Olvidado


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Foto:
Luca Savettiere

Aunque no lo parecía a simple vista, Gustavo era un pobre tipo que vivía de una pensión que le habían dado hacía tiempo. Un accidente en la fábrica le había traído un problema en una de sus piernas que le impedía trabajar. A partir de ese día recibía puntualmente en su cuenta corriente lo suficiente para subsistir junto a su soledad. Moraba en un pequeño departamento de un ambiente que había heredado de su padre sin ningún tipo de lujo: una mesa, dos sillas, una cama de una plaza, una heladera y un pequeño televisor completaban sus posesiones.

Con el correr del tiempo empezó a volverse cada vez más y más ermitaño. No tenía nada por qué luchar, nada qué hacer. Se pasaba todo el día encerrado, viendo televisión mientras observaba cada tanto por la ventana que daba a la calle. Al principio se quedaba un rato frente al televisor cada día, pero luego fue pasando más y más horas frente la tan llamada caja boba. Conocía cada programa, cada actor, cada conductor, cada chisme, cada noticia. Era casi un profesional en el tema.

El tiempo que pasaba frente al televisor empezó a aburrirlo y, para intentar compensar ese aburrimiento, comenzó a comprarse todos los días, algo que entretuviera su boca y su estómago. Al principio fueron algunos snacks que le duraban pocas horas, pero tiempo después la cantidad de comida que necesitaba consumir para superar el aburrimiento empezó a multiplicarse. Ya no eran algunos snacks, sino que era una batería de comida que día a día aumentaba en cantidad y en calorías.

Su peso aumentaba sin control pero a él no le preocupaba. Era feliz en esa situación. El día que se enteró que el supermercado de la vuelta de su casa contaba con delivery, se sintió en el paraíso: le podían traer comida sin tener que salir de su casa, sin moverse de su asiento. Al principio realizaba múltiples pedidos pequeños en un mismo día. Pero luego, al notar cierto enojo por parte del pibe del delivery, decidió hacer pedidos más grandes por uno, dos, tres y hasta cuatro días.

Pero un día dejó de hacer pedidos.

Lo encontraron casi una semana después. El olor que salía de su casa se había vuelto insoportable y, como no respondía a los llamados a su puerta, decidieron avisar a la policía. Tiraron abajo la puerta de entrada y se encontraron con una imagen que no esperaban. El departamento relucía en pulcritud y buen gusto. A diferencia de lo que esperaban sus vecinos, el lugar estaba muy bien arreglado y cuidado haciéndolo un agradable lugar para vivir. Pero claro, el olor era insoportable.

Gustavo estaba tirado en el piso sin vida. Su vecina, Dolores, muy creyente, lo miró y dijo en voz alta: tanta comida lo hizo morir en su ley. Dios lo castigó debido a su gula. No señora, corrigió un policía. A esta persona la ahorcaron, mire las marcas en el cuello. Los vecinos se miraron extrañados.

Nunca se supo quién había sido el asesino, pero muchos sospecharon del chico del delivery. Él lo negó, claro, pero siempre quedó la duda sobre el autor o sobre el por qué.

Gustavo murió solo, sin que nadie siquiera supiera o le interesara su falta. Solo, como el ermitaño que lo consumió.

 


 

Desconexión: Diablo Swing Orchestra – Balrog Boogie (The Butcher’s Ballroom – 2006)
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