Bienvenido a casa


Rain & Bridge
Foto: Jonathan Kos-Read

Existe un olor… No, un olor no. Un perfume. Existe un perfume que cada vez que lo siento me lleva atrás en el tiempo. Es muy particular, al menos para mí, y es casi imposible de describirlo. Es el mismo perfume que sentí en la oficina el primer día de trabajo de mi vida. Y ese olor, ese perfume, tiene un sabor agridulce en mi memoria, en la cual se cruzan tantos recuerdos bellos y tristes en paralelo.

Es raro. A medida que pasan los años uno empieza a sentir que los recuerdos, en especial los felices, tienen una cuota de tristeza por el tiempo pasado y por los que no están. En mi caso debería agregar un sentimiento más el cual vuelve a mi cada cierta cantidad de tiempo.

Todo comenzó hace varios años, en 1981 precisamente. Tenía 6 años y comenzaba el colegio primario en una nueva escuela. Eso significaba nuevo edificio, nuevos compañeros, nuevas maestras y una sensación que me persigue hasta el día de hoy. Pasar del jardín de infantes a la primaria fue algo muy extraño (bah, seguramente lo haya sido para todos, no sé).

Luego de los trámites iniciales, en donde me enteré con terror que la jornada era de doble escolaridad y que me iba a quedar a almorzar ahí, comencé a deambular por el inmenso patio del colegio. El mismo era un antiguo edificio que se venía abajo y del cual nos mudarían meses después. Pero en ese momento, en esa inmensidad de patio, rodeado de un montón de chicos desconocidos en donde la mayoría eran más grandes, estaba solo con mi delantal blanco, mi valija de cuero y tela escocesa y con una angustia enorme. Sentía que una mano apretaba mi corazón y me llenaba los ojos de lágrimas. Hoy en día, sentado frente a la computadora mientras escribo esto, treinta y cinco años después, recuerdo exactamente la misma sensación y se me humedecen los ojos. Era una mezcla de miedo, pena, tristeza, abandono, soledad y unas ganas tremendas de que pase el día lo más rápido posible para volver a casa, bajo el ala de mamá para que me cuide y nunca más me deje solo. Tengo fotos de ese día, al menos al momento de salir de casa y algunas más en el aula.

Los días pasaron y esa sensación fue esfumándose lentamente, como consume a la vela una pequeña llama.

Y la olvidé.

Hasta dos años después cuando volví a cambiar de colegio. Comenzaba tercer grado y tuve la misma sensación de pena, de tristeza, de soledad, de miedo. Y recordé esa primera huella que se había marcado en mi un par de años atrás.

Y el tiempo pasó, y la llama volvió a consumir lentamente la vela hasta hacerme olvidar.

Cuando comencé quinto grado volví a cambiar de escuela. Y la angustia volvió junto a esas ganas terribles de llorar. Por suerte no volví a cambiar de colegio hasta que terminé la secundaria.

Llegamos a mediados de 1993. Ya habiendo terminado la secundaria y empezado la facultad, decidí intentar encontrar mi primer trabajo. Mi papá me había dicho que si quería solamente estudiar, él me bancaba. Pero yo quería trabajar, quería tener mi dinero y disponer de él. En esa época mi tío me daba $10 por semana. Y ese era mi único ingreso fijo. Tener un sueldo iba a ser un cambio importante.

Buscar trabajo en 1993 no era tarea sencilla. Hoy en día tampoco, claro. Pero en esos años no había Internet, uno no cargaba su currículum en una página web, uno no enviaba mails adjuntando el mismo, uno no se postulaba haciendo clic en un botón. En esa época uno abría el diario todos los días y comenzaba a buscar los avisos publicados haciéndole círculos a los más interesantes. Y yo buscaba algo como cadete ya que mi flaco currículum apenas decía que era un incipiente estudiante de Sistemas que había terminado la secundaria el año anterior y del cual había recibido un paupérrimo título de Perito Mercantil. Nada. Una página de nada. ¿Experiencia? Nada.

La mayoría de los avisos eran para presentarse ese mismo día. Y uno tenía que elegir de manera muy precisa a cuál ir, porque las colas, de cien o doscientas personas te podían hacer perder toda la mañana (y los avisos normalmente especificaban que había que presentarse de 9 a 12 y se acabó).

Las filas eran interminables y la desilusión siempre era la misma. Esperabas tres o cuatro horas para que te digan: te llamamos. Lo más frustrante era cuando recorrían la larga fila y empezaban a descartar gente porque tenían tatuajes, o barba, o pelo largo (en este momento era cuando me descartaban a mi), o simplemente porque no les gustaba tu cara. Frustrante.

Una mañana de agosto, mientras todavía estaba leyendo los avisos en el día, mi papá encontró uno que consideró una oportunidad. Andá a ese lugar, me dijo. No, papá. Ya marqué otros. No seas tonto y andá ahí. Haceme caso.

Los padres siempre saben. Saben mucho. Vivieron mucho más que uno y saben. Así que fui. Era el 30 de agosto de 1993, yo tenía 19 años recién cumplidos y llovía de manera torrencial. Santa Rosa, sin dudas. Llegué, me entrevistó la jefa de Personal (Rosita le decían) y ahí nomás empecé a trabajar. Sin formalismos, sin pruebas, sin nada. ¿Podés empezar ahora?, me preguntó Rosita con sus pelos rubios alborotados y su voz aguda. ¿Qué habrá sido de ella?, me pregunto. La última vez que la vi la había echado por haberse quedado con algún vuelto… O eso decían. Pobre Rosita. A mí me ayudó mucho. En lo que eran tareas administrativas yo era el que no sabía ni siquiera hervir agua. Pero Rosita me ayudó.

Mi primera tarea fue armar unos sobres con no-sé-qué-papel adentro. Media hora después llegó el gran desafío. Martín, me dijo Rosita, tenés que llevar esta carta a San José 140. ¿Sabés dónde queda? Si, claro, mentí. Salí bajó la lluvia y, no me pregunten cómo, llegué a destino.

Al mediodía, ya de vuelta, me senté a almorzar: un paquete de Cerealitas y una lata de Coca-Cola. Gasté $2. En la soledad de esa hora me sentí nuevamente como me había sentido a los 6 años, y a los 8, y a los 10. Estaba ahí, sentado, en un ambiente adulto, sin saber qué hacer, cómo actuar, con miedo, angustiado, abandonado. Como me he sentido cada una de las veces anteriores.

Y se sumó el perfume del ambiente. Era el olor de la oficina. O el perfume de alguien dentro de la oficina. No sé. Pero se mezcló con mi tristeza. Y ahí quedó, en mi recuerdo.

Y los años pasan. Y cada vez que camino por algún lugar y siento ese perfume, los recuerdos afloran nuevamente, al igual que esos sentimientos dominados por una extraña angustia. El colegio, una oficina, mi viejo…

Y cada vez que ocurre duele más.

 


 

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