Legado


Generations
Foto:
h.koppdelaney

El viejo llegó hasta la solitaria esquina y observó hacia su izquierda. La calle que cruzaba su camino terminaba ahí, a pocos metros. Dobló y miró hacia el suelo; la calle seguía siendo empedrada, como lo había sido desde que tenía memoria. ¿Cuándo fue la primera vez que había transitado esa cuadra? ¿En 1985? No lo recordaba muy bien, su memoria ya no era lo que había sido.

El viento frío soplaba intensamente levantándole el grueso sobretodo que lo abrigaba. Sus blancos pelos bailaban al son de una danza en donde el viento decidía los pasos. Las hojas abandonadas de los árboles dormidos corrían por las veredas junto con algunas bolsas vacías. Las densas nubes de un gris plomizo oscurecían el ambiente. Sintió como su cuerpo se tensaba por culpa del clima. Hundió sus manos en los bolsillos mientras encogía los hombros intentando evitar que el frío entrara por el cuello de la ropa. Pero era inútil; el frío lo abarcaba todo.

La soledad del lugar era abrumadora. Normalmente esa esquina era bastante concurrida los días de semana. Pero no los sábados, y menos si era pleno invierno. A lo lejos se escuchaba el motor de un automóvil que se acercaba lentamente, y más a lo lejos, un colectivo rojo. Los pocos negocios de la zona estaban cerrados, lo cual daba aún más motivos para que nadie caminara por esa zona. O quizás, la poca gente de la zona hacía que nadie abriera los negocios… El huevo o la gallina…

Respiró hondo y caminó. La calle medía no más de treinta metros y terminaba abruptamente en una pared que la separaba del abismo del ferrocarril. La misma estaba pintada con alegres dibujos hechos por chicos que intentaban darle al barrio un ambiente más amigable y no tan lúgubre. La soledad y el frío marcaban a los dibujos como grotescos. Justo en la mitad de la pared, en la parte superior, un puente le permitía a los transeúntes cruzar sobre las vías del tren para llegar al otro lado. El viejo se hallaba parado a no más de cuatro o cinco cuadras de la terminal del tren, lo cual hacía que por esa zona hubiera varias vías paralelas, geografía clásica de una terminal férrea. El puente era muy largo (¿Cincuenta metros? ¿Sesenta?), y pese a no ser techado, tenía paredes lo suficientemente altas para evitar que alguien cayera al vacío. Dichas paredes no eran sólidas, sino que estaban armadas con un grueso alambre que permitía ver a la terminal de un lado y a las vías del tren perdiéndose en el horizonte por el otro. Este puente se conectaba al piso mediante una escalera de material que subía paralela a la pared desde el extremo derecho de ésta hasta el centro de la misma.

El viejo recordaba antiguas anécdotas de esta calle (casi callejón), como haber estado jugando al fútbol con sus amigos, por más que el piso fuera empedrado, lo cual demostraba lo poco que le importa a un chico jugar, sea donde sea. Recordaba como la pelota se le había ido varias veces a las vías y recordaba esas fantásticas travesías que había que hacer para recuperarla. Más de una vez sabía que “colgaba” la pelota a propósito, sólo para tener que adentrarse entre esos altos pastos que cercaban las vías. ¡Aventuras al por mayor!

Caminó lentamente por la calle acercándose a la pared. Varios autos estaban estacionados, algunos de ellos abandonados. Cercanos a éstos, entre las piedras del empedrado, emergían pequeñas hierbas verdes. Que ironía. Tantas zonas en el mundo en donde las tierras son yermas y acá, en plena ciudad, sin cuidado, entre piedras y un neumático casi podrido, unas hojitas verdes salen al mundo en busca de la luz del sol que las fortalezca. Si tan solo tomáramos su ejemplo.

Del lado derecho de la calle, la misma fábrica de siempre. Su puerta principal, cerrada y oxidada parcialmente. Nunca supo a qué se dedicaban ahí dentro. Es más, sólo recuerda haber visto el portón principal abierto un par de veces. Imaginaba que la misma debería estar abandonada, quizás producto de un mal manejo empresario, quizás producto de un mal manejo en el país que ha hecho cerrar fábricas a lo largo y ancho del territorio, quizás… quizás…

Giró su cabeza a la izquierda y la vio. Estaba ahí, en el lugar de siempre, pegada a la pared que daba a la vía, perpendicular: la entrada.

No notó grandes cambios. El logo de su escuela estaba ahí, sobre la puerta. Quizás un poco más “moderno” del que recordaba, pero manteniendo la esencia del antiguo. Pensó en cuantas formas y estilos diferentes habrá tenido ese logo a lo largo de la vida. ¿Cuantos años tendrá el colegio? Cuando era joven recordaba que tenía como cien años… ¡Uf! Si habrá formado vidas…

Se acercó a la puerta y mil recuerdos cruzaron su mente. Las salidas, siempre “organizadamente desorganizadas” se realizaban utilizando a un grupo de chicos que hacían una fila a modo de barrera, para que los padres no se juntaran todos en la puerta; los chicos buscando con la mirada a los papás y éstos gritando para que sus hijos los vieran. El viejo se recordaba saliendo del colegio, buscando con la vista a su mamá… incluso recuerda que una vez su abuelo fue quien lo pasó a buscar. Una sola vez.

Miró el piso, relativamente nuevo a comparación de lo que recordaba. La puerta, de algún tipo de chapa, relucía con sus múltiples ángulos. Pensó. Tenía la mirada perdida mientras una pequeña sonrisa se le dibujaba en la boca. Su vista volvía a enfocar, a través de sus anteojos, en los pequeños detalles que se marcaban aquí y allá.

Una idea se le cruzó por la cabeza: si tan sólo…

Una de las hojas de la doble puerta de entrada se abrió pesadamente. El viejo se sobresaltó y dio un paso atrás. Por la puerta apareció una señora de mediana edad, quizás de unos 40 años, bajita, con anteojos de marco negro, pelo algo canoso anudado con un rodete por la parte de atrás. Vestía un saquito de lana (o algo así) de color marrón, pollera larga negra y zapatos negros.

—Buenas tardes —, dijo la señora amablemente—. ¿Desea algo? ¿Busca a alguien?

El viejo no sabía bien que responder. La aparición de la señora lo había asustado y se sintió descubierto en sus más profundos sentimientos.

—¡Ea! ¿Se siente bien? ¡Está pálido, hombre! Hace mucho frío para estar parado ahí, abuelo. Dígame, ¿necesita algo? ¿Acaso busca a alguien?

—Estem… Eh… —las palabras no querían salir—. Estaba caminando por esta zona cuando pasé por la esquina —señaló a la esquina de donde vino— y recordé algunas cosas que me pasaron hace muchos años.

—¿Algo malo?

—No, no, no… En absoluto. ¿Sabe? —, dudaba—, viví mi infancia en este barrio y estudié en este colegio durante muchos años —, levantó la cabeza señalando el edificio de pocos pisos.

—¿En serio? ¡Que sorpresa! Han pasado muchos años —dijo con una pequeña sonrisa que enseguida desdibujó.

—Muchos. No recuerdo bien cuántos. Serán unos setenta años desde que me recibí. Algo así. Mi cabeza ya no funciona como antes —se tocaba la frente con el índice de la mano derecha—. Ahora todo es difuso —sonrió.

Se miraron. Los ojos de ella vieron los de él y notaron muy profundamente un brillo especial que mezclaba añoranza con una súplica especial. Le prestó especial atención a ese brillo y notó, de manera casi imperceptible el grito desesperado que surgía dentro de él.

—¿Quiere pasar? —preguntó la señora.

El viejo abrió los ojos como hacía mucho que no lo hacía. Su corazón empezó a latir más rápido y no le importó que el médico le haya dicho que no debía tener impresiones fuertes. Sus manos sudaban profusamente. Sentía que le faltaba el aire.

—¿Quiere? —, volvió a inquirir la señora—. Vamos, venga, hace frío y si sigue ahí parado se me va a congelar.

—¿Puedo? —, dudó el viejo—. ¿No le voy a causar algún problema?

—No, para nada. Soy la encargada del edificio —subrayó—. Vivo acá y me encargo de mantener el edificio en condiciones —señaló hacia el interior—. Hoy es sábado y los cursos de catecismo de fin de semana ya terminaron hace dos horas —miró el reloj—. Está mi hijo en el último piso haciendo sus deberes, por lo demás, el colegio está vacío —volvió a mirar al viejo—. Vamos, pase. Le voy a traer una taza de mate cocido que tengo acá en un termo.

Le tendió la mano y el viejo se tomó de ella para subir el único escalón que separa la vereda del edificio. Ese pequeño instante en donde el calzado del viejo se posaba sobre el escalón, una nueva oleada de recuerdos cruzó su mente. Se vio con su guardapolvo gris oscuro, con su pantalón gris (esos que siempre odió porque le pinchaban las piernas), con su camisa celeste, su corbata azul y sus útiles en la mochila. Se vio entrando al colegio. Recordaba la época en que su papá lo llevaba en auto hasta la escuela, aunque vivieran a cinco cuadras. En otros tiempos lo llevaba su mamá. En sexto o séptimo grado, no recordaba bien, empezó a ir solo. Se sentía grande, aunque no era más que un purrete.

Volvió a su realidad. Terminó de subir el escalón y camino lentamente hacia la puerta, hacia el portón. Lo cruzó y miró al interior.

—Espéreme acá que voy a buscar el termo —dijo la señora mientras se metía en una de las oficinas que había a la izquierda.

El pequeño hall de entrada se mantenía intacto. A la izquierda, seguía estando la administración del colegio, junto con algunas oficinas que nunca había llegado a conocer. A la derecha, la pared colorida, producto de la antigua venecita. Y sobre ellos un moderno cartel con el nombre del colegio. “Instituto…”, rezaba.

La señora volvió con un termo en una mano y un vaso de telgopor en la otra lleno de mate cocido caliente. El viejo agradeció y le dio un sorbo. Un estremecimiento cálido le recorrió el cuerpo de punta a punta. Se sentía más abrigado y tranquilo.

—¿Quiere recorrer un poco el colegio? —, dijo la mujer mientras cerraba el portón—. Imagino que debe tener muchos recuerdos de estos lugares, ¿no?

—Si, la verdad que sí. Me gustaría mucho recorrerlo si usted no tiene problema en acompañarme. ¿Sabe? Ya no estoy muy bien de salud como para estar solo en un lugar así.

—Pero estuvo muy bien de salud para llegar hasta la puerta —retrucó la mujer con una mueca.

—Tengo que llevar aquí dentro no sólo al anciano, sino también al niño que recorrió estos pasillos —le guiñó un ojo.

—Vamos —la señora se acercó al segundo portón que separaba el hall de entrada del patio principal y lo abrió.

Y los recuerdos volvieron…

Cientos de chicos, todos vestidos igual, corriendo de un lado al otro, gritando, saltando, jugando. Algunos más grandes que otros. A un costado las maestras, vestidas de punta en blanco, conversando entre ellas y mirando a sus alumnos, cuidándolos. Ellas sabían que tenían en sus manos a un grupo de futuros adultos y una pequeña parte de la responsabilidad de que llegaran a serlo dependía de ellas. Sentían amor por sus chicos y estaban decididas a brindarles todo de sí. Casi sin notarlo, las luces que iluminaban el patio se apagaron lentamente…

… y el viejo cruzó la puerta para ver el querido patio principal del colegio. Un patio techado, grande, muy grande, que usaban los chicos de primaria para los recreos y para los actos patrios.

