Aún más profundo


Aún más profundo
Foto: @pobresdones

Ante esta foto el primer comentario que uno recibe es el de felicitación, el de aplauso, el de alegría. Sonrisas y palabras positivas se llevan la atención. Y está bien que sea así. Hace bien. Uno agradece y comienza a vivir una nueva realidad. Los días soleados son hermosos y todos disfrutamos de su calor sobre nuestro rostro. Las flores siempre florecen y si realmente les gusta ver la realidad desde este lugar, acá es donde este texto terminó. Es más, lo podría cerrar con unas palabras de júbilo del estilo: “¡Ahora si! ¡Vida nueva!”.

(…)

Pero los días no siempre son soleados y las flores siempre se marchitan. Como pocas veces he preferido desnudar mis sentimientos antes que ocultarlos ante una falsa fachada, aunque la incomodidad evite que nos miremos a los ojos.

El primer paso es el más difícil y es el que se da al mismo tiempo que el último. Es el que nadie quiere dar. Es el que te hunde, el que te vence, el que te aplasta. Y a mí me hundió, me venció y me aplastó. El castillo, otrora de cimientos fuertes, se fue horadando poco a poco hasta convertirse en una pequeña casita de naipes, la cual esperaba un soplido para desmoronarse. Y el soplido llegó de golpe, desde una dirección inesperada, y las cartas cayeron desordenadas ante la mirada desconsolada de quien intentó construirlo, según creyó, con esmero.

Mi vida casi nunca tuvo sobresaltos. De hecho más de una vez me han repetido que era muy fácil, muy simple. Y quizás tuvieran razón y espero nunca haberlo negado. Todo muy simple hasta aquella tarde-noche en donde observé esa cruda mirada desconocida de aquellos ojos tan conocidos. Y esa mirada fría me destruyó.

¿Cómo llegué hasta acá? ¿En qué momento equivoqué el camino? No lo sé. No sé cómo ni dónde. Uno imagina un mundo, tal vez demasiado rosa, sabiendo que existen complicaciones circunstanciales. Pero la realidad es mucho más oscura y perversa. La vorágine diaria, las obligaciones y ese peso sobre los hombros constante que nunca quise tener, fueron carcomiendo la realidad que me rodeaba y destruyendo lo que más amaba. No deslindo culpas, ya que uno también es su realidad. Mi propia inconsciencia hizo que todo se desmadrara, como si manejara un camión con los ojos cerrados.

La vida se había vuelto una nube de noches insomnes incluso en momentos de tranquilidad. Días de preocupaciones y hasta pequeñas taquicardias que me mantenían intranquilo y centraban mis preocupaciones en lo que no vale la pena preocuparse. El mundo era algo poco placentero, gris, teñido de sombras. Y pese a todo, al viento, a la lluvia y a ciclones devoradores de realidades, quise seguir apostando, ficha tras ficha, a la espera de que la bola cayera en el número apostado. Pero fue imposible. ¿Para qué intentar forzar la rueda? La copa de cristal, una vez rajada, deja de ser lo que era. Y me tuve que rendir, tuve que bajar los brazos y agachar la cabeza entre lágrimas aceptando mi derrota y mi fracaso.

Mi fracaso.

Y boyé durante un tiempo buscando mi lugar, intentando encontrar dónde retomar mi camino. Y aquí estoy, en parte vacío, casi sin nada, teniendo que volver a empezar. Los sentimientos son mixtos: la alegría de la nueva etapa y la tristeza de las etapas pasadas; la congoja ante la derrota y el regocijo ante el sueño de mi próxima victoria. Emprendiendo esta travesía de nuevo, no queda otra. Pero desde abajo, desde lo profundo de ese pozo, con las manos lastimadas y las uñas llenas de barro.

Cierro los ojos rodeado por el vacío, rodeado por el silencio, rodeado por mi propia conciencia. Todavía recuerdo aquel momento en donde mis pensamientos y mis sentimientos rogaron por piedad.

Cuidado con lo que desean, se les puede hacer realidad.


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