La loca


Pintura: Suzanne Falk

Este texto y su imagen fueron publicados originalmente en el número de abril de 2013 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

¿Cómo explicarles la personalidad de Diana? Es complicado de expresar en palabras. Uno tenía que verla. La conocí en la escuela, cuando éramos purretes y no sabíamos hacia dónde iba nuestra vida. Ella era nuestra compañera de curso pero era muy complicado de unirla a nuestro grupo. Siempre se mantuvo al margen, siempre encerrada en su mundo, siempre en soledad al fondo del aula. Se la veía triste, dolorida, apenada de la forma de ser que tenía. Y casi todos la bardeábamos para divertirnos. Hoy le dicen bullying a la manipulación que ejercen los chicos “más poderosos” sobre los “más débiles” en un aula y que es estudiada por los sicólogos (uf, no me gusta escribir “sicólogos”, mejor pongamos “psicólogos”). Pero cuando éramos chicos era simplemente “joder a Diana”.

Es que era rara, ustedes no la conocieron. Y no sólo por su forma de ser, sino por la manera de vestirse. Parecía que se tiraba el ropero en la cabeza todos los días. Es decir, no era que no le importaba su imagen, al contrario. Se notaba que le preocupaba verse de una forma, pero lo hacía de la manera que nadie en el aula lo hacía. Usaba muchos colores, se peinaba raro y se maquillaba, cuando podía, de manera extravagante. Era una mezcla de algo vulgar, ordinario, de poca clase. Tal vez como queriendo diferenciase del resto de sus compañeras. Y eso era extraño: su perfil era bajo, pero no así su ropa.

Las chicas, muy crueles, se reían mucho de ella y sus ridiculeces. Los chicos también nos reíamos y nunca nadie pensó en ella como una mujer. Incluso el chiste era ver quien tenía los huevos para encararla y hacerle creer gustaba de ella (¿”gustaba” escribí?, se me cayó el calendario por ahí). De más grandes le decíamos que nunca nadie se la iba a coger, que se iba a quedar soltera y otras cosas más. ¡Que hijos de puta que éramos! De grande recuerdo sus lágrimas y me imagino cuánto habrá sufrido nuestras torturas.

Todos los días era tema de conversación durante el primer recreo. Y cada vez que salíamos por las noches, Diana nunca faltaba en nuestras charlas. ¡Esta loca se pone cada cosa!, decíamos.

Cuando terminábamos la secundaria, en el viaje de egresados, Diana se la pasó lejos de nosotros. Salía con todo el curso desde el hotel pero luego, en el boliche, no la veíamos. Se fue por ahí, decíamos. Tiempo después nos enteramos que se tomaba la consumición y se iba. Nunca supimos a dónde.

Luego de esa época, la cruzamos muy poco. Siempre se vestía de la misma manera: muy rara, muy ecléctica, muy personal. Pensábamos que era una locura de pendeja, pero el tiempo pasaba y Diana mantenía su estilo. La veíamos como una mujer que nunca salió de la adolescencia.

Los años pasaron y nos olvidamos de ella hasta que una tarde de verano, haciendo zapping, la veo a Diana. Ahí estaba, en la televisión igual que siempre, igual de extravagante. Le estaban haciendo un reportaje. Subí el volumen para intentar escuchar lo que mis ojos no podían creer. El texto al pie de la pantalla rezaba: “Diana Kleiser: referente de la moda Kitsch”. Me rasqué la cabeza mientras la veía contestar las preguntas con un aura de felicidad notoria.

Sonreí, impulsado por una sensación de alivio, y me alegré por ella. Por primera vez la vi feliz.

 


 

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