—¡Sigue igual! —exclamó el viejo.

—¿Si? Hace algunos años lo remodelaron, pero quizás mantenga la esencia.

—Los años podrán pasar, pero hay cosas que se mantendrán relativamente igual. El colegio al cual iba mi padre no difería mucho del que iba yo. Los años pasan, pero el concepto se mantiene.

—Bueno —dudó la señora— sigue habiendo aulas, pupitres, pizarrones… ¡hasta tizas!

—¿Lo ve? —, sonrió—, quizás los pupitres de hoy en día sean más funcionales, livianos y hasta más duraderos que los de mis días, pero seguirán siendo pupitres.

Empezaron a caminar por el patio. A la izquierda estaban las escaleras que llevaban a los distintos pisos. Recordaba que había tres escaleras en la escuela. Estas eran las “escaleras de primaria”. Las otras dos eras las de secundaria. Las miró. Su estructura seguía siendo sólida y continuaba teniendo los pasamanos pintados y grandes vigas que nacían en la planta baja y llegaban hasta el segundo y ante último piso. En el tercer piso recordaba que se encontraba el hogar de la encargada del edificio. Esas vigas habían sido durante varios años la base de su diversión. Bajaba corriendo la escalera (por más que las maestras dijeran que no lo hagan) y antes de llegar a un descanso, se tomaba de esas vigas y daba un “gran” salto que lo hacía evitar tres o cuatro escalones para caer sobre el descanso. Los otros segmentos de escalera los recorría de la misma forma. Eso le permitía ir del primer o segundo piso a la planta baja en unos segundos. Era muy divertido. Sus ojos se humedecieron con el recuerdo.

—Este patio tiene muchos recuerdos para mí, ¿sabe? —dijo el viejo con voz entrecortada.

—Me imagino.

—¿Ve? Allá recuerdo estar jugando con uno de esos relojes de pulsera que tenían un jueguito electrónico. Acá recuerdo estar entrando a un acto el cual fue en el único acto en el que estuve como escolta de bandera —sonrió—. Fue en séptimo grado. Debut y despedida —. La mujer sonrió—. No se ponga tan contenta. En esa época los abanderados eran de un curso de séptimo por vez. El mejor alumno de mi clase iba a ser abanderado, pero como le tocaba al otro curso buscaron a un substituto y me pusieron a mí para ser escolta —levantó una ceja —¿Ve?

—Debió estar orgulloso.

—No tanto, creo que mis padres lo estaban más que yo, obviamente. El nene en la bandera.

El viejo miró a lo lejos y vio el pequeño escenario que seguía en el mismo lugar de siempre. Tenía unas cortinas muy discretas y en perfecto estado. A un costado, un viejo piano juntaba polvo.

—¿El piano no se usa?

—No, hace tiempo que se dejó de lado. Las autoridades prefieren una versión grabada de los himnos patrios —dijo la señora mientras se rascaba la cabeza.

—En mi época la profesora de música tocaba el himno y siempre se equivocaba. O ponían un disco que estaba rayado o un casete que se le trababa la cinta.

—Ah, si. No lo recordaba. Cuando yo era joven ya no había de esos —aseguró mientras negaba con la cabeza.

Cruzaron el patio hasta llegar a la puerta que estaba del otro lado. La misma conducía hacia otro patio, descubierto éste. Era pequeño y servía como patio tanto para primaria como para secundaria. Además comunicaba a otro cubierto, a un par de aulas de primaria (las únicas en la planta baja) y al gimnasio.

—¡El gimnasio! —, el viejo se apresuró a llegar hasta él—. Cuando empecé a estudiar acá el gimnasio no existía —contaba alegremente—. Es más, era un patio descubierto con el piso plagado de piedritas tipo canto rodado, ¿vio? —hacía un circulito con los dedos—. ¡No sabe el estado en el que quedaban mis pantalones de gimnasia!

