Volviendo al hogar, pt. 9: El llamado


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pigeonpie

… continúa.

El corazón le latía violentamente. Miró el sándwich que le habían traído y, para intentar calmarse, le dio un mordisco mientras se servía un poco de gaseosa. No tenía hambre pero si sed, mucha sed. De un trago vació el largo vaso con hielo y se volvió a servir. Levantaba la miraba y la volvía a bajar para no perder de vista a la dueña de esos ojos. Tenía que tranquilizarse. ¿Cómo podía ser que apenas una mirada le haya generado semejante grado de ansiedad y nerviosismo? Miró sus manos y vio cómo sudaban humedeciendo la mesa de madera. Lo dicho: tenía que tranquilizarse.

Se recostó sobre el respaldo de la silla y levantó la mirada para ver a su alrededor, sin dejar de ver de reojo a la desconocida. Respiró pausadamente para intentar relajarse. Miró a lo lejos para ver filas de pasajeros que hacían sus correspondientes check-in; la escena se repetía en cada uno de los mostradores del amplio hall del aeropuerto. Miró un poco más acá para ver algunas personas comprando el diario en un puesto de revistas; sin dudas que un viaje en avión amerita que muchos quieran leer algo distinto a la aburrida revista de a bordo. Echó un vistazo aún más cerca para ver a la moza que hacía malabarismos para evitar que la bandeja se le caiga; debía ser nueva, sin lugar a dudas. Y luego posó su atención nuevamente en ella.

Por primera vez amplió su mirada un poco más allá de sus ojos. Su rostro, casi sin maquillaje, era parejo y armonioso. Su pelo castaño claro caía sobre sus hombros dejando apenas entrever un pequeño aro colgando de una de sus orejas. Su boca era pequeña y rosada como una delicada flor. Su cuello, largo y expuesto, lo tentaba para seguir recorriéndola con la mirada, pero él notó algo que lo incomodaba y levantó la vista para volverse a cruzar con la mirada de ella. Nuevamente un violento cimbronazo recorrió su cuerpo de pies a cabeza, obligándolo a bajar la cabeza y detener su mirada en la mesa. Puta madre, pensó, va a pensar que soy un boludo. Tenía que volver a levantar la mirada.

Intentó mostrarse sereno y lentamente levantó la vista. Ahí estaba ella, mirándolo, pero sólo por una fracción de segundo ya que lentamente, y muy segura de sí, desvió sus ojos hacia un costado. Él la miró atentamente y notó que sus labios tenían una pequeña mueca. ¿Era el esbozo de una sonrisa? ¿Le estaba diciendo algo con ese gesto? ¿Lo estaba llamando de alguna manera? ¿Cómo saberlo?

Siguió admirándola. Tenía puesta una musculosa blanca, sus muñecas estaban adornadas por un sinfín de pulseras de distintos colores y los dedos desbordaban de anillos. Un importante tatuaje se dejaba ver en su hombro derecho el cual desaparecía debajo de la musculosa y hacia la espalda.

Sus miradas se volvieron a cruzar.

Esta vez él mantuvo sus ojos sobre los de ella. Fueron unos segundos, nada más, pero los suficientes para sentirse seguro. Mirarla era como recostarse en una mullida y cómoda cuna en donde nada podía lastimarlo. Notó la profundidad de su mirada, el brillo de sus pupilas e iris, las texturas y sus colores. Por un momento sintió que podía perderse en esa mirada para siempre, recorriéndola en búsqueda de sus profundos y ocultos secretos hasta llegar a su corazón. Muy dentro suyo le pareció sentir un llamado. Unas palabras, nada más.

Ella pestañó y cambió su foco de atención. Santiago tenía que hacer algo, no sabía muy bien qué, pero no podía dejarla ir. Tragó el último pedazo de sándwich mientras buscaba algo de efectivo para pagar pensando en que tenía que levantarse y buscar alguna manera de contacto. No sabía bien cómo, no tenía idea, pero algo debía hacer. En pocos minutos se embarcaría en un avión que lo llevaría al otro lado del mundo y nunca más volvería a saber de ella.

Dejó el dinero sobre la mesa, tomó su mochila y comenzó a pararse cuando vio que ella tomaba su celular y, a través de los auriculares, atendía con una sonrisa un llamado. Se detuvo y se volvió a sentar. Paso en falso. El corazón le volvió a latir muy fuerte ante la acción abortada. Sintió una pequeña flauta sonando en su cabeza con bellas melodías que lo inspiraban para actuar. La miró de reojo pensado que tal vez todo el aeropuerto se estuviera dando cuenta de sus intenciones. No quería que ella saliera espantada ante un desconocido así que pensó qué hacer.

Ella siguió hablando mientras guardó su revista en una pequeña valija verde de mano que tenía a su lado y se puso de pie para salir del bar del aeropuerto. Santiago la miró atentamente. Ella caminó sin dejar de hablar y pasó a su lado dirigiéndole una rápida mirada mientras sonreía ante las palabras de su interlocutor. Él sintió su perfume que lo cautivó aún más. Tenía que hacer algo. Ella se estaba yendo y no había posibilidades de entablar conversación. Miró la hora y notó que tenía apenas media hora para embarcar. Empezó a desesperarse.

