). Fueron seis meses de espera. Lo últimos días me puse algo pesado. Creo que todo mi entorno soportó que me pusiera medio monotemático (perdón, pero soy muy débil en esto, al menos no es política).

El día del show lo arranqué muy temprano laburando desde casa. Estuve hasta el mediodía y ahí comencé el operativo para ir desde Belgrano hasta San Isidro. Cargué nafta y me fui para allá intentando llegar temprano para encontrar un lugar para estacionar en los alrededores del Hipódromo. El tránsito estaba complicado, pero el Waze me hizo dar muchas vueltas para evitar todo el quilombo y dejarme en el Hipódromo en 25 minutos. Una belleza. Eran casi las dos de la tarde.

Dejé el auto a cuatro cuadras de una de las entradas y me fui a almorzar. La idea era llenarme lo más posible para evitar tener hambre; no tenía muchas ganas de que me estafaran dentro del recital. Al menos, no mucho. Me encontré con Mumi, charlamos un rato y luego hice la cola para poder entrar. Y acá fue dónde encontré el primer contraste extraño: el público.

Claro, no estamos hablando de un recital de Metallica. Estamos hablando del Lollapalooza, otrora un show alternativo a la oferta musical de las grandes discográficas, hoy transformado en un show popular lleno de plástico y colores brillantes. Mientras esperaba para entrar se veían viejos roqueros, de estricto negro, con sus remeras de Metallica, Megadeth, Maiden, junto a adolescentes con sus remeras, pantalones y almas coloridas. El contraste me hizo acordar a la vez que fui a ver a Slipknot y en frente tocaba Lali Espósito: de un lado de la calle metaleros de negro y del otro lado nenas vestidas con polleras de colores.

Era raro. Nenas de no más de 15 o 16 años con brillitos en la cara y anteojos extravagantes se sacaban selfie tras selfie poniendo boca de pato… Algo surreal.

Entré al predio y de golpe noté que la experiencia me iba a exceder. Eran las cuatro de la tarde y, pese a que aún había mucho lugar, el volumen de gente ya era importante.

Primero, lo importante: pis. Me estaba haciendo pis. Fui a los baños pensando en que iba a esperar mucho, pero zafé: no había nadie. Ahora si, más relajado, comencé a recorrer el lugar. Demasiadas cosas, sin dudas. Comidas, remeras, patio cervecero sin cerveza (eh?), “actividades-re-copadas”, un sector para chicos, área de descanso (?) y los escenarios, claro.

Demasiado.

Suena a viejo si digo que estoy acostumbrado a llegar a un estadio, sentarme en el piso y esperar cinco horas hasta que toque la banda. Esto era algo nuevo para mi, pero bueno… Era raro pero decidí recorrer un poco más y buscar el escenario principal (vine a ver a Metallica, ¿recuerdan?). Algo que me preocupó era que desde un escenario se podía escuchar parte de lo que pasaba en otro.

Me acerqué al escenario principal cuando ya había terminado León Gieco. No había nadie, así que me fui bien adelante a sentarme en el pasto y a esperar. Mientras tanto, sobre el escenario, los plomos de Cage The Elephant comenzaron a preparar todo. Fue una hora de espera hasta que la banda yanki salió al ruedo, momento en el cual el sector se llenó de adolescentes coloridos. El show comenzó y de golpe me vi metido en medio de los saltos que realmente no me interesaban experimentar. Hay que saber cuáles batallas pelear, me dije (vengo usando mucho esa frase), así que empecé a retroceder y dejar que los chicos se divirtieran. Cage The Elephant estuvo bien. Sonaron decentes, pero no hay mucho que pueda decir. Su cantante, Matt Shultz, tiene mucho de Mick Jagger, y se nota en cada paso que da.

Cuando terminaron, el campo frente al escenario principal quedó casi vacío. Tenía dos opciones: irme para adelante de todo o irme a comprar algo para tomar y evitar el dolor de la sed. Todavía faltaba una banda antes de Metallica (unas tres horas y pico), así que decidí ir a comprarme algo… Dios santo, qué quilombo.

En este festival en lugar de entradas te dan una pulserita con un chip al cual le podés cargar plata para comprar dentro del predio “sin hacer colas”. Claramente esto es 100% chamuyo. Primero hice una cola para cargar la pulsera (lo pude haber hecho desde casa, pero bueno… no iba a meter plata que no sabía si iba a gastar) y luego tuve que hacer cola para comprarme algo para tomar, y luego una tercera cola para que me dieran lo que compré. De una cola en los shows tradicionales a tres colas en el Lollapalooza. Unos genios. En el patio cervecero (del cual dije que no vendían cerveza), había una cola enorme en donde decía “Recarga de pulseras”. Pésima idea, señor Lollapalooza.

Bien, para resumir: salir del escenario, recorrer medio predio, cargar la pulsera, hacer el pedido, que me lo dieran y volver al escenario me llevó 45 minutos. Me hice vivorita entre la gente y me acomodé bien adelante entre el público. Me fui tomando una de las botellas y me guardé la otra en el bolsillo para más adelante. Si, la bermuda que llevé tiene bolsillos grandes.

Bien, llegó la hora de Rancid. Durante varias semanas todo el mundo habló de lo descolgado que iba a estar Metallica en un festival como Lollapalooza, pero la verdad es que la banda más colgada era Rancid. Su música punk/hardcore era lo menos parecido al espíritu del festival. En cuanto salieron me pregunté: ¿quién es el indigente que canta? 😀 Tim Armstrong está MUY diferente a lo que recordaba. La vida le pasó por encima, parece.

Rancid (ya escribí varias veces Racing en lugar de Rancid… bueno, otra vez…) sonó muy bien. Mucho mejor que Cage The Elephant. Su show fue muy contundente. Punk al palo: temas de dos minutos, tres notas y listo. Palo y a la bolsa, como tiene que ser. Abajo fue una fiesta, pero se notaba que muchos de los que estábamos queríamos reservar energías.

Ahora si, la última espera: una hora y cuarto hasta que saliera Metallica. Estaba bien parado (a unos 5 metros de la valla delantera y a “un brazo” de la valla central), así que no pensaba moverme de ahí… pese al calor humano.

Ver a los plomos de Metallica laburar es apasionante. No porque sea Metallica, sino por el alto nivel profesional de los tipos. El plomo del batero probando cada tom, cada bombo, cada plato… hasta que vio que el redoblante tenía algún problema, así que se lo llevó para traerlo nuevamente diez minutos después para terminar de probar todo. Como sonaba, madre santa. Temblaba todo. El plomo de Robert se puso a probar el bajo… y sentía que se me derretían los oídos de lo grave que sonaba. El plomo de James sacó su guitarra e hizo una prueba bastante rápida (anotación: quiero que mi guitarra suene así: cruda, grave y muy clara). También probó una guitarra acústica que sonaba brillante y clara. También el plomo de Kirk salió e hizo una prueba muy veloz. La prueba de luces era interesante: se veía cómo las probaban en conjunto y luego una por una. Las movían, las cambiaban de color. Pero había una que no andaba. Llegó un plomo, arregló algo y al ratito estaba andando de nuevo. No sé. Cosas que vi mil veces, pero me siguen sorprendiendo. En especial con ese nivel de profesionalismo.

Finalmente llegó la calma antes de la tormenta. Los famosos “five minutes” que le anuncia a la banda que está todo listo y que solo faltan ellos. Miramos la hora: ya era. Y supimos que empezaba cuando empezó a sonar en los parlantes It’s A Long Way To The Top (If You Wanna Rock n’ Roll) de AC/DC. Cantábamos felices porque se venía la tormenta. Inmediatamente se apagaron las luces y, nuevamente, comenzó a sobar The Ecstasy Of Gold de la película The Good, The Bad And The Ugly. Como siempre. Como tiene que ser.

Y no, no fue una tormenta.

Fue el fin del mundo.

Hardwire, de su último disco, sirvió como tema de arranque… para volarte la peluca. Muy violento, gente, muy violento. Sonaban TERRIBLEMENTE fuerte (como la última vez), TERRIBLEMENTE claros y TERRIBLEMENTE ajustados. Yo estaba muy adelante, soportando una presión inmensa (luego me enteré del volumen de gente que había detrás mío). Creo que bajé la panza con solamente la presión. 😀

Engancharon con Atlas, Rise! y sentí que empezaba a quedarme afónico. Lo bueno de estar TAN apretado que podés ponerte en puntitas de pie, sacarle una cabeza a los que estaban delante y levantar los dos brazos. Mientras tanto, la botellita que tenía en el bolsillo sufría, pero bueno… Acá es donde me di cuenta que había tomado una sabia decisión: NO llevar el celular. Llevé solo el DNI, las llaves del auto, unos pesos y la SUBE (¿para qué la SUBE, Martín, si fuiste en auto? Y si pierdo la llave, ¿cómo vuelvo a casa a buscar la copia?). Eso me hizo estar 100% relajado sin preocuparme por nada. Creo que nunca estuve tan tranquilo en un show. Lo que tenía era casi imposible perderlo y nadie iba a poder chorearme el celu ni que se me caiga.

