En las puertas del paraíso


En las puertas del paraíso x Jok

Ilustración: Jok

Quiero agradecer a Jok por la hermosa ilustración que acompaña este texto. ¡Gracias, Jok!

Había perdido un zapato. Estaba parado en la puerta del antiguo restaurante a punto de entrar y se dio cuenta que le faltaba un zapato. No entendía el por qué, pero el zapato no estaba. No le faltaba un botón, el paraguas o un billete de cien pesos, le faltaba un zapato. Se le ocurrió mirarse en el vidrio de la puerta de entrada y, cuando vio para abajo se dio cuenta que su pie derecho tenía solamente la media negra y el zapato brillaba por su ausencia. Si, el izquierdo estaba en su lugar, pero el derecho no. ¿Dónde lo había perdido? ¿Cómo puede ser que recién en ese momento hubiera reparado en esa falta? Tenía que intentar acordarse dónde lo había extraviado.

Recordaba haber caminado desde el colectivo hacia el restaurante, pero no había notado nada extraño. Fueron cuatro cuadras; algo debería haber sentido. Las veredas y calles están sucias, tienen aguas servidas y estaba casi seguro que una de las que cruzó era empedrada. Pisar la irregularidad de las piedras hubiera sido un llamado de atención importante. En ese momento vino a su memoria un pequeño dolor y sus sentidos le avisaron de un pinchazo poco intenso en la planta del pie. No le había prestado atención ya que imaginó que era alguna basurita dentro del zapato la que le estaba jugando una mala pasada. Pero ahora comprendía que había pisado algo. Se miró la planta del pie y vio que la media tenía un agujero importante y una lastimadura afloraba con un pequeño manchón de sangre. ¿Pero cómo puede ser que se haya lastimado y no haya reparado en ello? ¿Y el zapato, dónde había quedado?

Volvió su mente un poco más atrás. Cuando se estaba a punto de bajar del colectivo, ¿lo tenía? Se había levantado del asiento algo rotoso, había tocado el timbre y se había quedado ahí hasta que el colectivo se detuvo. Un hombre de mediana edad, pequeño y de aspecto dócil le había preguntado si bajaba. Cuando él se dio vuelta para responderle notó que el hombre miraba extrañado hacia abajo. ¿Me miró el culo o los pies?, pensó en ese instante. ¿Ya estaba sin el zapato ahí?

Mientras estaba sentado en los asientos del fondo, se sintió incómodo cuando un grupo de chicas subieron al colectivo y entre sí cuchichearon, lo miraron y se rieron. Pensó que algo estaba mal. Controló que la bragueta estuviera cerrada y se miró de reojo en la ventanilla más cercana para confirmar que el peinado estuviera en su lugar. ¿De qué se reían? Estaba afeitado, tenía algo de panza pero no era gordo, estaba vestido de manera normal con zapatos negros, medias negras, pantalón negro y camina gris clara. ¿Tendría un moco? Se tocó la nariz. No, nada. ¿Por qué se reían? ¿Dentífrico en la comisura de la boca? Tampoco. En la puerta del restaurante comprendió que esas risas debieron haber sido porque le faltaba un zapato. ¿Estuvo viajando en el colectivo, en los asientos del fondo, a la vista de todos con un zapato menos? ¿Y cuándo pasó eso?

¿Lo habría dejando en el colectivo? Cuando subió lo debería haber tenido. Pensó un poco y recordó la frase que dijo el chofer: “¿Borracho tan temprano?”. Él lo había ignorado porque nunca se imagino que esa expresión se la estaba diciendo en referencia a la falta del zapato. ¿Cómo puede ser? ¿Subió al colectivo sin el zapato? No puede ser.

Seguía parado frente al restaurante, paralizado por la situación. Su cabeza fue un poco más atrás en el tiempo. Rememoró la caminata de su casa a la parada. Hizo memoria buscando algo extraño. Fueron dos cuadras sin nada interesante para remarcar. No pudo haberlo perdido ahí. ¿Cómo se te sale un zapato mientras caminás y no te das cuenta?, pensó.

Su memoria llegó al viaje en ascensor desde su piso a la planta baja. En medio del mismo recordó que subió Elsa, la señora del octavo. Ésta hizo una mueca extraña que le pareció desubicada pero que en su momento ignoró. ¿Ella había visto la falta del zapato? ¿Cómo no le dijo nada? En su mente tenía la imagen de la expresión de Elsa: fue una mezcla de sorpresa y rechazo. ¿Se pensaba que era una moda? ¿Cómo va a ser una moda salir sin un zapato? ¿Y entonces, dónde había quedado?

Volvió un rato más atrás en el tiempo. Juan lo había llamado a la tarde para que pasara por su casa a la noche así tomaban unas cervezas. Cerca de las ocho de la noche se había dado una ducha y había seleccionado las medias, los zapatos, el pantalón y la camisa. Nada muy formal, pero quizás algo más que unas zapatillas y unos jeans. Hacía una semana que estaba encerrado en su casa y hoy quería salir así. Recordaba haberse peinado, lavado los dientes y haberse puesto la camisa. Luego se sentó en su cama, se puso las medias, se paró y se puso el pantalón. Metió la camisa dentro del pantalón y se acomodó mirándose al espejo. Solo faltaban los zapatos. Mientras se ponía el primero sonó el teléfono de la casa.

—¿Hola? —saludó.

—Hola, Hernán —saludó una voz opaca del otro lado —. Soy Paula.

