Un óbolo bajo mi lengua


The Corpse Bride
Foto:
Mick Amato

Bueno, finalmente ha ocurrido. No entiendo muy bien por qué pero acá estoy, en mi velatorio, acostado en mi ataúd nuevo, envuelto en una tela blanca impoluta, inmaculada. O al menos eso es lo que se ve. No siento su roce sobre mi cuerpo, ni su textura, ni su calor o frío. Eso me extraña. Veo y oigo pero no huelo ni siento. Tengo mi vista hacia el techo y puedo ver a mis costados, pero no mucho. Unas fuertes luces me iluminan desde lo alto. Las veo, pero no me molesta su brillo.

Intento comprender mi entorno. La mortaja me envuelve y no sé si debajo de ella estoy vestido o desnudo, si tengo zapatos o no, o cuál es la posición de mis manos. Me produce curiosidad saberlo, pero me es imposible averiguarlo. ¿Qué le hacen a los muertos debajo del sudario? ¿Cómo nos preparan para ser devorados por los gusanos? Espero no tener puesto un ridículo traje, camisa, corbata y zapatos al tono.

Siento la soledad en mi entorno cercano, pero escucho murmullos un poco más allá. Suenan muy bajos, casi imperceptibles. Intento agudizar el oído pero no comprendo qué es lo que dicen. Intento desplazarme para escuchar mejor, pero se me hace imposible cualquier tipo de movimiento. Me molesta la traba pero comprendo que en mi situación moverse es imposible: estoy muerto y si me moviera le provocaría un ataque cardíaco a más de uno. Hasta me imagino que algún grupo más místico comenzaría a persignarse al grito de ¡milagro, milagro! La idea me parece cómica e intento sonreír, pero no lo consigo. La rigidez es poderosa, sin dudas.

Me relajo y me quedo acá pensando cómo fue qué terminé así. ¿Habré muerto naturalmente o en un accidente? ¿Alguna enfermedad me hizo cruzar la línea o alguien me habrá asesinado? ¿Habré muerto sufriendo o en bienestar? Intento recordar, pero no obtengo respuestas. Me pregunto si tendré un óbolo bajo mi lengua para pagarle a Caronte a cambio de que me cruce de orilla en el río Aqueronte, allá, en el mundo de los muertos. Espero que así sea, o pasaré los próximos cien años esperando en la orilla para que el barquero del Hades me deje pasar sin cobrar. Mucho tiempo aunque, claro, no tengo mucho que hacer durante los próximos siglos. Al menos hasta el Juicio Final, si es que no se suspende por falta de público.

¿Dónde estarán los míos? Mi esposa, mis hijos, mis padres, mis hermanos, ¿estarán ahí, a metros, sufriendo mi pérdida? ¿Y mis amigos? ¿Cuántas personas pasarán por acá sintiendo pena por mí, cuántos lo harán por obligación, cuántos me ignorarán? ¿Habrá alguien feliz por mi paso al otro mundo? Seguramente alguno estará dichoso y boyante, pero no dirá nada. Está claro que es muy mal visto festejar la muerte. Pero sé que alguien, en su fuero interior, respiró aliviado cuando lo supo. Tal vez se sentó en la puerta de su casa y ahora ve pasar el cadáver de su enemigo.

El tiempo pasa y aún estoy acá. No consigo ver si es de día o de noche. La habitación blanca no tiene ventanas, al menos no desde el ángulo desde donde estoy. Pensándolo mejor, no recuerdo haber visto ventanas en las salas donde velan a los muertos, con lo cual imagino que ésta tampoco tendrá.

¿Seré recibido por Abou-Jaria o Azrael? ¿Me llevará Epona en su caballo al cielo? ¿Me dará nueva vida Morrigan? ¿Me guiará Anubis a la Duat o terminaré sufriendo en el Xibalbá bajo el control de Hun-Camé y Vucub-Camé? ¿Qué harán de mi Hela, Osiris, Tuoni, Ah Kimi, Ereshkigal, Coatlicue y Mictlantecuhtli? ¿Y Dios? ¿Qué hará Dios con mi alma? ¿Me abrirá las puertas del Cielo o descenderé a los infiernos?