—Su madre, feliz.

—Incluso recuerdo mi primer día de gimnasia. Íbamos a jugar al fútbol. Nos diferenciaban con cintas de colores durante todo el año. Mi equipo era el amarillo. Nos organizamos para jugar y decidieron que Ocampo (¿qué será de la vida de Ocampo?) fuera al arco —el viejo relataba mientras se le iluminaban los ojos —. Ocampo era muy bajito en esa época. Recuerdo que les dije, si quieren voy yo. ¿Sabés atajar?, me preguntaron. Algo, respondí. Desde ese día era uno de los que siempre iba al arco —dijo con una sonrisa.

—¿Atajaba bien?

—No, un desastre. Pero no había otro —dijo riendo—. Tuve un par de días iluminados que sirvieron para que me consideren por lo menos para atajar, nada más —y le guiñó un ojo de manera cómplice.

Ambos sonrieron y siguieron caminando. Llegaron hasta el pie de una de las escaleras de secundaria que conducía al primer piso. El viejo se detuvo pensativo y miró hacia arriba. Mantenía su forma sólida, con pasamanos de cemento. Paso a paso empezaron a subir las escaleras. La señora tomaba de un brazo al viejo que con el otro se tomaba del pasamanos. Paso a paso; escalón a escalón. Una oleada nueva…

El sol entraba por las ventanas de las escaleras mientras muchos chicos bajaban por las mismas precedidos por sus maestras. Todos con sus mochilas coloridas al hombro y con una sonrisa debido a que ya se iban para su casa. El sol se transformó en oscuras nubes.

Llegaron al primer piso.

—Antes de empezar a cursar en este colegio, vine con mi madre a ver al director —le hablaba a la señora sin mirarla—. Un hombre extremadamente pulcro y recto. Mientras esperábamos que nos atendiera, dos chicos fueron llevados a la dirección por portarse mal. Ellos también esperaban —tenía la vista perdida mientras miraba hacia el pasillo que conducía a la dirección—. Tiempo después me enteré que esos chicos iban a ser mis compañeros de clase y uno de ellos iba a ser uno de mis mejores amigos.

—¿Los siguió viendo?

—Uno de ellos le perdí el rastro en séptimo grado. Nunca supe que fue de él —internamente tampoco le importaba—. El otro estuvo cerca de mí durante muchos años, cada tanto nos volvemos a ver —. Su cara mostraba preocupación. Subió la cabeza para mirar hacia el segundo piso—. ¿Subimos? Tengo más recuerdos de la secundaria que de la primaria.

—Vamos.

Volvieron a subir las escaleras lentamente, en silencio. Se podía escuchar el eco de las pisadas rebotar por las paredes del establecimiento. El viejo estaba temblando; no sabía si iba a poder resistir el próximo paso. La señora lo ayudaba.

—¿Se siente bien?

—Si, si. Estoy un poco nervioso, nada más.

—Cuénteme, ¿la pasó bien mientras estuvo en este colegio?

—Creo que como en todo tuve sus altibajos. Momentos muy felices y momentos tristes —. Llegaron al descanso y encararon el último tramo—. Creo que todos hemos tenido momentos lindos y feos, ¿no?

—En mi caso cursé a distancia —, el viejo la miró sorprendido—. No me mire así, no tenía otra opción. No hice amigos en el colegio ya que nunca fui a uno.

—En realidad mis amigos más cercanos no pertenecen al colegio, a excepción de un par —apuró el paso para terminar de subir—. Mis grandes amigos eran del barrio.

—¿Era buen alumno en el colegio?

—No lo sé. Quizás para los más estudiosos yo era muy mal alumno, pero para los “malos de la clase” yo era un “traga” —reía—. Usted comprende como son los chicos, ¿no? A veces son muy crueles, y sin querer nos marcan de por vida. Pequeñas frases, pequeñas actitudes que a uno lo lastiman. Y esas lastimaduras a veces no cierran nunca.

