Una prisión a la memoria


131.365 on the edge of safe
Foto:
Ashley Rose

Cuando sonó el despertador Alejandra ya estaba despierta. La alarma retumbó en sus oídos insistentemente durante cerca de treinta segundos hasta que decidió apagarla. Estiró pesadamente el brazo derecho y tanteó el aparato buscando el esquivo botoncito puesto estratégicamente para que la dormilona de turno tenga que tomar conciencia y encontrarlo. Luego de hallarlo y apretarlo para acallar el molesto ruidito se quedó ahí, sin ganas de levantarse. Estiró las piernas y se desperezó tensando cada uno de los músculos de su cuerpo, como esos orgasmos que hacía meses que no tenía. Aprovechó la soledad de su cama de dos plazas para abrir las piernas y los brazos, y hundirse debajo de las sábanas y la frazada.

Tomó impulso y, contra su voluntad, se sentó a un costado de la cama. Resopló desganada. Se puso de pie y fue al baño mientras se acomodaba la bombacha y revisaba los cinco mensajes que tenía en su celular: todos de ese molesto compañero que no paraba de buscarla. Pensó que debería hablar con él y cortar por lo sano. No le interesaba en lo más mínimo. Volvió a bostezar y sintió el olor de su aliento: apestaba. Entró en el baño y se vio en el espejo. Su larga melena morocha era un caos difícil de explicar con palabras. A su mente vino una viñeta de Mafalda en una situación similar. Se preguntó cómo hacer para peinar ese apocalipsis. Se aceró a su reflejo y vio varias canas que empezaban a mostrarse. Teñirse ya no era una opción sino una obligación. Ya lo haría con tiempo. Los ojos, ojerosos, delataban la corta noche de sueño y las pesadas lágrimas. Hizo una mueca y vio sus dientes amarillos por el cigarrillo. Tomó el cepillo de dientes, puso algo de pasta, lo mojó y comenzó el conocido rito matutino. Mientras lo hacía salió del baño y volvió a su pieza para mirarse en el espejo grande que ahí tenía. Prendió la luz y se puso frente a él: estaba hecha un desastre. Una blanca remera larga, que le había dejado Hugo y que tenía una frase en inglés que ella nunca había entendido, cubría su cuerpo casi hasta las rodillas. Mientras terminaba pensó que, pese a los años, aún estaba en buen estado. Ya aparecería el Príncipe Azul o al menos algún lacayo para pasar el rato. ¿Cómo decía la frase? Hasta que aparezca el indicado, a divertirse con los equivocados. O algo así.

Volvió al baño, escupió la espuma y se enjuagó la boca. Miró la hora y vio que se hacía tarde. Entró en la habitación de Carla para despertarla. Con apenas ocho años su hija había asimilado de manera muy adulta la falta diaria de una figura paterna. Estaba creciendo muy rápido y las preguntas sobre los por qué empezaban a amainar. Creía que poco a poco se iba resignando a su situación. Era una nena muy valiente, o al menos eso es lo que siempre se dice de los chicos en estas situaciones. Y constantemente animaba a su mamá diciéndole que ya aparecería un novio que la haría feliz. Carla tenía el pelo y las facciones de su mamá, pero la mirada era del papá y Alejandra cada vez que la observaba a los ojos encontraba en ellos la mirada de él.

—Arriba preciosa —dijo Alejandra— vamos que es hora de ir a la escuela.

Le tocó el enmarañado pelo y fue a la cocina para poner agua para el mate y la leche en el fuego. Volvió a bostezar mientras abría la lata con yerba.

—Apurate que la leche ya casi está lista —gritó mientras preparaba el mate y prendía la radio.

…el ministro reiteró que se harían las averiguaciones necesarias del caso. En otro orden de cosas se definió que el día veinte comenzarán los cortes…

—Carla si no te levantas te voy a buscar de los pelos.

—Ya voy, mamá —se quejó Carla—. Tengo sueño.

—Eso te pasa por quedarte viendo televisión hasta tarde. Ya casi está listo el desayuno. Le puse tres cucharadas de chocolate.

