Globos negros


Texto originalmente escrito el 3 de abril de 2017.

¿Metallica en el Lollapalooza?, me pregunté cuando me enteré. ‘ta madre, ¿en serio voy a tener que ir a un festival donde toquen veinte bandas? Qué garrón. Y bueno, es Metallica. El resto, plástico de colores.

Compré la entrada apenas se confirmó que venían (el 28 de septiembre del año pasado). Fueron seis meses de espera. Lo últimos días me puse algo pesado. Creo que todo mi entorno soportó que me pusiera medio monotemático (perdón, pero soy muy débil en esto, al menos no es política).

El día del show lo arranqué muy temprano laburando desde casa. Estuve hasta el mediodía y ahí comencé el operativo para ir desde Belgrano hasta San Isidro. Cargué nafta y me fui para allá intentando llegar temprano para encontrar un lugar para estacionar en los alrededores del Hipódromo. El tránsito estaba complicado, pero el Waze me hizo dar muchas vueltas para evitar todo el quilombo y dejarme en el Hipódromo en 25 minutos. Una belleza. Eran casi las dos de la tarde.

Dejé el auto a cuatro cuadras de una de las entradas y me fui a almorzar. La idea era llenarme lo más posible para evitar tener hambre; no tenía muchas ganas de que me estafaran dentro del recital. Al menos, no mucho. Me encontré con Mumi, charlamos un rato y luego hice la cola para poder entrar. Y acá fue dónde encontré el primer contraste extraño: el público.

Claro, no estamos hablando de un recital de Metallica. Estamos hablando del Lollapalooza, otrora un show alternativo a la oferta musical de las grandes discográficas, hoy transformado en un show popular lleno de plástico y colores brillantes. Mientras esperaba para entrar se veían viejos roqueros, de estricto negro, con sus remeras de Metallica, Megadeth, Maiden, junto a adolescentes con sus remeras, pantalones y almas coloridas. El contraste me hizo acordar a la vez que fui a ver a Slipknot y en frente tocaba Lali Espósito: de un lado de la calle metaleros de negro y del otro lado nenas vestidas con polleras de colores.

Era raro. Nenas de no más de 15 o 16 años con brillitos en la cara y anteojos extravagantes se sacaban selfie tras selfie poniendo boca de pato… Algo surreal.

Entré al predio y de golpe noté que la experiencia me iba a exceder. Eran las cuatro de la tarde y, pese a que aún había mucho lugar, el volumen de gente ya era importante.

Primero, lo importante: pis. Me estaba haciendo pis. Fui a los baños pensando en que iba a esperar mucho, pero zafé: no había nadie. Ahora si, más relajado, comencé a recorrer el lugar. Demasiadas cosas, sin dudas. Comidas, remeras, patio cervecero sin cerveza (eh?), “actividades-re-copadas”, un sector para chicos, área de descanso (?) y los escenarios, claro.

Demasiado.

Suena a viejo si digo que estoy acostumbrado a llegar a un estadio, sentarme en el piso y esperar cinco horas hasta que toque la banda. Esto era algo nuevo para mi, pero bueno… Era raro pero decidí recorrer un poco más y buscar el escenario principal (vine a ver a Metallica, ¿recuerdan?). Algo que me preocupó era que desde un escenario se podía escuchar parte de lo que pasaba en otro.

Me acerqué al escenario principal cuando ya había terminado León Gieco. No había nadie, así que me fui bien adelante a sentarme en el pasto y a esperar. Mientras tanto, sobre el escenario, los plomos de Cage The Elephant comenzaron a preparar todo. Fue una hora de espera hasta que la banda yanki salió al ruedo, momento en el cual el sector se llenó de adolescentes coloridos. El show comenzó y de golpe me vi metido en medio de los saltos que realmente no me interesaban experimentar. Hay que saber cuáles batallas pelear, me dije (vengo usando mucho esa frase), así que empecé a retroceder y dejar que los chicos se divirtieran. Cage The Elephant estuvo bien. Sonaron decentes, pero no hay mucho que pueda decir. Su cantante, Matt Shultz, tiene mucho de Mick Jagger, y se nota en cada paso que da.

Cuando terminaron, el campo frente al escenario principal quedó casi vacío. Tenía dos opciones: irme para adelante de todo o irme a comprar algo para tomar y evitar el dolor de la sed. Todavía faltaba una banda antes de Metallica (unas tres horas y pico), así que decidí ir a comprarme algo… Dios santo, qué quilombo.

