Un candado a la felicidad


Greed
Foto:
Scabeater

Sin quererlo, Abel se había encontrado en una situación desesperante. Su hijo, Roque, estaba internado desde hacía meses en el Garrahan debido a una rara enfermedad. Los médicos hacían agua intentando buscar la cura a su problema, hasta que surgió la posibilidad de una solución: un trasplante en Inglaterra. Pero llegar al objetivo no iba ser fácil. Necesitaban reunir dinero para los pasajes, la estadía y los gastos médicos.

Las posibilidades eran pocas debido a que Abel trabajaba en una fábrica donde ganaba lo justo para poder vivir, mientras su mujer, Elsa, se quedaba en la casa cuidando de su otro hijo César. Además, ella iba y venía al hospital todos los días. ¿De dónde sacar lo trescientos mil dólares que les pedían para trasplantar a Roque? Era una barbaridad.

Empezaron por lo simple: preguntarle a los amigos. Pero, pese a la buena voluntad de éstos, apenas iban a llegar a juntar mil dólares. Elsa tuvo una idea que a todos les pareció adecuada: ir a los medios de comunicación. Pasearon por cuanto programa de televisión pudieron, dieron notas en casi todos los diarios y recorrieron estudios de radio de casi todas las emisoras. El problema era que los medios estaban más ocupados con el mundial de fútbol que de los pedidos de una familia desesperada. Así, la cantidad de minutos al aire o de espacio en un papel eran muy pequeños para obtener el impacto mediático deseado. Mal momento para tener un hijo a punto de morir.

El tiempo pasaba, el dinero no aparecía y la vida de Roque estaba cada vez más deteriorada. A medida que el tiempo pasaba, Abel se iba recluyendo cada vez más en sí mismo. Se lo notaba más callado, más introvertido y menos comunicativo con su entorno. Elsa lo encontró más de una vez tomando whisky en un bar cercano al hospital. Se sentaba junto a él mientras lo intentaba consolar. No gastes plata en whisky, le dijo más de una vez con voz grave, poné esa plata en la cuenta de tu hijo. Pero Abel la ignoraba.

Seis meses después de comenzar el largo camino de buscar el dinero para Roque, el corazón de éste dijo basta y dejó a Elsa y Abel con la herida más profunda que una madre y un padre pudieran tener. Luego del velorio, el entierro y los océanos de lágrimas vertidos, Elsa habló con Abel para decidir qué hacer con el dinero que habían juntado. Al principio Abel no entendía de qué hablaba Elsa, por lo que ella tuvo que explicarle en detalle.

—Abel —le dijo— deberíamos ver si podemos donar ese dinero a alguien que lo necesite. Tal vez haya otro chico en igual situación o alguna Fundación que necesite algún tipo de ayuda económica.

—¿Estás loca? —la increpó Abel con disgusto —. Ya que tenemos ese dinero podemos guardarlo para gastarlo más adelante. Pensemos en algún viaje…

—¿Qué decís, Abel? —lo interrumpió —. No lo podemos usar para nuestro provecho. Era para Roque.

—Dejate de joder, Elsa. La vida nos golpeó duro. Si nos da una oportunidad, aprovechémosla.

—No, Abel. Ni loca.

Elsa no volvió a hablar del tema y dedicó los días siguientes para asesorarse y encontrar un destino al dinero que habían obtenido con las donaciones. Abel tampoco volvió a hablar del tema con Elsa y cuando él murió, un par de años después, Elsa se sintió devastada y algo arrepentida de no haberle permitido a Abel darse un gusto con ese dinero.

Meses después, Elsa recibió una carta de un banco a nombre de Abel. La abrió extrañada y la leyó. Se puso pálida. Se visitó como pudo y salió corriendo. El gerente fue muy claro con ella:

—Su marido tenía, desde hacía cerca de treinta años, una cuenta abierta con más de diez millones de pesos que casi no tuvo movimientos desde el momento del primer depósito. He hablado personalmente con él en múltiples oportunidades esperado que invierta ese dinero en algo productivo, pero siempre me he topado con su negativa.

—¿Y de dónde sacó el dinero?

—No tengo esa información, señora. Lo único que sabemos es que abrió la cuenta, hizo el depósito en su momento y luego casi no movió el dinero de ahí. Muy de vez en cuando retiró sumas menores, pero nada más.

Elsa volvió a su casa atónita. Cuando llegó, tomó todas las fotos de Abel, todos sus recuerdos y los quemó, uno a uno.

Nunca más volvió a sonreír.

 


 

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