Volviendo al hogar, pt. 5: Miradas


Eye
Foto:
Michele Catania

… continúa.

La noche transcurrió entre risas y recuerdos, entre alegrías y penas. Los dos amigos conversaban en la cocina usando la mesada como improvisada mesa para cenar. Dos porciones de pizza esperaban ser devoradas en la grasosa caja de cartón. Dos vasos de vidrio algo berreta, dos botellas de cerveza y algunas servilletas usadas completaban el cuadro. Néstor, sentado sobre la mesada, jugaba en su boca con una semilla de aceituna mientras balanceaba sus piernas golpeando esporádicamente las puertitas debajo de éstas. Santiago, sentado en una silla, terminaba un culito de pizza lentamente, disfrutando el crocante sabor de la masa cocida en el viejo horno de la pizzería de Don Lolo.

—¡Cómo voy a extrañar la pizza del viejo Lolo! —se lamentó Santiago mientras tragaba —. ¿Comerán pizza allá?

—No creo… bah, no sé. Es media internacional la pizza, quizás haya alguien allá que la haga.

—Pero no va a ser Lolo —sonrió con la boca llena.

Santiago tomó otra porción y comenzó por la puntita. El primer mordisco siempre era pausado, para sentir el sabor. El queso empezaba a enfriarse y el sabor comenzaba a acartonarse.

—¿Supiste algo más de José? —preguntó con la boca llena.

—En el local le estaba yendo mal.

—¿En serio? Uy, que fulero. Esa cafetería está muy bien ubicada. Tiene una facultad a media cuadra, ¿no?

—Si, pero me contaba que los pibes iban, se pedía cada uno un café y se quedaban seis horas estudiando. Al final del día entraba menos guita de lo que esperaba. ¿Viste lo ratas que son los pibes de las universidades públicas, no? Si la hubiera puesto al lado de una privada, tal vez le iba mejor.

—No, todos los pibes gastan poco cuando están estudiando. Quieren aprobar, no comer un pollo al horno con papas. Se tuvo que haber puesto una librería donde saquen fotocopias. Ahí se llena de guita.

—¿Y vos pensás que te vas a hacer millonario vendiendo fotocopias a diez centavos? Es un boludo, tuvo que usar la guita que cobró en algún negocio más rentable. Quizá alguna franquicia en donde te asegures público. En la cafetería tiene que estar peleando con el tema de la comida, ¿viste? Llega a vender una torta pasada y le hacen un buraco así —hizo un círculo con la mano—. Le dije “pensalo bien”, pero no me dio bola. Se mandó a fondo con el tema pero ahora la cosa no va tan bien como esperaba.

—Quizás tiene que re pensar el negocio o hacer algo para que los pibes no se le queden seis horas.

—Si, pero es difícil.

—¿Y la mujer, qué le dice?

—No le da ni bola. La tipa labura en la empresa esa, la de siempre, saca buena guita y listo.

—Siempre fue media forra esa mina, ¿no? —sonrió burlonamente.

—Y, la verdad es que a mi nunca me cayó bien —escupió el carozo en la caja— pero José está hasta las bolas con ella. Debe seguir enamorado luego de tantos años. Y mirá que la mina no le da bola, eh! Para mí que lo caga por ahí, debe tener un fato en la oficina.

—¿Te parece?

Néstor arqueó las cejas expresando seguridad.

—Y claro. El chabón la tuvo que haber mandado a la mierda hace rato, pero debe estar muy metido con ella. A menos que sea sólo un tema de guita.

—José corneta. No me lo hubiera imaginado.

—Che, hablando de corneta, ¿no la vas a llamar a Gabriela? —sugirió Néstor en tono socarrón.

—¿Qué corneta, boludo? —se quejó Santiago—. ¡A mi no me cagaron, eh!

—¡No te pongas susceptible, che! —bebió un trago de cerveza mientras terminaba con la pizza—. Hacé lo que quieras, pero yo que vos la llamo.

—Voy a terminar pensando que te llamó para pedirte que la llame —, buscó en la mirada de Néstor intentando encontrar la verdad —. ¿Te llamó?

Néstor desvió la vista mientras bajaba de la mesada.

—No seas boludo. Dale, pegale un llamado.

Santiago terminó el último trago. La espuma remanente en el vaso resbaló suavemente hasta depositarse en el fondo. Se levantó, tomó el celular y caminó hacia la habitación. Se sentía cómodo y relajado. Quizás era un buen momento para llamar a Gabriela.

—Mandale un saludo —gritó Néstor desde la cocina mientras comenzaba a limpiar juntando las servilletas, limpiando las miguitas que habían quedado aquí y allá y lavando los vasos.

Buscó el contacto en el celular y llamó. Algo, en el fondo de su corazón, rogaba que no atendiera. Era una sensación extraña: por un lado no quería hablar con ella, pero por el otro tenía ganas de despedirse, aunque ésto último significara una catarata de lágrimas. ¿Valía la pena despedirse? ¿Era necesario tener que generar una situación de mierda antes de irse? Él tenía los sentimientos claros: no le interesaba tener nada que ver con Gabriela. Pero, ¿ella los tenía? Estaba muy tranquilo solo, sin nadie que lo controle. Ahora podía disponer de su vida e iba a aprovecharlo.

—Hola, Santi —saludó una voz apagada, algo entrecortada. Gabriela había esperado ese llamado durante los últimos días y ya no tenía esperanzas de recibirlo. Sintió algo de alegría cuando vio el nombre de él en el celular. Ella se sentía triste, afligida y algo desconsolada. En la época que estuvieron juntos se había sentido muy feliz. Pero el paso del tiempo, la rutina y el hastío habían cambiando sus sentimientos hacia Santiago. Cuando todo se terminó, los días pasaron muy lentamente mientras su memoria ponía en juego su corazón. El duelo fue duro pero necesario. Tiempo después pudo re armarse, volver a recorrer los caminos de la vida. Ya no lo veía como el hombre que la iba a cuidar toda la vida. Pero, desde que se enteró de la noticia del viaje, sus sentimientos comenzaron nuevamente a aflorar. ¿Por qué se quería ir? ¿Iba a volver? ¿Lo iba a extrañar? ¿Aún lo amaba o simplemente era otra sensación de esas que no tienen explicación coherente?

—Hola, Gabi. ¿Cómo estás? Te debía una llamada antes de irme, así que quise cumplir.

—¿Sólo por eso me llamás? ¿Para cumplir? —se quejó inmediatamente dejando un poco más expuestos sus sentimientos.

—Bueno, no. Solamente…

—¿No te interesaba hablar conmigo antes? —lo interrumpió.

—Gabriela…

—¿Por qué te querés ir, Santi? —las lagrimas comenzaron a brotar—. Decime lo que me tengas que decir, pero no concibo la idea que, de golpe, no vas a estar cerca de mí.

—¿Cerca tuyo? Gabriela, hace tiempo que ya no estamos cerca uno del otro. ¿Recordás lo que me dijiste esa noche de mierda? Que estabas agobiada, saturada, embolada. Que te absorbía constantemente, que habíamos crecido por caminos distintos, que no éramos más las dos personas que se conocieron, que necesitabas aire y algunas pelotucedes más. ¿Ahora me pedís cercanía?

Santiago hizo memoria de esa noche de invierno en dónde su mundo se desmoronó. Recordó cada palabra de ella, cada frase, cada gesto. Y todavía tiene en su retina grabada la seguridad que tenía en su mirada cuando ella le dio todos los por qué. Estaba muy segura, firme y resuelta con la decisión. No quería saber nada más de él, de sus mañas, sus errores, sus equivocaciones, sus debilidades y sus penas. Él no era su príncipe azul, ni Superman, ni nada que ella pudiera estar buscando. Perpetuó esa mirada, esos ojos firmes. Contempló sus ojos por última vez dándose cuenta que todo lo que decían era verdad, que lo decían de corazón. La puntada fue letal y eso quebró su corazón para siempre.

