Elección


Black Painting #10
Ilustración:
Catarina Carneiro de Sousa

El recinto era gigantesco… o al menos lo parecía. Nadie hubiera podido especificar dónde se encontraban las paredes ya que eran difusas. Lo mismo ocurría con el piso y el techo. Estaban ahí, eso se notaba, pero no se podía ver con exactitud dónde. Una luz blanca, potente pero no dañina, lo cubría todo. Se podía divisar cada detalle del lugar; no había nada que esconder. Una paz inconmensurable plagaba el ambiente, generando un estado de relajación indescriptible.

En el medio del inmenso recinto, Dios meditaba en silencio, con la cabeza gacha, sus ojos cerrados y millones de pensamientos cruzando su mente. Avistaba los hechos futuros analizando paso a paso cada suceso. Todo concordaba. Las cosas eran e iban a seguir siendo de la misma manera. Sentimientos ajenos a su persona apenas lo inquietaban. Sabía a qué se debían, pero Él dejaba que las cosas ocurrieran como debían ocurrir, teniendo la ventaja de saber cómo iban a terminar. La hora había llegado.

Respiró profundamente.

Se empezaron a escuchar ruidos que provenían del exterior. Comenzaron siendo casi inaudibles, pero poco a poco su volumen fue creciendo. Dejadme pasar, gritaba una dulce pero potente voz. No, no podéis pasar si Él no os llama. ¿Cómo no ha de querer hablar conmigo? ¿No veis quién soy? Él me va a recibir, no tengo dudas. Se escuchaban cientos de voces que pedían poder ingresar y otras tantas queriéndolo impedir.

Dios abrió los ojos, miró hacia la puerta y esperó. Alguien manipuló los pesados picaportes de la inmensa puerta. Lentamente, ésta se abrió silenciosamente y permitió el paso de cientos de ángeles hacia el interior del impoluto recinto. Los serafines, querubines y arcángeles se desplazaron velozmente alrededor del Ser Supremo, cubriéndolo de los agitadores.

Dios miró al grupo descontento que ingresaba con paso firme y vio en el centro al ángel que los lideraba. Sus facciones eran perfectas, su pelo, dorado como el sol, brillaba iluminado por las luces invisibles del recinto. Sus alas, blancas como la pureza misma, se extendían más que ninguna otra. Eran incluso más grandes que su propio cuerpo. Quizás tres o cuatro ángeles se hubieran podido refugiar en cada una de éstas. La perfección misma estaba caracterizada en él. Mirarlo generaba inmediatamente una atracción indescriptible. Sin duda, el ángel más bello tenía razón de serlo y Dios había sido el responsable de darle semejantes dotes.

—Quiero hablar contigo —le dijo a Dios con una suave y dulce voz que, sin embargo, mostraba firmeza y decisión—. Hay algo que quiero que sepas —. Los ángeles que lo acompañaban, todos de punta-en-blanco, asentían y mostraban su descontento.

—Silencio —ordenó Dios, y todos los presentes callaron al instante. Su voz inequívoca y poderosa sembró temor en los presentes y lo demostraron retrocediendo un paso… Todos, menos uno que se mantenía de pie, con expresión seria y determinada. Temblaba por dentro, pero no dejó que su aspecto lo demostrara—. Dejadme a solas con él —exclamó.

Los serafines se negaron en un primer momento a dejar sus puestos.

—Señor, no te vamos a dejar a solas con él. No creo que tenga buenas intenciones —. Dios giró lentamente su cabeza y con una sonrisa propia de su bondad miró sabiamente al leal serafín. Éste comprendió e instó a los demás a retirarse. El ángel hermoso hizo lo propio con sus seguidores de manera un poco más violenta. Una vez que todos se fueron, quedaron ambos frente a frente.

—¿Qué queréis de mí, Lucifer? —preguntó Dios, sabiendo la respuesta.

—Quiero que completéis tu obra.

—¿Mi obra? ¿Qué obra he dejado inconclusa?

—Miradme —instó Lucifer—, ¿me veis? ¿Veis lo hermoso que soy? Soy la perfección en su máxima expresión. Mirad mi cuerpo, mis facciones, mis alas. Soy todo lo que has querido que sea. Un ser perfecto. Pero todavía falta algo.

—¿Qué quieres decir?

—Para ser perfecto me falta una sola cosa: quiero ser como vos. Quiero sentarme junto a vos y, junto a tu enorme sabiduría, aprender, saber, conocer y conducir este mundo que habéis creado. Quiero ser un dios. Quiero que todos me adoren como te adoran a ti, quiero que me rindan pleitesía como a ti. Quiero ser el ángel más perfecto de todos los ángeles que jamás os hayan seguido. No quiero ser solamente el portador de la luz y de la aurora. Quiero ser Vos.

Dios miró a Lucifer a los ojos y notó como un inmenso orgullo quemaba lentamente la pureza de su alma. Dejadme ser como vos, repetía casi a los gritos, no seáis egoísta Dios, dadme el poder de ser Vos y os ayudaré a manejar este mundo imperfecto que habéis creado. Dejadme que lo mejore para Vos. Dadme la fuerza y la sabiduría necesaria para ser un dios.

En este momento Dios, lenta pero constantemente, creció en magnitud y miró a Lucifer desde su altura celestial. El ángel, en estado de desesperación, ahogó una sonrisa viendo al Único con todo su poderío.

