Unos, pt. 8: El último árbol


Sing It Back
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alphadesigner

… continúa.

Caminó de vuelta al trabajo por las pequeñas calles de la ciudad a paso firme pero sin correr. Como siempre mantenía la mirada contra el piso prestando atención a la calle y, tal vez, a sus zapatillas, ignoraba lo que pasaba a su alrededor. Sin embargo, cada tanto levantaba la vista y espiaba lo que ocurría en su entorno con un dejo de vergüenza. No le gustaba el mundo que lo rodeaba, aunque nos deberíamos preguntar a qué joven si le gusta el mundo que lo rodea. Él se sentía rechazado desde que tenía memoria.

Recordaba muy vagamente sus días de jardín de infantes, quizás sin detalles, pero en el fondo de su corazón resonaba un amargo recuerdo en donde no comprendía por qué su mamá lo dejaba solo con un grupo de desconocidos. Esas pocas horas eran interminables para su inmaduro corazón. La angustia que sentía en ese momento se repetiría decenas, cientos y miles de veces a lo largo de su vida. Observaba el aula con sus compañeritos participando felices de una y cada una de las consignas que sugería la maestra y él se quedaba, siempre a un costado, en silencio sin ganas de aportar a la diversión general. En ese instante extrañaba a su mamá y hoy en día, también, pese a que ella estaba viva. Extrañaba a ésa mamá, la que lo comprendía, la que lo apañaba, la que lo abrazaba fuerte cuando lloraba por un golpe, por un raspón o simplemente porque era su mamá.

La primaria fue un poco más dura. El poco interés en banalidades como el fútbol lo hizo estar cada vez más alejado de sus compañeros. No le interesaba jugar. Cada vez que tocaba una pelota se mandaba alguna cagada y todos lo puteaban. Dale, pasala, boludo. ¿No me ves cruzar? Centro a la olla, centro a la olla… ¿Qué mierda significaba centro a la olla? Recuerda que en su vida hizo solamente dos goles, los dos de rebote. Y lo felicitaban burlándose de él y del pobre arquero de turno que se había comido un gol del boludo ése.

Por las noches lloraba sintiéndose desdichado, pensando en todo lo que nunca iba a ser, en todo lo que se esperaba de él como se espera de todo chico. Pero su mamá nunca lo supo de esas lágrimas de pena. ¿Qué querés ser cuando seas grande, querido?, debe haber preguntado más de una tía con sus labios pintados de rojo furioso, pómulos colorados y sombra verde, aunque ninguna tía sea realmente como ese estereotipo tan mentado. Todo el mundo esperaba respuestas del estilo doctor, ingeniero o abogado. ¿Qué madre o padre promedio, de esos con la suficiente estrechez mental para pensar que el mundo se reduce a esas profesiones, no hubiera querido decir que su hijo era doctor o ingeniero? Aprendé computación, nene, seguramente le habrán dicho también. Si no trabajás en una gran empresa no vas a ser nadie, nene. Clichés absurdos de familiares absurdos.

El comienzo de la adolescencia fue una etapa de mierda en su vida. Veía a sus compañeros rodearse de chicas con las que salían, se divertían y compartían nuevas experiencias, mientras él, abandonado, se quedaba en su casa sintiendo el rechazo día a día. Cada vez que estaba cerca de alguien del sexo opuesto se ponía muy nervioso y no sabía cómo actuar. Las palabras se peleaban por quedarse dentro de su boca y las únicas que salían eran incoherencias que lo mostraban lento y falto de reflejos con las mujeres. Las cargadas nunca se detuvieron y en esta etapa arreciaron. ¿Todavía sos vírgen?, lo burlaban. ¿Cuándo la vas a poner? ¿Sos puto? Y las carcajadas se multiplicaban entre sus compañeros y, para mayor dolor, entre ese grupito de chicas que él deseaba tener más cerca. ¿Cómo decirle algo a esa morochita de ojos claros que era seguida por media escuela? ¿Cómo acercársele y entablar una conversación? ¿Cómo aprender a ser un adulto? ¿Dónde estaban las respuestas? ¿Quién se las iba a dar? ¿Cuándo? La morochita se besó con media escuela, tres cuartos del barrio y terminó, de más grande, casada con uno de los “patovas” de la zona. Cada tanto se la cruzaba con sus tres hijos. Ella, claro, ni sabía quién era él y nunca iba a saberlo, pero siempre le gustaba verla aunque los años la hayan tratado mal.

El tiempo pasó y la presión social de su entorno por su debut aumentó hasta que decidió mentir y sacarse el problema de encima. Lo felicitaron, medio en broma, medio en serio y le hicieron preguntas escabrosas que detestó contestar. Se sentía un fiasco. Finalmente llegó ese tan odiado momento donde terminó pasando una noche horrible con una mina que era más patética que él. Ni recordaba su nombre, pero fue una experiencia que prefería olvidar: entre la borrachera, el susto, el dolor y la necesidad de “rendir”, esas horas fueron tortuosas. Desde ese día mantuvo la fantasía de encontrar una mujer que le haga disfrutar ese momento en lugar de odiarlo. Pero nunca llegó ese momento. ¿Existía esa mujer? ¿Alguien realmente sería capaz de estar a su lado y brindarle todo el amor que cualquier persona se merece? Le hubiera encantado decir alguna vez que no era el tonto de nadie, pero aún no había tenido la posibilidad.

¿Por qué le había tocado ese pasado y este presente? ¿Cuál sería su futuro? ¿A alguien le importaba? Se sentía tan solo, tan olvidado en esta realidad que le había tocado vivir. Una realidad insulsa, vacía, sin un objetivo, carente de sentido. No tenía alma. Estaba descolgado del mundo, apartado, viviendo una realidad que no sentía que fuera la suya. Se sentía en el cuerpo de alguien que no era él realmente. Quería cambiar, adoptar otra forma, ser diferente, desprenderse de toda la mierda que tenía en su interior, volar, escaparse, olvidarse del mundo que lo rodea, gritar, correr, arrancarse la piel y atravesar esa pared que lo alienaba. Deseaba explotar, cual supernova, para demostrar que no era una porquería a la que se podía ignorar, denigrar, minimizar y vapulear a gusto. Tenía sentimientos, la puta madre, y quería expresarlos, pero no sabía cómo. Quería empezar de nuevo.

Hoy era la noche e iba a explotar. Hoy o nunca.

Continuará…

 


 

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