Volviendo al hogar, pt. 12: Bajo el puente de la desesperanza


I wanna hold your hand
Foto:
Josep Ma. Rosell

… continúa.

El silencio en la cabina del avión era sólo interrumpido por el constante ruido de los motores que, como dagas, cruzaba los oídos de los pasajeros. Pero éstos, acostumbrados ya, dormían en su mayoría mientras cruzaban el Océano Atlántico con destino a Frankfurt, primera escala del vuelo que Santiago estaba haciendo a Kabul buscando un nuevo rumbo en su vida. Las luces, que tenues alumbraban los asientos, se mezclaban con las que mantenían los pasajeros despiertos absortos en sus lecturas. Debajo de una de esas luces, Santiago hablaba lentamente con la desconocida que había visto y seguido en el aeropuerto. Luego de las primeras frases, poco originales, se sentía un poco más relajado y confiado.

—No sé hablar italiano. Si te hablo en castellano, ¿vos me entendés? ¿Tú me entiendes? —preguntó con incertidumbre mezclando un poco “argentino” y un poco de castellano formal.

Io non parlo molto bene lo spagnolo, ma capisco quello che stai dicendo.

Santiago se quedó algo petrificado, dubitativo. Ella parecía que lo entendía, pero él entendía apenas algunas de las palabras que ella pronunciaba. Sonrió algo preocupado, pero comprendió que no era el momento de retroceder.

Posso provare. Spero che tu mi capisci —dijo ella con una sonrisa en la boca. Santiago se sintió obnubilado. No recordaba haber sentido algo así en su vida, o al menos no en mucho tiempo. Era una sensación difícil de explicar. Durante un instante pensó que este tipo de sentimientos no aparecen en la vida de una persona de manera muy seguida. Se sintió pisando un camino nuevo, en un entorno nuevo. ¿Amor a primera vista? No, no. Definitivamente no. Esto era algo distinto.

Qual è il tuo nome? —, dudó unos instantes— ¿Cómo te llamas tú? —se arriesgó ella con algo de vergüenza, pero firme.

—Santiago, ¿y tú? —preguntó intentando evitar el voceo propio de su país.

—Oriana —respondió con una voz tersa y suave mientras marcaba el libro para cerrarlo y acomodarlo a un costado —. ¿Tú quieres sentarte al mio fianco? —mientras con un ademán de su mano derecha lo invitaba a ocupar el asiento vacío a su lado.

Santiago miró el asiento y luego a los ojos de la extraña y cautivadora italiana que lo invitaba a sentarse mientras volvió a escuchar un susurro en lo profundo de su ser: vení, no tengas miedo, creyó escuchar. Ella cambió de lugar mientras él se sentaba en el asiento de ella. Se acomodó mientras preguntaba si no había nadie ahí.

Nessuno. ¿Tú eres de la Argentina? —Santiago notó que no hablaba mal pero claramente la tonada italiana se escurría constantemente entre las palabras.

—Si, soy argentino, de Buenos Aires. ¿Hace mucho que estás acá? —Se dio cuenta que “acá” seguía siendo Argentina por más que el avión estuviera en medio del Océano.

Oriana pensó las palabras y luego, muy lentamente, comenzó a responder intentado no equivocarse.

—Estuve de visita tres —dudó— ¿settimane?

—¿Semanas?

Esattamente. Tres semanas con amici de Buenos Aires. E ora viajo per Frankfurt para visitare altri amici.

—Viajás para ver a tus amigos. Están bastante diseminados por el mundo —, bromeó sin gracia.

—En realidad non sono amici. Formo parte de un grupo de artisti del tatuaggio. ¿Tatuadores? ¿Tatoo?

—Si, tatuadores.

E sono venuto qui per migliorarmi.

—¿Migliorarmi?

Migliorarmi. Migliorare —. Pensó unos instantes. —¿Mejor? ¿Mejorar?