Se levantó y fue lentamente tras sus pasos, pero se detuvo para tomar su mochila que casi quedaba olvidada debajo de la mesa del bar. Ella caminaba mientras seguía hablando a través del pequeño auricular, con el celular en una mano y la pequeña valija verde en la otra. Desde atrás notó que el tatuaje continuaba por su espalda, o al menos era lo que percibía. Se dirigía al área de pre embarque así que fue tras ella. El corazón le seguía latiendo fuerte.

En medio de la caminata sintió vibrar su celular en el bolsillo de su pantalón… tres veces. Sin dejar de caminar lo tomó y miró: tres mensajes de Gabriela. Pareciera como si el destino quisiera ponerle piedras en su camino. Ahora no tenía tiempo para Gabriela y sus gimoteos en forma de mensajes de texto. Ignoró los mismos y guardó el aparato nuevamente en el bolsillo.

Subió por las escaleras mecánicas y pasó el control de pre embarque sin mucho contratiempo. Apretó el paso un poco más para no perderla de vista. La mezcla del apuro por subirse al avión y de no estar seguro si la iba a volver a ver lo preocupaba. La fila para pasar por los rayos X fue rápida, pero tuvo que detenerse ahí debido a que el detector de metales avisó, con su chicharra, que algo no estaba bien.

—¿Llevás algo de metal, pibe? —le preguntó con tono sobrador el empleado de seguridad alto, de pelo corto y facciones marcadas.

—Eh… no, no. Dejé todo en las bandejas.

—Sacate las zapatillas y ponelas ahí —, señaló la cinta sin fin de la máquina de rayos X.

Santiago hizo caso mientras pensaba en esos ojos que había perdido de vista y que se le escapaban lentamente. Su preocupación aumentó. Se volvió a poner las zapatillas mientras volvía tomar la mochila y se la colgaba de los hombros. Apuró el paso hasta llegar a la aduana. Ahí se encontró con una interminable fila que zigzagueaba a la espera de pasar por los puestos de control.

Se colocó al final de la línea y empezó a buscarla. ¿Dónde estaba? El lugar hervía de gente de todo tipo, todos hablando al mismo tiempo, todos esperando que la fila avanzara. Por suerte ésta se movía a buen ritmo. Santiago seguía buscándola, intentando volver a cruzarse con esa mirada como buscando oxígeno ante el ahogo. En una curva de la cola divisó, en medio de un par de familias, el tatuaje. Cabeceó para intentar verla; tenía necesidad de hacerlo. En pocos minutos se había vuelto un vicio difícil de controlar. En medio de todas las cabezas, torsos y bolsos al hombro, alcanzó a observar sus ojos primero y el resto de su rostro después. Era hermosa. Seguía conversando risueñamente por el celular, pero cuando ella lo vio esbozó una tenue sonrisa que estremeció a Santiago.

No me pierdas, le pareció escuchar como un susurro en su corazón.

Los siguientes minutos fueron interminables. Ella llegó y salió del puesto de aduana muy velozmente. Este momento era crucial: tenía que ver hacia dónde iba. Si no la alcanzaba en ese momento tal vez no la vería nunca más en la vida. ¿Qué hacer? ¿Qué decirle? ¿De qué hablarle? ¿Cuánto tiempo tenía para resolver el tema? Su avión salía en menos de media hora, con lo cual no tenía muchas opciones a su alcance. Podía dejar ir el avión y tirar por la borda toda la aventura de irse a Kabul. ¿Valía la pena hacer eso a cambio de intentar tener contacto con esa desconocida que lo había cautivado con su mirada? ¿No había estado buscando un cambio en su vida y por eso todo este tema el viaje? ¿Y ahora qué iba a hacer? Él podía cancelarlo todo, al menos de momento, para intentar hablar con ella. Pero también era cierto que ella se estaba yendo de Buenos Aires. ¿A dónde iría? ¿Y si intentara sacar un pasaje en ese avión? ¿Podía hacerlo en ese momento? Tenía muchas preguntas en su cabeza.

No recordó cómo pasó por la aduana. Le hicieron varias preguntas que contestó sin prestar atención ya que su mirada estaba perdida intentando encontrarla. Terminó el papeleo, guardó todo y corrió hacia el sector de embarque. Cuando llegó a la sala se paró en seco y miró hacia todos lados, buscándola. Primero miró a su derecha, luego a su izquierda… y ahí estaba. Parada en una fila a punto de cruzar la puerta de embarque. Miró la pantalla sobre la puerta para ver qué avión era y hacia dónde iba y sintió que el corazón se le salía por la boca: era el mismo avión que tenía que tomar él. En un momento todos los músculos del cuerpo se le relajaron. Una mezcla de ansiedad, alegría y miedo cruzaba su cuerpo.

Se dirigió directamente a la fila que le correspondía. Agotado, acalorado y algo transpirado mostró su pasaje y el pasaporte que controlaron atentamente. Cruzó la puerta de embarque mientras sintió que su celular volvía a vibrar en su pantalón. Basta Gabriela, pensó, no me molestes más.

Una vez más sintió una voz dentro suyo. Y esa voz era cada vez más nítida.

Vení, decía.

Continuará…

 


 

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