En este festival en lugar de entradas te dan una pulserita con un chip al cual le podés cargar plata para comprar dentro del predio “sin hacer colas”. Claramente esto es 100% chamuyo. Primero hice una cola para cargar la pulsera (lo pude haber hecho desde casa, pero bueno… no iba a meter plata que no sabía si iba a gastar) y luego tuve que hacer cola para comprarme algo para tomar, y luego una tercera cola para que me dieran lo que compré. De una cola en los shows tradicionales a tres colas en el Lollapalooza. Unos genios. En el patio cervecero (del cual dije que no vendían cerveza), había una cola enorme en donde decía “Recarga de pulseras”. Pésima idea, señor Lollapalooza.

Bien, para resumir: salir del escenario, recorrer medio predio, cargar la pulsera, hacer el pedido, que me lo dieran y volver al escenario me llevó 45 minutos. Me hice vivorita entre la gente y me acomodé bien adelante entre el público. Me fui tomando una de las botellas y me guardé la otra en el bolsillo para más adelante. Si, la bermuda que llevé tiene bolsillos grandes.

Bien, llegó la hora de Rancid. Durante varias semanas todo el mundo habló de lo descolgado que iba a estar Metallica en un festival como Lollapalooza, pero la verdad es que la banda más colgada era Rancid. Su música punk/hardcore era lo menos parecido al espíritu del festival. En cuanto salieron me pregunté: ¿quién es el indigente que canta? 😀 Tim Armstrong está MUY diferente a lo que recordaba. La vida le pasó por encima, parece.

Rancid (ya escribí varias veces Racing en lugar de Rancid… bueno, otra vez…) sonó muy bien. Mucho mejor que Cage The Elephant. Su show fue muy contundente. Punk al palo: temas de dos minutos, tres notas y listo. Palo y a la bolsa, como tiene que ser. Abajo fue una fiesta, pero se notaba que muchos de los que estábamos queríamos reservar energías.

Ahora si, la última espera: una hora y cuarto hasta que saliera Metallica. Estaba bien parado (a unos 5 metros de la valla delantera y a “un brazo” de la valla central), así que no pensaba moverme de ahí… pese al calor humano.

Ver a los plomos de Metallica laburar es apasionante. No porque sea Metallica, sino por el alto nivel profesional de los tipos. El plomo del batero probando cada tom, cada bombo, cada plato… hasta que vio que el redoblante tenía algún problema, así que se lo llevó para traerlo nuevamente diez minutos después para terminar de probar todo. Como sonaba, madre santa. Temblaba todo. El plomo de Robert se puso a probar el bajo… y sentía que se me derretían los oídos de lo grave que sonaba. El plomo de James sacó su guitarra e hizo una prueba bastante rápida (anotación: quiero que mi guitarra suene así: cruda, grave y muy clara). También probó una guitarra acústica que sonaba brillante y clara. También el plomo de Kirk salió e hizo una prueba muy veloz. La prueba de luces era interesante: se veía cómo las probaban en conjunto y luego una por una. Las movían, las cambiaban de color. Pero había una que no andaba. Llegó un plomo, arregló algo y al ratito estaba andando de nuevo. No sé. Cosas que vi mil veces, pero me siguen sorprendiendo. En especial con ese nivel de profesionalismo.

Finalmente llegó la calma antes de la tormenta. Los famosos “five minutes” que le anuncia a la banda que está todo listo y que solo faltan ellos. Miramos la hora: ya era. Y supimos que empezaba cuando empezó a sonar en los parlantes It’s A Long Way To The Top (If You Wanna Rock n’ Roll) de AC/DC. Cantábamos felices porque se venía la tormenta. Inmediatamente se apagaron las luces y, nuevamente, comenzó a sobar The Ecstasy Of Gold de la película The Good, The Bad And The Ugly. Como siempre. Como tiene que ser.

Y no, no fue una tormenta.

Fue el fin del mundo.

Hardwire, de su último disco, sirvió como tema de arranque… para volarte la peluca. Muy violento, gente, muy violento. Sonaban TERRIBLEMENTE fuerte (como la última vez), TERRIBLEMENTE claros y TERRIBLEMENTE ajustados. Yo estaba muy adelante, soportando una presión inmensa (luego me enteré del volumen de gente que había detrás mío). Creo que bajé la panza con solamente la presión. 😀

Engancharon con Atlas, Rise! y sentí que empezaba a quedarme afónico. Lo bueno de estar TAN apretado que podés ponerte en puntitas de pie, sacarle una cabeza a los que estaban delante y levantar los dos brazos. Mientras tanto, la botellita que tenía en el bolsillo sufría, pero bueno… Acá es donde me di cuenta que había tomado una sabia decisión: NO llevar el celular. Llevé solo el DNI, las llaves del auto, unos pesos y la SUBE (¿para qué la SUBE, Martín, si fuiste en auto? Y si pierdo la llave, ¿cómo vuelvo a casa a buscar la copia?). Eso me hizo estar 100% relajado sin preocuparme por nada. Creo que nunca estuve tan tranquilo en un show. Lo que tenía era casi imposible perderlo y nadie iba a poder chorearme el celu ni que se me caiga.