Los corazones enamorados son pequeñas copas de fino cristal que resisten, fieles y estoicamente, los embates de borrachos desconsiderados que ignoran su fragilidad. Éstas soportan golpes, manoseos y descuidos durante toda su existencia. Y se mantienen ahí, cumpliendo su rol en silencio. Sin embargo, una pequeña rajadura es suficiente para que la copa sea descartada sin arreglo. Así son los corazones: una vez que se rompen, no hay posibilidad de arreglarlos y cualquier intento de pegar sus pedazos devendrá en una copa descuidada, lastimada, ya sin su brillo y belleza natural.

—Gabriela —continuó Santiago— me voy porque quiero cambiar de vida, quiero buscar otras cosas en mi vida, algo que me de ganas de levantarme a la mañana, que me inyecte adrenalina, paz, felicidad. Cualquier cosa, menos hastío, aburrimiento y la puta rutina de tener que ir al supermercado todos los meses con la puta listita de compras sintiéndome cada día más y más miserable. ¿No te das cuenta que no tengo nada acá que me haga saltar de la cama a la mañana?

—La vida adulta es así, Santi.

—Las bolas. No pienso darme por vencido tan fácilmente. Me voy a Kabul a buscar otra forma de vida, otras culturas, otro aire. Quizás me arrepienta en dos días o quizás no vuelva más.

—Me lastimás cuando decís eso —sollozaba Gabriela.

—Es una pena que no veas en este momento mi mirada, Gabi. Te darías cuenta la seguridad de mi decisión.

Néstor se acercó a la habitación con un repasador en la mano y vio a Santiago sentado en la cama. Cruzaron las miradas y notó que las cosas no iban bien. Se preocupó por su amigo. Si Gabi, te comprendo, le escuchó decir, pero ahora no somos más una pareja. Somos dos personas que han tomado caminos separados, con objetivos distintos. Néstor levantó apenas la mano diciéndole que no quería molestar, pero Santiago le gesticuló para que se quede.

—Te voy a extrañar mucho —suspiraba Gabriela.

—Si, Gabi, yo también —aunque la mirada de Santiago a Néstor difería de sus palabras.

—Prometeme que aunque sea me vas a escribir.

—Voy a hacer lo que pueda. No te prometo nada, pero me comunicaré. Te mando un beso —se despidió.

—Te quiero mucho, Santi.

Santiago no contestó y cortó. Se quedó en silencio, con la cabeza gacha, mientras Néstor lo miraba acompañando el vacío del momento. Pasó una mano por sobre el hombro de su amigo y éste lo miró.

—¿Está bien? —le preguntó Néstor.

—Perfecto —respondió Santiago levantándose—. Mañana me voy a Kabul a empezar una nueva vida. ¿Cómo no voy a estar bien? Estoy feliz, Néstor —sonrió— Apenas cruce la puerta las cosas comenzarán cambiar. Estoy exultante, feliz como perro con dos colas. Vamos a tomar una birra más, ¿te parece?

—Dale.

Y ahí se quedaron, unas horas más, dos amigos, dos compañeros en la vida recordando más y más anécdotas. Amigos. Ninguno de los dos lo sabía en ese momento, pero pasaría mucho tiempo hasta que el destino los volviera a juntar.

La aventura comenzaba.

Continuará…

 


 

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One response to “Volviendo al hogar, pt. 5: Miradas

  • nacho

    Aire para Santiago!! Este tipo de situaciones encajan a la perfección en las publicidades de la tarjeta de crédito…”reunión de amigos, no tiene precio”…y en esta descripción se ve justamente el PORQUE no tienen precio!…Vamos a ver que pasa con Nestor no?? va me quedó esa sensación…

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