Perfume


Stray into mountain road

Foto: Saraia77

Y tomé conciencia. Abrí los ojos intentando comprender dónde estaba mientras una frase recurrente volvía a mi cabeza. “Si no me hubieras soltado la mano, ahora estaría haciendo fuerza desde arriba para sacarte. De todas maneras sigo acá, en el borde, esperando que estires el brazo”. La plaza desbordaba de gente bajo el sol veraniego. Pequeños grupos de personas conversaban sentados alrededor mientras compartían unos mates o algo para comer. Imagino que hablaban de todo un poco y de nada al mismo tiempo. Padres y madres luchando con sus hijos, adolescentes en flor, solitarios lectores con sus libros a cuestas y aburridas mujeres en sus trajes de baño tomando todo el sol posible antes que el verano las sorprenda con su piel aún blanca. Detrás de mí, soportando el peso de mi cuerpo, un gigantesco gomero me cubría con su sombra. Su grueso tronco algo irregular me lastimaba la espalda a través de mi remera. Me incorporé y sentí un dolor que me atravesaba producto del entumecimiento de mis miembros. Deduje que hacía rato que estaba sentado ahí. ¿Cuánto tiempo había pasado?

Empecé a hacer memoria para recordar las últimas horas. ¿Cómo había llegado ahí? Miré el reloj, pero sus manecillas se habían detenido. Como un reflejo intenté escucharlo para confirmar que no funcionaba.

Presté un poco más de atención al lugar y me sorprendió la cantidad de pasto verde que cubría la plaza. Era mucho y su tono era muy fuerte. Casi que me lastimaba la vista. Intenté quitar la mirada de él, pero me di cuenta que cualquier otro objeto que observara tenía la misma intensidad lumínica. Bancos muy marrones, postes de luz muy grises, ropa muy roja, muy azul, muy violeta, muy naranja. Incluso ropa muy negra. Eso me extrañó. Las cosas negras eran muy negras, de la misma manera que cada pelota amarilla era muy amarilla y cada pantalón celeste era muy celeste. Cada color tenía una intensidad superior a la que debería tener. Y eso me perturbaba.

Por un momento pensé que mis ojos, luego de esta extraña siesta, estaban sensibles a la luz. Pero esa intensidad que tenía cada color no lastimaba, no dañaba. Me molestaba ver todo tan colorido, pero no era culpa de mis ojos. No. Eran esos colores los que brillaban más de lo que debían.

Me incorporé y presté atención a las personas que pasaban el rato. Al principio había pensado que las conversaciones fluían animadamente. Pero para mi sorpresa el silencio se apoderaba del momento. Nadie hablaba, ni emitía ningún sonido. Empecé a observar a cada persona, a cada rostro, a cada actitud y noté que todos, en silencio, cumplían el ritual como lo cumpliría cualquiera en el lugar de ellos: compartían, jugaban, tomaban sol, hacían deporte, pero nadie hablaba. Y no era que me había quedado sordo. Para nada. Se escuchaban todos los demás sonidos. Las pelotas picando, los pasos recorriendo los caminos de loza, el pedaleo de las bicicletas, las ruedas de los patines, el ruido del mate vaciándose, todo. Pero no había voces. Ninguna.

Y las caras. Esas caras. Todas con una expresión muy difícil de explicar en palabras. Predominaba un rictus solemne en todas ellas, casi como apesadumbradas, rendidas, entregadas a su destino. Los chicos jugaban al fútbol y no festejaban los goles; los adultos se pasaban el mate en silencio, con tristeza; las madres tenían en brazos a sus bebés con la mirada perdida en distintos puntos mientras sus bebés, en silencio, chupaban su chupete o su pulgar sin emitir sonido. Nadie hablaba, nadie lloraba, nadie gritaba.

Y ese olor. ¿Qué era ese olor? Un perfume que parecía dulce al principio pero que ahora lo sentía agrio, atacaba mi nariz y me daba arcadas al punto de vomitar.

¿Qué es este lugar? ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué acá? ¿Por qué tanta luminiscencia y tanto silencio? ¿Por qué ese olor?

 


 

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