En compañía de un whisky


Jack Daniels
Foto: Desconocido

Este texto y su imagen fueron publicados originalmente en el número de mayo de 2013 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

La noche es larga y yo acá, sin mucho que hacer, sentado en una pequeña hamaca en el balcón de mi casa. Las luces de los ambientes permanecen apagadas, excepto un pequeño velador del living que ilumina cálidamente los muebles. Éstos marcan sus sombras sobre el piso y las blancas paredes apenas decoradas por un par de cuadros, un perchero y una máscara maorí. Jamás entendí por qué aún guardaba esa ridícula máscara. Nunca me gustó, pero la falta de decoración ha hecho que la deje ahí “para hacer bulto”, como dicen. Algún día la sacaré.

La casa sigue solitaria, como lo ha estado durante los últimos años. Llevo veinte años así, pasando mis momentos lo mejor que puedo. El tiempo pasa frente a mí como la ha hecho durante esta eternidad: implacable. La parte superior de mis manos comienzan a mostrar el paso del tiempo. En ellas, las venas empiezan a marcarse más y más. Las arrugas cruzan mi cara cada día con mayor violencia. Y las canas, otrora algo que solo pensaba que preocupaba a señoras coquetas, empiezan a inundar mi cabeza como una plaga que devora un campo sin espantapájaros. Hace tiempo que he dejado de verme al espejo. Intento no preocuparme por el paso del tiempo, pero he notado que cada vez que me miro en él siento un escalofrío que recorre mi cuerpo de pies a cabeza. Las estaciones pasan y no tengo forma de detenerlas.

Miro al cielo estrellado y hago memoria de esos momentos que colmaron mi juventud. Amigos, fiestas, inocencia y todos los condimentos que sirvieron para moldearme como persona, llegan a mí una y otra vez, puntualmente, cada fin de semana. El tiempo no solo ha golpeado mi cuerpo sino que ha destruido mi entorno. No sé, nunca me he considerado un mal sujeto. Pero con el pasar de los años las personas que han estado a mi lado se han alejado poco a poco dejándome hundido en una amarga soledad. Y no hablo sólo de parejas, las cuales he tenido con moderado éxito (en realidad, con pésimo éxito, seamos sinceros), también hablo de amigos y conocidos. Sé que no soy una persona fácil y que los años me han modelado como un ser humano poco amigable y con muchas mañas. Esas personas que me han conocido han preferido no permitirme seguir junto a ellas o, simplemente, tomar otros caminos. Suena triste, pero no se preocupen, yo casi ni lo he notado. Fue todo tan lento, sutil y progresivo que no me di cuenta lo que estaba ocurriendo.

El vaso se vacía y me sirvo un poco más de whisky. El alcohol me relaja, pero nunca llego a emborracharme del todo aunque a veces siento que cada vez me sirvo un poco más. Y lo acepto. Me permite pasar más cómodamente estas noches de soledad y recuerdos.

Escucho ruidos y miro a través del borde del balcón hacia abajo. Allá, en la calle, un grupo de chicos caminan mientras conversan, gritan y se ríen. Son ocho: cuatro chicas y cuatro chicos. Dos de ellos caminan abrazados mientras los otros seis los siguen muy compenetrados en sus charlas de adolescentes. Los miro con una mezcla de envidia y tristeza. Me encantaría nunca haber perdido esa juventud que los mantiene vivos ni esas amistades que te contienen. Yo también viví eso, me digo susurrando, yo también tuve un grupo de amigos que me comprendía y que se reía junto a mí. ¿Cuándo habrá sido la última vez que hablé con un amigo para contarle mis problemas, mis alegrías y mis sueños? No lo recuerdo. Mi celular no recibe llamados, a mi mail llega solo spam y mis pedidos de amistad en Facebook nunca obtienen respuesta.

Me vuelvo a recostar y tomo el control remoto para subir un poco más el volumen. Si, mi vida es solitaria. Pero, ¿saben qué? Lo prefiero así. La noche es larga y yo acá, sin mucho que hacer, sentado en una pequeña hamaca en el balcón de mi casa.

 


 

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