Aprendiendo



Dibujo: Valentina, casi 5 años

Este texto fue escrito y publicado originalmente el 12 de diciembre de 2008.

En cuarenta minutos nos vemos en la clínica, dijo la partera tranquilamente mientras sentía un pequeño chasquido insonoro en mi interior. ¿Eras vos? Los preparativos se hacían interminables mientras los minutos pasaban lentamente. Me vi al espejo y analicé durante unos segundos mi cara, mis ojos, mi mirada… Había algo nuevo en mi expresión; algo que no había experimentado nunca. Quizás una mezcla de miedo, esperanza, alegría e incertidumbre.

Salimos apurados, pero sin correr. La tarta de choclo quedó ahí en la heladera, terminada pero sin nadie que quiera, de momento, hincarle el diente. Ya la disfrutaríamos unos días después. No lo habíamos pensado en el momento, pero luego supimos que ésa era la última vez que íbamos a ser dos personas en casa. El taxi surcó las calles de Buenos Aires mientras mamá hacía lo posible por soportar los embates insistentes que te anunciaban al mundo. Diez minutos de viaje para mi; dos horas para ella.

En la clínica todo se desarrolló rápido, sin contratiempos, y minutos después de llegado el nuevo día te vimos asomarte al mundo casi sin pedir permiso. Estabas muy apurada por conocer tu nuevo lugar. Ya le veo la cabeza, le dije a mamá mientras ella se sorprendía ante mis palabras. El milagro se había cumplido y mis rodillas se doblaban ante tanta tensión.

Mucha suerte, me deseó con una sonrisa la neonatóloga mientras te dejaba en mis brazos y sentía, no sólo tus tres kilos y medio, sino también ese otro peso que ninguna balanza puede medir. Ahí estabas, tapada por mantitas y un gorrito; tan chiquita y tan grandota; tan frágil pero lo suficientemente fuerte para superar el trauma de nacer; tan llena de vida y tan absorta de ella. Dormías en paz mientras te mirábamos con mamá y nos sonreíamos. Nuestros ojos se cruzaron húmedos de felicidad mientras intentábamos reaccionar ante semejante acontecimiento.

Los días se sucedieron. Las noches se sucedieron. Al principio eras tan extraña para nosotros; no sabíamos qué hacer, cómo tratarte, cómo complacerte, cómo calmarte. Poco a poco nos fuimos poniendo duchos, fuimos comprendiendo tu lenguaje, tus sonidos, tus pedidos. Los días nos daban pocas horas para descansar y las noches, durísimas al principio, fueron poco a poco suavizándose. Empezamos a conocerte, a aprenderte, a escuchar cada palabra que nos decías en tu tan particular idioma.

Doce meses han pasado desde aquella noche plagada de nervios, miedos y ansias. Doce meses en dónde hemos conocido tus gustos, tus broncas, tus alegrías y tus lágrimas. Doce meses en donde he aprendido y sigo aprendiendo cosa nuevas. Durante estos doce meses he intentando ser padre. No el mejor. Solamente un padre, con sus aciertos y sus errores, intentando ayudarte en esta difícil misión llamada Vida, en la cual todos estamos inmersos y debemos, a fuerza de experiencia, bracear en este bravo mar. Gracias a Dios, algunos contamos con dos pequeños flotadores llamados mamá y papá.

Cada día que pasa te veo más grande, más radiante, con ese brillo en los ojos que denotan alegría, felicidad y la visión de todo un futuro por delante. Acá estoy, hija mía, haciendo lo posible por ser un buen padre, estando a tu lado cada vez que me necesites. Estoy a tu lado cada vez que llorás, cada vez que tenés hambre, cada vez que te divertís, que sonreís, que gritás… Estoy acá, tomándote de las manos ayudándote en los primeros pasos. No te enojes ni me odies cuando me equivoque; estoy aprendiendo a ser padre tanto como vos estás aprendiendo a ser persona. Te juro que le pregunté a la neonatóloga por el manual, pero me repitió una y otra vez que los bebés vienen sin instrucciones y que tenemos que aprender en el camino. Con mamá seguimos aprendiendo todos los días.

Y llegará el día en donde mi pelo esté blanquecino por el embate del dios Cronos, y vos seas una bella mujer que nos llenará de orgullo y alegría, la cual dejará su nido en busca de su destino. Y ahí estaremos para tenderte esa mano cuando la necesites.

Pero claro, falta mucho. Por el momento estamos junto a mamá ayudándote en algo mucho más importante y difícil: soplar tu primera velita de cumpleaños mientras pedimos tus tres deseos por vos.

 


 

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