Esos raros peinados nuevos


Tomada en algún momento durante 1947
Foto:
Toni Frissell

El colectivo recorría Buenos Aires de la peor manera: ignorando a quienes estamos arriba, seres humanos molestos por las frenadas y aceleraciones de un chofer que merecería que su trabajo lo haga alguien con mayor consideración. Para empeorar el panorama, el calor generaba una película grasosa en nuestra piel haciendo que la ropa se pegue al cuerpo en un grito desesperado de un clima más fresco.

Y ahí estaba yo, parado como siempre, pero esta vez sin un libro en mis manos. No tenía ganas. El calor es así, te quita las ganas de hacer todo aquello que siempre hacés. Solamente pensás en algo frío para tomar, o en una ducha, o en una pileta. Que los rusos esperen.

A medio camino entre el trabajo y casa, subieron una madre con sus dos hijas de diez y seis años, más o menos (no soy muy bueno acertando la edad de los chicos, lo siento), y se quedaron paradas a mi lado. Soné, pensé, si se libera un asiento se van a sentar ellas y me voy a quedar parado. Me resigné y me dejé llevar por la música que sonaba en mis oídos.

El viaje se hacía lento y el agotamiento se multiplicaba. Cuando mis ojos ya no tenían nada interesante para ver, presté atención a esta familia que había subido unas paradas antes. Las tres estaban vestidas de manera similar: camisa cuadriculada de colores apagados abrochada hasta el cuello, polleras largas y oscuras hasta los tobillos y zapatos de taco bajo. Su origen judío ortodoxo era notorio y el punto en donde diferían era en el peinado, pero no mucho. La madre llevaba su tradicional peluca que la identificaba como una mujer casada, mientras que las nenas, en cambio, llevaban su pelo natural a la vista, peinando un discreto rodete que me hacía sentir en los años cuarenta. Parecían dos muñecas antiguas, alejadas de la realidad de otras nenas de su edad.

Mirando la situación noté que la nena más grande (unos diez años, ¿ya lo dije?), miraba atentamente a la chica que estaba sentada frente a mi. Asiento que perdería, seguramente, al desocuparse. Esta chica, de unos veintipico (no, con los adultos tampoco tengo idea), vestía una musculosa ajustada blanca, esas que tienen los breteles finitos, una pollera azul amplia por arriba de las rodillas que dejaba sus piernas al descubierto, y unas sandalias de las cuales no recuerdo el color. Tal vez eran negras o azules. No sé. Su pelo estaba atado con una colita (el calor, claro), pero al costado de la cabeza. Nada extravagante, nada complejo. Simplemente una acción que deriva del “no doy más del calor” que genera que quien tiene el pelo largo, se lo ate. Si, de costado, pero era una colita, nada más.

Mi atención se centró en la nena que miraba atentamente a la chica que estaba sentada. La observaba de arriba a abajo, en detalle, con atención. Se notaba que le miraba la cara, los ojos tal vez, el pelo, el cuerpo, las piernas. Su mirada la recorría una y otra vez deteniéndose largamente en cada parte de su ser, de su persona. Mientras tanto la veinteañera miraba por la ventanilla perdida en sus auriculares.

Viendo esa secuencia empecé a preguntarme qué estaría pensando la nena, qué cruzaría su mente. Visto desde mi ignorancia parecían dos mundos que se cruzaban en ese caluroso y agitado colectivo porteño. En una ganaba el recato religioso y en la otra ganaba la comodidad ante las altas temperaturas.

¿Desaprobaba su vestimenta o no? ¿Le parecía raro o no? ¿Tenía calor y quería poder desabrocharse la camisa aunque sea un poco? ¿Quería crecer y tener esas tetas? Su mirada me generaba muchas preguntas que no tenían respuesta. Y leer la mente de las personas no es algo que pueda hacer actualmente. Y mucho menos de mujeres, claro. Les recuerdo: soy hombre y por definición no sabemos nada sobre mujeres.

Luego de media hora mi viaje llegaba a su fin lleno de interrogantes, vacíos de respuestas. Toqué el timbre y esperé para bajar hasta que el chofer, una vez más, frenara la unidad con ese zapato de plomo que nos hacía tambalear ante cada frenada y aceleración. Merecería quedarse sin trabajo, por zopenco. (¿Dije zopenco? ¿En serio?)

En el impulso de mi bajada, cuando mi pie izquierdo ya había apoyado en el primer escalón y el otro estaba por terminar su viaje al segundo, escucho a la nena que le dice a la madre: Mamá, ¿está mal si me cambio el peinado?

Casi tropiezo en una mezcla de sorpresa y chusmerío barato. Mis sentidos giraron en torno a esa pregunta queriendo escuchar la respuesta de la madre desde su ortodoxia. Quería conocer una contestación a una consulta que jamás imaginé escuchar. Pero no pude. Mis pies ya habían bajado la pequeña escalera y mi cuerpo ya estaba fuera del colectivo. Me quedé parado a un costado de la avenida, mirando el colectivo irse, mientras mis ojos buscaban alguna imagen que me revelara esas palabras que nunca voy a oír.

Será cuestión de seguir tomando el mismo colectivo, una y otra vez, buscando a esa nena, tan recatada, para ver si pudo cumplir su pequeño deseo plasmado en un simple peinado.

 


 

Desconexión: Kavi Jezzie Hockaday – Unconditional Love (Unconditional Love – 2007)
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