Volviendo al hogar, pt. 11: Sonrisas


Diada de Sant Jordi
Foto:
Sary García

… continúa.

La oscuridad se esparcía por todo el avión. Santiago se había quedado dormido luego del largo día y se despertó sobresaltado creyendo escuchar un saludo. Pero a su alrededor reinaba el silencio. Las señoras a su derecha dormían plácidamente, ambas con la cabeza ladeadas para el mismo lado. Se acomodó y levantó la cabeza para mirar el resto de la cabina. Algunas luces personales alumbraban a los pocos que leían mientras el constante ruido de los motores inundaba el ambiente persistentemente. Miró hacia adelante, a la derecha, para ver si ella estaba aún ahí. Rápidamente la identificó: estaba con su luz prendida leyendo un grueso libro. Pensó qué hacer.

Estudió la situación y se vio complicado: las dos señoras dormidas le impedían pasar. No importa, pensó, yo intento pasar igual y si se despiertan, lo siento mucho. Se desabrochó el cinturón, guardó su reproductor de MP3 en un bolsillo y se paró. El lugar que había para pasar entre las señoras era muy chico, pero igual se acomodó para pasar. Un poco con cuidado, un poco molestando a propósito, dio un par de pasos despertando a ambas. Éstas, de cabello cano, y múltiples arrugas en sus caras, abrieron los ojos e inmediatamente corrieron sus piernas para dejarlo pasar. Disculpen, se excusó Santiago en voz baja mientras salía al pasillo.

Sintió que el momento había llegado. Respiró hondo y caminó por el pasillo. Mientras lo hacía miraba de un lado a otro para encontrarse con varias imágenes graciosas: pasajeros en las más extrañas posiciones intentando dormir o dormitar un rato para que el jetlag posterior no los afecte tan violentamente, aunque todos sabían que los días siguientes a la llegada estarían como zombis intentando acomodar el sueño al nuevo huso horario. Un señor recostado sobre su derecha, una señora boca arriba, otro señor sobre su izquierda, dos nenes durmiendo casi abrazados, una pareja también abrazada, una madre con su bebé en brazos. Todos, en posiciones poco agraciadas, todos de entrecasa, descalzos, babeando, roncando. Muchos tapados con la mantita provista por la aerolínea y algunos con unos gruesos antifaces para que la tenue luz no los despierte. Entre todos ellos, varios trasnochados con auriculares mirando una película, leyendo un libro o simplemente escuchando música. Nada muy diferente a lo que ocurre en todos los vuelos.

Miró su reloj: era medianoche, hora de Argentina. Calculó que deberían ser las cuatro de la mañana en Frankfurt y que aún le quedaban cinco horas de viaje. Seguramente en algunas horas encenderían las luces del avión para servir el desayuno el cual esperaban ansioso. Por dormirse se perdió la cena y ahora el hambre que tenía era atroz. Volvió a mirar hacia el asiento donde estaba ella. La tímida luz que la iluminaba desde arriba marcaba sus bellas facciones. Ella estaba ensimismada en su libro y Santiago pensó en acercarse y hablarle de cualquier cosa, no importaba. Tal vez hablar sobre el viaje, o el libro, o vaya uno a saber qué. Temblaba de pánico con solo pensarlo, pero había algo en él que lo empujaba a hablarle.

Llegó hasta una sección media del avión que le permitía cruzarse de pasillo y en ese ínterin, volvieron a cruzar las miradas. Un fuerte golpe eléctrico cruzó el cuerpo de Santiago mientras el pánico y el temor se apoderaban de sus sentidos. Pero no le importó. Avanzó seguro de sí mismo. En especial al verla a ella como lo miraba con una pequeña sonrisa en sus labios para luego volver a bajar la vista y meterse en su lectura. Él observó la tapa el libro que estaba leyendo y leyó en voz baja, Il nome della rosa. Volvió a mirarla para volver a cruzarse durante unos segundos con sus ojos. Se arrodilló a su lado mientras ella cerraba el libro y lo miraba con una sonrisa.

—Hola —dijo Santiago con algo de timidez pero sin dudar —. Hermoso libro, sin dudas. Me preguntaba si habías leído alguna otra obra de Eco —. Sin dudas no era la mejor frase para arrancar una conversación, menos aun siendo que él tenía muy poca cultura literaria, pero tomando en cuenta que no había pensado nada en particular aplaudió al menos el no haberse trabado mientras hablaba.

Ciao —respondió la desconocida con una sonrisa —. E ‘la quarta volta che ho letto questo libro. Mi appassiona.

—¿Italiana? —preguntó algo asombrado.

Certo —afirmó ella manteniendo la vista en él.

Santiago sintió una vez más un llamado en su pecho mientras sus músculos empezaban lentamente a relajarse.

Continuará…

 


 

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