Ángel


Sky Pilot
Foto:
ecstaticist

Cuando se fue me tomó por sorpresa. De un día para otro me dejó en la Tierra para que continúe con mi vida. Me sentí abandonado, traicionado y hasta odiado. Pero pronto me di cuenta que había una razón. O eso creí. Me dijo que ya estaba todo listo, que había cumplido su misión y que tenía una nueva tarea. Y ésta era mucho más personal.

Quizás ustedes no me comprendan y seguramente me sea imposible explicarlo claramente, pero lo intentaré. Un ángel no es algo que uno ve todos los días. Y menos aún si él baja a la Tierra, se sienta a tu lado y te mira cómplice para hablarte, para escucharte y para entenderte, sabiendo cada pensamiento que cruza por tu cabeza o cada sentimiento que mueve tu corazón. ¿A cuántos les ha pasado? ¿Saben de alguien más? Al principio me sobresalté pensando que era una broma o que estaba soñando, pero a medida que hablábamos y los días, meses, años y siglos pasaban, me di cuenta que sí, que había bajado un ángel del cielo por mí y que estaba ahí con el único objetivo de ayudarme a caminar. Sus palabras eran suaves y contenedoras, y cada frase suya era una caricia en mis oídos.

Ya no eran necesarias las pesadas nubes oscureciendo el sol, ni la helada lluvia congelando mis huesos, ni las dolorosas lágrimas surcando mi rostro, ni el dolor por caminar ese pedregoso sendero llamado vida.

No me pregunten cómo era físicamente. Mi ángel no tenía cara, ni brazos, ni piernas. Es más, no tenía cuerpo. O tal vez lo tenía, no lo sé; no presté atención por él. Simplemente tenía alas. Dos grandes y hermosas alas que me hacían sentir pequeño; muy pequeño. Eran muy blancas y parecían suaves y aterciopeladas. Aunque moría de ganas, nunca tuve el coraje para tocarlas con mis manos. No quería que mi terrenal suciedad cambiara el estado impoluto de ellas ni que le quitaran su brillo natural. Además, nunca me sentí con el derecho de hacerlo. Sería como tocarle el hombro a Dios confiadamente. ¿Cómo podía yo, un pecador más, tomarme semejante atribución? Eran tan bellas y tan liberadoras que siempre anhelé tenerlas en mi espalda para experimentar, aunque sea un rato, lo que se siente surcar los cielos como un ave libre, dejando que el viento guíe mi camino. Alguna vez se las pedí solamente para ver qué me respondía. Su contestación me dio a entender que yo tenía que fabricar las mías, aunque aún me pregunto cómo.

Durante su estadía en la Tierra mi ángel me enseñó muchas cosas. Sus palabras contendoras siempre fueron pausadas y certeras. Respondió a cientos de preguntas para las cuales yo no tenía respuesta y fue muy paciente explicándome uno a uno los porqués que tanto anhelaba, teniendo que ahondar en cada uno de los temas más y más. Y a mí me dio vergüenza el exponerme así ante él. Me sentía desnudo cuando le mostraba las piedras que cargaba sobre mis hombros y que me lastimaban en cada paso. ¡Algunas eran tan simples de quitar! ¿Cómo no me di cuenta antes? Cada frase generaba una nueva pregunta que se acumulaban como las hojas de otoño bajo el árbol desnudo. Y ésto me preocupaba. Pero él, incólume, me tranquilizaba diciéndome lo que necesitaba escuchar.

Claramente pertenecíamos a mundos distintos. El de él tan claro y tranquilizador mientras que el mío, el nuestro, querido lector, tan oscuro y desgarrador. ¿Había alguna posibilidad de cruzar a su mundo y liberarme de éste? La respuesta fue contundente. Apenas puse un pie en terreno desconocido él me detuvo diciéndome más de lo que expresaba con sus palabras. No, no había posibilidad, así que quité mi pie de ahí para nunca más volver a intentarlo.

¿Cómo debía sentirme a partir del momento que desplegó sus alas y abandonó este mundo? Al principio estuve bien, tranquilo, confiado. Comprendiendo que era una decisión sabia. Sus palabras habían sido tan enriquecedoras que me valieron para caminar sin ayuda.

Como les dije, ya no eran necesarias las pesadas nubes oscureciendo el sol, ni la helada lluvia congelando mis huesos, ni las dolorosas lágrimas surcando mi rostro, ni el dolor por caminar ese pedregoso sendero llamado vida.

El camino que recorrimos juntos fue único por la cantidad de enseñanzas que nunca olvidaré.

Pero ahora, con el correr de los siglos y a medida que gruesos surcos cruzan mi cara, me doy cuenta de lo mucho que me hace falta, de sus palabras, de sus risas y del soporte que era él en mi vida. Cada tanto le hablo y sé que me escucha, pero comprendo que tengo que seguir sin sus palabras. Mi corazón lo extraña a mares y reza porque alguna vez vuelva a bajar a la Tierra, a este mundo de pecadores, para volver a mirarme, a escucharme, a responderme y permitirme que me apoye en su corazón para caminar. Quizás algún día ocurra, pero por el momento me es muy difícil sobrellevar la situación. Si tan sólo hubiera podido decirle todo lo que significó para mí y todo lo que me hace falta. Estando allá, ¿le importará realmente? ¿Habré sido solamente un instante en su eternidad o un grano de arena en un océano embravecido? Nunca lo sabré con seguridad, pero lo extraño.

Y al extrañarlo, me quiebro sin poder contenerme… una y otra vez.

Ahora sí, que vengan las pesadas nubes oscureciendo el sol, que la helada lluvia me inunde congelando mis huesos, que me ahoguen las dolorosas lágrimas surcando mi rostro y que me colme el dolor por caminar este pedregoso sendero llamado vida.

 


 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: