Unos, pt. 11: Un fulgor en las tinieblas


Down in a hole

Foto: ParanoidMonk

… continúa.

Las luces del bar eran tenues y, debido al tratamiento que tenían los vidrios, poca luz entraba del exterior. Esto le daba esa calidez que buscaba la gente que lo frecuentaba. Pequeñas lámparas con luz amarilla sobre las mesas eran la única fuente de iluminación que tenían los clientes para intentar ver la carta y las caras. Las paredes, plagadas de viejos carteles publicitarios, le daban al lugar un aspecto clásico y hasta vintage. La música siempre estaba al volumen justo y eso terminaba de cerrar el círculo de comodidad que permitía que uno se sentara, tomara la carta y eligiera esa bebida tan deseada. Las mozas y mozos, de riguroso negro, volaban de una mesa a otra intentando atender todos los pedidos con celeridad, aunque no siempre lo lograban.

Esa tarde el bar empezaba a llenarse como de costumbre y la charla junto a Hernán había empezado animadamente. Tenía mucho para contar, pero el tiempo no le sobraba. Quería ir al grano, pero la conversación no se lo permitía.

—¿Cómo vienen las cosas en el depósito? —preguntó Hernán mientras le daba otro sorbo a la pinta.

—Bien. Bah, como siempre. Hace mil que no me aumentan el sueldo los hijos de puta. Siempre tienen alguna excusa, pero queda claro que quieren que me vaya a la mierda antes que rajarme.

—¿Cuánto hace que no te suben el sueldo?

—Como dos años. Tengo las bolas llenas. Cada vez me alcanza para menos. Pero realmente ya no me importa.

—¿Por? ¿Qué pasó? ¿Lo de esa mina que me contaste por teléfono viene viento en popa y pensás solo en eso? —sonrió débilmente.

—Algo así. Todavía no viene nada. Ni nos conocimos. Esta noche es el primer encuentro.

—Ah, muy bien. ¿Cómo fue? Contame.

—Fue muy raro todo. La conocí hace algunos meses por el chat.

—Ah, si. ¿Pegaron onda rápido, no?

—Algo así. Empezamos a cruzar palabras y la onda entre los dos se hizo cada vez más y más interesante. Al principio estuvimos hablando de tragos y noté que la mina sabía un montón. Mezcló cada cosa que no sé ni cómo explicártelo.

—¿Bebedora empedernida? ¿O una de esas minas aburridas que le dan al chupi de lo lindo?

—No. Bah, no creo. No me pareció. Pero con el correr de los días los temas fueron mutando hacia otros cada vez más personales. Y me empecé a dar cuenta que teníamos varias cosas en común. Empezó siendo la comida…

—¿Encontraste a alguien que le encantara comer frutillas con pimienta? Casate, boludo. No vas a encontrar a otra.

—Que forro que sos. ¿Alguna vez las probaste?

—Ni en pedo, gracias —negó con una sonrisa.

—Bueno, como te decía, —terminó la pinta de cerveza— estuvimos hablando de comida y casi sin querer empezamos a hablar de nuestros gustos, nuestros intereses, qué nos motiva, qué nos mueve, qué buscamos en la vida. Y nos dimos cuenta que tenemos varios puntos en común —. En este punto cruzaron por su cabeza algunos momentos particulares de la charla, pero rápidamente volvió a la realidad—. Vos sabés lo que han sido los últimos años de mi vida. Sabés toda la mierda que tengo dentro mío —su voz sonaba grave— y que no he tenido posibilidades de quitarme. Hace mucho tiempo, Hernán, que mi vida boya de un lado a otro sin mucho sentido. No tengo nada que me sirva de alimento para mi alma. No tengo a nadie cerca que me comprenda ni quiera tenerme cerca suyo. No me mires con esa cara, no hablo de vos. Hablo de tener a alguien con quien compartir la vida. Vos tenés tu familia, tus cosas, tus objetivos, tu futuro. Yo no tengo nada, Hernán, nada. Mis noches son largas y solitarias y las sufro como no te imaginás. ¿Alguna vez has sentido lo que es la soledad, el abandono, la falta de una mano que se apoye en tu cabeza para darte ánimos? —, sus ojos se humedecieron—. Mi día arranca igual todos los días, desayuno una mierda de café, voy al mismo puto trabajo y cuando salgo no tengo nada, Hernán, nada. No tengo nada para hacer, nadie con quien conversar, nadie a quién contarle mis alegrías, mis tristezas, mis sueños, mis penas. No tengo a nadie en quién apoyar mi cabeza para que me reconforten, ni a nadie a quien reconfortar.

Hernán escuchaba en silencio mientras miraba atentamente a su amigo hundirse en la tristeza.

—Vos —continuó— tuviste la suerte de poder encontrar un camino. Pudiste rodearte de gente que te quiere y que, pase lo que pase, te va a bancar en las buenas y en las malas. Yo no tengo nada. No tengo a nadie y no consigo tener a nadie que se quiera sumar a mi mundo, a mi vida. Y no te hablo de una novia, te hablo de alguien con quien compartir un momento, a quién contarle qué almorcé o que tan mal viajé en el subte. Quiero tener ganas de hacer cosas, de jugar al fútbol, de salir a pasear, de leer un libro, de ver televisión, de leer un diario, de vivir. Hernán, tengo ganas de vivir.

—¿Y pensás que esta mina te va a dar todo eso? —preguntó Hernán.

—No sé. No lo creo. Pero me da una primera oportunidad en mi vida, ¿escuchás bien, Hernán?, en mi vida, de tener alguien con quien compartir algo más.

Sabía que sus palabras tenían unas pinceladas de esa pequeña mentira que no pensaba revelar en ese momento.

—¿Alguna vez sentiste al menos una pizca que lo he sentido yo en todos estos años? —continuó.

—No, la verdad que no. Pero creo poder comprender lo que me decís.

—Ojalá fuera así. Pero lo dudo. Cuando tu mundo se reduce a estar sentado en una silla, en tu casa, casi a oscuras, sin nada para hacer, sin fuerzas para intentar nada y con lágrimas que te inundan el corazón de tristeza, que me digas que me podés comprender —hizo un gesto con ambas manos para colocarle comillas a la palabra— suena más a un intento por estar de mi lado que de demostrarme que realmente podés comprenderme —. Sus palabras estaban cargadas de bronca contenida —. Me pregunto qué harías vos en mi lugar si hubieras vivido mi situación durante tantos años. Son décadas, Hernán. Décadas. Soy un ser patético que no sabe qué hacer de su vida para salir del pozo en el que se encuentra. Haber conocido a esta chica y tener la posibilidad de compartir aunque sea una cosa es para mí una oportunidad única que no quiero desperdiciar.

—¿Y ella cómo es? —preguntó Hernán intentando descomprimir la incómoda situación—. ¿Te mandó alguna foto, la viste en algún lado?

—No. No tengo idea cómo es. Por lo que me contó tiene pelo negro, muy corto y ojos oscuros. No hablamos mucho más del aspecto físico. No sé, no me preocupé mucho de eso. Nuestras charlas fueron muy interesantes para centrarme en esos temas.

—¿Y de qué hablaron en esas charlas?

—Casi todo se centró en un único tema. ¿Te interesa saberlo?

—¡Claro, che!

—Con otra ronda de cervezas, ¿te parece?

Continuará…

 


 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: