Grabado en mi memoria


Otoño
Foto:
Manel

El calor es insoportable. La marea de gente une involuntariamente sus transpirados cuerpos en un vaivén hipnótico. Gruesas gotas de sudor recorren los cuerpos que solo deseaban escapar de ese infierno bajo tierra. El ruido aumenta la incomodidad hasta límites difíciles de soportar. Pero todos los presentes sabemos que estamos atrapados durante unos minutos en esta celda de madera con el único objetivo de llegar a destino.

El subte sigue, estación tras estación, recorriendo las vías casi abandonadas de mantenimiento. Las frías ruedas recorren éstas chirriando ante su paso generando un malestar generalizado. Sentimos el vagón temblar y pensamos en lo fácil que podría desarmarse ante la primera curva cerrada. Pero nadie teme.

Frente a mí una mujer de no más de sesenta años habla con su hijo que a duras penas llega a los veinte. No dialogan sobre nada importante, o al menos nada importante para mí. No presto atención pero las palabras tía, viaje, micro y San Bernardo predominaban las oraciones.

En medio del calor, el ruido y la incomodidad la señora me mira de la misma manera en la que se pueden mirar dos desconocidos que cruzan su vista en medio de la calle. Sin embargo, noto algo extraño en esos ojos. Su hijo le sigue hablando, ofuscado, sobre si debe o no debe pasar a buscar a su tía, mientras la señora continúa mirándome fijo. Me empiezo a sentir incómodo y corro mi vista hacia la ventanilla, para posar mis ojos en las negras y oscuras paredes del túnel que recorremos a media velocidad.

Dejo de prestarles atención y me hundo en mis pensamientos, pero siento una pesada carga sobre mis hombros. Algo me llama, alguien me reclama. La molestia aumenta y giro mi cabeza para volver a cruzarme con su mirada. Ésta está aún acá, posada en mí con insistencia. No comprendo el por qué pero algo me dice que tengo que observarla y entender. Sus ojos, marrones y comunes, transmiten algo que no logro comprender. Sigo ahí manteniéndole la mirada cuando noto que empieza a transpirar profusamente. Su frente se humedece en un abrir y cerrar de ojos y algunas gotas comienzan a recorrer su sien. El calor es insoportable y esto no me extraña: todos estamos empapados de sudor.

En un momento advierto que sus ojos se abren aún más. No pestañea y percibo cómo su vista se pierde a través de mis ojos en lontananza. Un duro escalofrío recorre mi cuerpo cuando veo que sus ojos empiezan a esconderse tras sus párpados dejando a la vista la blanca esclerótica. La observo lentamente caer sobre otros pasajeros para terminar en el piso mientras su hijo, distraído, tarda en reaccionar. Mamá, grita mientras se agacha para socorrerla. Otras personas intentan ayudarla. La desesperación se esparce en el vagón. Ayuda, auxilio, reclama el chico mientras otros piden por un médico.

El subte llega a la estación y todos nos hacemos a un lado para permitir que saquen a la mujer del vagón. Algunas personas corren buscando ayuda en los empleados. Éstos, veloces, llaman a una ambulancia. En medio del mar de gente alguien se identifica como médico y empieza a revisarla. Está sufriendo un paro cardíaco, grita, hagan lugar. Velozmente comienza a realizarle masajes cardíacos y respiración boca a boca mientras el hijo, asustado, lagrimea impotente de pie al lado de su madre. Desde dentro del subte miramos la escena con angustia mientras algunos, desesperados, lloran y siguen pidiendo una ambulancia. El chofer y el guarda de la formación corren de un lado al otro mientras los gritos se multiplican. Algunos pasajeros curiosos bajan de los vagones para ver la dramática situación.

El caos se extiende por interminables veinte minutos en donde el médico hace lo posible por revivir a la mujer. A lo lejos se escuchan más gritos. Todos miramos hacia las escaleras y vemos a un médico y un enfermero, de riguroso blanco, bajar las mismas corriendo con un pequeño maletín en la mano. Se arrodillan al lado del primer médico mientras éste les cuenta el estado de situación sin dejar de realizar los primeros auxilios. Conversan brevemente y una mueca de desesperanza cruza sus caras. El segundo médico realiza algunos controles casi de rutina y le hace un comentario por lo bajo al enfermero. Éste toma unas hojas y comienza a escribir algo en ellas. El primer médico detiene la atención y, resignado, le dice al hijo que no hay nada más para hacer. Éste, desgarrado, se tira al piso sobre su madre, llorando desconsoladamente. Una angustia generalizada nos cruza a todos los presentes. Algunos lloran, otros miran al piso y el resto comenta amargamente lo sucedido.

Yo me quedo ahí, en silencio, con la última mirada de la señora en mis retinas. Con su último adiós en mi memoria.

 


 

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