Reflejo


Ask Answer Choice

Foto: Rita M.

—¿Y, qué esperás?

—¿Cómo qué espero?

—Si, dale, ¿qué esperás?

—¿Para qué?

—Para levantarte.

—No, no tengo ganas.

—¿Cómo que no tenés ganas? ¿Te vas a quedar ahí?

—Si.

—Yo no lo puedo creer. ¿Para qué?

—Es que no tengo ganas de levantarme. Estoy bien así, dejame en paz.

—¿Cómo me pedís eso? ¿Realmente querés que te deje así, en ese estado calamitoso, penando tus desgracias?

—Si, gracias.

—No, no pienso dejarte así.

—Andate, por favor.

—No.

—Por favor.

—No.

—Me vas a hacer enojar. Andate.

—Enojate. No pienso irme. ¿Qué ganás quedándote ahí?

—Paz. Andate.

—No, no es paz lo que conseguís.

—Estoy mal, ¿de acuerdo? No tengo ganas de levantarme, no tengo ganas de seguir. No quiero, no me importa. Ya me voy a levantar en cuanto encuentre cómo olvidarme de toda esta mierda. Dejame en paz. Necesito tranquilidad.

—¿Qué pasó para que estés así?

—Nada.

—¿Qué pasó?

—Nada, te dije.

—Mirame a los ojos y volveme a decir que no te pasó nada.

—Bueno, está bien. Si, pasó algo. ¿Y? No podés hacer nada para ayudarme. Andate.

—¿Y cómo lo sabés?

—Porque nadie puede ayudarme. Andate.

—¿Te parece?

—Si.

—¡Que manera de decir boludeces! Dale, contame.

—¿Para qué? Ya no hay nada para hacer. Todo está perdido. Solamente necesito despejarme, olvidarme, intentar poner mi cabeza en otro lado. Tengo alejarme de todo lo que me hace daño. Y eso te incluye.

—¿Para olvidar?

—Claro.

—No vas a olvidar poniendo tu cabeza en otro lado. Así no se olvidan las cosas. Y quizás no debas olvidar, sino recordar sin que te lastime.

—¿Recordar sin que me lastime?

—Las heridas no las podés olvidar. En especial si son profundas. No podés caminar por la vida olvidándote de ellas. Tenés que estar consciente de que existen, pero tenés que esperar que se curen. La única forma de seguir es cuando de esa herida queda solamente la cicatriz.

—Por eso, necesito olvidarme hasta que la herida se cure y quede solo la cicatriz.

—No. Olvidando no se curan las heridas. ¿Entendés? Te lo repito, olvidando no se curan las heridas. La única manera es transitando el camino difícil. Tendrás que recordar una y mil veces, llorar como nunca has llorado, quebrarte, sentirte morir, tocar el fondo del pozo con tus manos ensangrentadas. Tendrás que sentirte desfallecer, pensar que el mundo se acaba ahí, que la vida ya no tiene sentido, que el universo, tal cual lo conociste, ha desaparecido. Tendrás que empapar la almohada con lágrimas de tristeza, odio, bronca, pena e impotencia mientras la mordés conteniendo un grito de dolor. Tendrás que sentirte descender a los infiernos. Tendrás que retroceder en el tiempo y sentir el dolor quemarte como el primer día.

—Pero…

—Y cuando estés ahí, en el piso polvoriento y ardiente, con gruesos surcos en tus mejillas producto de las lágrimas que no contuviste, en ese momento, sentirás un pequeño clic en tu corazón en el que comprenderá que ya está, que ya se lloraron las lágrimas que se tenían que llorar. Y ahí, en medio del desastre que dejó tu pena, sentirás nuevas energías, nuevas ganas de enfrentar al mundo. Mirá, cuando tocás fondo, el único camino es hacia arriba, hacia el exterior, a tu libertad. Sentirás cómo se renueva tu esperanza por todo lo que te rodea. Ahí podrás ver tu herida, sana ya, transformada en una cicatriz que ya no duele pero que conmemora tu pena. Solo ahí podrás volver a vivir sin necesidad de querer olvidar, sin forzar tu vida, sin forzarte a que la rueda gire. Ahí te darás cuenta que el pozo es menos profundo de lo que pensabas. Es más, no olvidarás nunca más, pero ya no dolerá. Y podrás enfrentar a todo y a todos. El carbón espera siglos hasta transformarse en diamante, y lo hace soportando presiones increíblemente altas.

—Pero mi herida aún está abierta, aún sangra, aún me duele.

—Claro, no estás haciendo nada para curarla más que mirar para otro lado. Así no se curan las heridas. Ponés tu dedo en ella, la tocás y decís que estás intentando olvidarla. Nunca lo vas a conseguir así.

—¿Y vos qué sabés de todo ésto?

—Sé lo mismo que sabés vos.

—¿Y entonces?

—Vení, dame la mano. Yo me quedo a tu lado, hasta que el dolor pase.

—¿Y si retorno y me vuelven a lastimar?

—Volverás a descender a los infiernos y volverás a resurgir entre las cenizas, como el Ave Fénix. Todos lo hemos hecho alguna vez. Y muchos lo hemos hecho muchas veces.

—Tiemblo de miedo pensando en que tal vez no pueda salir.

—Saldrás. Todos salen.

—Andate.

—No. Deberás intentarlo, hoy más que nunca. Me quedo acá en silencio. Tomame de la mano y apretá todo lo que quieras.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar en mi reflejo?

—Todo lo que sea necesario para cuando necesites una palabra de aliento. Pero depende de vos. Un nuevo mundo te aguarda.

 


 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: