Invierno


Lluvia de otoño
Foto:
Miquel González Page

La avenida era ancha y el volumen de autos era mucho mayor. Pasaban a toda velocidad sin permitirme cruzar. Los neumáticos levantaban una gruesa capa de agua producto de la copiosa lluvia que azotaba la ciudad. Una lluvia de esas que bate todos los records y que sirve para que los periodistas comenten durante horas el fenómeno natural que a nadie le importa. El frío viento soplaba de costado e intentaba volarme el pequeño gorro plástico que cubría mi cabeza. Lo sostenía con mi mano derecha mientras que con la otra agarraba fuerte el piloto por el frente, como queriendo evitar que el mismo se abriese. Tanto el gorro como el piloto hacían juego con las botas de lluvia. Todo en amarilla combinación. ¿Qué hacía vestido así? Parezco un helado de sambayón.

Los semáforos habían dejado de funcionar hacía horas y los conductores habían tomado posesión de la avenida, su camino impenetrable para los mortales de a pie. Cientos y cientos de vehículos por minuto pasaban frente a mi dejándome de este lado del mundo. De este lado de la realidad.

El tiempo pasaba y los nervios comenzaban a aflorar. Durante quince cuadras te vine siguiendo, esquivando personas, intentando alcanzarte para decirte lo que siento, lo que anhelo, lo que sueño. Durante quince cuadras había tomado coraje para pararme frente tuyo y abrir mi corazón, liberar las penas que me lastimaban. Durante quince cuadras pisé charcos, soporté la intensa lluvia y el filoso viento para mirarte a los ojos y explicarte mis ganas de abrazarte, de besarte y de quedarme acurrucado ante el calor de tu fuego a leña.

Pero habías tenido un momento de suerte y, cuando la avenida estaba vacía, pudiste cruzar y seguir caminando a paso firme bajo tu gran paraguas nuevo. Y yo no pude cruzar, no pude seguirte, no pude alcanzarte.

Y acá estoy esperando por un espacio que parece que nunca voy a tener mientras vos seguís tu camino segura y sin contratiempos. Te alejás de mi sin detenerte a mirar atrás. Tan solo caminás, ignorando que estoy acá bajo esta dura tormenta. ¿Recordarás mi nombre? ¿Te importará?

El viento sopla y mis palabras se esfuman, el tiempo pasa y mi coraje, vencido, se desvanece entre frías gotas de lluvia y gélidos vientos de invierno. Vos caminás mientras los autos siguen alejándonos en un adiós sin retorno.

 


 

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