Blanco y negro


Alley of dreams
Carátula:
Ahmed Gado – Alley Of Dreams

Este texto y su imagen fueron publicados originalmente en el número de agosto de 2013 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Sueños. Me dijeron que tenía que escribir sobre sueños y no tengo mucha idea de qué va a tratar este texto. Si, sueños, ¿pero qué? En estos momentos estoy sentado frente a la computadora, con un documento de texto abierto y casi en blanco. Solamente leo “Sueños. Me dijeron que tenía que escribir sobre sueños…” y ahí me quedé. ¿Qué debo hacer? Existen muchos momentos donde uno se bloquea y tal vez éste sea uno de esos momentos. Me tomo un pequeño instante para pensar la próxima frase. Cierro los ojos y quito lentamente las manos del teclado…

Empiezo a hurgar en mi mente intentando encontrar una idea, una situación, un sentimiento o una imagen. Muchas veces escribo pensando en una imagen. Mis textos hacen lo imposible por describir una figuración y que el lector intente concebir lo que siento al verla. Una imagen vale más que mil palabras, pero nadie sabe si vale más que dos mil. Pregúntenle a un ciego el valor de las palabras. Ahí se conjugan los sentimientos y las sensaciones. Son esos los momentos en los cuales pierdo la noción del tiempo y noto cómo mis dedos traducen sobre el teclado una seguidilla de palabras, muchas veces inconexas, que surgen desde el fondo de mi cerebro. No, no de mi corazón. Aunque suene poco poético, los sentimientos no están en el corazón. El corazón es una válvula que bombea sangre. La razón y los sentimientos son dos monstruos que pelean dentro de nuestro cerebro intentado ganar una batalla sin sentido. Pero el corazón no tiene nada que ver con los sentimientos. Es como decir que uno ama con el hígado o que odia con el páncreas.

Veremos qué sale de todo esto. Quizás escriba unas líneas y luego vea a dónde me llevan. Otro día las corregiré. Odio corregir, aunque he leído por ahí que el momento en donde los escritores demuestran todo lo que saben es al corregir y no al escribir. Es desmoralizante, sin dudas. Les dije, odio corregir.

Acá, en la oscuridad, el mundo es distinto. Tal vez porque puedo ser lo que siempre quise ser o porque puedo conseguir lo siempre quise obtener. Aquí todo es posible. Puedo volar más alto, correr más rápido o flotar desafiando las leyes de la física. En este mundo soy mago, brujo, ilusionista, chamán. Puedo ser el héroe, la víctima o ser el monstruo. Juez, acusado y verdugo. Ganar, perder, hundirme en la más profunda depresión o explotar de alegría. Puedo bailar con la muerte o reírme de ella, abrir las puertas del mañana por más que no tenga la llave o llegar a nuevas fronteras hundiendo mi cara en la arena. ¿Podré dejar mensajes ocultos en este ir y venir de sensaciones?

Solo sueño en blanco y negro, decía la canción.

Tal vez pueda hacer que llueva o recorrer el mundo en un segundo. Buenos Aires, Londres, Roma, Florencia, Viena, Paris, Oslo, Barcelona o cualquier otra ciudad que, por más que no conozca, podré detallar con precisión. Eso me hace acordar sobre todo lo que he aprendido sobre Afganistán y su cultura para otro de los textos que estoy escribiendo. Un texto que tardaré en terminar. ¿Podré engañar a los lectores cuando escriba sobre Kabul y sus costumbres? Tal vez lo consiga con quienes nunca estuvieron ahí. Pero uno de los objetivos de quienes escribimos es mentir, que el lector crea. Las situaciones, los personajes, los diálogos, todo es una gran invención, un grupo de mentiras agrupadas de manera que el mundo acepte que lo escrito es así. Y esto es valedero tanto para una historia de amor en nuestros tiempos como en un viaje interplanetario en el siglo XXXII.

El arte de mentir.

¿Y cómo quedará ese texto que escribiré? ¿Tendrá algún significado o algún sentido? ¿O será simplemente un nuevo grupo de palabras vacías de contenido? No creo que interesen tanto esas preguntas. Tengo que escribir sobre los sueños pero sigo sin ideas. Los sueños son inconexos, ¿vieron? Recuerdo uno: estaba en mi antigua casa en un primer piso, pateando una pelota de fútbol que salió por la ventana sin romper el vidrio. Entonces “crucé la ventana” para pisar el pasto de un parque y levantar no la pelota, sino una moneda. Acto seguido estaba bailando con un paquete de papas fritas en la mano. Inconexo. No, me dirán algunos, los sueños tienen un por qué, una razón de ser. “Ni a ganchos”, respondería yo minimizando esas palabras. El cerebro sigue funcionando mientras dormimos y los conceptos (no las imágenes) que tenemos en él se mezclan y surgen esas locuras sin sentido. Pero no significan nada. A menos que te encante vivir en un mundo de fantasía en donde los sueños o el horóscopo “dicen” algo. Hay algo de romanticismo, tal vez. No sé.

Otra vez tuve un sueño muy extraño, pero no lo contaré acá porque ya lo escribí. Tendrán que ir a buscarlo por ahí. ¿Decir esto acá es spam? ¿O simplemente una mala publicidad? ¿Debería poner un link a dicho texto? ¿Qué hago pensando esto? Los pensamientos van y vienen, pero siguen sin significar nada.

Aunque una vez, días después de la muerte de mi viejo, soñé con él. Lo saludé y le pregunté si estaba bien. Asintió con la cabeza, en silencio, con una pequeña sonrisa en su boca. Luego de eso me quedé tranquilo sabiendo que él estaba bien, por más que sé que no era ÉL “visitándome” en un sueño, sino simplemente la necesidad del lado racional de mi cerebro de calmar al lado emocional del mismo.

¿Y si en lugar de hablar de los sueños como esas imágenes o situaciones mientras dormimos hablo sobre los sueños como esos deseos que tenemos sobre nuestro futuro? Soñar con un mundo mejor, soñar con un futuro prometedor. Soñar.

No sé. Las imágenes se confunden y me confunden, se mezclan, se entrelazan mientras lentamente se esfuman. Algo me perturba, pero no logro entender qué es. Ahora la oscuridad es absoluta, las imágenes ya no están. Escucho una lejana música que se repite una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.

Abro lo ojos.

Intento recuperarme del estado de somnolencia queriendo comprender dónde estoy. Los párpados, pesadísimos, no quieren abrirse. El celular suena insistentemente intentándome despertar del todo pero se calla repentinamente para dejar lugar al contestador. Miro alrededor y noto que sigo sentado en el mismo lugar, en la misma silla. La computadora frente a mí sigue ahí. Observo el documento y veo que el texto que me pidieron está listo. Hasta este punto. Este de acá. Éste. Acá. Cuento las palabras: más o menos unas mil. Quizás sean muchas. Miro la hora y veo que es tarde. Hago clic en el botón Guardar para no perderlo.

Mañana lo corregiré. Tal vez.

 


 

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