Unos, pt. 12: Mentiras


the halt bar
Foto:
Tom Donald

… continúa.

La tarde caía lentamente en la ciudad. El sol desaparecía en el horizonte escondido detrás de los gruesos edificios de cemento y acero. El viento tomaba un poco más de impulso generando que la temperatura bajara un poco más. Los transeúntes apuraban el paso al salir de sus trabajos para llegar a sus hogares lo antes posible. Aprovechar lo poco que quedaba del día era primordial antes de que llegue la hora de la cena, aunque esa rutina los mate lentamente. El tránsito se agolpaba en las calles entre autos particulares, taxis y colectivos llenos de pasajeros malhumorados que se empujaban y codeaban por un centímetro más de espacio. Mientras las oficinas se vaciaban, los bares comenzaban a llenarse de clientes que buscaban un pequeño momento para relajarse y disfrutar con sus amigos o compañeros. Entre todas esas personas, y bajo una tenue luz amarilla que apenas iluminaba la mesa, estaba Hernán, quién escuchaba atentamente las palabras de su amigo.

—La mina parece ser buena piba, aunque tal vez un poco descontrolada. Según me contó no labura, o labura en algo del viejo, pero que casi nunca va. Creo que el tipo es dueño de una cadena de vacunatorios y tiene toda la torta, así que le banca uno y cada uno de los caprichos que ella tiene.

—¿Qué edad tiene? —preguntó Hernán muy metido en el tema.

—Veintiocho.

—Suena como si no le creyeras.

—Y, mirá —dudó un instante—, no la conozco. Es lo que me dijo.

—Claro —hizo una mueca.

—Viaja un montón. El viejo le paga todo y ella se aprovecha de la situación. Debe tener tantas millas recorridas en avión como yo en subte. Me contó cada anécdota que me descolocaba.

—¿Cómo cuál?

—No sé. Me habló, por ejemplo, de un viaje a Paris donde no recuerda casi nada de lo que pasó ahí. Se despertaba todos los días en una casa diferente y en la mayoría de los casos no sabía qué hacía ahí ni cómo había llegado. Mucha noche, mucho alcohol y toneladas de drogas de todas formas y colores.

—¡Te buscaste a la madre de tus hijos! —bromeó —. Pero esa mina no tiene nada que ver con vos.

—No, Hernán, nada que ver. Eso es precisamente lo interesante —. Dudó al pensar cuidadosamente sus próximas frases—. Ella está buscando un cambio en su vida. Me dice que vivó todo lo que una persona puede vivir y que no soporta más esa vida tan violenta. Y por eso busca un cambio —. En este punto notó lo difícil que era para él conciliar la realidad de su mente con la falsedad de sus palabras —. Cuando nos conocimos me dijo que quería poner de nuevo los pies en la tierra y que mis charlas le daban algo que no había sentido en años.

—¿La flechaste?

—¿Flechaste? ¿De dónde sacaste esa palabra? ¿De una telenovela de los años setenta?

—Dale, boludo. ¿La mina cayó rendida así de fácil?

—No, para nada. Pensando que me iba a decir que no la invité para que nos viéramos. Al principio dudó, hace unos días donde la pude convencer para vernos —. Tergiversar los hechos es muy parecido a mentir, pensó —. Así que acá estoy. Nos vemos hoy a la noche.

—Muy bien, te felicito. ¿Y vos qué estás esperando de ella? Te noto muy metido en todo esto y temo que te choques con una pared.

—No mucho, de entrada. Quiero conocerla un poco más, ver cómo es, escucharla —. Sabía que seguía mintiendo, poniendo en sus labios frases que no expresaban exactamente lo que sentía, pero no podía decirlo de otra manera—. Creo, Hernán, que esta noche va a ser la primera vez en mucho tiempo que mi vida tendrá un significado.

—Yo te digo que vayas para adelante. Que no te ilusiones con nada, pero aprovechá. Salí a disfrutar un poco que buena falta te hace. ¿Cuánto hace que no salís con alguien?

—¿Salí con alguien alguna vez? —sonrió tristemente.

—No seas tan negativo. ¿No habías salido con Melina en su momento?

—Pasaron quince años, Hernán. Y estábamos en el colegio. Quince años.

—Si, definitivamente pasó mucho tiempo —dijo mientras terminaba la cerveza —. ¿Y qué van a hacer? ¿A dónde la vas a llevar?

Múltiples palabras cruzaron su cabeza con el recuerdo de la conversación que tuvo con ella para definir el lugar de reunión.

@el: Pero te aseguro que ese es un buen lugar.
@ella: te parece?
@el: Estoy seguro.
@ella: y como sabes??
@el: Es una zona alejada y en donde no pasa gente. Nadie nos va a ver ahí.
@ella: y si aparece alguien??? mejor que sea en tu casa
@el: No, en casa no. ¿Por qué no en la tuya, entonces?.
@ella: estas loco????? no quiero quedar pegada asi. tenes miedo?
@el: ¿Miedo de qué? Vos seguramente tenés miedo.
@ella: no nene no tengo miedo
@el: Para vos va a ser más fácil irte que si vamos a casa. Pensalo.
@ella: bueno esta bien jajajaja mandame la direccion y veo como llego.

—Nos encontramos en un bar que me propuso ella —. Pecador una vez, pecador dos veces, como cantaba James, pensó —. Me dijo que es un buen lugar para conocernos.

—¿Estás contento? —preguntó Hernán.

Levantó la vista hacia el techo del bar mientras se recostaba sobre la silla. Puso las manos en los bolsillos del pantalón mientras el placer recorría su cuerpo.

—Si, Hernán. Esta noche es el comienzo de una nueva etapa. Hoy finalmente voy a tener una oportunidad única en mi vida.

—No te ilusiones mucho. Acordate. No te quiero pinchar el globo, pero puede ser algo hermoso como también una frustración más.

—No, Hernán. Hoy va a ser la noche —. Ambos se miraron y se sonrieron —. ¿Pedimos la cuenta y vamos?

—Dale. ¿Pasás por tu casa y luego te encontrás con ella?

—No. Me quedo por acá. No quiero ir y volver.

Abrió su campera para buscar la billetera pero se cruzó con la bolsa celosamente guardaba desde la mañana. Un violento escalofrío recorrió su cuerpo mientras sintió cómo su sangre se helaba.

—¿Qué llevás ahí? ¿La comida del mediodía? —bromeó Hernán.

—Nada, nada —respondió nerviosamente sin mirarlo a los ojos mientras intentaba ocultar la bolsa de su vista.

Los amigos se despidieron con un abrazo en la puerta del bar. Hernán notó la firmeza y la duración del abrazo. Sentía que había algo más que su amigo no le había comentado. Cuando se separaron vio su mirada brillante, conteniendo las lágrimas.

—¿Estás bien? —preguntó Hernán algo preocupado.

—Si, si. Sos un gran amigo. Gracias por estar.

—No te pongas sentimental, boludo. Va estar todo bien esta noche. Relajate. Luego me contás.

Se volvieron a abrazar y luego, con la noche ya dominando la ciudad, cada uno fue para su lado. Le hubiera gustado contarle todo, pero sabía que Hernán le hubiera impedido encontrarse con ella si lo hacía. Se acomodó la campera y pensó cómo hacer tiempo hasta la hora pactada.

Sonrió tristemente.

Continuará…

 


 

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