La casa en el árbol


Analía Rovere

Pintura: Analía Rovere

Quiero agradecer a Analía Rovere quien me ha permitido tomar su hermoso cuadro para escribir el texto que lo acompaña. Les recomiendo que conozcan más sobre la obra de esta gran artista argentina.

Las risas de los chicos se escuchaban desde lejos. Corrían por el parque de la casa disfrutando los calurosos veranos en esos días de vacaciones. Eran cuatro los purretes: Susana, Mora, Avelino y Melisa y tenían doce, diez, siete y seis años. Su día comenzaba temprano, cerca de las siete, cuando el sol ya pegaba fuerte en la ventana de la pieza donde dormían. Melisa era siempre la primera en levantarse y corría a la cama de Susana para levantarla. Haceme la leche, le pedía sabiendo que ella lo haría con ganas y no como su papá que seguramente dormía y que podía darle unos chirlos por despertarlo. También estaba la abuela, pero como su pulso no era bueno, servirles el desayuno podía ser un desastre.

Mientras Susana iba a la cocina para llenar cuatro vasos con leche, Melisa despertaba a Mora y a Avelino. Éste también se despertaba rápido, pero a Mora siempre le costaba un poco más. Casi siempre terminaban los otros tres saltándole sobre la cama para intentar despabilarla.

Luego del escaso desayuno, los cuatro salían de la casa y empezaba el interminable día de juegos y aventuras. Comenzaba con una carrera hasta el lago para tirar piedras y luego intentar pescar algún pez, pero nunca lo conseguían. De más grandes comprendieron que las piedras ahuyentaban a los peces, pero en ese momento no lo sabían y los esfuerzos eran en vano. Luego trepaban al viejo árbol que reposaba en el medio del parque. Era alto, gordo y plagado de senderos ocultos entre sus ramas. Su gran proyecto había sido siempre intentar construir una casa ahí. Pero la idea quedaba en eso: una idea. Todos los días estaban con ganas de comenzar a construirla pero nunca empezaban. Claro, disfrutaban esa agradable sensación de saber que vas a hacer algo, aunque nunca te decidas a hacerlo.

Ahí, en el árbol, se quedaban horas trepando, jugando y conversando. Esas largas charlas forjaron no sólo el lazo entre hermanos, sino una hermosa amistad que los mantuvo unidos durante el resto de sus vidas. En ese árbol escucharon atentos las anécdotas de Susana cuando empezó la secundaria o sonreían cómplices cuando Melisa describía los regalos que había recibido de los Reyes Magos. Pero esas charlas no fueron sólo de chicos: ahí Avelino lloró cuando les contó que María no quería más ser su novia. Y también en ese árbol Mora contó, a los quince años y en secreto, que estaba embarazada del hijo del ferretero. ¡Se armó un lío en la casa!

De ese árbol conocían, entre sus ramas, distintos caminos que les permitían llegar hasta ciertos puntos estratégicos de éste. Incluso había una rama, la más preciada, que tenía forma de silla y a la que llamaban “el trono”. Cuando se cansaban de hablar, el objetivo era seguir trepando para llegar cada vez más alto. Sabían que era peligroso porque las ramas altas eran muy débiles y se podían quebrar por el peso. Cada tanto superaban la mejor marca y todos festejaban locos de alegría.

Cuando se cansaban, bajaban y se pasaban el día molestando a las hormigas o juntando ramas y piedras para hacer una presa en el riacho que salía del lago. Otro proyecto que nunca pudieron completar, aunque si pudieron comenzar, hasta que don Roque se enteró y les dijo de todo: ¿cómo van a hacer eso? ¿Quieren inundar todo el parque? Y otras sartas de pavadas por el estilo.

También juntaban barro y jugaban al restorán: mientras uno cocinaba deliciosas comidas de barro, otro hacía de mozo y los otros dos eran los comensales. O intentaban quemar algo con una lupa y la ayuda del sol, o hacían un pozo, o nadaban en el lago, o andaban en bicicleta, o… las opciones eran infinitas.

Los días eran intensos y parecían no terminar nunca. Mientras jugaban, la abuela los miraba desde la galería sentada en su sillón. Se quedaba ahí, bajo techo, para evitar la lluvia, el sol, el viento, el frío, el calor. Nada le gustaba. Era una vieja cascarrabias. Y cómodamente sentada les gritaba para que no corran, no salten, no se golpeen, no se suban al árbol, no griten y otra cantidad de prohibiciones que ellos, claramente, nunca cumplían. Es más, ni la escuchaban desde la lejanía. Pero la abuela siempre estaba junto a ellos, atenta. Cuando Mora se cortó la rodilla con esa vieja chapa la abuela le dio, desde su sillón, las instrucciones a Susana para curarla. El día que Avelino comió esas frutas que le produjeron una fuerte descompostura, la abuela, con sus recetas de antaño y sin levantarse, lo ayudó a vomitar y librarse del veneno. Ayudó a Susana cuando se indispuso por primera vez, no sólo para limpiarla, sino para explicarle un mundo de cosas que ella nunca había sabido. Y a Melisa siempre le dio consejos sobre cómo ser una buena nena y lo importante que era ser la más chica.

La abuela siempre estuvo ahí, sentada, quejándose de cada cosa que podía, pero a los chicos los quería. Y los chicos la querían a ella. Los cuatro se subían al sillón junto a ella para que les contara anécdotas de su vida, cuando el mundo era muy diferente. Y les narraba sobre cuando ella era chica y su mamá, sentada en el mismo sillón, la veía jugar. Uy, abuela, entonces el sillón debe tener como mil años, decía Melisa sin comprender bien. Y todos reían. Ellos se asombraban de sus palabras raras, de sus historias, de su mundo. La abuela lo sabía todo. Cuando ella se fue, los cuatro la lloraron mucho y decidieron, junto a su papá, dejar el sillón en el lugar de siempre, tal como lo dejó ella. Querían recordarla y recordar los años más felices de su vida.

Las imágenes se volvieron borrosas y comenzaron a desvanecerse.

—Señor, señor. ¿Me escucha? ¿Está bien? —preguntó la empleada de la inmobiliaria mientras miraba algo preocupada al futuro comprador—. Lo noto algo perdido.

—Estoy bien —respondió el comprador mirando aún el sillón que reposaba, viejo y olvidado, en la galería de la casa—. Se me vinieron a la cabeza algunas imágenes que no comprendo bien de dónde son. ¿Y me dice que la casa ha estado deshabitada desde hace mucho?

—Si, eso era lo que le estaba explicando. Los últimos moradores fueron un padre con sus cuatro hijos. Cuando éste murió, los hijos, que ya no vivían con él, no quisieron vender la casa. Por lo que sé, recién ahora se decidieron. Me comentaron que dejaron todo tal cual lo dejó el padre. Al parecer los recuerdos para ellos eran muy fuertes y por eso no volvieron a vivir acá.

—¡Papá, papá! —gritaron al unísono sus dos hijos de diez y ocho años—. ¡Mirá lo lindo que es afuera! El parque es muy grande y tiene un lago muy lindo. ¿Y viste ese árbol enorme? ¿Nos dejás trepar al árbol, papá? ¡Dale!

—¿Y me dijo que la venta puede ser inmediata?

—Por supuesto. Podemos ir a las oficinas y comenzar el papeleo ahí. Como verá, es una casa que está descuidada luego de muchos años de soledad, pero por el precio es un lugar ideal para arreglar y que disfrute junto a sus hijos. Si lo desea podemos hacer un poco de limpieza previa a la mudanza. No creo que quiera lidiar con viejos espejos, camas abandonadas o ese viejo sillón que está en la galería.

—No, no. Deje todo como está. Hasta creo que voy a conservar el viejo sillón.

El padre, parado en la puerta, vio a sus hijos corretear felices por el parque mientras sentía que una nueva etapa comenzaba en la vida de los tres.

 


 

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