Siento pasos lejanos, pero noto que están caminando a centímetros del cajón. Al parecer mi audición está muy desmejorada. Bueno, considerando que estoy muerto creo que el resto de mi cuerpo es el que está realmente desmejorado. La audición aún está ahí; poca, pero presente. Alguien se acerca y me mira. No logro reconocer sus facciones pero siento que es Gustavo. Su cara está borrosa y sus facciones se pierden, pero sé que es él. Siento su tristeza, su pena. Gustavo es un buen amigo y lo sigue siendo. Su congoja me cala profundo y me siento pleno ante su pesar. Me reconforta su tristeza, no en el sentido terrenal de disfrutar el sufrimiento ajeno, no me malinterpreten, sino por saber que Gustavo ha estado a mi lado hasta el último adiós. Adiós, campeón, me dice entre lágrimas. Lo voy a extrañar.

Me vuelvo a quedar solo. Estar en un velorio es bastante aburrido, todos lo sabemos, pero ser el centro del mismo es bastante más aburrido de lo que yo esperaba. Estar acá quieto horas y horas sin poder hablar con nadie no es precisamente la actividad más divertida que uno podría esperar. Nuevos pasos. Dos figuras masculinas se me acercan. Nuevamente sus caras están borrosas. Son Gastón y Diego, otros grandes amigos. También los siento acongojados, apesadumbrados. Me miran. Gastón habla, en voz baja, lo que me dificulta oírlo. Que tristeza, dice. Se fue muy joven. Si, le responde Diego, es una mierda. ¿Tenía las cejas así?, se preguntan. Me preocupo. ¿Cómo tengo las cejas? ¿Qué le hicieron a mis cejas? Se me viene a la cabeza la idea del maquillaje mortuorio. Lo único que me falta es que me hayan maquillado como un muñequito para este momento. Me desespera un poco la idea de no poder verme ni saber cómo estoy. Gastón y Diego se miran y cruzan una sonrisa. Manga de boludos, díganme cómo tengo las cejas, pienso. ¡Hablen!

Otra vez solo. Me pregunto qué será del mundo ahora que lo abandono. Seguramente todo seguirá su curso y yo seré solamente un recuerdo en la mente de algunas personas que seguirán viviendo su vida lo mejor que puedan, como siempre. Una vez escuché hablar a una persona a la que habían creído muerta durante mucho tiempo. No recuerdo quién era ni en qué situación. Cuando volvió a su vida comentaba lo duro que fue encontrarse con que todo su entorno siguió viviendo pese a su falta. Sonaba obvio, pero caer en la cuenta de que no era el centro del mundo y que sin él, el mismo podía seguir girando había sido un golpe muy fuerte para su persona. Claro, cuando uno muere la vida termina para uno, no para el resto. Es darse cuenta que, en realidad, uno es apenas un granito de arena, incluso para tus familiares y seres queridos, quienes te extrañarán pero seguirán viviendo sin vos. Cuando los que me conocieron mueran, pasaré a ser una anécdota para un grupo de parientes desconocidos. Y cuando éstos mueran, habré dejado de existir definitivamente. Es triste, ¿no?

Es una pena que no haya hecho un testamento. No tengo nada para dejarle a nadie, pero me hubiera gustado detallar qué debería decir mi lápida. Quizás poner una frase solemne que empiece diciendo “Aquí yacen los restos de…” suene muy ampuloso. Tal vez algo más relajado, aunque luego de pensar en lo rápido que pasó mi vida quizás hubiera pedido que diga “¿Tanto lío para esto?” o “¿Ya está? ¿Y ahora? ¿De qué sirvió tanto esfuerzo?”. No me gusta estar acá.

Nuevos pasos. Esta vez noto que una persona se para a mi lado y le habla al resto de los presentes. Intento agudizar al máximo mi oído. Sus palabras son claras y me preocupan. Quienes quieran darle el último adiós, pueden hacerlo en este momento. Debe ser el empleado de la cochería avisando que están por cerrar el cajón. Esas personas parecen vampiros: altos, flacos, con piel blanquecina y siempre teniendo que dar este tipo de mensaje en tono solemne. No se inmutan con nada y son capaces de tomar mate y comer facturas al lado del cajón mientras apoyan el platito en la panza del finado. Múltiples pasos provienen desde distintos lugares y me rodean. Ahí están mi mujer, mis hijos, mis padres, mis amigos, algunos compañeros de trabajo, algunos del club, un par del barrio. Siento una congoja generalizada, una tristeza multiplicada a mi alrededor que me apena y al mismo tiempo me llena de orgullo por ser tan querido. Entre tantas caras borrosas me sorprende ver a Betiana, la vecina del noveno piso; a Daniel, el diariero y a María y su hermana Belén que durante tantos años compartieron el club con nosotros. Lloran profusamente, en especial María de la cual noto una sensación que nunca había notado en ella. Hurgo un poco más y observo los sentimientos de María aflorar más allá de lo que esperaba. Me sorprende.