Llegaron al final de la escalera. Por primera vez en años pisaba ese segundo piso que transitó durante cinco años en su juventud. Miró hacia la derecha, un amplio pasillo se extendía hasta perderse de vista en medio de la penumbra. Recordaba que la puerta que estaba allá pertenecía al salón donde se reunían profesores y preceptores. Ir ahí significaba que algo malo habías hecho, o que te pidieran que trajeras un mapa. Un poco más cerca por el mismo pasillo, sobre mano izquierda, había un par de aulas.

—¿Ve? —, señalaba el viejo—. En la primer aula cursé primer y tercer año —miró hacia el otro lado y señaló a la izquierda— y ahí cursé quinto año—, luego señaló a la derecha— y para allá cursé segundo y cuarto. ¡Que bellos recuerdos! —, la mujer sonrió—. Recuerdo que en primer año el preceptor era una de las personas más malas que había visto. En ésa época nos hacían firmar un cuaderno cuando nos portábamos mal, y cada cierta cantidad de firmas, te amonestaban. Si teníamos alguna hora libre, no nos dejaba ni hablar.

—¡Casi una experiencia militar!

—No tanto, pero algo así. De más grande me lo he cruzado por la calle varias veces, pero claro, él no creo que me haya reconocido —hizo una mueca de desinterés—. En estas aulas me he reído, me he peleado, avergonzado, he llorado, he odiado, he sufrido y mil cosas más. Siempre fui bastante bueno en matemática pero el resto de las materias por momentos me costaban bastante. Odié a mi profesora de historia de segundo año; odié a mi profesora de biología de cuarto año; odié a mi profesora de física de tercer año; al profesor de contabilidad de segundo año. Tuve buenos profesores también, no se crea. El mejor recuerdo lo tengo de mi profesor de historia de primer año. Él fue el primero que me convenció de la no existencia del año cero —la señora lo miró con cara de no entender—. Perdone, tengo la manía de hablar de cosas que a nadie le interesan.

—Usted cuénteme sin vergüenza.

El viejo sonrió. Sus ojos se volvieron a perder en las penumbras y cientos de voces empezaron a retumbar en su cabeza. Voces de jóvenes que se mezclaban entre si. El viejo escuchó frases que hacía mucho que no escuchaba. Pavadas de chicos. Chistes internos que quizás nadie recuerde ya.

Silencio…

—Extraño muchas cosas de esos días —comentó el viejo—, cosas que sé que nunca más volverán. Durante mis años de niño y joven tuve el sueño de terminar de estudiar. Tres o cuatro años de jardín y preescolar, siete años de primaria, cinco de secundaria y diez de universidad: una vida. Mis recuerdos reviven hechos y situaciones con personas que fueron durante muchos años la base de mi entorno. Personas de las cuales he aprendido como relacionarme con otras personas. Hay compañeros que nunca más vi; que nunca supe que fue de ellos. Quizás parte de la tristeza que por momento me embargó está marcada por el hecho que los años subsiguientes a que terminé la secundaria empecé a ver como nuestros caminos se iban abriendo de distintas formas. ¿Sabe?, hasta que nos recibimos todos teníamos un objetivo en común: terminar el colegio. Estábamos en la misma aula, compartíamos los mismos pupitres, nos reíamos juntos, compartíamos los mismos recreos. Luego de recibirnos los destinos cambiaron. Algunos nunca terminaron la secundaria o la terminaron en otros colegios; la mayoría seguimos carreras diferentes, pero mucho no siguieron ninguna carrera. Estudié mucho para darme cuenta, tarde, que quizás no había hecho lo que realmente quería de mí. La felicidad no dependía de esto.

—¿Y de qué depende?

El viejo miró a la mujer y sonrió.

