Sueños selenitas


perchamag - enero2013
Foto: Favim

Este texto y su imagen se publicaron originalmente en el número de enero de 2013 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Desde que era chico quiso ser astronauta, a partir del momento en el que vio por primera vez una nave espacial en la televisión. Recordaba esa tarde de otoño cuando observó a la imponente mole de acero y combustible despegar, impulsada por una nube de fuego y humo. Abrió los ojos grandes, como dos bolas de brillante porcelana, imaginándose dentro de ese monstruo con forma de bala surcando los cielos. Mamá, dijo dándose vuelta, cuando sea grande quiero ser astronauta. La madre lo miró desinteresada mientras seguía con sus quehaceres. Mamá, insistió, ¡mamá! ¿Qué pasa?, preguntó ella algo molesta. Quiero ser astronauta para ir a la luna, mamá, como esos de la tele. ¿Puedo ser astronauta, mamá?, suplicó. Sí, mi amor, respondió algo indiferente.

Las semanas siguientes fueron emocionantes. Consiguió cajas de cartón de cuanto lugar podía y armó pacientemente, con cinta y pegamento, su primera nave espacial. Era bastante grande: cabía cómodamente sentado y tenía lugar aún para las provisiones que debía llevar. Ir a la luna no era cosa de todos los días. Era un viaje largo y peligroso y no sabía con qué sorpresas se podría encontrar ahí afuera. Había hecho una lista muy grande, pero luego decidió recortarla. Jugo, algunas galletitas y chocolates; con eso debería estar bien.

A medida que pasaban los días el proyecto iba tomando forma. Hizo una base ancha y luego fue agregando secciones, una arriba de la otra, cada vez más chicas hasta llegar a la punta del cohete que adornó con colores brillantes. El resto de la nave la pintó de blanco y escribió en uno de sus costados, con marcador negro y algo desprolijo: NASA. Su papá lo alentaba día a día ante cada avance y siempre le ofrecía una mano, pero él no quería ayuda. Era su cohete y lo iba a terminar por su cuenta. No tenía que olvidarse del casco, el cual armó con cartones que le sobraron. Se tomó su tiempo para pintarlo de blanco, pero tuvo que esperar varios días a que se oree para comenzar la misión ya que el olor a la pintura lo ahogaba cuando se lo ponía.

El día del despegue fue mágico. Sintió su poderosa nave recorrer los cielos tras la luna. Imaginó ese cielo celeste transformándose casi imperceptiblemente en azul, luego en azul oscuro y finalmente en negro. Las estrellas, pequeñas gotitas de luz que salpicaban la bóveda oscura, adornaban una imagen perfecta. Bajo ese cielo él pudo sentirse flotar como esos astronautas de la tele. Se sintió libre, con esa electricidad que solo experimentan los que encuentran su camino en la vida. El universo era suyo.

Los años pasaron pero él mantuvo su sueño intacto y muy presente. Estudió mucho, sufrió, luchó y lloró para poder conseguir su objetivo de ser un astronauta. La luna ya no era una prioridad para la NASA, pero él no se desanimó y siguió avanzando en su carrera con el solo objetivo, al menos, de experimentar esa hermosa sensación de paz y libertad al orbitar el planeta (o estar en caída libre, como aprendió que realmente era).

El 28 de enero de 1986 se subió al imponente transbordador espacial Challenger sintiéndose una vez más emocionado, conmovido y ansioso por el nuevo desafío. Fueron apenas setenta y tres segundos hasta que el cohete que propulsaba a la nave explotó en millones de pedazos, llevándose siete vidas y marcando para siempre el alma de sus familiares y amigos. El sueño se había desintegrado sin dejar nada detrás.

O casi…

En otro lado del mundo, una familia miraba atentamente y con congoja la tragedia sucedida. Las imágenes de la explosión se repetían una y otra vez junto con las fotos de los héroes desaparecidos. El periodista de turno recordaba los nombres de cada uno de ellos mientras detallaba sus historias, sus glorias, sus sueños. Una de esas fotos era la de un astronauta que desde chico había soñado con ir a la luna, sueño que había quedado trunco entre pedazos de metal ardiente.

Entre noticias, comentarios y lamentos, el más chico se levantó apurado de la mesa. Fue a su pieza, tomó unos cartones, unos papeles y marcadores, y se puso a dibujar. La madre, extrañada, le preguntó, ¿qué estás haciendo? Mamá, quiero ser astronauta para ir a la luna. ¿Me ayudás a hacer una nave espacial?


Desconexión: Colonel Les Claypool’s Fearless Frlying Frog Brigade – Thela Hun Ginjeet (Live Frogs, set 1 – 2001)
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