Matilda


percha_mag_2012_12
Foto:
theflameisg0ne

Este texto y su imagen se publicaron originalmente en el número de diciembre de 2012 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Aquí estoy, sentada, esperando la medianoche con una copa en la mano. Recuerdo cuando sólo era una niña. Era una época donde las fiestas se adentraban mágicamente en mí como un momento plagado de regalos y fuegos artificiales. Las cenas familiares eran pura diversión. Una casa con patio era el centro de reunión. Unos caballetes, unos tablones y algunos manteles propiedad de la dueña de casa, eran suficientes para servir como base a todo lo demás: platos, vasos, cubiertos, servilletas. Todo sobre la mesa sin un gran orden. Ahí no había formalidades ya que los cuarenta invitados éramos familiares y nadie se preocupaba en ocultar apariencias. A mí siempre me tocaba la pata de alguno de los soportes. Claro, como era chica nunca me preocupé, hasta que me di cuenta que debía sentarme antes que los demás y defender mi lugar. Sentate allá, nena, me decía alguien, pero yo me mantenía firme; que algún tío lejano o alguien más chico tenga que soportar la pata.

La emoción empezaba cuando puntualmente, el ocho de diciembre armábamos el arbolito en familia. Yo era la tercera de cuatro hermanos, todos ellos varones, y siempre tuve que luchar por conseguir los adornos más bonitos: dos grandes bolas de un frágil vidrio plateado y mucha brillantina, un Papá Noel gordo, con nariz colorada de viejo borracho y su bolsa de regalos al hombro y, finalmente, una hermosa guirnalda multicolor, esponjosa y suave, que dejábamos para el final. Mi mamá era muy equitativa a la hora de dejarnos ayudar, permitiéndonos participar en el armado de manera ordenada y por turnos. Cada año alguna bola se rompía y mamá se enojaba, pero sabíamos que eso significaba que días después iban a comprar más adornos para remplazar los rotos. Pese a que mamá era ecuánime en nuestras tareas, poner la estrella final me lo dejaba siempre a mí. Mis hermanos se quejaban argumentando que ya me había tocado ese honor el año pasado, pero mi mamá, tal vez mintiendo, tal vez olvidando, les marcaba que ese año me tocaba a mi. Yo sabía de su error, pero nunca hice nada para corregirla. Me levantaba en sus brazos y yo, llena de emoción y alegría, ponía con su ayuda el último adorno. El más lindo. El más preciado.

Los días siguientes eran de emoción creciente. Lo regalos se empezaba a acumular bajo el árbol. Para nosotros, Papá Noel era simplemente un personaje de ficción ya que veíamos a mamá llegar con regalos día tras día. En esa época, si éramos cuarenta personas, comprábamos cuarenta regalos. Las vacas gordas, como suelen decir. Y el resto de la familia hacía lo mismo, lo cual te aseguraba no menos de diez o doce regalos. Cuando nadie me veía me escabullía para intentar adivinar cuál era mi regalo. Buscaba entre los obsequios hasta que encontraba mi nombre escrito sobre algún papel multicolor. A veces era una gran caja, lo que me emocionaba mucho; pero a veces esa una cajita minúscula y me desanimaba. Sea cual fuese el tamaño, el regalo de mamá y papá siempre era el mejor. De grande me doy cuenta que nadie me conocía mejor que ellos. Siempre era ESA muñeca, ESE juego de té, ESE juego de mesa. El resto de los regalos estaban bien, pero éste era especial. Y nunca voy a olvidar la sonrisa de mi mamá cuando me veía abrirlo y feliz saltaba a sus brazos a darle las gracias con un beso. Esa sonrisa de mi mamá aún la tengo grabada en mi memoria. La extraño tanto.

La noche del veinticuatro me parecía mágicamente interminable. Cargar todas las bolsas, botellas, comidas y regalos en el viejo auto de papá era toda una aventura. Yo, con mi vestido para la ocasión, hacía lo posible por conseguir la ventanilla. Claro, mis hermanos querían lo mismo y la pelea era violenta, hasta que mi papá se ponía firme y todo se calmaba. Luego era todo diversión. Correr por el patio con mis hermanos, primos y primas me colmaba de felicidad, pese a que casi no probaba bocado. Yo quería las papas fritas, los chizitos, la coca, el turrón y el helado, nada más. Que la comida de grandes se la coman los grandes; yo quería jugar. La espera era agotadora. ¿Cuántas veces por noche le preguntaba a mi mamá cuánto faltaba? ¿Diez veces; cien; mil?

La medianoche era el éxtasis de felicidad. Todos los adultos brindaban, gritaban y se saludaban mientras yo esperaba impaciente que se repartan los regalos. Y ahí estaban las muñecas, los patines, las medias… ¿Quién era capaz de regalarle a una nena un par de medias? ¿Esa persona no comprende el corazón alegre de los chicos? ¿No entiende que un juguete, por simple y pequeño que fuera, era suficiente? ¿Medias? ¿En serio?

El veinticinco la pasaba embelesada disfrutando de los nuevos integrantes de mi cajón de chiches, comiendo las sobras del día anterior (lo rico, claro) y empezando a pensar en los Reyes, a quienes les tenía que escribir una pequeña carta con la ayuda de mi mamá. Y si, ella siempre guiaba mi pedido. Los Reyes no traen ponis, no traen perritos, las bicicletas son muy grandes para cargar en los camellos y yo me terminaba conformando pidiendo otra muñeca más.

Esas fiestas mágicas pasaron, papá y mamá me dejaron hace tiempo, mis hermanos se desperdigaron por el país y yo tuve que aprender a ser adulta casi sin quererlo. Mi casa ha estado solitaria desde hace tiempo y las fiestas ya no son lo que eran antes. He intentado encontrar mi lugar en el mundo, pero he boyado de casa en casa, ocupando alguna silla que quisieran ofrecerme. Hoy tengo una nueva vida que se desarrolla en mi cuerpo y que planeo que sea el primer paso para volver a formar una familia enorme, como aquella que me dio los mejores años de mi niñez. Ansío que llegue el día en donde mi hijo me regale una sonrisa de felicidad cuando abra su regalo de Navidad.

Aquí estoy, sentada, esperando la medianoche con una copa en la mano y una sonrisa de felicidad en mi rostro.


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