Algunos no lloran. Celeste, una amiga de barrio, está incólume y Marcos, su marido, observa en silencio. Ellos no están tristes. Tampoco festejan, pero guardan respetuoso silencio. No me extraña, nunca me llevé del todo bien con ellos, pero los amigos en común nos mantuvieron siempre en contacto. Mis padres lloran desconsoladamente y mi mujer, quebrada, abraza a mis cuatro hijos que me despiden con una sonrisa con los ojos brillantes.

Me entristece verlos así. Sería bueno poderles decir lo que siento por ellos, lo que los quiero y que no se preocupen por mí, que estoy bien. También quiero pedirles perdón por abandonarlos tan temprano. Intento abrir la boca para explicarles que no siento dolor, que estoy tranquilo y que no tienen que extrañarme, pero mi cuerpo, inerte, se niega a responder.

De repente, una idea tormentosa cruza mi mente. ¿No era que cuando uno moría el alma se desprendía del cuerpo? ¿No era que el cielo o el infierno nos esperaban para premiarnos o castigarnos por nuestros actos terrenales? ¿No era que el cuerpo se queda en la tierra para deteriorarse mientras el alma se desprende de él? O por lo menos, ¿no era que ni siquiera existe el alma y que luego de la muerte todo termina? Acá hay algo que no me cuadra. ¿En el momento en que le pongan la tapa al cajón, me voy a quedar acá, consciente? ¿Van a enterrarme dos metros bajo tierra y me quedaré junto a mi cuerpo por el resto de los días? ¿Me voy a quedar solo, en la más absoluta de las penumbras por el resto de la eternidad? ¿Cuándo volveré a ver la luz? ¿El día que me desentierren para reducir mis huesos? ¿O desapareceré mientras se pudre mi carne? ¿Cómo es esto? No, no. No puede ser así, no puedo quedarme acá solo y abandonado. ¿Y Dios, dónde está? ¿Existe o no existe? ¿Se olvidó de llevarse a esta alma o no quiere mostrarme las puertas del paraíso? ¿Y al diablo tampoco le intereso? ¿O éste es el verdadero infierno?

Dios santo, me desespero. Intento moverme para gritarle a todo el mundo que estoy bien, que no me entierren, que esperen que algo aún debiera pasar. Falta el túnel negro con la brillante luz en el final del mismo. Faltan mis familiares muertos que me reciban y falta que me dictaminen si voy a vivir el resto de mis días en la belleza del paraíso o en el infierno de Dante. Quiero mi nube o al menos mi pozo ardiente, pero no quiero quedarme acá. ¡Dios santo, Dios santo! Intento mover mi mano derecha pero no la siento, no puedo. Hago mi mayor esfuerzo para, al menos, mover un dedo. Me desespero, me enervo intentando vencer la barrera que separa a los vivos de los muertos. Intento gritar, intento llorar, intento hacerles comprender que acá estoy, que me ayuden, que no cierren el féretro, que dentro de él estoy vivo. Bueno, no vivo, pero se entiende, ¿no?

Auxilio…

(respiro)

Abro los ojos en medio de la oscuridad de mi habitación. Mi cuerpo boca arriba descansa en mi cama, húmeda de transpiración. Mi mano derecha, adormecida, descansa entre mi nuca y la almohada. Hago un esfuerzo y finalmente la consigo sacar de ahí mientras millones de supuestas hormiguitas me indican que la sangre vuelve a recorrer el miembro entumecido. Abro la boca y hago un ruido con la única intención de escucharme, de saber que estoy vivo, que no estoy muerto a la espera de ser enterrado en un sarcófago. Toco mi cuerpo para sentirlo transpirado y tembloroso. Mis ojos se acostumbran poco a poco a la oscuridad. Miro alrededor para reconocer mi habitación y doy media vuelta para sentir el movimiento de mi cuerpo casi acalambrado.

Me quedo ahí en silencio, asustado.

 


 

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