El trencito blanco


Niños de Tilcara saliendo del coleFoto: (M)

Este texto fue publicado originalmente en el número de febrero de 2016 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Roberto era un buen pibe. Nació en 1950 en una casita humilde de Aldo Bonzi y siempre vivió ahí con la vieja y sus cuatro hermanos más chicos. Junto a ellos tuvo la suerte de ir al colegio, suerte que no habían tenido la mayoría de sus amigos en el barrio. Algunos lo recordaban caminando por las calles con sus zapatitos gastados, sus medias blancas enrolladas en los tobillos, el delantal blanco que la mamá remendaba una y otra vez y su valijita negra donde guardaba sus más preciados tesoros: sus anotaciones.

Cuando caminaba al cole lo hacía dándoles la mano a sus hermanos. Iban en fila, uno tras otro, como mamá pato y sus patitos. Eran un espectáculo para los vecinos. Los veían pasar y sonreían. Que bueno que es Robertito, decían. Mirá como lleva a sus hermanos, comentaban.

Una mañana de invierno Roberto y sus hermanos pasaron frente a la casa de Doña Selva. Se la veía preocupada. ¡Hola, Doña!, la saludó Roberto. ¿Cómo anda? Esperando al plomero, m’hijo. No puedo llevar a Luisito al colegio, avisale a la señorita. ¿Quiere que lo llevemos? Hay lugar en el trencito, dijo con una sonrisa. Doña Selva lo miró, pensó un momento y le dijo: esperá que ahora te lo traigo. Luisito se sumó al tren de Roberto el cual ya tenía cinco vagones y la locomotora que era el mismo Roberto, todos de blanco, uno tras otro.

Se corrió la voz entre los vecinos quienes comenzaron a confiar en Roberto para que llevara a sus hijos a la escuela. El trencito comenzó a crecer hasta llegar, antes de fin de año, a los veinte vagones. Eran muchos, así que Roberto empezó a pedirle ayuda a Luisito para que vaya al final de tren y no se perdiera ningún vagón. Algunos iban sólo en el viaje de ida. Otros sólo en el de vuelta. Pero la mayoría iban y venían en este entretenido viaje diario. El caos se armaba cuando Roberto estaba enfermo y no había tren. Ese día los papás tenían que re organizarse porque el trencito no salía de la terminal.

Los años pasaron y el trencito se volvió una institución en el barrio. Los vagones iban creciendo y llegaron a ser cerca de cincuenta. Toda una procesión.

Cuando Roberto llegó a quinto año los papás empezaron a hablar entre ellos sobre la preocupación de que se termine el trencito al colegio. Estaban muy agradecidos con él por todo lo que había ayudado a los vecinos llevando a los chicos al colegio durante tantos años. Roberto se recibió y todo el barrio lo aplaudió. Y para su sorpresa, el colegio le dio una plaqueta en homenaje a la ayuda que le había dado al barrio desde hacía tantos años. El trencito blanco, lo llamaron. Roberto lloró de alegría.

Al año siguiente, el primer día de clase, los papás empezaron a preparar a sus hijos para llevarlos al colegio pensando en todo lo que iban a extrañar al trencito. Sin embargo los timbres de las casas volvieron a sonar como todos los días. Ahí estaba Roberto llevando todos sus vagones, como siempre, ya sin la obligación de ir al colegio pero con las ganas enormes de ayudar. Y los papás lloraban al ver a Roberto, ya con 18 años, llevando a los chicos como lo venía haciendo desde hacía casi una década.

Una tarde de abril, luego de dejar a cada vagoncito en su casa, Roberto pasó por la salita de primeros auxilios del barrio que también funcionaba como comedero. Lo recibieron con sorpresa, en especial cuando preguntó: ¿en qué puedo ayudar? Y comenzó a dar una mano en donde podía: barriendo, lavando los platos, yendo a hacer los mandados, haciendo las camas e incluso dando una mano cuando pudieron pintar la salita.

A las pocas semanas empezó a cocinar y unos meses después pudo dar una mano a la doctora del barrio. No sabía nada de medicina, pero quería aprender. ¿Y por qué no estudiás medicina?, le preguntó Norma. Y a él le interesó. Le parecía que era una buena opción. Pero no quería ir hasta la ciudad a estudiar porque no iba a poder ocuparse del trencito ni de la salita. Así que lo dejó ahí, pendiente para más adelante. Prefiero dar una mano aquí y ahora, decía, antes que estudiar. Pero vas a ayudar a muchos cuando estés recibido, le retrucaban. ¿Y los que necesitan ayuda ahora? Y nadie le respondía.

Nadie se atrevía.

Los años pasaron y Roberto creció, se transformó en un hombre pero nunca formó una familia. Trabajó palmo a palmo con la escuela, con la salita y con el comedero (que ahora tenía su propio techo porque cada día había más familias que venían a comer). La escuela le pagaba un sueldo por su “Servicio de Transporte y Acompañamiento” lo que le permitía vivir con lo justo. En la salita y el comedero no tenía descanso. No quería tomarse vacaciones (¿cómo voy a descansar cuando hay chicos que no tienen que comer?) y siempre era el primero en llegar y el último en irse.

El barrio se volvió peligroso y el seguía firme ayudando a quienes más lo necesitaban. Incluso le daba una mano al padre José quien desde la capilla del barrio intentaba sacar a los chicos de la calle y las drogas.

Una tarde de 1977, Roberto se despertó como todos los días para comenzar el trayecto del trencito cuando escuchó ruidos en la puerta de su casa. Alguien había entrado. Cuando fue corriendo a ver qué había pasado sintió un golpe en su cabeza que lo desmayó.

Nunca nadie supo más sobre Roberto.

El barrio entero lo lloró. Intentaron averiguar algo de él, pero siempre se encontraron con las puertas cerradas. Para recordarlo decidieron ponerle “El trencito” a la salita y “Robertito” al comedero.

Pasaron muchos años ya. La escuela cambió de directivos varias veces pero la salita y el comedero siguen ahí. Cada tanto, en algún grado, en la salita o en el comedero, unas señoras del barrio vienen a contar cuentos. Entre éstos desfilaban dragones, magos, elfos, princesas, príncipes y hadas como nos han hecho disfrutar en nuestra niñez.

Y cada tanto ellas cuentan la historia de Roberto. La leyenda de un chico que siempre vivió para ayudar a los demás y del cual ya casi nadie recuerda su apellido, pero de quien se decía que tenía poderes mágicos para poder llevar los chicos al colegio, curarlos y darles de comer casi sin dormir, casi sin vivir su vida.

Y cuando los chicos de la escuela hacen sus dibujos, casi siempre aparece garabateado la leyenda de Robertito y su tren mágico.


 

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