Volviendo al hogar, pt. 14: Una valija y una mochila


Solitude
Foto:
Luca Rossato

… continúa.

―¿Qué fue eso? ―preguntó Santiago algo desorientado.

―¿Qué cosa? ―respondió Oriana sin entender. Él la miró a los ojos extrañado.

―¿Y luego qué pasó?

―Pensé que el mundo se acababa para mi. Estuve internada durante varias semanas en un pequeño hospital, sola, sin lágrimas para llorar, deseando que todo terminara. No tenía nada por qué luchar. Ahí tuve la ayuda de un médico que me habló mucho y me explicó una y cada una de las razones para seguir viviendo. El mundo se vuelve muy chico cuando no hay nada para vos. Él venía todos los días a mi habitación, a la mañana y a la tarde, y me hablaba muy despacio, con mucho cuidado de no herirme. Era muy dulce y cariñoso. Siempre comprendió que cualquier palabra equivocada podía resultar en una catástrofe. Al principio yo no quería saber nada. Miraba para otro lado, cerraba los ojos o me daba vuelta para demostrarle qué poco me importaban sus palabras. Lo odiaba. Pero él se mantenía firme preguntándome cómo estaba, qué tenía ganas de hacer o cuáles eran mis deseos inmediatos.

“Mi gran error en ese momento (o mi gran acierto, viéndolo hoy en día) fue hablarle. Llegó una tarde nublada de mayo con unos lápices y unas hojas y me propuso un juego. No sabía aún de qué se trataba, pero me parecía una estupidez. Mi vida se extinguía lentamente y el imbécil quería ponerse a jugar. Me sentí burlada. Y exploté. Grité como nunca lo había hecho en mi vida. Le insulté de todas las maneras conocidas. Dije palabras que tal vez jamás había dicho antes. Mi bronca era tal que me lastimé las manos al apretar tan fuerte las sábanas y el colchón de la cama del hospital; llegué a clavarme las uñas en las palmas. Era puro odio, rencor y rabia.

“El me miró impávido hasta con una pequeña sonrisa en sus labios. Eso me enfurecía más. Hasta que me habló y sus palabras me detuvieron en seco.

“―¡Oriana, escuchame! ―gritó tan imperativamente que me hizo callar―. Juguemos a algo que te va a gustar. Decime de qué manera te querés suicidar. Decímelo y yo te lo hago realidad. Decime cómo querés morir y yo aplaco tu sufrimiento. Dale, juguemos ―. Su voz tenía un dejo de sadismo ―. ¿Querés que te corte las venas de la manera correcta así te desangrás rápido? ¿O querés algún cóctel de pastillas que te haga perder el sentido antes de detenerte el corazón? ¿Preferís la violencia de un disparo que esparza tus sesos en la pared? ¿O querés ver si es fácil volar como los pájaros para destruirte los huesos contra el cemento de la calle? ¿No tenés nada por qué luchar? Bueno, solucionemos esto rápido que necesitamos la cama para otro paciente con ganas de vivir. Dale, juguemos. Quiero hacer todo lo posible para ayudarte, pero estoy cansando de tu actitud y si no querés hacer nada por vos, quiero quitarte de mi vida de una buena vez por todas. Hace semanas que no duermo pensando cómo ayudarte. ¿Querías tener a alguien en el mundo que se interese por vos? Acá estoy. Decidite rápido que tengo ganas que ir a tomar un café.

“Me quedé callada, jadeando y sin saber qué responderle. Él me miraba muy serio pero tranquilo. Sus palabras, simples pero fuertes, empezaron a recorrerme como un manantial de agua fresca en medio de mi océano de fuego.

“―No quiero morirme ―le dije finalmente casi en un susurro― pero no sé si tengo fuerzas para volver a empezar.

“―Nadie está preparado para volver a empezar. Y menos aún cuando no tenés nada por qué luchar. Hagamos una cosa: vos me das una oportunidad de ayudarte y yo te prometo que antes de lo que te imaginás vas a estar volando nuevamente en ese cielo que nunca tuvo que dejar de tenerte. Quiero que vuelvas a ser esa mujer que nunca debió dejar de ser. Te ofrezco mi hombro para que te apoyes, te brindo mi espalda para que te sostengas y vuelvas a aprender a caminar. Como si fueras un bebé. Eso si, los pañales no están incluidos ―bromeó para sacarme la primera sonrisa en mucho tiempo― . Listo, me doy por conforme por el día de hoy. Mañana vuelvo y conversamos un rato más, ¿te parece?

“Ese día me fui a dormir con una pequeña luz en mi corazón.

―¿Y cuánto tiempo duró la recuperación?

―Dos semanas hasta que me pasaron a una habitación común, siete semanas más hasta que me dieron el alta del hospital y toda una vida hasta tener el alta definitiva ―. Sonrió.

―Bastante rápido, tomando en cuenta la situación que me contás.

―Para mi fue una vida.

―Volver al mundo real habrá sido duro.

―No más que haber descendido a los infiernos.

―Seguramente. ¿No hablaste con tu familia?

―No. Ni me interesa hacerlo ―. Hizo un gesto de desgano ―. Ellos ya no son mi familia.

―Tal vez te hubieran entendido y contenido.

―No lo creo.

―¿Y cómo hiciste para volver a tener una vida normal?

―¿Quién te dijo que tengo una vida normal? ―rió con algo de timidez―. Trabajo con el tema de los tatuajes lo que me permite vivir sin grandes preocupaciones, pero tampoco tengo muchas cosas que mantener. No tengo casa, no tengo auto y casi no tengo pertenencias. Mi vida está en la valija que está en la bodega de este avión y en la mochila que tengo acá arriba ―señaló el portaequipaje ―. Hace poco comencé a viajar para intentar ampliar mis horizontes. No tengo ataduras. Ni familia, ni perro, ni gato. Ni quiero tenerlas.

―Hacés bien.

Las luces del avión se prendieron lentamente. Santiago miró asombrado alrededor suyo. La noche sobre el avión había terminado.

―¿Y vos? ―preguntó ella mientras se acomodaba el pelo. ¿Por qué estás en este vuelo?

Continuará…

 


 

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