Lo temas empezaron a flotar uno tras otro: For Whom The Bell Tolls, The Memory Remains, One, para luego darle paso a algunos temas nuevos: Now That We’re Dead y Moth Into Flame (que manera de gritar este tema, no podía parar… me dolía la garganta). Siguieron con Harvester Of Sorrow (Mamá!, lo oscuro que sonó este tema!) y luego otro tema nuevo: Halo On Fire.

Y llegó una sopresa de puta madre: primero Trujillo nos clavó un (Anesthesia) Pulling Teeth y luego tocaron… Hit The Lights!!!

La concha de la lora, tocaron Hit The Light, la puta madre!!! Hit The Lights!!! Mierda, que manera de gritar y saltar y cagarnos a patadas… una belleza. Hit The Lights! Quedé destruido… y faltaba medio show aún.

Cada tanto teníamos que ayudar a sacar a alguien que no daba más o bancar el caos cuando tiraban una púa ya que nos volvíamos pirañas buscando carne fresca.

Nuevamente Sad But True sonó TERRRRRRIBLEMENTE grave, denso, oscuro, gordo… Violas en re sonando tan crudas… Que lo parió.

En todo esto un flaco que estaba agarrado a la valla se quejaba de que lo estaban apretando… Je, je… Sin palabras…

Siguieron con Wherever I May Roam, Master Of Puppets, Fade To Black y Seek & Destroy para despedirse antes de los bises (muy bueno el detalle de mostrar en las pantallas una entrada del 8 de marzo de 1993 en Vélez. Se me piantó un lagrimón).

Se fueron y ahí hacíamos cálculos, quedaban dos temas: Nothing Else Matters y Enter Sandman. Pero antes de eso nos sorprendieron con un Fight Fire With Fire muy rápida y muy ajustada; mi cuerpo pedía descanso.

Llegaron, ahora si, Nothing Else Matters y Enter Sandman para que todos saltemos, con lo que nos quedaba de energía, para despedirlos. Sentía que el show había durando muy poco (aunque fueron unas dos horas y veinte), lo cual me hizo dar cuenta lo bien que la había pasado.

¿Qué más decir? Hace algunos años que Metallica sumó a sus shows imágenes en las pantallas para contextualizar los temas (antes eran solo ellos cuatro y punto), lo cual estuvo muy bien.

Robert cumplió su tarea de manera sólida y se lo notaba muy contento (su alegría viendo a la gente saltar en For Whom The Bell Tolls lo decía todo).

Kirk fue el más parco. En esta gira se lo nota raro. Igual, eso no impidió que en su solo se pasara la guitarra por el culo como lo hacía en la gira del disco negro, allá por 1991-1993.

Lars, cada vez más ajustado. Luego del bajón técnico que tuvo durante 1996-2006, desde hace 10 años se los nota mucho mejor. Claro, nunca más va a volver a ser el batero que fue, pero estuvo muy bien.

Y James… Bueno, nada, ¿qué decir de James? Él es Metallica. Un front-man de puta madre que sabe cómo llevarnos para adelante. Por suerte hace muchos años volvió a ser el guitarrista preciso que era en los comienzos de su carrera. Hace tres años dije que lo invitaría a tomar unos mates. Ahora que sé que los toma, mucho más.

Bueno, no hay mucho más para contar. Se prendieron las luces y, cuando tuve nuevamente control de mi cuerpo, me vi totalmente empapado (las bermudas goteaban…) y sentía que las piernas no me respondían. Saqué del bolsillo la botellita de agua, que estaba a la mitad y muy caliente, y me la vacié en la cabeza.

La caminata hasta el auto fue lenta y dolorosa. Recordé que ahí tenía una botella entera de limonada, así que intenté apurar el paso. La vuelta fue increíble. Mientras el Waze me mostraba que las calles de la zona estaban en color bordó por el tránsito, su camino lleno de vueltas raras, me llevó a casa en 25 minutos. ¡Muy groso!

Me fui a dormir feliz, destruido, pero feliz. Era la séptima vez que los veía, y cruzo los dedos para que no sea la última.

*Do you want heavy? ‘tallica gives you heavy!*


Certificado de defunción


Texto originalmente escrito el 31 de marzo de 2014.

Llegamos al estadio temprano, con el suficiente tiempo para evitar cualquier posible quilombo que se pudiera dar al tener que recorrer 60 kilómetros en auto. Eran las cinco y media y aún faltaban 4 horas para que comenzara el show. Pero entramos y, luego de saludar al groso de Henry, nos fuimos para adelante, del lado izquierdo para comenzar la interminable espera de pie. De fondo, los parlantes pasaban algo de música pero poco variada (¿cuántos temas sonaron de Slipknot? ¿Quince?). Mientras tanto en las pantallas se anunciaba que podíamos, a través de mensajes de texto, votar por la canción número 18 del setlist para completar los 16 temas votados por el público a través de Internet y un tema nuevo, elección de la banda. Las opciones de esa canción 18 eran Ride The Lightning, Wherever I May Roam y Blackened. Me saqué el gusto de votar una vez a Ride… y suerte que no gasté más plata en ésto.

La espera se hizo laaaaarga. Rodrigo, Mariano, Emiliano y yo (con mi campera de jean recitalera que estaba cumpliendo 20 años de quilombos) estábamos de pie, a escasos 10 metros de las vallas mirando cada tanto el cielo y rezando para que no llueva (o si llovía, que durara todo el show para patear el tablero y que sea épico). Cada minuto que pasaba, dábamos un pasito más para adelante. Casi sin quererlo.

Cada tanto, las pantallas pasaban publicidad de la película Through The Never y el sonido que salía de ahí era increíble. Si suena la mitad de bien, pensaba, estaba hecho. Me iba a quedar corto.

A las 19 horas salió al escenario Cirse. No voy a hablar mucho de ellos. Realmente es una banda que no tiene nada que ver con Metallica y que estaban ahí solamente porque una productora puso guita. Hay miles de bandas metaleras que merecían estar ahí. Cirse (un rock con edulcorante símil Paramore) se subió al escenario e hizo lo que pudo. Media hora y chau.

En la espera me crucé con Carlos que estaba ahí, firme como nosotros, esperando la hecatombe.

A las 20 salió a tocar una grata sorpresa: la Orquesta de Reciclados de Cateura. Un grupo de chicos paraguayos de unos veinte años que tocan con instrumentos reciclados hechos de basura. Si, como lo leen: con basura. Sonaban desafinados (claro, si cuesta templar un violín, imaginate uno hecho con latas). Pero le pusieron todas las ganas. Tocaron a Beethoven, Apocalyptica y hasta un tema de Metallica. El aplauso fue arrasador.

Una vez que éstos bajaron faltaba aún una hora más de espera. Interminable. ¿Vamos a los bifes?

A las 21:30, puntual, comenzó a sonar por los parlantes It’s a Long Way to the Top (If You Wanna Rock ‘n’ Roll) de AC/DC, anuncio de que se venía el huracán. Al finalizar, las luces se apagaron y ante el grito ensordecedor las pantallas mostraron una pequeña peli en donde los mismos Metallica nos explicaban que este show había sido armado por nosotros, por nuestros votos, con nuestras canciones. Luego de varios chistes muy punzantes hacia si mismos (“toquen todo Lulu”) comenzó la intro Ecstasy Of Gold, de la película The Good, The Bad And The Ugly. Esa misma intro que utilizan desde mediados del 84 y vengo escuchando una y otra vez desde hace décadas. ¿Sonarían como esperaba?

Y me pregunto: ¿cómo se les va a ocurrir arrancar un show con Master Of Puppets? La puta que los parió!!!! Fue IMPRESIONANNNNNNNNNNNNNNNNTE!!!! Parecía que no iba a haber mañana. CAOS TOTAL Y ABSOLUTO. CAOS. Pensé que me moría. Los empujones, las avalanchas, los pisotones, los codazos, los saltos, el intento de ir para adelante y al medio y, entre todo eso, escuchar y cantar. Je… no era tarea fácil. El sonido era INCREÍBLEMENTE fuerte. No, miento. El sonido era ENFERMAMENTE alto. No recuerdo haber escuchado algo así de fuerte. Los bombos de Lars, cada vez que golpeaban, te retumbaban en el pecho; el bajo era una masa grave que te perforaba los tímpanos y te derretía el cerebro. En un momento de lucidez me pregunté: ¿esto será dañino a la salud? Pero antes de responder engancharon con Fuel y el caos no paró. Todos saltábamos al unísono intentando hundir el estadio. No había mañana; era hoy. Lo bueno del sonido era que, desde adelante, no era una bola de ruido. Al contrario. En medio de la batería y el bajo taladrando, las guitarras sonaban crudas y claras y la voz, increíblemente, era nítida y brillante. El conjunto de sonidos era muy claro pero… TERRIBLEMENTE fuerte. Una belleza.

