El Palacio del Sol


Myanmar (Birmania-Burma) Bagan
Foto:
Javier Martin Espartosa

Él se mantenía sentado en su trono observando como su reino colapsaba. Durante sus años de dominio había llevado a su pueblo desde la máxima gloria que había dejado su padre al espantoso caos en el cual estaban sumidos.

Los primeros años con el máximo poder fueron fáciles. Él, con apenas siete años, se dedicaba a jugar mientras sus consejeros, los mismos que habían estado al lado de su padre hasta el último minuto de vida de éste, se encargaban de llevar adelante las decisiones importantes del reino. Pero una vez que fue mayor de edad, y con el primer roce de la corona dorada sobre su cabeza, empezó a sentirse distinto. Por primera vez sentía lo que era el poder. Cada frase suya era tomada seriamente por su entorno y cada pedido era cumplido al pie de la letra. Al principio eran encargos muy simples y básicos: una comida en particular, alguna ropa especial o una decoración determinada eran temas que su entorno resolvía muy velozmente y sin contratiempos.

Sus peticiones empezaron a ser más complejas cuando quiso agregar habitaciones en el palacio o cuando directamente pidió un palacio nuevo. Durante años trabajaron miles de esclavos para construir el Palacio del Sol, morada de él, el Rey.

En esos años, mientras recorría las calurosas calles del reino, se cruzó con una bella muchacha que colmó su corazón. Habló con ella pero notó que solamente le dirigía la palabra por respeto, debido a que era el Rey, pero su corazón estaba lejos de ahí. Al sentirse poco correspondido y lleno de odio por el rechazo, obligó a la muchacha a casarse con él. Ella vivó junto a su esposo en la más absoluta de las tristezas hasta el día de su muerte.

El cambio definitivo ocurrió cuando, un poco en broma, un poco en serio, sugirió que le cortaran la cabeza a uno de sus esclavos. Media hora después, la cabeza del desdichado rodaba en la plaza central. En ese momento se sintió gigante, imbatible, casi un dios.

A partir de ese día nadie pudo detener sus deseos más enfermizos. Cada respuesta negativa que recibió se pagaba con la muerte del culpable y de su familia. Y no tenía miramientos para actuar. Todos debían respetar a rajatabla sus deseos. Y cada año que pasaba su crueldad aumentaba.

Cuando el país lindante les ofreció anexarse para ser la nación más grande de la región y compartir el reinado con el Rey vecino, él se enojó sobremanera. ¿Cómo ÉL iba a compartir el trono junto a otro rey? ¿ÉL? ¿El poder de Dios en la Tierra? Se negó rotundamente y les declaró la guerra por la insolencia cometida, cometiendo el error que llevaría a su reino al colapso.

Pero Señor, decían sus consejeros, ellos son un país mucho más grande y su ejército es diez veces más numeroso que el nuestro. Si vamos a la guerra nos exterminarán como ratas. ¿Exterminar?, preguntaba el Rey, nadie nos va a exterminar. Soy el poder de Dios en la Tierra, soy invencible.

La guerra duró menos de tres meses. Durante ese tiempo, el ejército enemigo invadió el reino y destruyó pueblo por pueblo matando a hombres, mujeres y niños. Sobre el final, y cuando el reino se hundía en la catástrofe, él estaba cómodamente sentado en su trono, tranquilo, sabiendo que nada le podía ocurrir. Era el poder de Dios en la Tierra. Nada malo le podía suceder. Cuando los soldados enemigos tomaron el Palacio del Sol matando a todos los que se cruzaban a su paso, el Rey esperó confiado la ayuda divina que él merecía.

La espada zumbó y cercenó el cuello del Rey de manera limpia. Nunca supo que era mortal.

 


 

Desconexión: Incredible Expanding Mindfuck – Gospel According To The I.E.M. (I.E.M. – 1996)
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