La sombra de la hiena


It Is Finished
Foto:
Christopher Brown

Carlos era un ejemplo de vida, de rectitud y comportamiento. A sus sesenta años era el integrante del pueblo más respetado debido a su compromiso con la comunidad, la atención que brindaba a sus vecinos y la amabilidad que derrochaba a diestra y siniestra. Todos lo adoraban y confiaban en él más que en nadie. Católico practicante, no faltaba a misa ningún día de la semana, aún estado enfermo.

A excepción de ese junio del ’81 cuando cayó en cama con esa rara fiebre que lo tomó por sorpresa. Como no tenía familia, todo el pueblo se turnó para ayudarlo: ir de compras, limpiar su casa, lavar sus ropas, darle sus remedios y todo lo que le era físicamente imposible realizar. En la Iglesia rezaron mucho por él para que se curara. El padre Evaristo elevaba plegarias en su nombre para que sean escuchadas por Dios misericordioso, y las cadenas de oración se multiplicaban por el pueblo de casa en casa.

La fiebre pasó y Carlos volvió a trabajar para la comunidad. Era una persona muy inquieta auxiliando en todo lo que podía. Si estabas pintando tu casa, se ofrecía para darte una mano, siempre y cuando le convidaras unos mates para acompañar. Si cortabas el pasto, él te ayudaba a juntar el recorte en bolsas. Si tenías problemas con las cañerías, Carlos era un plomero experto que te solucionaba el problema en un rato. O si necesitabas hacer un trámite en la ciudad, él se ofrecía a hacerlo por vos o, al menos, acompañarte para que la aventura sea lo menos dura posible. Y no hay que olvidar que siempre fueron loables las ganas que tenía de ir a la salita del pueblo a cuidar a los chicos y adultos que por una u otra razón tenían que quedarse internados. Lo recuerdo bien porque yo, de chico, hacía changas y me lo cruzaba ahí cada tanto.

Los años pasaron y Carlos siempre era protagonista de cuanto evento social ocurría en el pueblo: sacaba los números en las rifas anuales, era el orador principal cuando se hacía el desfile de primavera y constantemente era invitado a los casamientos. Nunca lo supo, pero las parejas siempre lo incluían en sus listas de invitados en primer lugar. ¿Cómo no invitar a Carlos? Pero no solamente estaba presente en todo acontecimiento feliz. También era el primero que se ponía a disposición de la policía del pueblo para ayudar a buscar a algún raterito valentón, a dar pistas sobre algún asalto grave o dar toda la información que ayudara a esclarecer un crimen.

Y este es el punto que nos trae a esta historia. Desde hacía algunos años el pueblo amanecía, cada tanto, con una macabra noticia. En este caso, una chica violada y tirada en la sucia acequia de la calle que bordeaba el río. Sin embargo, pese a su grave estado, aún estaba con vida. La llevaron rápidamente al hospital donde en coma luchaba por su vida.

Acá es donde usted pensará que Carlos es el violador, de esos que se muestra como un buen ciudadano pero que en su oscuridad oculta una personalidad siniestra. No, querido lector. Sería muy obvio, aunque el objetivo de este relato no sea sorprenderlo, sino solamente contar una pequeña historia. Carlos era una persona muy recta, enamorado de Dios, y que sería incapaz de dañar a alguien; mucho menos violar. Era imposible que él golpeara a una chica para luego violarla. Carlos tenía su reputación impoluta. Todos los sabían en el pueblo. Todos. Incluso él.

Incluso yo.

Este ataque había ocurrido una noche de invierno. La chica de catorce años apareció semidesnuda, atada de pies y manos, golpeada y con signos de torturas y vejaciones. El impacto en el pueblo fue muy grande y la presión sobre la policía fue feroz. Carlos fue uno de los que estuvo junto a ellos ayudándolos para dar con el violador, aportando toda la información en sus manos relacionada con las últimas horas de la chica. Dónde la vieron, con quién habló, hacia dónde se dirigía. Y sus datos fueron tomados muy en cuenta para dar con el sospechoso.

A la mañana de ese mismo día, cuando la noticia aún estaba fresca, la policía supo quién era el violador. Era un pobre diablo que dormía debajo del puente y que se había cruzado con esta chica y una amiga cuando éstas volvían de tomar algo en uno de los pocos bares del pueblo. Él les dijo algo y ellas, al parecer, lo empezaron a agredir verbalmente al verlo sucio, barbudo y con la ropa rota. Las ignoró, pero ellas lo siguieron fustigando con frases hirientes: muerto de hambre, mugriento, puto, con ese olor cuánto hace que no cogés y otras frases de ese talante. Él no lo soportó. En un ataque de furia las tomó a las dos por los pelos. Una de ellas pudo escapar, pero la otra recibió un golpe que la desmayó. Luego la torturó y violó una y otra vez para que aprendiera a tenerle respeto. Los golpes fueron tantos y tan duros que él pensó que estaba muerta. Luego, en medio de la oscura noche, la llevó a la mencionada acequia y la dejó ahí.

Durante la tarde siguiente la chica no soportó la conmoción física y falleció en la salita del pueblo para el desgarro familiar y el enojo de toda la comunidad. Horas después habían detenido al violador, y ahora asesino, y tuvieron que hacer lo imposible para evitar que la turba enfurecida lo linche para hacer justicia por mano propia.

Y en medio de esa turba estaba él, Carlos, la persona más querida del lugar. Él era respetado por todos y todos confiaban en él. Incluso para poder acceder a la salita del pueblo, al sector donde cuidaban de la chica, para rezar por ella en nombre de Dios. Todos tenían confianza en él. Aún si en silencio, en la fría sala, él alimentara sus más oscuros deseos violando a esa chica de catorce años una y otra vez, dándole el último empujón hacia la muerte, satisfaciendo a la bestia encerrada en el cuerpo de un ángel. Aquí, en mi lecho de muerte, aún recuerdo haberlo visto en esa sala de hospital esa tarde. Yo estaba ahí, como todos los días, haciendo mis changas. Hasta el día de hoy guardo este secreto que solo leerán a través de estas palabras.

Esa noche todo el pueblo lloró en el velorio por esa chica. Todo el mundo, incluido Carlos.

 


 

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