La doncella del navegante


Florencia

Foto: Florencia Pagano

Quiero agradecer a Florencia Pagano quien me prestó la hermosa foto que inspiró este cuento. No será la última que te pida prestada.

Ya había pasado la medianoche. El frío calaba los huesos, pero él había decidido caminar por las pequeñas calles adoquinadas del antiguo barrio. La cena había sido muy placentera y le había dado las fuerzas para recorrer la zona e intentar conocer un poco más el lugar. Era hoy o nunca ya que no sabía cuándo podría llegar a tener la oportunidad de volver. El pueblo le había parecido hermoso y fantaseaba con poder mudarse y empezar una nueva vida ahí. Pero era tan difícil. Nada lo encadenaba a su ciudad natal. Solamente sus propias ataduras, invisibles éstas. Si tan solo tuviera una excusa que le permitiera arriesgarse.

Las calles por donde caminaba estaban desiertas. Los edificios, bajos y antiguos, de colores opacos y uniformes, construidos con sólidas piedras siglos atrás, le daban al paseo cierto misticismo. Los pocos negocios de la zona estaban cerrados. Quería mirar todo al mismo tiempo: callejuelas, veredas, paredes, ventanas, luces… Pensaba en las historias que tendrían esas calles, esos pasajes, esas puertas. La brisa invernal golpeaba su rosto. Su imaginación flotaba en un océano profundo y él se dejaba llevar por la corriente.

La caminata sin rumbo lo llevó a una zona de pequeños pasajes solitarios y antiguos donde ya no había negocios sino simplemente viviendas, ninguna de más de tres pisos. Levantó la mirada y observó cuerdas que cruzaban la calle de lado a lado con ropa colgada, secándose. Como antaño, como hoy, como siempre. Volvió a mirar hacia adelante y observó una luz distinta al final de la calle. Era cálida.

Muy cálida.

Intentó adivinar de dónde provenía. Se acercó a ella lentamente. El color amarillo preponderaba por sobre las luces del pequeño pasaje. Llegó hasta el final del mismo y se encontró con una extraña tienda. Su vidriera estaba repleta de antigüedades, regalos y otras chucherías. No parecían los típicos recuerdos de un centro turístico. Todo parecía antiguo, pero no viejo. No era la típica vidriera cubierta de polvo que apilaba objetos olvidados. Al contrario, todo relucía. Miró a su alrededor y notó cómo las luces cálidas todo lo cubrían. Se sintió en otro lugar. Buscó los reflectores, pero no los encontró. La luz salía del interior.

Observó atentamente los objetos amontonados y distinguió entre ellos un pequeño camafeo. Sus bordes trabajados eran de un bronce oscuro, gastado por los años. La piedra central, de vetas grises y coloradas, tenía tallada la figura de una mujer que sonreía con la mirada al piso. Su rostro expresaba una mezcla de felicidad y vergüenza. Justo en ese punto donde se cruzan la alegría y la timidez. La imagen le produjo una sensación placentera.

Acercó su cara al vidrio para mirar dentro y notó que no había nadie. Caminó a la puerta y leyó un pequeño cartelito en ésta que indicaba que el local estaba abierto. Miró la hora: dos y media de la mañana. Puso su mano en el picaporte, éste cedió y la puerta se abrió.

Una campanita adosada a la puerta sonó anunciando su llegada. El perfume de sahumerios cautivó sus sentidos. Cerró la puerta y comenzó a observar los objetos a su alrededor. Sentía que había viajado en el tiempo. Las antigüedades se amontonaban de manera ordenada y armónica. Muebles de madera, arañas de bronce, copas de cristal de múltiples colores, antiguos cuadros, vajillas trabajadas, cubiertos brillantes, pequeños alhajeros, cajitas musicales… el lugar era un canto a la historia. Objetos que habían sobrevivido a las personas y al paso del tiempo. Esquivaron golpes, caídas y roturas. Habían cumplido su objetivo, y ahí estaban: años, décadas, siglos después quizás, esperando a que un nuevo dueño pueda seguir disfrutando de ellos.

Estaba maravillado.

Escuchó un ruido y vio a la vendedora salir de una puerta que estaba detrás del mostrador. Era una joven con el pelo oscuro, lacio, con reflejos violetas y mirada cautivante. Su oreja izquierda estaba llena de aros brillantes.

—Bienvenido —le dijo con una voz suave. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes y él tuvo que mirar para otro lado intentando contener los repentinos nervios.
—Ho-hola —tartamudeó—. Que-quería ver ese camafeo que tenés ahí en la vidriera.
—La doncella del navegante, imagino.
—¿Cómo?
—Digo que imagino que el camafeo que querés ver es La doncella del navegante —se acercó hasta la vidriera mientras él la observaba caminar—. Aquí está.

Colocó la pequeña pieza en las manos de él. Sus dedos apenas se rozaron. Un pequeño golpe eléctrico lo recorrió de pies a cabeza.

—¿Cómo sabías que era este el camafeo que quería?
—Puedo saber qué es lo que mis clientes quieren cuando los miro a los ojos… —Un silencio cruzó el ambiente—. No, mentira —sonrió—. Es el único camafeo que tengo en la vidriera.

Él admiró su sonrisa y también sonrió.

—No me sale hacer ese chiste. Siempre que lo intento me río antes. No soy buena para eso —. Su sonrisa era fresca y encantadora.
—Por un instante te empecé a creer.
—¿Y por qué lo harías?
—No sé. Es muy rara esta tienda. Es muy bonita, está alejada de la zona comercial… y está abierta a las dos de la mañana. No es algo común. Me pregunto si esto no es un sueño o alguna de esos cuentos malos en donde el comprador termina llevándose un objeto mágico, o algo así.

Ella emitió una risita contenida.

—Y yo debería ser algún viejo sabio con anteojos que fuma pipa y advierte al comprador que el objeto tiene una maldición y todo eso, ¿no?
—Imagino que sí.
—¿Me parezco a él?
—No —dudó—, pareciera que no.

Ambos sonrieron de buena gana. Él volvió a mirar el camafeo. El borde de bronce era muy bonito, pero la imagen, en sobre relieve, le parecía increíblemente cautivadora. Pasó el pulgar por sobre ésta para sentir sus formas. Era suave.

—La piedra es un ágata y es muy bonita —dijo ella—. Es del siglo XVI.
—¿En serio?
—Si.
—Ahora es cuando me hablás de la maldición y todo eso, ¿no? —preguntó buscando complicidad por parte de ella.
—No, no. No tiene ninguna maldición. Perteneció a un marinero británico de esa época que luchó en la guerra anglo-española. Comenzó a finales del siglo XVI. Su mujer le regaló este camafeo cuando él salió de su hogar para servir a su país. Estuvo luchando veinte años. Cuenta la leyenda que cada vez que él tenía que participar de una de estas batallas, tomaba el camafeo entre sus manos y recordaba a su esposa para darse fuerzas en la lucha y sobrevivir un día más. Y sobrevivió. Y volvió a su casa con su esposa para morir de viejo, junto a ella, muchos años después. Al momento de exhalar su último suspiro tenía este camafeo en el pecho, entre sus manos. A partir de ese momento el camafeo fue considerado un objeto que le da a su dueño la fuerza y la valentía de conseguir lo que quiera.
—Es una historia muy linda. ¿Es cierta?
—Depende de vos que la creas o no. Yo solo te la cuento para que la conozcas —dio media vuelta y caminó de nuevo al mostrador mientras continuaba—. Mi abuelo lo tuvo consigo durante muchos años y hace poco decidí ponerlo a la venta.
—¿Y por qué lo vendés? Si es algo tan valioso y con tanto poder, sería bueno que lo conserves.
—Quizás solamente quiero que alguien sea feliz —sonrió—, o tal vez mis palabras sean solo mentiras para que algún comprador incauto caiga en la trampa.

Él volvió a mirarla a los ojos y luego miró el camafeo atentamente. Estaba en muy buen estado para tener tantos años. Dudó.

—¿Qué precio tiene?
—¿Cuánto serías capaz de pagar por un objeto así? —preguntó con voz profunda, algo exagerada.
—No tendrá una maldición, pero te ponés misteriosa.
—Te gusta que sea así, ¿no? Te da curiosidad el camafeo y tenés ganas de comprarlo —. Se paró y fue hasta la vidriera para tomar el cartelito que indicaba el precio. Se lo dio en la mano y volvió detrás del mostrador.

El sacó su billetera, tomó su tarjeta de crédito y pagó sin decir una palabra. Ella colocó el camafeo en una pequeña cajita azul y ésta en una bolsita de cartón. Con una sonrisa extendió su mano para entregarle el regalo.

—Suyo. Que lo disfrute.

Se despidió y salió del negocio. La calle seguía exactamente igual a como estaba antes de entrar. Caminó recordando la charla y la leyenda que recién había escuchado. Llegó a la esquina y se detuvo pensativo. Miraba a su alrededor sin prestar atención. Analizaba la situación, las palabras, los gestos… Sacó la cajita de la bolsa y la abrió. Ahí estaba el camafeo. Hermoso, brillante. Cerró su mano sobre él, abstraído. Respiró profundo.

Dio media vuelta y regresó a la tienda. Se acercó a paso firme con el camafeo en su mano. Respiraba entrecortado. Estaba nervioso. Llegó a la puerta y la abrió. Volvió a sonar la campanita, pero con más vehemencia que la primera vez. Ella estaba aún en el mostrador haciendo unas anotaciones en un pequeño cuaderno con un lápiz negro. Se sobresaltó con el ruido y levantó la mirada. Lo vio a los ojos mientas él se acercaba. Estaba agitado, temblaba. Se paró frente a ella e intentó calmarse. Sus labios comenzaron a moverse.

—¿Puedo invitarte a tomar algo? —, dijo entre asustado y ansioso.

Ella bajó la mirada y sonrió.


 

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