—¡Lucifer! —exclamó Dios con una voz grave y profunda que hizo temblar los cielos. Afuera, los ángeles escucharon la voz enojada del Supremo y escaparon a refugiarse—. ¡Lucifer! ¡Miradme a los ojos, Lucifer!

—Si, Dios, si. Te veo, Ser Supremo —tembló con voz débil.

—¡Silencio, ingrato! Habéis traicionado tus raíces queriendo más de lo que se te ha dado —su voz se escuchaba hasta en los confines del universo—. Habéis pecado de orgullo pensando que la belleza y perfección que te he dado no eran suficientes. Habéis querido pasar por encima de mis ayudantes intentando ocupar un puesto que no te corresponde. Yo te he creado…

—… para mostrar que tan perfecto puedo ser! —, interrumpió Lucifer en tono de clamor.

—¡Silencio, desagradecido! Habéis traicionado tu origen y me habéis traicionado a mí.

Estas palabras le generaron un pequeño espasmo en el ángel que lo inquietó de manera desmedida. El brillo que desde su creación había acompañado a Lucifer, desapareció. Éste se miró y sus ojos expresaron temor por primera vez en su vida.

—No, por favor, Dios, no me hagáis esto —imploró Lucifer mientras sus ropas se empezaban a derruir lentamente.

—Lucifer —su voz pausada y firme era un todo, todas las criaturas del universo oían asustadas —, por tu traición y por el poder que gobierno, te destierro a vos y a tus seguidores del Paraíso y los condeno a vagar por toda la eternidad en la oscuridad alimentándose de ratas y de la mugre que las envuelve —. Los ojos claros de Lucifer se oscurecieron, sus ropas, grises ya, despedían fétidos olores. Sus pelos, otrora rubios, caían oscuros y mugrientos. Lentamente, las antes hermosas alas blancas, empezaron a marchitarse y a oscurecerse. Las facciones de Lucifer dejaron de ser curvas y suaves y empezaron poco a poco a marcarse gravemente. Su piel que había sido suave y cristalina, empezó a pudrirse cual cadáver en su tumba—. Seréis conocido como Diábolus, Satâna, Beelzebub, Belhor, Baalial, Beliar, Beliall, Beliel, Azazel; como el Dragón; como el padre de la mentira. Serás odiado por cuanto ser pueble la tierra y tu presencia significará muerte y odio.

Lucifer, oscuro, encorvado, sucio, maloliente, miraba a Dios con ojos de ira. Su voz, fétida y quejumbrosa, sonaba como mil gritos de muerte. Lucifer, el que había sido el ángel más bello, se había convertido en el Príncipe de las Tinieblas. Dios sentenció:

—Desapareced de mi vista, agonía sin fin. Arrastraos de por vida en los confines de los abismos y pagad con tu alma y tu sangre la traición que habéis cometido.

—Esto no ha de terminar acá —dijo el Oscuro con su crujiente voz mientras de su piel brotaba pestilencia y enfermedad que derruía las prendas ya negras que apenas lo cubrían—. Ganaré esta batalla aunque me lleve toda la eternidad. Me devoraré una y cada una de las almas que hayas de crear hasta que todos me alaben como a su dios.

—Lo intentarás, pero nunca habréis de ganar. Sois la putrefacción, la mentira, la ira, el odio y todo aquello que no tiene lugar en la tierra prometida —su voz creció más aún—. ¡Fuera de mi vista! ¡Deteriórate en el abismo junto a tus ratas!

Dios hizo un gesto con su mano y las grandes puertas se abrieron. En el exterior, los serafines, querubines y arcángeles fieles al Único miraban espantados como los seguidores de Lucifer habían cambiado de forma convirtiéndose en pequeñas figuras tenebrosas y hediondas. Todos miraron hacia dentro del recinto y vieron a La Gran Luz expulsar a un ser putrefacto que se arrastraba dejando tras de sí la sangre que brotaba de las purulentas llagas que reventaban en su cuerpo.

—¡Te destruiré! —, graznaba el odio en persona—. ¡Seré la espina clavada en cada ser de tu creación!

Con un rápido movimiento, el piso de los Cielos se abrió y Lucifer junto a sus séquitos cayeron en los abismos de la oscuridad y el fuego con un agudo grito de pena, para nunca más volver a pisar lugares santos. Los serafines, guardianes de Dios, se acercaron hasta éste quién volvió a tomar su forma original, benévola y misericordiosa. El serafín leal que no había querido dejar sólo a su Dios con el mal, le preguntó:

—Señor, ¿por qué los habéis mantenido con vida? Tú se la habéis dado, tú tienes el derecho y el poder de quitársela. ¿Por qué no lo habéis hecho?
Dios miró al fiel serafín y con una amable sonrisa preguntó:

—¿Cómo diferenciáis a los frutos si todos fueran iguales? ¿Cómo harías para llamar a alguno de tus hermanos ángeles si todos se llamaran igual? —. Dios sonreía.

—No os entiendo, Señor.

—Si alguien tuviera que elegir y no tuviera opciones, ¿podría elegir?

—Pero, Señor, ¿quién va a elegir? —el serafín abrió los ojos cuando la comprensión lo invadió—. ¿Acaso vais a realizar alguna creación que tenga la posibilidad de elegir entre el bien y el mal?

—Shhh—, silenció Dios y guiñó un ojo con una sonrisa cómplice—. ¿Recordáis ese planeta azul aún desierto?

 


 

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