—Gracias, mamá.

Alejandra terminó de prepararle el desayuno a su hija y se cebó el primer mate. La bombilla estaba media tapada y mientras la soplaba para liberarla, la vio detenidamente y pensó que ya era hora de comprar otra. Ésta la tenía desde antes de conocer a Hugo; incluso antes de conocer a Raúl. Doce años como mínimo.

… el dólar se mantiene estable pero no descartan…

Carla apareció en la cocina despeinada y somnolienta. Se sentó en el alto banquito para desayunar sobre la mesada. Tomó una galletita de agua y la untó con un poco de mermelada. La mordió sin muchas ganas mientras le ponía cuatro cucharadas de azúcar a su leche. Alejandra se sentó a su lado con el mate en la mano mientras la miraba con esos ojos que solamente una madre tiene para su hija. Observó sus finos rasgos y pensó en lo bonita que iba a ser cuando sea una adolescente. Seguramente los lobos la acosarían como hicieron con ella.

… dos ladrones fueron detenidos durante la madrugada mientras…

¿Cómo explicarle todo? ¿Cómo decirle eso que nunca tuvo el valor de decirle? Quizás alguna vez ella se enterara, pero por el momento el secreto estaba bien guardado en su memoria. Tenía derecho a saberlo, claro. ¿O no? ¿Tenía derecho a saberlo? ¿Qué ganaba su hija? ¿Qué ganaba ella con decírselo? Durante los últimos años Alejandra se había encargado muy bien dejar bajo siete llaves las pruebas que delataban el engaño. Nadie lo sabía, ni su mamá, ni su papá, ni Hugo, ni sus amigas. Y claro, mucho menos Clara.

… la máxima se estima en veintidós grados…

Tomó una galletita y apuró a su hija para vestirla. Mientras lo hacía volvió a recordar lo sucedido. Hacía tiempo que había dejado de pensar en eso, pero últimamente los recuerdos afloraban una y otra vez, como vuelve el sol a salir todas las mañanas. Y como siempre que volvían, éstos se encargaban de lastimarla como pequeñas punzadas en su alma. No quería sentirse así, ya había superado esa etapa, quería estar bien. Pero mientras la peinaba trabajosamente se le humedecían los ojos como antaño. Disimuló la tristeza que asolaba su corazón y le dedicó una bella sonrisa que Carla devolvió con un abrazo.

—Vamos, mi amor. ¿Tenés todo listo? Ahí llegó papá para llevarte al colegio —apuntó con el dedo hacia la puerta.

—Si, mamá —asintió mientras tomó un paquete de galletitas—. ¿Puedo llevarme esto para el recreo?

—No hay problema, pero no las comas en el aula, ¿de acuerdo? Déjalas para el recreo

—Bueno —levantó la mirada cansada de los límites de mamá.

Se despidieron con un beso. Alejandra se quedó mirando a través de la ventana cómo su hija subía al auto del papá y se saludaban. Se fueron. Pero ella se quedó ahí en silencio mirando la vida que la rodeaba. Vio los autos pasar, los vecinos caminar, el viento soplar y los árboles moverse a su ritmo. Poco a poco todo comenzó a moverse muy lentamente. Perdió su mirada en lontananza mientras los recuerdos volvían a llegar a su mente. Apretó las cortinas conteniendo su pesar, maldiciendo esas imágenes recurrentes.

…el descontento generalizado…

Fue a su habitación y contempló el desorden que había dejado. La tristeza empezó a desbordarle el alma y ya no pudo contenerse más. Apagó la luz del velador, se tiró boca abajo en su cama y en soledad abrazó su almohada apretándola contra su rostro mientras estallaba en un mar de lágrimas. El secreto que su boca nunca develó no soportaba más la prisión a la cual había sido confinado. Y lloró desconsoladamente intentando descomprimir el dolor.

Y siguió llorando.

 


 

Desconexión: How To Destroy Angels – The Space In Between (How To Destroy Angels – 2010)
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