Electricidad


Este texto y su imagen se publicaron originalmente en el número de noviembre de 2012 de Percha Mag, la cual pueden descargar de manera gratuita desde el sitio de la revista.

Quiero agradecer a Micaela Chirivino y su equipo por la oportunidad y la confianza.

Los temas pasaban uno tras otro, casi sin descanso. En un fin de semana como cualquier otro en un departamento como cualquier otro, veo el reflejo del sol filtrándose por las ventanas que dan al oeste iluminando los muebles, el piso de madera algo gastada por el tiempo y las paredes, blancas hace tiempo pero un poco más amarillentas hoy en día. Aquí estoy, con una taza llena de café en una mano, mirando por la ventana el escaso verde que me rodea: una enredadera enfrente y las copas de los árboles del colegio vecino que se asoman sobre el muro. El pequeño momento de esparcimiento lo aprovecho para alimentar a mis oídos con uno de mis más preciados gustos: la música. Cada melodía y cada armonía llegan a mi cerebro y éste distribuye pequeñas señales eléctricas al resto de mi cuerpo generándole una agradable sensación de bienestar. Una explicación carecería de sentido: un sonido nos puede hacer sonreír, sollozar, angustiar, relajar. ¿Cómo explicar esa rara transformación en sentimientos? ¿Cuáles serán esos procesos químicos y por qué cada uno de nosotros tenemos distintas variables que nos hacen reaccionar parecido pero distinto? ¿Por qué una canción me emociona y a otro le produce indiferencia?

Bebo un sorbo más dejando que las notas sigan fluyendo en el aire. Cada tanto tomo el control remoto algo gastado del equipo de audio y subo un punto más el volumen. Sobre el final del disco me daré cuenta que todo sonaba muy fuerte, pero ya está: ¿quién me quita lo bailado?

Una acorde acá, un fraseo allá, corcheas, fusas, contratiempos, contrapuntos, un golpe en medio de todo eso. Cada pequeña parte incoherente, casi inconexa, se funde en una unidad ideada por algún desconocido que, sin saberlo, le permite a otro desconocido flotar en éxtasis ante el resultado. La taza comienza a vaciarse.

¿Cómo no emocionarme cuando llega ese pequeño momento donde un tema toma mayor protagonismo que el resto? Nuevamente el control remoto me ayuda a subir la intensidad del sonido, quizás para que las vibraciones sonoras que ingresan a mis oídos sean más deslumbrantes y eso, tal vez, me genere una mayor satisfacción.

Este tema, instrumental, comienza lentamente con unas bellas cuerdas, casi susurrantes y pidiendo permiso para empezar. Me dan una pequeña muestra de lo que vendrá, de cuál será la idea del autor para envolverme. Una base suave y oscura se escurre debajo de una dulce melodía, dándole soporte, para pasar por un puente hasta llegar a un hermoso estribillo. Éste sube, sube, sube, sube y… me deja ahí, a medio camino, con ganas de más.

Una batería suave acompaña la segunda vuelta subiendo el tono del conjunto. El estribillo, un poco más allá, me intenta hacer llegar nuevamente hasta aquel clímax, pero me deja nuevamente ahí una y dos veces, sediento por esa nota final, como quien intenta llegar a un oasis que simplemente es un espejismo. Sigo caminando entre las notas con la esperanza que la próxima sea el preciado lago que me permita saciar esa sed.

Un silencio es seguido por un pequeño interludio que va in cressendo mansamente para desembocar en las últimas vueltas del estribillo. Éste me va llevando lentamente en una pendiente hacia la cima. Pero al llegar veo que éste no es más que un descanso y que la cima sigue allá arriba, esperándome. Ese sonido de escape sigue rehuyéndome, esquivándome, escondiéndose de mi necesidad, Una vez más el estribillo vuelve a empujarme, esta vez con más fuerza que nunca, y mis deseos de llegar a la cumbre se multiplican. Imploro por ese momento. Poco a poco, nota a nota, hasta que…

… me derrumbo. Siento mi corazón latir mientras mi piel se eriza, la garganta se seca y los ojos se humedecen. Acá estoy, flotando en esa nota tan esperada, ahí arriba, en medio de un clímax sonoro. Una melodía lenta, aguda, casi silenciosa se contrapone con la grave y poderosa base que empuja el sonido y le da cuerpo. Aquellas notas débiles suben una octava y las emociones se multiplican aquí y allá dejándome cada vez más desprotegido, más débil, con los sentimientos a flor de piel. Es la última estocada que se hunde intensamente en mi corazón. El sonido se va desvaneciendo lánguidamente mientras anhelo que nunca termine. Las notas se disipan dejándome alejado de la realidad, sin comprender qué es lo que genera que unos pequeños sonidos toquen ciertos centros nerviosos tan escondidos.

El tema se desvanece y ya no tengo fuerzas para seguir. Me descubro sentado, con la taza colgando de mi mano, mirando el piso mientras sigo perdido en un mar de sensaciones.

 


 

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