—Ojala hubiera una fórmula. Acá, por estos pasillos, había jóvenes soñadores que tenía un mundo por delante, por el cual luchar. Estudiaban en pos de un objetivo que algunos pudieron cumplir y algunos no. Pero con el correr de los años cada uno hizo lo que pudo. He visto a grandes estudiantes caminando por la calle diciéndome que se iban a ir del país porque no tenían oportunidades. O he visto a otros poner un negocio y trabajar de lunes a lunes para poder comer, peleándola día a día con dignidad. Me he cruzado con compañeros que parecían que iban al fracaso que han obtenido progresos realmente increíbles. Y otros que han caído en pozos de los cuales nunca salieron.

—¿Y en la vida?

—Muy buena pregunta. No sé. Nunca les he preguntado si fueron felices.

—Bueno, quizás algunos han sido exitosos y felices.

—¿Éxito, felicidad? Son palabras que no están relacionadas. El éxito es tan efímero y la felicidad tan esporádica que rara vez se cruzan.

Caminaron por uno de los pasillos hasta llegar al aula que el viejo había ocupado en su último año de escuela. Entró despacio y recordó los gritos, los juegos, los nervios y tensiones. El lugar casi no había cambiado. Los pupitres eran modernos, de color uniforme. Estaban todos en tres filas dobles; los contó. Eran cuarenta lugares. Las paredes estaban pulcras al igual que los vidrios. Las terminaciones del lugar eran ligeramente diferentes.

—Todo sigue igual… o casi. Quizás una de las cosas que más extrañé de aquella época sea el bajo grado de responsabilidad. Cuando uno tiene quince años sus preocupaciones son muy pocas. Luego todo se complica. Siempre añoré con volver a tener ese brillo en mis ojos. ¿Sabe de qué brillo le hablo? —la mujer lo miró extrañada—. Ese brillo que tiene uno cuando es niño y que a medida que pasa los años vamos perdiendo y nunca más vuelve. Ese brillo que nos muestra soñadores, alegres, felices ante el mundo que se nos viene, con ganas de crecer y ser independiente. Hasta que llega el momento en donde nos damos cuenta que entramos en una celda de la cual no podemos salir nunca más.

—No sea tan pesimista. De esa celda se puede salir si se quiere.

—¿Sabe?, me hubiera gustado salir de ella, pero no sé. Quizás tuve que ser más atrevido e intentarlo… o quizás nunca tuve la oportunidad de intentarlo. A medida que pasan los años las posibilidades se achican y cuando uno se quiere dar cuenta, ya no hay vuelta atrás. Recuerdo una frase que decía: ‘You are young and life is long and there is time to kill today. And then one day you find ten years have got behind you. No one told you when to run, you missed the starting gun’.

—Perdone, mi inglés no es bueno para nada.

—Algo así como que cuando uno es joven, la vida es larga y hay mucho tiempo para desperdiciar. Pero un día uno se da cuenta que han pasado diez años y nadie le avisó cuando empezar a correr. ¿Comprende? Nadie me avisó y me encontré con muchos más años de los que deseaba y ya no tenía vuelta atrás.

—Me asusta.

—No se asuste, esté atenta y disfrute cada pequeño momento. La felicidad no se basa en estar feliz todo el tiempo, sino en disfrutar esos pequeños momentos que la vida nos regala y utilizarlos como escudo para afrontar todo el resto del tiempo. ¿Bajamos?

Empezaron a bajar lentamente, en silencio. La mujer ayudaba al anciano a pisar escalón por escalón.

—¿Y usted? ¿Fue feliz?

El viejo se quedó en silencio, con los ojos cerrados, pensativo, buscando una respuesta que describa su pasado. Sintió que sus ojos se le humedecían. Por primera vez en su vida iba a responder esta pregunta en el momento indicado de su vida. Por fin iba a decir una frase en el momento correcto, cuando tiene que ser, cuando todos los años de experiencia le permitieran decirlo con conocimiento de causa, habiendo visto, sentido y experimentado todo lo que debía ver, sentir y experimentar en su vida. La mujer lo miró en silencio.

