La gomina


Gomina Brancato

Imagen: Desconocido

Este texto y su imagen fueron publicados originalmente en el número de junio de 2013 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

El ruido llenaba la pequeña habitación. Era constante y molesto (traca, traca, traca), pero él ya se había acostumbrado. El cuartito era de dos por dos y en su interior había solamente una mesa, una sillita desvencijada y, colgado de una pared, un viejo almanaque algo arrugado con el dibujo de una modelo con un vaso de whisky en la mano. A sus pies se leía el año: 1957. Nadie recordaba quién lo había colgado ahí y a nadie le interesaba. Una modesta puerta despintada de un lado y la ventanita con vidrio del otro, evitaban que la claustrofobia se apoderara de quien estuviera ahí, aunque no mucho. Una lamparita en el techo iluminaba de manera mortecina el lugar y le complicaba la lectura a don Oscar. Éste, sentado en la sillita, esperaba pacientemente las casi dos horas leyendo el diario. Empezaba el día con las noticias de deportes, pero cuando se acercaba la noche terminaba leyendo las notas que jamás leería en otro momento, incluyendo las palabras cruzadas que casi nunca podía terminar: ¿quién podía saber el nombre de un rey egipcio?

Don Oscar era un viejito de pelo canoso, despeinado y un poco largo para el deseo de su mujer, doña Marta. Ella siempre le pedía que se peine, que se ponga algo de gomina o que vaya al peluquero para que le corte esas mechas. Pero él la ignoraba. Tenía una gran nariz, prominente, llena de pequeños pocitos y con una pequeña verruga a un costado. Sobre ella, unos gruesos anteojos de vidrios verdes y marco marrón gastados, con una cinta en una de sus patillas. Vestía un mameluco celeste oscuro, roído y con un viejo logo bordado en la espalda. No fumaba, ya que se lo prohibían, pero el vaso con fernet nunca faltaba. Durante el día se bajaba seis o siete antes de irse para la casa. Leía despacio, con un pequeño tic en su ojo derecho que desde el día anterior le molestaba debido a un orzuelo.

El pequeño cine del barrio abría a la tarde, cerca de las cinco. En una época comenzaban al mediodía, pero cuando se dieron cuenta que nadie iba a las primeras funciones, decidieron cambiar el horario. A Oscar no le importaba. Le mantenían el sueldo pero trabaja cuatro horas menos. Era un negocio redondo. Claro, tres años después no le habían aumentado ni un peso, pero mucho no le importaba. Ya estaba grande y el trabajo lo hacía solamente para no quedarse tirado en la casa escuchando la radio y mirando por la ventana. Vivían gracias a la ayuda de sus cinco hijos que, desde distintos lugares, les hacían llegar una ayuda económica. Todos los meses el mayor, Pablo, se acercaba hasta la pequeña casa a la afueras del pueblo con la ayuda. A Oscar ya no le daba vergüenza: había criado a los cinco pibes haciendo esos sacrificios que hacen todos los padres para darles algo a sus hijos. Ahora que los pendejos paguen de alguna manera, y si es en efectivo, mejor.

Décadas atrás Oscar disfrutaba las primeras funciones de cada película. Prendía el proyector media hora antes de la primera función para que la lámpara se calentara a baja intensidad, ponía el carrete vacío de un lado y el carrete con la película del otro. Cuidadosamente pasaba la película por un huequito que se tragaba la cinta para escupirla del otro lado, desde donde la engancha en el carrete vacío. Y ahí dejaba todo, a la espera de la llegada de los espectadores. El cine era chico y algo abandonado. Apenas entraban cien personas en la antigua sala, pero nunca estaba llena. Una sola vez, siempre recordaba como anécdota, vio el recinto desbordando de espectadores. Pero esa fiebre duró apenas dos o tres días. Eran épocas doradas de la salita. En esas primeras funciones, una vez que la película comenzaba a rodar, Oscar salía del cuartito y se quedaba parado en el fondo disfrutando del estreno. Algunas las vio tres o cuatro veces. ¡Cómo le gustaban las películas de Osvaldo Miranda! Cuando lo vio por primera vez en Un señor mucamo quedó impactado pese a que no era el protagonista, y desde ese día no se perdía ninguna de sus cintas: Corrientes, calle de ensueños, El retrato, La hija del ministro y varias más

Pero los años habían pasado y ahora solo proyectaban películas extranjeras, plagadas de explosiones, ruidos fuertes y sin contenido. Esto hizo que Oscar dejara poco a poco de prestarles la atención que antes merecían. Ahora ni siquiera sabía el nombre de cada una de éstas y tampoco le interesaban. Y por eso se quedaba ahí, leyendo mientras la película rodaba y, pese al vidrio grueso, soportaba los ruidos atronadores que colmaban la sala.

Si, Oscar había sido fanático del cine a su manera, viendo centenares y centenares de títulos sin pagar un solo peso. Pero hoy, en el ocaso de su vida, la industria del cine y la necesidad de la salita de salir adelante, le habían quitado el amor que tenía por esas hermosas películas que tanto lo hicieron soñar. Claro, los muchachos de antes no usaban gomina, por eso sus pelos seguían despeinados pese a la queja reiterada de su fiel mujer.

 


 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: