El hombre de Vitruvio


Leonardo da Vinci

Dibujo: Leonardo da Vinci

Este texto y su dibujo fueron publicados originalmente en el número de marzo de 2013 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

La vida de Leonardo no había sido fácil. Sus problemas empezaron durante la época escolar cuando, a medida que sus compañeros varones se desarrollaban normalmente, él notaba cambios que no eran iguales a los del resto. Mientras ellos comenzaban a tener rasgos marcados y duros, él veía cómo su cuerpo se estilizaba. Y no era una sensación. Sus brazos no adquirían firmeza, sus piernas no se llenaban de pelos y, lo más notorio, la barba y el bigote brillaban por su ausencia. O casi, claro. Apenas una sutil pincelada gris se mostraba por sobre el labio superior que parecía más una mancha que un incipiente bigote. Afeitate, le habían dicho más de una vez, así toma más fuerza y deja de parecer un chiste. Pero él, por el momento, no estaba interesado en hacerlo. No sabía por qué.

Su mayor problema en esos años de escuela era Edgar, un brabucón alto, grandote y lleno de maldad que era temido por casi todo el colegio, incluyendo el séquito de débiles chupamedias que lo seguían incondicionalmente. Edgar le hizo la vida imposible a Leonardo desde quinto grado hasta quinto año. Fueron ocho años insufribles para éste quien tuvo que tolerar todo tipo de humillaciones y denigraciones por parte de Edgar y sus títeres.

La primera vez que lo empujaron para sacarle una galletita y vieron que Leonardo se puso a llorar con congoja en el piso, se dieron cuenta que tenían ahí una fuente de poder y diversión interminable. Y Edgar no desperdició ni un solo día de esos ocho años para ejercer ese control. Primero fueron empujones, tirones de pelos, escupidas y robos para luego convertirse en golpes y manipulaciones. Leonardo sufría cada día que iba al colegio y disfrutaba cada vez que se hacía la hora volver a casa. La llegada de las vacaciones era su momento más esperado: tres meses de descanso y libertad.

El ejercicio de este poder se hizo más doloroso cuando entraron en la adolescencia y Leonardo mostraba más rasgos femeninos que masculinos. Los insultos y humillaciones se multiplicaron y pronto varios de sus compañeros se sumaron a “mi infierno”, como él se lo describía a su almohada todas las noches. A los quince años la presión empezó a cruzar límites sin retorno cuando la violencia psicológica empezó a predominar y a quebrarlo emocionalmente.

Cuando estaban en quinto año sufrió la mayor humillación. En el acto de fin de año, y cuando todos los alumnos reunidos en el patio del colegio veían una obra teatral preparada por los chicos de segundo año, el odio de Edgar llegó a un nivel por nadie esperado. En medio de la obra una de las alumnas corrió un pequeño telón de fondo y detrás de él apareció Leonardo desnudo, amordazado y atado de pies y manos como El hombre de Vitruvio con un cartel en el pecho que decía “ENFERMO”. La reacción de toda la escuela no se hizo esperar y una catarata de risas inundó el salón de actos mientras él lloraba de vergüenza e impotencia. Los profesores tardaron demasiado tiempo en reaccionar y Edgar, a lo lejos, reía a carcajadas.

El año terminó y la triste anécdota recorrió no sólo las aulas durante los años siguientes, sino también el barrio entero. Todos hablaban de cómo ese chico, tan delicado, tan sensible, había sido humillado delante de todos sus compañeros.

El tiempo pasó y Leonardo, luego de irse del barrio, intentó comenzar su vida adulta desde cero olvidando el infierno que vivió. Edgar se quedó y pasó los años siguientes trabajando en el garaje de su padre, quien prefirió darle esa oportunidad antes que verlo fracasar miserablemente. Y él no desaprovechó la oportunidad. Trabajar en el garaje no fue fácil. Su padre, un golpeador fracasado de la vida, separado hacía más de veinte años y que había heredado el negocio, siempre había sido muy estricto con Edgar. Para comenzar lo obligó a realizar el peor turno: de diez de la noche a ocho de la mañana, de lunes a lunes. Le daba un franco por mes, nada más. Que aprenda a laburar ese vago, les decía a sus amigos. Edgar sufrió mucho al principio, pero luego encontró una veta que le permitía trabajar, cobrar su sueldo y divertirse: invitaba a sus amigos al garaje con unas cervezas para pasar todas las noches entre charlas y borracheras. Y no faltaban las chicas que Edgar se llevaba y ahí, a veces en el baño, a veces dentro de algún auto lujoso, pasaba las noches manoseándolas o algo más, si la invitada en cuestión estaba dispuesta.

Los años pasaron y Edgar mantuvo su trabajo en ese horario. Le convenía, claro. ¿Quién no querría un trabajo así?

Una de esas noches, reunido con amigos y luego de varias cervezas heladas, conoció a una hermosa rubia de su edad con quien se quedó conversando toda la noche. Los demás notaron sus intenciones e hicieron todo lo posible para dejarlos solos. Él, haciéndose falsamente el caballero, la invitó a tomar algo dentro del Mercedes Benz azul que dejaban en la cochera C-4. Nadie sabe muy bien qué fue lo que pasó luego, pero cuando fueron a buscarlo se encontraron con una escena terrorífica: los asientos de cuero blanco estaban casi totalmente cubiertos de sangre, mientras ésta salía a borbotones de su garganta y él intentaba, casi desmayado, cubrirse el profundo tajo.

Edgar murió camino al hospital y nunca se supo nada de la chica que estuvo con él. No hallaron huellas ni nada que pudiera dar con el paradero de la asesina. Los amigos que la habían llevado al garaje declararon que la conocieron horas antes y que no sabían mucho más, solo sus rasgos: rubia de pelo largo, ojos verdes, rasgos muy suaves y una voz seductora. Vestía una remera floreada, unos pantalones muy cortos y unas sandalias negras.

Al día siguiente, en el diario, Leonardo leyó la noticia del asesinato sin que un solo sentimiento cruzara su corazón. Miró las fotos y pensó, por última vez, todas las humillaciones que sufrió desde quinto grado. Terminó de leer y se levantó para ir a la universidad donde daba clases. Por suerte ahí todos lo respetaban y disfrutaban la cátedra que tenía su cargo. Y él se sentía revivir cada vez que un alumno le decía respetuosamente “profesor” y lo consultaba con ganas de aprender.

Se puso el saco, tomó sus cuadernos y miró la silla a su costado: una remera floreada, unos pantalones muy cortos y unas sandalias negras lo miraban con la paz de la venganza.

 


 

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