Lo temas empezaron a flotar uno tras otro: For Whom The Bell Tolls, The Memory Remains, One, para luego darle paso a algunos temas nuevos: Now That We’re Dead y Moth Into Flame (que manera de gritar este tema, no podía parar… me dolía la garganta). Siguieron con Harvester Of Sorrow (Mamá!, lo oscuro que sonó este tema!) y luego otro tema nuevo: Halo On Fire.

Y llegó una sopresa de puta madre: primero Trujillo nos clavó un (Anesthesia) Pulling Teeth y luego tocaron… Hit The Lights!!!

La concha de la lora, tocaron Hit The Light, la puta madre!!! Hit The Lights!!! Mierda, que manera de gritar y saltar y cagarnos a patadas… una belleza. Hit The Lights! Quedé destruido… y faltaba medio show aún.

Cada tanto teníamos que ayudar a sacar a alguien que no daba más o bancar el caos cuando tiraban una púa ya que nos volvíamos pirañas buscando carne fresca.

Nuevamente Sad But True sonó TERRRRRRIBLEMENTE grave, denso, oscuro, gordo… Violas en re sonando tan crudas… Que lo parió.

En todo esto un flaco que estaba agarrado a la valla se quejaba de que lo estaban apretando… Je, je… Sin palabras…

Siguieron con Wherever I May Roam, Master Of Puppets, Fade To Black y Seek & Destroy para despedirse antes de los bises (muy bueno el detalle de mostrar en las pantallas una entrada del 8 de marzo de 1993 en Vélez. Se me piantó un lagrimón).

Se fueron y ahí hacíamos cálculos, quedaban dos temas: Nothing Else Matters y Enter Sandman. Pero antes de eso nos sorprendieron con un Fight Fire With Fire muy rápida y muy ajustada; mi cuerpo pedía descanso.

Llegaron, ahora si, Nothing Else Matters y Enter Sandman para que todos saltemos, con lo que nos quedaba de energía, para despedirlos. Sentía que el show había durando muy poco (aunque fueron unas dos horas y veinte), lo cual me hizo dar cuenta lo bien que la había pasado.

¿Qué más decir? Hace algunos años que Metallica sumó a sus shows imágenes en las pantallas para contextualizar los temas (antes eran solo ellos cuatro y punto), lo cual estuvo muy bien.

Robert cumplió su tarea de manera sólida y se lo notaba muy contento (su alegría viendo a la gente saltar en For Whom The Bell Tolls lo decía todo).

Kirk fue el más parco. En esta gira se lo nota raro. Igual, eso no impidió que en su solo se pasara la guitarra por el culo como lo hacía en la gira del disco negro, allá por 1991-1993.

Lars, cada vez más ajustado. Luego del bajón técnico que tuvo durante 1996-2006, desde hace 10 años se los nota mucho mejor. Claro, nunca más va a volver a ser el batero que fue, pero estuvo muy bien.

Y James… Bueno, nada, ¿qué decir de James? Él es Metallica. Un front-man de puta madre que sabe cómo llevarnos para adelante. Por suerte hace muchos años volvió a ser el guitarrista preciso que era en los comienzos de su carrera. Hace tres años dije que lo invitaría a tomar unos mates. Ahora que sé que los toma, mucho más.

Bueno, no hay mucho más para contar. Se prendieron las luces y, cuando tuve nuevamente control de mi cuerpo, me vi totalmente empapado (las bermudas goteaban…) y sentía que las piernas no me respondían. Saqué del bolsillo la botellita de agua, que estaba a la mitad y muy caliente, y me la vacié en la cabeza.

La caminata hasta el auto fue lenta y dolorosa. Recordé que ahí tenía una botella entera de limonada, así que intenté apurar el paso. La vuelta fue increíble. Mientras el Waze me mostraba que las calles de la zona estaban en color bordó por el tránsito, su camino lleno de vueltas raras, me llevó a casa en 25 minutos. ¡Muy groso!

Me fui a dormir feliz, destruido, pero feliz. Era la séptima vez que los veía, y cruzo los dedos para que no sea la última.

*Do you want heavy? ‘tallica gives you heavy!*

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