Paula era una amiga de toda la vida de quien Hernán se había enamorado perdidamente desde hacía mucho tiempo. En secreto había mantenido sus sentimientos enterrados en el fondo de su corazón hasta hacía exactamente una semana, en la fiesta que tuvieron en la casa de una amiga en común. Paula se había separado de su último novio hacía unos seis meses y Hernán consideró, viendo que la relación entre ambos era muy buena y muy cercana, que ese el momento ideal para decirle todo lo que sentía. Pero tenía que hacerlo con tacto. No quería perder su amistad, pero sabía que un rechazo podía tirar todo a la borda. Así que pensó cada palabra con las que iba a abrir su corazón. Le iba a hablar de lo que sentía por ella desde los días de secundaria. De lo feliz que se sentía cuando la veía a ella feliz y de lo triste que se ponía al verla dolorida. De cómo le cambiaba el humor cuando ella estaba en el mismo lugar que él y de cómo sufría cuando ella no venía a alguna de las reuniones de amigos.

Hernán mantuvo su silencio todos estos años para no molestarla, para respetarla, para no hacerla sentir incómoda. La veía feliz saliendo con otros chicos y él había aceptado estar a un costado. Aceptaba su infelicidad por la felicidad de ella. Nunca tuvo en claro si Paula alguna vez lo había visto como algo más que un amigo. Pero desde su última separación, ella se había mostrado muy cercana y eso a Hernán lo alentaba a dar el paso que tanto ansiaba. Si, podía fallar, pero esta vez no se iba a quedar sentado viendo cómo la felicidad se le escapara de entre las manos.

Y en esa fiesta, en cuanto tuvo la oportunidad, le habló cara a cara, frente a frente, con su corazón abierto. Estuvieron hablando en el gran balcón del departamento mientras la música sonaba desde adentro. Con un vaso con cerveza en la mano le explicó que siempre había disfrutado de su compañía y de su amistad, pero que las cosas habían cambiado y sus ojos ya no querían verla como una simple amiga, sino que querían tener contacto directo con su corazón. Que la necesitaba a su lado y que él tenía todo el amor del mundo para hacerla feliz.

Paula al principio se sorprendió, luego se sonrojó, y más adelante empezó a temblar como una hoja al escuchar las palabras de Hernán. No era su tipo de hombre. Ella siempre había salido con chicos que se preocupaban por su aspecto físico, por estar bien, por mantenerse activos y Hernán era precisamente lo contrario. Quizás alguien la podría acusar de buscarse solamente hombres grandes, fuertes y perfectos. Pero ella lo prefería ver como que le gustaban aquellos que se respetaran a sí mismos y cuidaran su figura y su salud. A Hernán siempre lo vio como un amigo. ¿Qué otra opción iba a haber con él?

Hernán, muerto de miedo, habló pausadamente, sin apuros, intentando explicar cada uno de los sentimientos que recorrían sus venas. Le habló de sus impresiones, de sus emociones, de sus sueños, de lo que lo hacía feliz, del futuro y de ellos. Le explicó lo mucho que la quería (evitó usar la palabra amor para que ella no saliera espantada) y de las ganas de tener una oportunidad para hacerla feliz. Siempre me viste como un amigo más, eso lo sé, aceptó, pero sé que puedo ser para vos mucho más que simplemente eso.

Paula, nerviosa, escuchó atentamente cada palabra que salía de la boca de él. Palabras que nunca nadie le había dicho y que, posiblemente, nunca nadie había sentido por ella. Sintió que cada frase de Hernán era una caricia en su rostro. Se sintió cuidada, querida, protegida. Algo muy fuerte empezó a resonar en ella.

El final de la velada no fue lo que Hernán esperaba, pero tampoco tuvo un rechazo directo. Ella también abrió su corazón, casi sin quererlo, pero dejó el tema ahí. Hernán se sintió algo triste porque consideró la incertidumbre de ella como un rechazo. Desde ese día se había quedado en su casa, ahogando la tristeza con su almohada, fiel compañera en sus penas y congojas.

—Ah, Paula. ¿Cómo estás? —, la voz le vibraba.

—Acá, Hernán, pensado mucho lo que hablamos la semana pasada —, se notaba un temblor nervioso en su voz —. Realmente fue muy hermoso todo lo que me dijiste y creo que tengo mucho para hablar con vos. ¿Tenés ganas de que nos veamos?

Hernán abrió los ojos mientras sentía que el corazón se le salía por la boca.

—Si, claro, Pau.

—¿Nos encontramos en una hora en el restaurante que queda en la esquina de casa? El de las paredes violetas, ¿te ubicas?

—Si, si, claro. Eh… —dudó —no hay problema. En una hora estoy ahí.

—Venite y hablamos tranquilos. Tengo muchas cosas para conversar. Te mando un beso grande, grande, Hernán.

—Y… y yo… —, tartamudeó.

Cortó y se quedó paralizado. Me llamó, pensó. Quiere hablar conmigo, eso tiene que ser bueno. Si no le importo no debería ni llamarme. Dios mío, Dios mío… Dejó el teléfono sobre la mesa y se levantó tensionado. No sabía qué tenía que hacer. Miró a su alrededor y buscó algunas cosas. Tropezó con las sillas, tiró un vaso y cuando tomó las llaves, éstas se cayeron al piso… dos veces. Temblaba. Tomó la billetera, controló que tuviera efectivo, monedas y documentos. Se la puso en el bolsillo, se miró en el espejo y salió corriendo. Tenía que apurarse porque el viaje en colectivo era largo.

En ese preciso instante, en medio de la calle, en soledad, se dio cuenta. ¡Soy un boludo!, se quejó, ¡dejé el zapato sobre la mesa, al lado del teléfono!

Ahí estaba, en la puerta del restaurante en donde Paula lo esperaba para conversar, para hablar de ellos, de su futuro y de mil cosas más. Hernán estaba en la puerta del momento más importante de su vida… y sin un zapato.

¿Y ahora qué hago?, pensó.

 


 

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