No voy a ir tema por tema, pero voy a puntualizar algunas cosas interesantes: Sad But True, increíblemente leeeeenta y grave. No se puede hacer más lento, decía René Lavand. Y agrego: no se puede hacer más grave, denso y gordo.

Mi climax sonoro fue, sin duda, que hayan tocado … And Justice For All y Orion. Dos temas épicos que jamás tocaron acá y que me hicieron piantar una lágrima de emoción. (Nicolas, tocaron Justice y Orion, ¿entendés? Justice y Orion!).

Y James… James es un groso. Un frontman de la puta madre. Él es Metallica, disculpen el atrevimiento. Lo invitaría a tomar unos mates, sin dudas.

¿Qué más puedo decir? Es imposible explicarles en palabras lo que fueron estas casi dos horas y media de show. En donde me crucé, por adelante, todo el estadio. Si miran la foto atentamente, estoy ahí. Sip. Busquen.

Cuando las luces se prendieron me di cuenta que mi campera de jean recitalera, empapada, estaba totalmente desgarrada de un hombro al otro. Rota. Destruida. Ahí mismo firmé el certificado de defunción de la misma, la cual murió de la mejor manera: en un show de Metallica. Como tenía que ser.

La vuelta fue dura. Manejar de vuelta a Buenos Aires por la autopista en ese estado debería considerarse un atentado a la salud pública. Pero despacito, volvimos.

No vi a Metallica en un recital. Ellos pasaron por encima mío. Y ahí quedé: pisoteado, empapado, golpeado, lastimado, afónico y agotado, pero feliz.

PD: ¿cómo van a arrancar con Master Of Puppets? ¡Hijos de puta, fue criminal! 😀


Ladrillos



Roger Waters – The Wall

Texto originalmente escrito el 8 de marzo de 2012.

Anoche me fui a dormir con muchas imágenes en la cabeza: explosiones, aviones, madres, mares naranjas, helicópteros, maestros, bombas, tetas, televisores destrozados, súplicas desgarradoras, drogas, despedidas, aislamiento, preguntas, teléfonos sonando, habitaciones, cerdos, guerras, gusanos, fachos, hambre, lágrimas, juicios y castigos; todos separados por una incólume pared.

Me ha tocado, finalmente, la posibilidad de adentrarme en lo que para mí es la música llevada a su máxima expresión, en donde un débil artista ha expuesto sus miserias ante sus pares para redimirse, para liberarse, para que el mundo vea y sienta esa pared desmoronarse.

He visto cada ladrillo formar ese muro, blanco por fuera, pero cargado de cada una de esas espinas que nos tocan el corazón y nos separan de la realidad. Todos vivimos construyendo esa pared con nuestros ladrillos, nuestras espinas, nuestros problemas que nos hacen sentir deseos de aislarnos, de obnubilarnos, de gritar para que nos dejen en paz. Algunos, los más afortunados, vivirán toda su vida con la pared a medio construir, algunos se encerrarán sólo temporalmente hasta que encuentren la manera de derribarla y otros quedarán detrás de ella de por vida clamando por una salida; dependerá de la fuerza de cada uno.

Anoche vi el muro construirse, lo vi formarse ante cada suplicio, cada grito. Anoche vi el muro pintarse de frases, de ruegos, de odios, de penas. Anoche vi el muro elevarse, más alto de lo que uno se imaginaba, lo suficiente para que no puedas atravesarlo, separandonos. Anoche vi el muro mirarme, implacable diciéndome aquí estoy, soy quien te protege, te educa, te ama, te rige y te aisla. Anoche vi el muro en su frialdad, vomitando odios mientras disfruta su poder. Anoche vi el muro y su salida, un estigma para cargar tras de sí de por vida. Anoche vi el muro caer.

Una noche que sigue aún en mi memoria, intentando recordar cada detalle, cada sonido, cada imagen. Comparando cada ladrillo de esa pared con cada ladrillo de mi pared.

Yo tengo mis ladrillos, ¿y vos?

 



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