Unos, pt. 9 – Volviendo al hogar, pt. 7: Confluencia


… continúa.

un ojo
Foto:
Colectivo movimente

Llegó un poco retrasado al depósito. No fueron más de tres o cuatro minutos, pero suficientes para ver la mirada despiadada del jefe ante la tardanza. Sus compañeros habían empezado a descargar un nuevo camión que había llegado. Esta vez, debido al tamaño del mismo, debían formar una fila y pasarse las cajas tirándoselas unos a otros. Él siempre se ponía segundo en la vereda. Primero era imposible ya que no aguantaba mucho tiempo el esfuerzo de recibir las cajas que caían directamente del camión; era mucho peso. Buscó sus gastados guantes, se los puso y comenzó su tarea. El camión era muy grande y les llevaría no menos de cuatro horas para descargarlo por completo. En medio de la difícil tarea miró hacia la calle y vio, a metros suyos, un taxi detenido en el semáforo. No veía al chofer desde su posición pero sí veía al pasajero. Éste, con una mochila en su regazo, disfrutaba el clima con la ventanilla baja.

Santiago se regocijaba en el viaje en taxi aunque el tránsito estuviera cargado. La ventanilla abierta le permitía sentir el aire fresco golpear sus mejillas. A su izquierda, sobre el asiento, la pequeña valija. Sobre sus rodillas, la mochila con todo lo que necesitaba tener a mano. Era feliz. El tránsito se hacía más y más pesado y miró la hora: era temprano aún, no había de qué preocuparse.

—Es un camión —dijo el chofer del taxi de camisa blanca mientras mantenía su brazo izquierdo colgando a través de la ventanilla —. Se creen que pueden hacer lo que quieren. Dale, la puta madre —, rezongó —, ¿por qué no se dejan de joder con descargar el camión ahora? ¡No es hora ni el lugar, manga de idiotas!

—No hay apuro —intentó tranquilizar Santiago —tengo tiempo de sobra.

—En cuanto subamos a la autopista llegamos rápido, pibe. Pero estos tipos no pueden ponerse a laburar con un cambión en medio de esta callecita a esta hora. Son unos hijos de puta.

El auto avanzó un poco más y lo detuvo el semáforo. Santiago se mantenía absorto en el viento que golpeaba su cara. Abrió los ojos y cruzó su mirada con uno de los pibes que estaba descargando el camión.

El pasajero abrió los ojos y ambos cruzaron la mirada. Era extraño. El tiempo pareció congelarse en ese instante. En el fondo de su corazón notó algo en sus sentidos que lo llenó de oscuridad y esperanza al mismo tiempo. La mirada del pasajero no podía estar en tanto contraste con lo que él sentía. Esos ojos brillaban de una manera que no recordaba haber visto o sentido jamás. Analizó la situación y se preguntó a qué se debería esa especie de felicidad que notaba en ese desconocido. ¿A qué se debía esa expresión superadora en su rostro? ¿Por qué algunas personas podían tener la suerte de sentirse completas? Observó nuevamente al pasajero y notó, por un lado, una pared que separaba ambas realidades, pero al mismo tiempo percibió algo que los unía.

La expresión del pibe era rara. Santiago sentía un dejo de tristeza en su mirada que le heló la sangre y el corazón. La misma se contraponía con lo que sentía en su interior. Sintió una rara conexión. Se vio a sí mismo trabajando en esa fría oficina buscando un camino para escapar, para liberarse, para volar; camino que había encontrado y el cual estaba empezando a recorrer. Ahora veía a ese chico un poco más joven que él, pero con el mismo vacío inconmensurable que sintió durante mucho tiempo. Tenía ganas de bajarse del taxi y hablarle como si hubieran sido amigos de toda la vida. Decirle que hay un camino a la felicidad pero que cada uno de nosotros tenemos que buscarlo y, si es necesario, dejar todo de lado para encontrarlo. La felicidad no viene caminando, no nos toca el timbre, no llega por mail y nadie nos la va a regalar. La felicidad hay que buscarla. Pensó seriamente en bajarse del taxi y hablarle.

¿Tenía las respuestas a sus preguntas? Esa expresión era inspiradora y al mismo tiempo aterradora. Se sintió muy lejos del lugar al cual quería llegar. Ese desconocido, ese extraño parecía tener su vida resulta, mientras él seguía en su mísero trabajo, con su mísera vida y su mísera realidad. ¿Podía preguntarle cómo hacer para renacer? ¿Podía consultarle sobre cómo dejar de ser un perdedor, un fracasado, un inútil y comenzar a ser una persona feliz? Esa mirada parecía tener las respuestas.

Esa mirada parecía tener todas las preguntas que a él le hubieran gustado responder. Dudó, una vez más, si debía bajarse y entablar una pequeña conversación con ese pibe… El semáforo se puso en verde. El taxista puso primera y el auto arrancó. Santiago giró su cabeza siguiendo la mirada del pibe que no dejaba de mirarlo extrañado.

El taxi arrancó. El pasajero lo miraba y ambos mantuvieron esa conexión algunos segundos más. Esa persona sabía algo, algo que es fundamental para mí, pensó. Dale, Cabezón, lo retó El Coty, metele ganas que no terminamos más. Reaccionó y las cajas siguieron bajando del camión. En su cabeza solamente quería que terminara el día de hoy. No soportaba más la presión, la angustia y la ansiedad de conocerla. Liberación, eso necesitaba.

—Ahí subimos a la autopista y en veinte minutos estamos en Ezeiza.

Santiago se quedó cabizbajo, pensativo, con la mirada perdida. El paisaje citadino cruzaba velozmente mientras el taxi volaba camino al aeropuerto.

¿Qué significaba esa expresión?

¿Qué significaba esa expresión?

Continuará

o

Continuará


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