—Muchísimo —hizo una larga pausa mientras abrió los ojos que no se permitían soltar las lágrimas que se acumulaban—. De chico pensé que iba a ser exitoso en mi vida profesional. De más grande me di cuenta que necesitaba ser exitoso de mi vida interior. Me di cuenta que el dinero no significaba nada para mí, más que darme alguna que otra alegría material pasajera. Formé una familia con la mujer que hoy en día sigo amando, tuve una hija a la cual adoro y creo haber sido el mejor padre que pude. Incluso ya tengo tres nietos que son mi debilidad. Ellos se me suben en mis rodillas y me preguntan ¿cómo era la vida en el siglo pasado? Yo les cuento y ellos se asombran de lo precario de nuestras vidas en aquella época. Les cuento y ellos me escuchan, me admiran como un abuelo en vías de ser exitoso como eso: abuelo. Nunca me arrepentí de poner mi alma por sobre el resto de lo material. Nunca fui exitoso. Nunca fui un fracasado. Digamos que quizás fui un gran mediocre. Y está bien; y me alegro de serlo. Pero, ¿sabe que? El día que me muera quiero que mis hijos y mis nietos sientan por mí lo que yo sentí por mi padre: orgullo de tener el mejor padre que una persona puede desear.

—Son muy lindas palabras.

—No, no son palabras lindas. Son palabras cargadas de mis verdades.
Llegaron nuevamente hasta el portón que separaba el hall de entrada de la calle. El viejo se dio vuelta, tomó la mano de la señora y la miró a los ojos. Sus miradas se quedaron cruzadas durante un momento en donde ella vio miles de imágenes que se reflejaban en los marrones ojos del viejo.

—Gracias —dijo él— por permitirme volver a vivir algunos momentos de mi juventud.

—No. Gracias a usted por permitirme acompañarlo en este pequeño viaje.

—Viva. Viva siempre. Viva siempre feliz. Disfrute cada pequeño momento de su vida ya que la misma termina siendo corta —se le quebró la voz—. Algún día, cuando usted tenga mi edad, va a recordar mis palabras.

—Mucha gente dice que hay que vivir la vida ya que la misma es corta.

—No, usted no me entiende. No le estoy diciendo que viva la vida, le estoy diciendo que lo haga, de verdad. No lo diga, hágalo. Intente dejar un recuerdo en los corazones de los demás. Haga que se sientan orgullosos de usted, por más que no tenga nada material para dar. Brinde alegría y amor. Permita que durante las próximas generaciones, sus seres queridos sigan hablando de usted. Ese es el mejor legado que se puede dejar en este mundo. ¿Entendió? Legado.

La mujer lo miró con los ojos vidriosos. No tenía palabras para responderle.

—No sé qué decirle —, alcanzó a decir.

—No diga nada —, la miró con una sonrisa—, quizás esté equivocado. Piénselo.

El viejo se despidió, abrió la puerta y salió al frío día. El viento lo tomó de improvisto y lo obligó a cerrarse el sobretodo y a pasar su bufanda por el cuello y la boca rápidamente. Se dio vuelta y le hizo un gesto con la mano izquierda a la mujer para despedirla. Luego dio media vuelta y empezó a caminar hacia la esquina. La mujer lo veía irse, cuando de repente recordó y le gritó:

—¡No me dijo su nombre!

El viejo sonrió, dio media vuelta y movió sus labios lentamente, casi imperceptiblemente, en voz baja… La mujer no lo oyó.

Siguió su camino. El frío se hacía sentir en sus manos las cuales guardó en los bolsillos de su sobretodo. En ese momento la voz de su padre retumbó en sus oídos:

—”No camines con las manos en los bolsillos. Si te llegas a tropezar y a caer, no tenés como amortiguar el golpe.”

—Sí, papá —pensó el viejo y sacó las manos del bolsillo—. Todavía tengo tu legado acá.

 


 

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