Una luz en el páramo


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Foto:
Alejandro H.

Gritos y llantos. Insultos y golpes. Sombras y suciedad. El geriátrico era el peor lugar para pasar tus últimos años de vida. Tenías tu cama, tu habitación (compartida, claro), te daban de comer, te cambiaban las desgastadas sábanas de la cama y no mucho más. Casi como un hotel, pero de cuarta. Y con un condimento extra: decenas de viejos, enfermos en su mayoría, que lloraban, gritaban y reclamaban por parientes muertos que solo en sueños los pasaban a visitar o parientes vivos que nunca iban siquiera a llamar.

Rosa, una abuela casi olvidada en un pequeño barrio, pasaba sus días lo mejor que podía. Compartía una triste y mortecina habitación con otras tres abuelas con quienes apenas hablaba debido a que estaban perdidas en sus recuerdos, en sus memorias, en sus tristezas. Tres abuelas olvidadas por sus familias y amigos que esperaban un triste y solitario final casi en la inconciencia. Pero Rosa, no. Rosa intentaba mantenerse activa dentro de ese caos de la desesperanza que azotaba el pequeño geriátrico barrial.

(Preservar…)

El día que su familia decidió encerrarla ahí lo tomó de manera muy natural. En realidad no fue su familia, fue su yerno. Él convenció a su hija para que la encerraran ahí. Según le contó, él dejó en claro que había poco dinero y que dejarla en el geriátrico era la mejor manera de bajar un poco los gastos. Rosa lo entendió perfectamente delante de todos, pero lloró como una nena las primeras noches de soledad, bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. Sentía que su vida había terminado. Durante esas noches recordó el mundo que vivió, con sus alegrías y sus penas. Vino a su memoria los recuerdos de cuando era chica, recordó la casa de sus padres, las tardes en la plaza con su triciclo, las navidades, sus novios, su casamiento, el nacimiento de su hija, sus nietos, la viudez…

(Preservar… Comprender y entender…)

Pero tan pronto sus lágrimas se secaron decidió que no iba a morirse en ese agujero, enferma y perdida. Pese a que el geriátrico tenía estrictas reglas, horarios y una rutina diaria entre los abuelos, ella intentó evitar relacionarse con los otros viejos para no volverse loca. Siempre conversaba con las enfermeras, tomaba mate y todas las mañanas leía el diario para estar al día de lo que ocurría en el mundo. Se lamentó que en el lugar no hubiera una computadora pero al menos hacía las palabras cruzadas, pedía libros (se leyó Papillon de Henri Charrière en cuatro días) y en cuanto pudo pidió un cuaderno y unos lápices para dibujar. Sus finos dedos trazaban líneas poco claras que poco a poco fueron mejorando. Primero dibujó su habitación varias veces haciendo trazos finos y temblorosos. No era buena pero lo intentaba. Y en cada intento las líneas mejoraban. Luego bocetó los demás ambientes del geriátrico para, algunas semanas después, empezar a dibujar el exterior: la calle, los árboles, los pájaros, los autos, los transeúntes. Un año después empezó a retratar a sus compañeras y compañeros. Sus dibujos básicos y poco entendibles pasaron a ser pequeñas obras que eran elogiadas por cualquier curioso que quisiera ver. Ella no le mostraba sus dibujos a nadie, pero tampoco los escondía si alguien los quería ver.

Rosa sabía que el tiempo que pasaba ensimismada con sus dibujos era simplemente una forma de evadirse de la soledad que la quería hundir. Tal vez era algo contradictorio, pero así se sentía tranquila. Al principio la familia la visitaba casi todos los días, pero con el correr de los meses esas visitas se fueron haciendo más y más espaciadas. Y eso la entristecía. Las noches se hacían largas y las tardes, en especial esas de verano en donde el sol bañaba los rincones, eran interminables rodeada de esa soledad intrascendente.

(Preservar… Comprender y entender que no estoy aquí, que no estoy ahí. El silencio me protege y me asusta. Me permite derrotar a unos demonios y alimentar otros. No estoy aquí. No estoy ahí. Comprender y entender. )

Un día de primavera, Rosa terminó su almuerzo y lentamente ayudó al personal del geriátrico a levantar la mesa. Platos, cubiertos, vasos, botellas y servilletas eran cargadas en un carrito especial que luego iba directamente a la gran cocina del lugar. Cuando la mesa quedó desocupada volvió a su cuarto lentamente para tomar su cuaderno, sus lápices y sentarse en el parque de atrás para comenzar un nuevo dibujo. Esta vez quería hacer una composición algo distinta. No sabía muy bien cuál, pero la inspiración ya llegaría. Lentamente acercó una silla hasta aquel árbol que tanto quería y se sentó debajo de la sombra mientras acomodaba el cuaderno sobre sus piernas. Cerró los párpados y dejó que el viento fresco acaricie sus pómulos.

Se sentía un poquito feliz.

Rosa, la llamó una de las enfermeras. Rosa, ¿dónde estás? Ella abrió los ojos y se puso los anteojos para ver de lejos y divisó a Isabella llamándola desde dentro. Acá estoy, dijo mientras levantaba la mano, ¿qué pasa? Pensó que tal vez se había olvidado de tomar alguno de los remedios. Estaba tan cansada de tomar tantas pastillas. A veces se preguntaba si no eran simplemente un método para alargar lo inevitable, como una lenta agonía sedada. La presión, el corazón, los riñones, el hígado y algunas pastillas más que no sabía para qué eran.

(Preservar…)

Rosa, vení para acá, le dijo Isabella mientras se acercaba con una sonrisa. ¿Qué querrá?, se preguntaba mientras la veía aproximarse. Tenés visitas, la sorprendió la enfermera. ¿Visitas? ¿Quiénes? Son tu hija y tu nieta. Vienen a buscarte para ir a dar un paseo. Los ojos de Rosa se agrandaron mientras se humedecían de emoción. Rápidamente, o casi, se puso de pie y comenzó a caminar hacia el interior mientras dejaba abandonado en la silla su preciado cuaderno. Durante los siguientes treinta minutos Rosa se vistió con un lindo vestido claro con flores multicolores, se peinó lo mejor que pudo y se perfumó como si la esperara en la puerta el amor de su vida. Y así, bella y radiante, fue hasta la puerta. Ahí estaban su hija Alicia y su nieta Alejandra esperándola. La enfermera les dio un beso para despedirla. Rosa abrazó a su hija casi entre lágrimas y luego a su nieta a la que llenó de besos.

No se preocupe, le dijo Alicia a la enfermera mientras tomaba del brazo a Rosa, nos vamos a quedar en el parque bajo el sol tomando unos mates. No hay problema, respondió la enfermera. Recuerden que tiene que estar antes de las ocho acá. Perfecto, nos vemos.

Hola, abuela, saludó Alejandra mientras la tomaba del brazo derecho, te extrañé mucho. ¿Querés que te cuente lo que hicimos en el colegio? Estamos aprendiendo a separar las oraciones en sujeto y predicado. ¿Querés que te enseñe? Alejandra continuó sus explicaciones mientras Rosa la escuchaba atentamente. Alicia la tomaba del brazo izquierdo y sonreía viendo a su mamá y su hija conversando atentamente. La primavera estaba ahí, llenando los corazones de optimismo y felicidad.

(… alimentar otros.)

Rosa, una abuela casi olvidada en un pequeño barrio, se sentía por primera vez en muchos años feliz de poder disfrutar esos pequeños momentos en el ocaso de su vida.

 


 

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