Pinceladas


[capítulo trece]
Foto:
tony

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”, se leía al pie del cuadro. Ariane levantó la vista y observó el lienzo con mayor detenimiento. Los detalles eran su pasión y esta pintura le generó una atracción especial. Se paró frente a ella y observó. Comenzó por el perro. El autor no había sido muy riguroso con él. En principio, no era un galgo. En su lugar había otro can, gordo éste, babeante, de patas cortas y orejas medianas. No se parecía a ninguna raza que ella conociera. Quizás al artista no le interesó la precisión o simplemente no sabía qué era un galgo. Claramente ese animal no tenía una imagen de corredor y se parecía más bien a un perro agotado, con poco ánimo y deseoso de tirarse en el suelo a descansar antes que correr detrás de algún premio.

Luego observó al demacrado jamelgo, descolorido y muy poco agraciado. Rocinante parecía como si estuviera sufriendo la carga de su jinete. Gruesas líneas lo mostraban macilento, hambriento y débil. La crin, oscura, estaba despeinada y daba un aire de suciedad. El lomo y el vientre se encorvaban por el peso del montador. La grupa manifestaba flaqueza y la cola, también despeinada, se movía hacia la izquierda denotando el galope. Los cascos eran claros y tres de ellos apoyaban sobre el seco pasto de tonos ocres. La expresión del caballo expresaba amargura y tristeza. No era el Rocinante que todos conocíamos. Parecía más bien un animal maltratado y moribundo.

La adarga era ovalada e irregular, y se notaban los largos años de uso y maltrato. Ariane se preguntó si las peleas contra los molinos de viento habrían sido las causantes de tantos golpes y castigos. Aquí el pintor hizo un gran trabajo ya que las pinceladas estaban bien dadas y uno creía en el estado vetusto del escudo. Lo único cuestionable era su tamaño: tal vez muy chico para ser un escudo que realmente sirviera para una batalla. O tal vez era el ideal para los flacos brazos de su dueño.

Cambió la atención a la lanza que descansaba en el astillero, quizás con tanto trajín como la adarga. ¿Cuántas batallas ficticias habrán luchado a lo largo de su existencia al mando del caballero de la Triste Figura? La pica era larga y casi llegaba al suelo. No se imaginaba que ésta no golpeara contra el piso cuando el trote de Rocinante, presionado por el peso del gentilhombre, hiciera su hipnótico vaivén.

Finalmente fijó su vista en el protagonista del cuadro: el pobre hidalgo, loco por culpa de los libros de caballería. Llamado éste Alonso Quijano, el bueno, el caballero de los leones, pero que todos seguimos conociendo por Don Quijote, nacido en la Mancha. Acá el pintor había trabajado con esmero para ser lo más fiel a las imágenes que todos conocemos de él. Alto, flaco, cincuentón, algo encorvado pero sin barba y con bigotes grandes y negros. Ella dudó: ¿Don Quijote tenía bigotes canos o negros? Hizo memoria pero no daba con la respuesta. Muchos dibujos los recordaba con mostacho cano y barba triangular, pero estos bigotes negros la hicieron titubear. Cuando llegara a su casa tomaría su copia y lo releería para dar con ese dato, si es que Miguel de Cervantes Saavedra alguna vez lo detalló. Siguió dudando, pero pronto pensó que sí, que tal vez eran negros. Ya lo averiguaría.

Continuó su recorrido visual. La armadura era opaca y gastada. No parecía de la realeza, sino tan solo unas latas mal unidas que solamente un loco podría ponerse sobre su cuerpo. Se imaginó el peso que debería soportar la flaca figura del chiflado caballero para complacer su demencia. El casco, más parecido a un sombrero de lata, colgaba de lado casi desafiando la ley de gravedad. Tal vez unos trotes más y éste terminaría en el suelo, abollándose otra vez.

Pero algo del cuadro no le terminaba de cerrar. Algo le molestaba y no sabía qué. Repasó la pintura para ver lo que normalmente no ven los ojos distraídos. Observó el cielo, en tonos celestes; las nubes, como pequeños copos de suave algodón; y la luz del sol cayendo en diagonal para generar largas sombras en el noble hidalgo, su caballo y su perro fiel. A lo lejos, árboles de copas frondosas marcaban el camino tapando el horizonte. No había mucho más para ver. El cuadro era simple y con poco más para analizar.

—Apúrate —le dijo María a Ariane—, hace más de media hora que estás ahí parada viendo ese cuadro. ¿Tanto te gusta? El museo está por cerrar.

—Es que no logro darme cuenta sobre qué está mal en este cuadro —le respondió Ariane con la mirada detenida en la obra —. ¿Te has fijado en él? El paisaje es simple, Don Quijote está bien, Rocinante y el perro no tanto, pero…

—Falta Sancho Panza —acotó María casi distraída.

Claro, pensó Ariane haciendo un gesto de entendimiento. ¿A quién se le ocurre pintar un cuadro de Don Quijote sin su fiel escudero? Volvió a leer el pie del cuadro: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Está bien, pensó, es el principio del libro, aún no convenció al bonachón de Sancho Panza de ir junto a él tras esas grandes aventuras.

—¡Ariane, apúrate!

Ariane dejó de observar el cuadro y corrió a buscar a su amiga para salir del museo. Mientras cruzaba la puerta pensó en él y se dio cuenta en ese momento, en las escaleras externas del edificio, que no había reparado en el nombre del autor de la obra. Se detuvo algo contrariada y deseosa de volver sobre sus pasos, pero ya habían cerrados las grandes puertas de madera oscura.

—Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas duques y duquesas excelentes —entonó Ariane en voz alta ante la mirada atónita de su amiga.

Ambas rieron mientras acomodaban sus bufandas para soportar el intenso frío.

 


 

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