Día cero


Return to innocence
Foto: Fernando Rodríguez

El viento soplaba en la noche invernal. Ninguno de los dos colectivos que me podía tomar se dignaba a venir y el frío comenzaba a generarme pequeños espasmos. Unos cincuenta metros separaban las paradas de ambas líneas pero yo había jugado mi suerte a solo una de ellas ya que era imposible estar en las dos a la vez.

Detrás de mí estaba ella: zapatillas deportivas rosas, calzas azules y una campera no muy gruesa. El pelo recogido dejaba a la vista un pequeño aro en la nariz y un tatuaje en el cuello. Tal vez un símbolo indio, o algo así. La miré un rato y me pregunté si no tendría frío.

El colectivo de la otra parada llegó y ella corrió levantando la mano para intentar tomarlo, pero no tuvo éxito. Volvió lentamente con cara de frustración y la incertidumbre de cuándo llegará el próximo. Cruzamos miradas y nos sonreímos. Se acercó a mí para volver a su lugar en la fila. Dudé un instante pero finalmente abrí mi boca para intentar comenzar una conversación:

—Imposible alcanzarlo —dije tímidamente.
—Está muy lejos la otra parada —respondió—. Siempre me pasa lo mismo —agregó para mi sorpresa mientras mantenía su mirada en mis ojos. Su voz era suave y sus labios me atraían.
—Yo directamente me la juego por una de las dos. A veces pierdo, como ahora, y a veces gano.
—Tenía ganas de subirme. Hace frío y vengo de tomarme otro colectivo. Ya es hora de llegar, ¿no?

Intenté descifrar qué quería decir con sus palabras. Su sonrisa era bonita y me pregunté qué debía hacer. Mis conocimientos sobre cómo empezar o mantener una conversación con una desconocida eran prácticamente nulas. Pero no me amilané.

—En un ratito viene el otro —arriesgué—. Vas a ver.

Para mi sorpresa el colectivo que esperábamos apareció casi al instante en todo su esplendor. Ahí viene, le señalé con mi cabeza en tono tranquilizador. Éramos los únicos en la parada y ambos levantamos la mano. La mole de acero se acercó hacia nosotros escupiendo el aire de los frenos como un dragón que resopla fuego.

La invité a subir y ella agradeció el gesto. ¿Qué hacer?, me pregunté. ¿Sigo la conversación? ¿Dejo todo acá? El colectivo estaba casi vacío. Un señor de mediana edad, sentado en uno de los primeros asientos, cabeceaba intentando no dejarse vencer por el sueño. Ella sacó su pasaje y su ubicó en un asiento doble, casi en el fondo. Saqué el mío y dudé. ¿Me siento con ella? ¿Me siento solo? ¿Qué tengo para perder? ¿Qué es lo peor que me podrá decir? ¿Que no? Conversar un rato e intentar conseguir su teléfono con la esperanza de ir a tomar algo en algún momento. Sí, no tenía nada para perder. Su mirada y su sonrisa en la parada me habían envalentonado para dar ese paso.

Me acerqué hacia donde estaba y le pregunté:

—¿Te molesta si me siento con vos?
—Disculpame —me respondió con una sonrisa— pero creo que sos un poco mayor para mí.

Un frío mortal recorrió mi espina dorsal de punta a punta. Solo atiné a hacer una mueca intentando imitar una sonrisa mientras balbuceaba una disculpa. Retrocedí y me senté en un asiento individual para mirar por la ventana en silencio durante el resto del viaje.

No tengo mucho para contar sobré qué pasó por mi cabeza durante los siguientes cuarenta y cinco minutos. No lo recuerdo. Mi mente estaba en blanco. Solo recuerdo contener las lágrimas. No puedo ser “mayor” para ella. No seré un adolescente, pero… ¿Qué edad tendría? Algunos años menos que yo, nada más. ¿Cómo puedo parecerle que estoy “mayor”?

Cuando me levanté para bajar, el colectivo estaba atestado de gente. Llegué a la puerta con esfuerzo y miré hacia el lugar donde ella se había sentado al subir. Un muchacho alto, barbudo y de tez morena escuchaba música en su lugar. Toqué timbre y bajé.

Mientras caminaba intentaba mirarme en algún reflejo para verme tal cual soy. Mis ojos veían a un adulto que comienza a peinar algunas canas y a entrar en ese tobogán llamado decadencia, que tiene un único desenlace cuando nuestros pies tocan la arena al final del viaje.

Recorrí las últimas cuadras envuelto en lágrimas. Solamente quería llegar a casa, meterme en la cama y taparme para llorar en silencio el comienzo de esta nueva etapa en mi vida.

 


 

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