—Si, comprendo, viniste acá para mejorar tu técnica.

—Y ahora estoy yendo hacia Germania in vacanza. Y luego torno a casa en Civitavecchia —. Santiago la miró algo extrañado —. Civitavecchia si trova a circa sessanta chilometri da Roma.

Su voz era suave y dulce. La lentitud con la que intentaba hablar castellano hacía que sus palabras sonaran muy mansas en los oídos de Santiago. Éste, algo nervioso, perdía un poco el hilo de la conversación al hundirse en esa mirada penetrante. A medida que pasaban los minutos él empezó a darse cuenta que no solamente las frases de ella eran suaves, sino que sus ademanes iban en conjugación con la forma de hablar. Santiago no podía quitar la mirada de ella, ni ella de él.

El diálogo comenzó, poco a poco, a volverse más ameno. Santiago quedó sorprendido con lo fácil que ella empezó a contar historias de su vida. Se la notaba con ganas de hablar, de expresarse, de escupir algunos recovecos de su memoria. Los temas con los que comenzaron la conversación fueron flotando de un lugar a otro, profundizándose más y más. Durante esta conversación de horas él empezó a aprender sobre Oriana y el mundo que la circundaba. Hija de padres ya separados, abandonó su casa paterna a los veinte años fascinada por un mundo inmenso que estaba libre para darle a ella nuevas maneras de disfrutar la vida. Esa fascinación vino de parte de un novio que la enamoró y le prometió el oro y el moro. Salió corriendo de su casa en brazos de su príncipe azul. Durante los siguientes cuatro años aprendió muchas cosas que no sabía: el alcohol como forma de olvidar sus problemas, supo de la violencia callejera y de cómo defenderse, aprendió a tatuar gracias a lo que aprendió de su novio y encontró la manera de que ese conocimiento le diera frutos económicos. Con el tiempo trabajó junto a él en un pequeño local en donde se realizaban tatuajes y piercings, y más adelante pudieron entre ambos abrir su propio local. La vida parecía fructífera para Oriana y su príncipe.

Pero, como todos sabemos, el mundo tiene extrañas maneras de cambiar los caminos que transitamos. Una tarde Oriana llegó al local antes de lo esperado para hacerse una prueba de embarazo. Estaba emocionada y ansiosa. Cuando llegó y fue al baño con el test en mano, descubrió a su pareja en lo profundo de una nena de no más de doce años. Esto la destrozó en muchos niveles, no por el engaño en sí, que ya había formado parte de su vida en reiteradas ocasiones, sino por el hecho de que estuviera con una nena cruzando una línea que ya no tiene retorno. Él intentó justificarse: la nena le había pagado para que tuviera su primera vez, pero ella no le creyó. Fue duro irse del lugar y escuchar que ambos continuaban como si nada hubiera pasado. Nunca más supo de él.

Santiago escuchaba atentamente con una mezcla de sorpresa y bronca. La notaba muy fuerte y segura de sí misma, pero al mismo tiempo había algo de vulnerabilidad que él notaba a través de su mirada.

Nunca se hizo la prueba de embarazo, aunque nunca llego a estarlo realmente. Volver de semejante desilusión fue muy difícil. Sintió nauseas durante muchos días y fantaseó más de una vez con suicidarse. Incluso, lo intentó en una oportunidad bajo un viejo puente en su pueblo, pero no le salió del todo bien. Mientras se desangraba fue salvada por un taxista que pasaba cerca del puente.

Oriana tomó la mano de Santiago y la acercó para que tocara la gruesa cicatriz que la cruzaba de lado a lado su muñeca. Santiago tembló al sentir la pequeña mano. Pasó el índice sobre la vieja herida sintiendo una extraña suavidad. Ella lo miraba atentamente con una sonrisa mientras lo guiaba por su muñeca.

—¿Sientes?

Santiago cerró los ojos y comenzó a ver imágenes.

Continuará…

 


 

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