La esquina


Shadows and silhouettes
Foto: M.G.N. – Marcel

Este texto fue publicado originalmente en Bardo Magazine.

Bajó del subte como todos los días, acalorado por el incómodo viaje. Sus pensamientos volaban saltando de una idea a otra; de un recuerdo a otro. Se sentía muy nostálgico. Tenía ganas de llegar a su casa y descansar. Sabía que aún tenía que poner ropa a lavar, cocinar e intentar hacer todo eso antes que empiece el partido.

Puso sus pies en la escalera mecánica que iba del andén al lobby de la estación y cuando miró hacia abajo cruzó los ojos de una chica de no más de treinta años. Sintió que su mirada era distinta y eso le generó un pequeño sobresalto que le gustó. Que lindos ojos tenía. Profundos, brillantes. Siempre es bueno sentir que alguien te mira, más si se encuentra dentro del universo de personas que uno buscaría para entablar una relación. Era bonita.

Siguió subiendo y notó que la chica que estaba a su lado lo miraba de reojo. Ella era un poco más joven que la anterior, pero de todas maneras le prestó atención y volvió a sentir un pequeño cosquilleo. Él le sonrió, pero no consiguió respuesta visible. Y bueno, pensó, esto es así. Al menos sentir que dos chicas lo miraban alimentaba su maltratado ego.

Cuando llegó al lobby y apuró el paso para pasar por los molinetes se cruzó con una señora de unos sesenta años. Ella lo observó de manera pesada y algo seria. No le gustó mucho esa mirada, pero empezó a preguntarse si lo miraban por algo en particular. ¿Tendré algo en la cara?, dudó. Se pasó la mano por la nariz para confirmar que estuviera limpia y quiso mirarse en algún reflejo para ver si no tenía algo más dándole vueltas por la cara.

La escalera que salía a la superficie también servía para que los nuevos pasajeros entraran. Comenzó a subir y levantó la vista. Una señora de unos cuarenta años que bajaba lo miraba fijamente y eso lo intranquilizó, pero no pudo ni darse cuenta del por qué ya que el señor detrás de ella, de unos cincuenta, también lo miraba. Algo debía estar mal. Detrás de él tres adolescentes de unos quince años, quienes bajan gritando y riendo, detuvieron su jolgorio apenas lo vieron y lo observaron con una mirada extraña y seria. Él sintió que el corazón le daba un salto.

Salió a la superficie y comenzó a caminar las cinco cuadras que lo separaban de su casa. Necesitaba confirmar que todo estaba bien. Pero la actitud de las personas que lo cruzaban no cambiaba.

Primero fue un pibe de no más de doce o trece años que lo miró fijamente, casi al mismo tiempo la mamá de éste posó su mirada en sus ojos. Metros más adelante el florista no apartó su vista de él y el canillita lo vio y silbó en tono preocupante. Algo debía estar realmente mal.

Cuando llegó a la esquina se miró en el reflejo de un vidrio, pero no notó nada raro. Cuando cambió el foco advirtió que desde adentro lo estaban observando fijamente. Y esto lo asustó. Comenzó a acelerar el paso. Quería llegar a su casa de una buena vez. Intentaba no mirar a nadie, pero cada vez que levantaba la vista todos lo estaban observando. Uno tras otro. Hombres, mujeres, chicos, chicas, ancianos. Rubios, morochos, con pelo largo, corto, enrulado, teñido, pelados. Ricos, pobres. Incluso los que iban en autos, motos, camiones, colectivos. También el verdulero, el carnicero, la vendedora, la farmacéutica, el mozo. Todos.

Su corazón dio un salto cuando cruzó la mirada con un bebé y éste se puso a llorar. Tenía miedo. Quería ver qué pasaba, quería solucionarlo.

Repentinamente se dio vuelta para ver que ocurría detrás suyo y se sobresaltó con las miradas de todos que habían parado para verlo. Su angustia aumentó. Tenía ganas de llorar. ¿Qué mierda pasaba? ¿Qué tengo? Ya quedaban pocas cuadras.

Llegó a la última esquina y antes de cruzar la avenida sintió un calosfrío. Levantó la mirada y frente suyo estaba el hombre de negro, el cual, sin rostro, lo miró fijamente. Él se detuvo en seco y sintió el frío que lo rodeaba.

Vamos, le dijo. Y cruzó la calle junto al hombre oscuro.

Y caminaron.

Fue un desastre, dijo un señor que caminaba por ahí. No sé qué le pasó. El periodista intentaba calmarlo. Yo lo vi pasar, pero no sé, estaba caminando mirando para el piso, como distraído. Y el semáforo estaba en verde. Y el colectivo venía muy rápido y no pudo hacer nada para parar. Escuché el ruido del golpe y luego se sintió el ruido de la cabeza que golpeaba contra el piso. Pobre pibe, estaba destruido. Cuando llegaron los médicos ya era tarde. Una pena, che.

La gente se arremolinó al lado del cuerpo sin vida del chico. Se escuchaban gritos y llantos. Los médicos no intentaron hacer nada porque nada había para hacer. El chofer del colectivo estaba en medio de una crisis de nervios. El tránsito estaba detenido, los autos tocaban bocina, los gritos se sucedían, la tristeza inundaba la esquina.

Pero más allá, a lo lejos, en la oscuridad reinante, él seguía caminando siguiendo al hombre de negro, por toda la eternidad.

 


 

Desconexión: Les Claypool And The Holy Mackerel – Running The Gauntlet (Les Claypool And The Holy Mackerel – 1996)

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