La ilusión inalcanzable


Juego de niños II
Foto:
César Colomer

Este texto y su imagen fueron publicados originalmente en el número de julio de 2013 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

El griterío era ensordecedor. Los rayos del sol caían perpendicularmente sobre la tierra sobrecalentando todo lo que tocaban. La temperatura aumentaba minuto a minuto multiplicando la necesidad de refrescarse. Las palomas buscaban la sombra y los espejos de agua. El calor envolvía el ambiente con violencia inusitada. Pero eso no impedía que los chicos se divirtieran con los juegos de la plaza. Desde bebés con sus padres como guías, hasta pre adolescentes que aún no sabían si jugar o enamorarse por primera vez para toda la vida.

Dos toboganes algo despintados eran recorridos una y otra vez por frenéticos nenes y tímidas nenas en un éxtasis de vértigo y velocidad. Algunas madres acompañaban a sus bebés en sus primeros pasos con el juego, pero la mayoría estaban a un lado sin prestarles atención. Al costado, una gran lata horizontal sostenida desde los flancos por unas débiles cadenas hacía las veces de un caballo, el cual era montado por dos nenes que se sentían John Wayne, aunque nunca hubieran escuchado hablar de él. Más allá unos trepadores multicolores eran recorridos por una ágil nena, quien realizaba extrañas contorsiones como si fuera una Nadia Comaneci en potencia, y avezados jovencitos que intentaban mostrarse como los verdaderos Hombre Araña.

Pero el centro de atención infantil de la plaza era la zona de las hamacas. Por un lado, una fila de cinco para bebés y al lado otra fila, también de cinco, para los más grandes. En ellas las nenas acaparaban los lugares, felices por la posesión temporal. Iba y venían, iban y venían. Una y otra vez intentando llegar al cielo azul, queriendo desplegar las alas y volar alto como el sol, ansiando tocar a Dios con la punta de las zapatillas.

La escena se completaba con madres o padres solitarios a quienes les tocaba estar con sus hijos mientras sus ex descansaban de la responsabilidad. Otras parejas, jóvenes, disfrutaban de unos mates entre charlas y risas. Abuelas, abuelos, tías, tíos, amigos, amigas, adultos en general, todos entre despreocupados y atentos ante los movimientos de sus hijos. Un ojo acá y otro allá. Siempre. Todo parecía perfecto. La alegría desbordaba en esa plaza, en pleno mediodía de domingo.

Pero si observamos atentamente veremos algo extraño, algo que no concuerda con esta imagen de felicidad. En una de las hamacas, una nena de no más de diez años se balanceaba lentamente, en silencio, sentada en la desgastada tabla de madera. Se movía lentamente de aquí para allá con preguntas sin respuestas. Contrastaba con las otras nenas. Era como una pequeña oveja negra en un rebaño de ovejas blancas.

Estaba ahí, sola, esperando algo que tal vez nunca vendría. Sus pies tocaban apenas la arena mientras sus ojos recorrían las miradas de cada uno de los chicos y adultos que la rodeaban. Esa mirada tenía un peso especial, mezclando angustia, tristeza, pena y odio. Mucho odio. Miraba en detalle a cada nena que estaba cerca. Les observaba el pelo deseando que alguien le hiciera alguna vez un peinado bonito. Les miraba la ropa con ganas de tener esa remera fucsia de Barbie en verano o una campera abrigada en invierno. Prestaba atención a los pies deseando tener esas zapatillas con brillos o esas botas para la lluvia. Pero lo que más observaba, con extrema atención, era el amor que las mamás y los papás les daban a sus hijos.

Cada vez que veía a un adulto ayudaba a una nena a hamacarse, una profunda tristeza invadía su alma al punto de llenarle los ojos de lágrimas. De vez en cuando alguien se apiadaba de ella y le daba un empujoncito lo cual la llenaba de una alegría enorme que no podía expresar con palabras, pero que podía demostrar con una gigantesca sonrisa y un sonoro agradecimiento. Esos segundos eran para ella más felices y especiales que toda la alegría que pudiera tener el resto de la plaza durante todo el día. En ese momento ella tocaba el cielo con las manos, desplegaba sus alas para volar junto a Dios, abrazaba a las nubes en el súmmum del placer.

Pero todo eso duraba poco. Los adultos estaban atentos a sus hijos, a sus sobrinos, a sus nietos. No a ella. Y eso se sentía ahí, donde más duele, en el fondo de su corazón.

La tarde pasaba, poco a poco. El sol empezaba a bajar dando un poco de respiro ante tanto calor. El cielo dejaba su celeste pastel para cruzarse con los azules y llegar al negro de la noche. Los chicos, imperceptiblemente, iban dejando la plaza para volver a sus casas, a la seguridad de su familia, a sus juguetes, a sus mascotas, a sus camas. Cuando la noche lo cubría todo, la plaza quedaba casi vacía. Los juegos, agotados de tanto uso, descansaban esperando el próximo ataque de las pequeñas bestias.

Pero en esa soledad, en esa oscuridad, en ese silencio, siempre quedaba una hamaca ocupada por una niña. Una niña que triste lloraba por la vida que le tocó vivir.

 


 

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