Volviendo al hogar, pt. 8: Danzarines


… continúa.

Paranoid
Foto:
Silvia Viñuales

Llegó a Ezeiza sin contratiempos. El viaje por la autopista se le había pasado volando; su mente se había quedado pensando en ese chico y sus cajas. El taxi lo dejó en la puerta del sector de embarque y Santiago pagó, se bajó, se puso la mochila en ambos hombros y arrastrando la pequeña valija con rueditas fue directo a las puertas automáticas. Éstas se abrieron y cuando cruzó el umbral sintió una rara sensación cruzando su cuerpo: una mezcla de despedida y liberación.

Al ingresar a la terminal se encontró con un mar de personas que, como hormigas, iban y venían con sus valijas y bolsos a cuestas buscando su fila. Santiago estaba ahí buscando algo mucho más importante: su lugar en el mundo. Se adentró y, luego de sortear a cinco molestos vendedores, se acercó al monitor de información más cercano para buscar su vuelo. Tuvo que esperar varios segundos a que la pantalla cambiara varias veces para encontrarlo: Lufthansa, Frankfurt, 16:40, On-Time. Perfecto, pensó. Arrancar con demoras o con una cancelación hubiera sido un mensaje oculto para analizar profundamente. Buscó el mostrador para hacer el check-in y se dirigió hacia él.

La cola era larga, tal vez cuarenta o cincuenta personas esperando comenzar el largo trámite que significa ir de un país a otro. Parsimoniosamente se puso al final de la cola, abrió la mochila, sacó el sobre plástico donde guardaba todos los papeles importantes y esperó. No quería empezar a gastar batería de su reproductor de MP3 así que se contentó con mirar a su alrededor. En los mostradores, personal de la empresa, de camisa blanca y saco azul oscuro, atendía a los pasajeros por turnos. En total eran cinco puestos, uno de los cuales estaba reservado para quienes viajaban en business.

Detrás de él, la cola se extendía cada vez más. Perdido en sus pensamientos se fue adentrando en la zigzagueante fila hasta que se encontró en el medio de ella rodeado de extraños que hablaban, reían y se quejaban. Estos últimos hizo que Santiago volviera a la realidad. El enojo que tenían era por el cansino movimiento de la fila. No puede ser, pongan más personal, parecemos vacas yendo al matadero y otros argumentos estúpidos esgrimía un grupito muy pequeño de pasajeros. Decidió ignorarlos. No tenían nada qué hacer y faltaba todavía un buen rato para que el avión despegara. No había apuro. Delante de él una pareja conversaba, ambos rondando los cuarenta años. El, de estatura mediana, pelo enrulado y anteojos con marco naranja. Imaginaba que era diseñador gráfico aunque no podía saberlo. Estaba vestido con ropa sencilla y cómoda, como casi todos en esa fila. Era claro que para un viaje de trece horas, nadie quiere sentirse como un matambre. Ella, bajita y media gordita, con una camisola negra con grandes flores violetas hacía lo imposible para controlar a sus dos hijos varones. Éstos deberían tener ocho y seis años, aproximadamente, y jugaban con la cinta que delimitaba la fila. Su capacidad para hablar con su marido y controlar a los chicos al mismo tiempo era asombrosa. Si, claro, le decía a su marido, chicos, tranquilos, allá tomaremos un auto en la terminal y ya nos guiarán al hotel, Beto, quedate quieto. Tenía su cerebro dividido exactamente en dos. Asombroso.

Detrás, un señor de mirada grave y seria esperaba pacientemente. Camisa blanca con líneas azules, pantalón crudo, zapatos marrones, pelo blanco, piel muy blanca, ojos claros. ¿Sería alemán? Analizó al resto de la fila y notó una gran cantidad de rasgos germánicos. Mucha gente de piel muy blanca, muchos con apariencia de estar o salir de vacaciones. Hombres, mujeres, chicos, altos, bajos, rubios, morochos, canosos. Un abanico de imágenes distintas pero similares componía la cada vez más interminable fila.

Sintió una vibración en su celular; había llegado un mensaje. Miró la pequeña pantalla: Gabriela. Hizo un gesto de desaprobación y volvió a guardar el equipo en el bolsillo sin leerlo siquiera. ¿Otra vez? ¿No se habían despedido ayer? ¿No era suficiente? ¿Otra vez quería seguir hurgando una y otra vez en sus cicatrices? ¿Qué diría el mensaje? ¿Te extraño, no te vayas, volvé, andate, te odio, te amo? Tal vez era alguna pavada utilizada como excusa simplemente para hablar. Por el momento no quería saberlo. Su corazón ya se había curado luego de tantos meses, pero estos nuevos contactos con Gabriela habían empezado a generarle ruidos que no estaba dispuesto a tolerar. Las heridas cerradas no debían volverse a abrir. Y uno debía hacer lo imposible para mantenerlas así.

No supo exactamente en qué momento ni por qué. Recorría indiferentemente con su mirada su alrededor, sus futuros compañeros de viaje, cuando casi sin quererlo, entre las cabezas notó algo… algo extraño… algo que le generó una confusa sensación. Fue menos de un segundo, tal vez menos de una centésima o milésima, algo que nadie notó ni percató. Un destello desconocido, pero familiar; intrigante, pero tranquilizante; extraño, pero placentero. Como si hubiera llegado a su hogar. Algo había visto pero lo había perdido en medio del mar de cabezas. Se movió de un lado a otro intentando encontrar nuevamente esa imagen, ese destello, esa luz… pero no la encontró. ¿Qué era? ¿Fue una mala jugada de su mente? ¿O tal vez un imagen que creyó ver? Se quedó ahí, extrañado, pensando por qué esa imagen lo golpeó de esa manera. ¿Qué era lo que sentía en lo profundo de su ser?

—Señor, es su turno —le dijo el señor canoso de atrás con tonada extranjera. Parecía alemán, nomás.

Santiago intentó volver a la realidad mientras se acercaba al mostrador. Se detuvo frente a éste mientras seguía mirando para atrás buscando algo que no sabía muy bien qué era.

—Buenas tardes —saludó la empleada de la línea aérea. Santiago apenas la escuchó —. Pasaporte, por favor.

—Aquí tiene —dijo, mientras extendía su mano dándole todo el sobre

La empleada comenzó su trabajo mientras miraba a Santiago de reojo. Se preguntaba qué o a quién buscaba mirando hacia la fila.

—¿Ventanilla o pasillo?

—Ventanilla —respondió. No le gustaba que lo molestaran para ir al baño, y menos en un viaje de trece horas. Siguió disperso, buscando eso que no sabía qué era.

Terminado el papeleo, Santiago colocó todo en el sobre y lo guardo en la mochila. Se volvió a calzar ésta en los hombros y se alejó del mostrador manteniendo la mirada en la fila de pasajeros que iban a tomar su mismo vuelo. ¿Dónde estaba? Pero no halló nada de lo que esperaba encontrar. Se detuvo un momento y pensó. Metió la mano en el bolsillo, sacó el celular y abrió el mensaje de Gabriela. El tono era devastador: “no estoy dispuesta a que tus pesares nos separe. si estás triste, llamame, hablemos”. ¿De qué hablaba? ¿Qué pesares? ¿Ella pensaba que él se iba debido a que estaba triste? No entendió nada, pensó.

Decidió recorrer el aeropuerto un poco. Caminar no le vendría mal pensando en las horas que pasaría aprisionado en el asiento turista de un avión. En un kiosco compró una batería de golosinas para engañar al aburrimiento: chicles, caramelos, unas galletitas y dos alfajores. Guardó todo en la mochila y siguió recorriendo el lugar. Se detuvo frente a un puesto de diarios y revistas y dudó entre un incómodo diario o algunas revistas para esos momentos interminables. Se decidió por éstas y fueron a parar nuevamente a la mochila. El tiempo pasaba pero aún era muy temprano para pasar por la aduana y cruzar esa línea imaginaria en donde no hay vuelta atrás. Se sentó en unos asientos incómodos donde vio un rato de un noticiero, luego cambió de asiento a una zona donde pasaban deportes pero nada lo distraía. Tenía su cabeza en otro lado. ¿Dónde? ¿En Gabriela? No, no. En Gabriela, no. Meditó un rato y se dio cuenta que esa imagen en la fila lo tenía intranquilo.

Su estómago crujió y cayó en la cuenta de que no había almorzado. Quería comer algo. Tenía un local de comidas rápidas a pocos metros, pero distinguió un poco más allá un pequeño bar. Se dirigió a él mientras veía su reloj. Tenía tiempo para tomarse un café y comer algo.

El pequeño bar tenía apenas cinco mesas, una de las cuales estaba vacía, al igual que los cinco asientos de la barra. Se acomodó en la mesa y tomó el pequeño menú. La moza, una chica flaquita que se notaba que tenía problemas de vista debido a sus anteojos de gran aumento, se le acercó y él le pidió un sándwich, una gaseosa, hielo y un café. Ella anotó todo y se fue. Santiago se acomodó mejor y volvió a observar a su alrededor. En la mesa más cercana, una señora mayor, con un sombrero de paja y labios pintados de un rojo fuego, tomaba una gaseosa. A su lado, tres muchachos de unos treinta años, vestidos de traje, conversaban agitadamente pero sin gritar. Santiago no podía entender qué decían, así que los ignoró. En la tercera mesa un padre intentaba que su hijo comiera, pero éste quería solamente tomar gaseosa. Si no comés, no te compro el chocolate que me pediste, amenazaba. Extorsión, pensó. La cuarta mesa, la más alejada y casi en la esquina del local, tenía un ocupante que no lograba divisar. Éste leía una revista que Santiago no distinguía. ¿Era una revista extranjera? Una chica en la tapa le hizo pensar en moda, pero el título no lo reconocía. Santiago se quedó un rato absorto en la tapa: título fucsia, fondo blanco y una modelo vestida con ropas en tonos verde manzana. A su alrededor, letras negras adelantaban las notas de su interior. Intentó leer alguna de éstas, pero era imposible; estaba muy lejos.

Inesperadamente la revista bajó, dejando al descubierto a su dueña quien cruzó casualmente la vista con él. Santiago experimentó una de las sensaciones más violentas que recordará por el resto de su vida. El corazón le dio un golpe en su pecho como nunca antes lo había sentido. Pequeños estacazos eléctricos recorrieron su cuerpo mientras reconocía esa imagen. Eso era lo que había visto en la fila del mostrador; esa desconocida mirada y una luz profunda que venía desde su interior. Una luminosidad que no recordaba haber visto en su vida. Bajó la vista avergonzado mientras sus sentidos se perdían en un mar de nuevas emociones.

Tardó unos minutos en atreverse a volver a levantar la vista. Lo hizo muy lentamente intentando comprobar si ella lo estaba mirando o no. Para su tranquilidad la dueña de esa mirada estaba absorta observando hacia otro lugar. Santiago se quedó espiando esos ojos mientras sentía que el pecho le iba a estallar. Volvió a bajar la mirada. La boca se le había secado, las manos le temblaban y no lograba mantener su pierna izquierda quieta. ¿Quién era? ¿De dónde era? ¿Cómo se llamaba? ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué esos ojos tenían ese brillo?

Le pareció escuchar unas palabras a lo lejos que no logró reconocer en un primer momento, hasta que una mano le tocó el hombro: era la moza.

—Disculpe, señor. Su pedido —le dijo. Él apenas respondió mientras se corría para despejar la mesa.

El mundo a su alrededor pareció desaparecer en un océano de oscuridad y, para él, el universo era solamente esos dos ojos marrones. No tenía cara, ni pelo, ni cuello, ni cuerpo, ni brazos, ni piernas. Solamente esos ojos. Ese resplandor desconocido, intrigante pero al mismo tiempo familiar y con un montón de respuestas a preguntas que él ni siquiera sabía que tenía en su interior. Ese fulgor, ese destello, esa luz.

Luz, eso era. Luz.

Hola, le pareció escuchar en su corazón.

Continuará…

 


 

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